Un tanque K2 Pantera Negra como expuesto en Perú en SITDEF 2025. (foto SITDEF)
La fuerza blindada del Perú: una potencia que descansa en la fe y la esperanza
La historia de las unidades blindadas del Perú es, en todos los sentidos, una auténtica montaña rusa. Desde su origen, la totalidad de sus carros de combate ha provenido de arsenales soviéticos, una herencia que, en su momento, otorgó volumen y presencia, pero que hoy se ha convertido en un pasivo estratégico.
La llegada, durante la década de 1970, de más de 330 tanques T-55 armados con un cañón de 100 mm, sumada a un parque superior a 110 vehículos AMX-13 antitanque con cañones de 75 mm incorporados en 1965, proyectaba, sobre el papel, una imagen de poder blindado considerable. Sin embargo, esa imagen nunca pasó de ser eso: una fotografía congelada en el tiempo. En combinación con estos más de 400 vehículos blindados, el Ejército del Perú ha arrastrado históricamente un problema estructural y cultural: la incapacidad crónica para gestionar el mantenimiento con estándares profesionales elevados. Cualquier visita —en cualquier época y en cualquier región del país— a una unidad del Ejército peruano permite constatar en cuestión de segundos la ausencia de una cultura sólida de mantenimiento profundo y preventivo.
El mantenimiento, ese que nace de una comprensión íntima de los sistemas de armas y de la disciplina técnica heredada de ejércitos profesionales antiguos, nunca logró arraigarse en la cultura del oficial peruano. Y como ocurre siempre en las organizaciones militares, el mal ejemplo se replica hacia abajo. Lo mismo sucede en los escalones subalternos y en el cuerpo de suboficiales: La falta de atención al detalle, la ausencia de inspecciones diarias rigurosas, el incumplimiento sistemático del registro técnico de cada vehículo, y la inexistencia de una cadena efectiva de reportes escritos hacia los comandantes de regimiento y, desde allí, hacia la Dirección de Material de Guerra prácticamente nunca fue bien implementada. El resultado es devastador. En la práctica, un material que hoy supera los 52 años de uso ha desaparecido de los inventarios operativos del Ejército peruano.
En términos simples y brutales: el Perú no dispone hoy de más de 17 tanques T-55 capaces de encender motores y desplazarse dentro de un cuartel. Ninguno de ellos cuenta con sistemas de visión diurna o nocturna, carece de asistencia electrónica de puntería, ni —mucho menos— posee computadoras balísticas que permitan efectuar fuego preciso más allá de los 800 metros. Estamos, por tanto, ante una fuerza acorazada nominal, que deja al país con sus fronteras críticamente vulnerables frente a un ataque blindado adversario. Y el problema se agrava por la geografía. Los terrenos del Perú son ideales para la maniobra acorazada: extensas zonas planas, ausencia de obstáculos naturales relevantes y ejes de penetración claros tanto desde el norte como desde el sur. En una guerra, grandes formaciones blindadas enemigas podrían avanzar a alta velocidad sin encontrar una resistencia estructurada y bien organizada que les haga frente. Esta es una vulnerabilidad estratégica que debió haberse corregido hace décadas.
Tan importante y crítico es el tanque que – en pleno siglo 21 - el Perú decidió invertir una suma millonaria para adquirir cientos de tanques principales de batalla a la mayor velocidad posible. Sin embargo, como ha ocurrido históricamente, el Ejército del Perú continúa firmando acuerdos y anunciando futuras adquisiciones de “tanques modernos”, sin leer la letra chica del contrato. En ese contexto se inscribe la decisión —anunciada pero no materializada— de adquirir 150 tanques K2 de Corea del Sur, junto con más de 280 vehículos 8×8 del mismo origen. Todo esto con una inversión inicial estimada en $270 millones de dólares y un valor total del proyecto que podría superar los $1.400 millones. Todo parece indicar que este país tiene muy claro que sin tanques… la guerra no se gana.
Sin embargo, firmar acuerdos cuando el mundo está ingresando a un período de guerras, no implica la llegada segura de estos tanques. Un análisis mínimamente serio revela la realidad: en el mejor de los escenarios, las fábricas surcoreanas no están en condiciones de entregar más de 12 tanques por año. Sus líneas de producción están comprometidas con pedidos prioritarios de 360 tanques K2 para Polonia y 150 tanques más del mismo modelo para el ejército surcoreano. La orden peruana, si llega a ejecutarse, quedará inevitablemente al final de la lista de pedidos al interior de la fábrica, con entregas de 5 a 10 tanques anuales a partir del 2029 y hasta el año 2040. Dicho en Cristiano, si el Perú va a la guerra el 2030, lo hará con 11.3 tanques K2 y con tripulaciones con escaso y reciente entrenamiento. Lo ve hasta un niño.
Todo esto refuerza el valor central, crítico y estratégico de disponer, con la debida antelación, de fuerzas blindadas operativas, que, al menos en el caso peruano, permitirían garantizar un mínimo de disuasión frente a fuerzas acorazadas modernas. Lamentablemente, firmaron el contrato demasiado tarde: 14 años tarde, para ser exactos. A modo de equilibrar la situación, y aunque el Perú adquirió entre 2008 y 2012 aproximadamente 600 misiles antitanque a proveedores israelíes, es altamente probable que, debido a la misma deficiente cultura de mantenimiento, una parte significativa de esos misiles no esté correctamente almacenada ni operativa. A ello se suma la ausencia de simuladores y programas de entrenamiento adecuados, lo que implica una escasez de tripulaciones y de equipos de tiro realmente capacitados para su empleo efectivo en el combate antitanque, tanto diurno como nocturno.
Y es que, al definir cómo van a detener a los tanques enemigos, el problema es aún mayor. El Ejército del Perú carece de una doctrina moderna para el empleo de unidades cazatanque, esas que están integradas a redes y sistemas de inteligencia de campo de batalla, debidamente combinadas con ágiles unidades de reconocimiento y capacidad de maniobra. El ejército, al parecer, descarta – o no recuerda - que toda fuerza blindada enemiga siempre, absolutamente siempre, avanza precedida por sensores aéreos, navales y terrestres. En caso de un conflicto, los vecinos del Perú siempre utilizarán el mar como vía natural para desembarcos anfibios en la retaguardia de cualquier posición defensiva. La observación desde el mar, combinada con medios aéreos, es constante, por lo que cualquier posición defensiva peruana sería rápidamente detectada y atacada a grandes distancias mediante artillería de campaña, cohetes de largo alcance de 160 mm y aviación en misiones de apoyo aéreo estrecho. Y estas son amenazas para las cuales el Perú – hoy en día - no dispone de defensas activas modernas.
Una vez más, como se señaló al inicio de este análisis, la ausencia de una fuerza blindada moderna no solo debilita la defensa nacional, sino que, en términos incómodamente militares… invita al ataque. Existen, sin embargo, soluciones realistas y de corto plazo. Una de ellas es la contratación de empresas locales como Diseños Casanave, en Lima, que ha demostrado históricamente una capacidad notable para pensar fuera de la caja y ha propuesto programas de modernización para los pocos tanques que aún conservan movilidad. Otra opción viable es recurrir a empresas españolas, esas que cuentan con amplia experiencia en reparación y modernización de carros blindados. Una tercera alternativa —quizás la más inteligente— es una combinación de capacidades locales y españolas, dado que ningún otro país de la OTAN priorizará los requerimientos de Lima.
Estas son opciones realistas, rápidas de implementar y con resultados tangibles, si lo que se busca en Lima es recuperar, aunque sea parcialmente, una capacidad defensiva blindada creíble en el corto plazo.
En las próximas dos décadas, cuando se vuelva a mirar el terreno, veremos el retorno de la lógica que nunca se fue: el regreso del Rey Tanque a América Latina
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Saludos cordiales.