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Las acciones militares/subversivas de Montoneros (Argentina)

Extracto del libro "Fuimos todos" de Juan Bautista Yofré

La Plaza del 25
El 25 de mayo de 1973, mi padre, el entonces general de brigada
Carlos Suárez Mason, fue designado por el presidente saliente, teniente
general Alejandro Lanusse, para izar el pabellón nacional en Plaza de
Mayo. En la mañana temprano, antes de las ocho. En esa época
vivíamos en la esquina de la avenida Belgrano y la calle Tacuarí. El
Falcon color gris nos recogió en la puerta, y partimos hacia la Plaza. Mi
padre con su uniforme de gala en el asiento trasero y adelante, el chofer
y yo. Nunca pensé que sería testigo de semejante acontecimiento,
lamentable para nuestra historia. El trayecto fue corto pues por Diagonal
Sur se llega muy rápido. Al encarar la Plaza el auto sólo desarrolló entre
15 y 20 km/h. Recuerdo hasta hoy las banderas montoneras, del ERP,
FAR y FAP. Debía esperarnos en la Plaza una sección del Comando en
Jefe para izar la bandera. No había nadie esperándonos. Gente colgada
del mástil central y trepada a la pirámide. La bandera del ERP reinaba en
la Plaza izada en el mástil central. Atravesamos la Plaza en medio de
insultos y patadas y trompadas arrojadas a la carrocería del automóvil,
con todos los insultos y amenazas del caso, pero pudimos arribar a la
puerta lateral de la Casa Rosada. Mi padre bajó del automóvil y se
dirigió hacia la entrada donde el centinela de guardia temblaba como
una hoja en un temporal de viento, pues se encontraba solo ante la turba.
Mi padre le ordenó dirigirse hacia el edificio del Comando en Jefe de la
calle Azopardo, cosa que el soldado cumplió corriendo, creo,
estableciendo récord olímpico en velocidad.
Nos dirigimos entonces hacia la calle Azopardo y paramos en la
escalinata de la entrada donde justamente llegaba al edificio el entonces
Jefe de Operaciones y mi padre le ordenó: ”Comunique al general
Lanusse que no voy a izar el pabellón nacional en la Plaza, tomada por
el terrorismo y cuyo mástil esta ocupado por la bandera del ERP. Por
cualquier cosa estaré en mi Comando…”, el comando era Remonta y
Veterinaria. Hacia allí nos dirigimos para la ceremonia militar de la
mañana y el tradicional chocolate luego de la misma.

Una vez terminada la ceremonia volvimos a nuestra casa de Belgrano
y Tacuarí y mi padre nos dijo a mi hermano mayor y a mí “vístanse con
jeans y zapatillas y vamos a caminar. Estas cosas en esta vida las tienen
que ver por sí solos, con sus propios ojos y no se las tienen que contar
los viejos”. Yo era estudiante de Arquitectura, de lo que se llamaba la
Facultad del Pueblo, Facultad Combativa. Funcionaba en el subsuelo la
imprenta del ERP y se entregaban a diario los panfletos de Montoneros a
todos a quienes allí intentábamos estudiar. Una vez cambiados de
acuerdo a las instrucciones salimos caminando por Tacuarí hacia
Avenida de Mayo y al llegar a Hipólito Yrigoyen, media cuadra antes de
Avenida de Mayo, pude ver cómo los activistas de nuestra Facultad,
todos juntos en esa esquina, escupían y tiraban piedras al paso de una
sección de cadetes de la Escuela Naval que venían formados en fila india
por Tacuarí. Los marinos se formaron en grupo y pusieron armas al
hombro y la turba retrocedió con la misma velocidad del centinela de la
Casa Rosada. Luego de esta dantesca escena los marinos pudieron tomar
su posición en la avenida. Allí pudimos apreciar el principio de lo que
vendría. Seguimos por Avenida de Mayo hacia el Congreso, trayecto en
el que apreciamos destrucción por doquier, y por sobre todas las cosas
intentos de agresión a todo aquel que portaba uniforme, sea policía o
integrante de las FF.AA. Volvimos por Avenida de Mayo caminando
nuevamente hacia la Plaza para apreciar nuevamente similar espectáculo
pero con diferentes agregados. El Cabildo era choricería popular, la
Plaza invadida por personas armadas con palos, algunos con las caras
tapadas. Pudimos ver en directo el incendio de automóviles y de un
colectivo sin que la autoridad policial intente esbozo de respuesta, pues
estaba totalmente superada.

Testimonio escrito por el arquitecto Mario Suárez Mason al autor
 
Extracto del libro "Fuimos todos" de Juan Bautista Yofré

La Plaza del 25
El 25 de mayo de 1973, mi padre, el entonces general de brigada
Carlos Suárez Mason, fue designado por el presidente saliente, teniente
general Alejandro Lanusse, para izar el pabellón nacional en Plaza de
Mayo. En la mañana temprano, antes de las ocho. En esa época
vivíamos en la esquina de la avenida Belgrano y la calle Tacuarí. El
Falcon color gris nos recogió en la puerta, y partimos hacia la Plaza. Mi
padre con su uniforme de gala en el asiento trasero y adelante, el chofer
y yo. Nunca pensé que sería testigo de semejante acontecimiento,
lamentable para nuestra historia. El trayecto fue corto pues por Diagonal
Sur se llega muy rápido. Al encarar la Plaza el auto sólo desarrolló entre
15 y 20 km/h. Recuerdo hasta hoy las banderas montoneras, del ERP,
FAR y FAP. Debía esperarnos en la Plaza una sección del Comando en
Jefe para izar la bandera. No había nadie esperándonos. Gente colgada
del mástil central y trepada a la pirámide. La bandera del ERP reinaba en
la Plaza izada en el mástil central. Atravesamos la Plaza en medio de
insultos y patadas y trompadas arrojadas a la carrocería del automóvil,
con todos los insultos y amenazas del caso, pero pudimos arribar a la
puerta lateral de la Casa Rosada. Mi padre bajó del automóvil y se
dirigió hacia la entrada donde el centinela de guardia temblaba como
una hoja en un temporal de viento, pues se encontraba solo ante la turba.
Mi padre le ordenó dirigirse hacia el edificio del Comando en Jefe de la
calle Azopardo, cosa que el soldado cumplió corriendo, creo,
estableciendo récord olímpico en velocidad.
Nos dirigimos entonces hacia la calle Azopardo y paramos en la
escalinata de la entrada donde justamente llegaba al edificio el entonces
Jefe de Operaciones y mi padre le ordenó: ”Comunique al general
Lanusse que no voy a izar el pabellón nacional en la Plaza, tomada por
el terrorismo y cuyo mástil esta ocupado por la bandera del ERP. Por
cualquier cosa estaré en mi Comando…”, el comando era Remonta y
Veterinaria. Hacia allí nos dirigimos para la ceremonia militar de la
mañana y el tradicional chocolate luego de la misma.

Una vez terminada la ceremonia volvimos a nuestra casa de Belgrano
y Tacuarí y mi padre nos dijo a mi hermano mayor y a mí “vístanse con
jeans y zapatillas y vamos a caminar. Estas cosas en esta vida las tienen
que ver por sí solos, con sus propios ojos y no se las tienen que contar
los viejos”. Yo era estudiante de Arquitectura, de lo que se llamaba la
Facultad del Pueblo, Facultad Combativa. Funcionaba en el subsuelo la
imprenta del ERP y se entregaban a diario los panfletos de Montoneros a
todos a quienes allí intentábamos estudiar. Una vez cambiados de
acuerdo a las instrucciones salimos caminando por Tacuarí hacia
Avenida de Mayo y al llegar a Hipólito Yrigoyen, media cuadra antes de
Avenida de Mayo, pude ver cómo los activistas de nuestra Facultad,
todos juntos en esa esquina, escupían y tiraban piedras al paso de una
sección de cadetes de la Escuela Naval que venían formados en fila india
por Tacuarí. Los marinos se formaron en grupo y pusieron armas al
hombro y la turba retrocedió con la misma velocidad del centinela de la
Casa Rosada. Luego de esta dantesca escena los marinos pudieron tomar
su posición en la avenida. Allí pudimos apreciar el principio de lo que
vendría. Seguimos por Avenida de Mayo hacia el Congreso, trayecto en
el que apreciamos destrucción por doquier, y por sobre todas las cosas
intentos de agresión a todo aquel que portaba uniforme, sea policía o
integrante de las FF.AA. Volvimos por Avenida de Mayo caminando
nuevamente hacia la Plaza para apreciar nuevamente similar espectáculo
pero con diferentes agregados. El Cabildo era choricería popular, la
Plaza invadida por personas armadas con palos, algunos con las caras
tapadas. Pudimos ver en directo el incendio de automóviles y de un
colectivo sin que la autoridad policial intente esbozo de respuesta, pues
estaba totalmente superada.

Testimonio escrito por el arquitecto Mario Suárez Mason al autor
Ya había leído ese episodio que relata el libro , pero lo leí en el libro de Marquez. Escupitajos y agresiones a cualquier uniformado , cuando los montos "tocaban el cielo con las manos".
 
Fue de las primeras lecturas que tuve de la época, así empieza un libro de la revista Gente llamado Fotos hechos y testimonios de 1035 dramáticos días. Termina con la foto de la junta militar en la última página.

Recuerdo que entre otras cosas cuenta que por miedo a la turba los CEJ de la Armada y FAA se fueron en helicóptero de la terraza de la Casa Rosada mientras que el ya ex presidente Lanusse salió en su auto por el mismo lugar por dónde había entrado.
 
El viernes 25 de mayo asumen Cámpora y Solano Lima. Los invitados cantan el Himno Nacional, la Marcha Peronista y, con los dedos, forman la V de la victoria en medio del ruido ensordecedor de los bombos. Militantes vestidos de blue jeans y camperas con el brazalete de la Juventud Peronista y personal de la Casa Rosada garantizan la seguridad de la ceremonia.

“¡Y llora, llora, llora

la **** oligarquía,

porque se viene

la tercera tiranía”!

En la Plaza de Mayo, las banderas de Montoneros y de los otros grupos armados ocupan los mejores lugares. Militantes de la Juventud Peronista (JP), a las órdenes de jefes de las “formaciones especiales”, mantienen el orden público; portan estandartes y pancartas con las siglas de la JP y de los grupos guerrilleros FAP, FAR y Montoneros.

En un clima de delirio dificultan mediante consignas antiimperialistas el arribo del secretario de Estado de los Estados Unidos, William Rogers y del futuro jefe de la CIA, William Casey. En defensa de la Patria Socialista se pelean con grupos sindicales a los que consideran burócratas traidores a su clase; celebran la presencia de los presidentes de Chile Salvador Allende, de Cuba Osvaldo Dorticós y de Uruguay Juan María Bordaberry. Dan rienda suelta a su repudio por las fuerzas del orden insultando a los conscriptos de la Policía Aeronáutica, los Regimientos de Granaderos a Caballo y de Patricios, a los aspirantes de la Escuela de Mecánica de la Armada; impiden que se lleve a cabo el tradicional desfile y que toque la banda de Mecánica de la Armada; atacan a hombres de la Infantería de Marina, pintan leyendas denigrantes en vehículos de las Fuerzas Armadas, a la Casa Rosada, la renombran “Casa Montonera”, incendian coches en las calles aledañas, desarman policías que andan distraídos, despiden a dos de los tres miembros de la Junta Militar con gritos “Se van, se van y nunca volverán” cuando éstos se alejan del lugar en un helicóptero. Insultan, se le ríen en la cara y escupen al general Alejandro Agustín Lanusse, - el único que es teniente general y ostenta el cargo más alto de la cúpula militar del Ejército en la Argentina- cuando éste abandona a pie la Casa Rosada, después de haber entregado la banda presidencial.


asuncion-de-hector-campora-1973-709880.jpg


Para el entonces teniente Jorge Echezarreta, oficial del “Escuadrón Junín” del Regimiento de Granaderos a Caballo, el 25 fue una jornada inolvidable por lo traumática. “Me mandaron a la Catedral con mis soldados para atender el Tedeum (misa de acción de gracias) que se iba a realizar ese día, al que iba a asistir el presidente Cámpora y las delegaciones extranjeras. Desde las primeras horas de la mañana mucha gente pretendió invadirla. Tuvimos que cerrar las puertas y poner pedazos de mármol y escombros de una obra vecina como barricada y contener a la gente. No teníamos el armamento reglamentario, solo los sables. Nos quedamos ahí hasta pasadas las 20 horas en que me fue a rescatar el capitán Julio César Veronelli, a pesar de encontrarse con hepatitis. Adentro de la Catedral estábamos a oscuras, porque nos habían cortado el agua y la luz. Uno de los que pasó por esa situación fue Benito Llambí que estaba a cargo del protocolo del Tedeum (49 días más tarde sería Ministro del Interio

Desórdenes a una cuadra de Casa de Gobierno

“Afuera escuchábamos los cánticos “a la Casa de Gobierno la cuidan los granaderos, y después del 25 la cuidan los montoneros” Tuve que retirar a mis soldados de las calles para evitar que una multitud enardecida, pusiera sus manos sobre los hombres vestidos con uniformes de Granaderos e intentaran robar los tesoros de la catedral, las cenizas del General San Martín o el cofre del Soldado Desconocido. A la noche y cuando ya no quedaba nada por quemar y romper en la Plaza, fuimos rescatados por el teniente Luchessi y en el cuartel nos esperaba el coronel Daniel García. Se alegró mucho, por haber superado el episodio sin heridos, y me dijo: Tenemos que ir a dar gracias a la Capilla, y le respondí “mi Coronel, pasé 12 horas con Dios en la Catedral, tomando agua bendita, déjeme ir al bar, con mis camaradas”, se rió y me acompañó. El Tedeum se realizó el día siguiente y me tocó estar entre el presidente Cámpora y Vicente Solano Lima.

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Clarin

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