Entrevistas y Relatos - Pilotos FAA y ARA

rodrigocarra

RED OBSERVADORES DEL AIRE
Es increible que ahora logro leer estos nuevos aportes, año agitado y que esta historia me paso de largo, gracias Bigua por la historia de Moro habra muchas otras que ni se saben, su libro sello mi primer interes por la guerra de Malvinas, libro que atesoro, valoro y es motivo de consulta cada tanto, fuera de los errores que ya conozco.

Les dejo esta excelente entrevista realizada a Roberto Sylvester, piloto A-4Q Skyhawk, de la Armada Argentina durante la Guerra de Malvinas.
Entrevista de "Líderes Hoy" a Roberto Sylvester - 1° parte y 2° parte

Un saludo de la ROU
Impecable la entrevista de Sylvester, impecable también la rubia periodista.
Noté esto porque se me hizo imposible no recordar a otra rubia periodista que verguenza me dió cuando entrevistó a Carballo y Nicolás en un programa hace ya varios años atrás.
Topísima esta periodista, me enamoré. Fijense que todas sus preguntas tienen mucho sentido.
Abrazos.
 
UNA EYECCIÓN EXITOSA

Relato del actual Comodoro Raúl Díaz derribado en combate sobre San Carlos


El piloto de un monoplaza es, tal vez, uno de los combatientes más solitarios. El autocontrol que requiere para sobrevivir, muy parecido al que necesita un cazador acechando la presa, tempranamente le ganó la denominación de piloto de caza. En una cabina estrecha, atado con firmeza al asiento, una mano asida a la palanca de comando, ocupa la otra en un sinnúmero de manipuleos que invariablemente incluye el tanteo preventivo de una anilla que se distingue con facilidad por su característico color amarillo con bandas negras.

Los ojos del piloto de caza bailotean de modo incesante entre los un misil. En sus oídos zumba el runrún de la turbina y las comunicaciones que brotan por los auriculares del casco: indicaciones vitales que, en ocasiones, ni siquiera puede contestar para no romper el silencio de radio. En las inmediaciones del blanco la adrenalina le trepa a niveles desbordantes. Los segundos le parecen horas; las acciones, proyecciones en cámara lenta. Dispara los cañones y su dedo presiona con furia intentando dar más potencia a la munición y, cuando ese círculo iluminado del visor se lo indica o, tan sólo por intuición, suelta las bombas con las que intenta herir de muerte al buque invasor. Después, escapa. En zigzag, atraviesa una telaraña de estelas de misiles y trazadoras de artillería. Le reza a Dios y sólo confía en su pericia y en la velocidad del avión. En ocasiones zafa, en otras no. Una sacudida violenta, el movimiento enloquecido del reactor y los controles que no responden. Con la aeronave averiada, a punto de estallar, la única salvación que le resta al piloto es esa anilla en la que nunca dejó de pensar. Eso le ocurrió el 24 de mayo al capitán Raúl Díaz cuando fue derribado mientras atacaba buques en el Estrecho de San Carlos. Su avión era experiencia sirve para entender a los pilotos que, ante lo irremediable, debieron eyectarse.

Relato del capitán Raúl Díaz

La Fuerza Aérea Sur (dependiente del Componente Aéreo del Teatro de Operaciones Sur, no decretado por el PEN, pero desplegados gran parte de sus elementos integrantes), seguía tratando de neutralizar las actividades de desembarco iniciadas el 21 de mayo. Como los días anteriores, el 24 de mayo se ordenó un ataque masivo, con la finalidad de saturar las defensas británicas.

Mi escuadrón recibió la misión de atacar la zona de desembarco, ya sea a los objetivos navales o al material bélico acumulado en el puerto San Carlos. El sur de la bahía sería atacada por mi escuadrilla. Me acompañarían el mayor Luis Puga, como numeral 2 y el teniente Carlos Castillo, como numeral 3. Nos asignaron el indicativo ORO y nos configuraron con dos bombas de 250 Kg y la carga completa de municiones de 30 mm.

Decidimos aproximarnos sobre el agua, por el norte de la isla Gran Malvina y, alcanzado el canal San Carlos, ingresar con rumbo directo hacia el objetivo. Deberíamos estar ya rasante, a quince metros del agua, en la lateral de las islas Salvajes, a una velocidad entre 480 y 520 nudos (890 a 960 kilómetros/h), formados en línea para hacer un único ataque, los tres aviones al mismo tiempo.

Lo planificado se cumplió exactamente. Al sobrepasar las islas Salvajes, por la radio comenzamos a escuchar las órdenes y advertencias que intercambiaban las primeras escuadrillas que atacaba puerto San Carlos.

Cerca de Bahía Elefante Marino preparamos el panel de armamento y nos aprestamos a iniciar, en ochenta segundos más, el viraje que nos llevaría al blanco. Concentrados en los instrumentos, en el reloj táctico y en la desembocadura norte del canal buscando navíos, no advertimos la aproximación que, por el sector de cola, hacían dos Harrier guiados por una fragata que no llegamos a ver.

Los Harrier venían armados con dos Sidewinder. El jefe de la primera sección inglesa lanzó un misil al avión del teniente Castillo haciéndolo explotar. El mayor Puga me alertó -"Al 3 lo derribó un misil!"-, reaccioné mirando a mi derecha hacia donde estaba Puga y vi que se encontraba intacto, pero que a 200 metros detrás de él se desplazaba una luz intensa en forma zigzagueante.

Comprendí que era un misil y que no había tiempo. Sólo atiné a gritarle que se eyectara. El proyectil, le pegó en el motor y la explosión fue tan espectacular, que el fuego y el humo negro envolvieron al avión a partir de un metro detrás de la cabina del piloto, donde se encuentran los primeros tanques de combustible; sólo quedó fuera de esa enorme bola de fuego la nariz del avión y la cabina; el resto no existía.

Inicié un brusco viraje a mi derecha para ver qué pasaba con Puga, a quien le seguía gritando que se eyectara. Cuando estaba en la mitad del viraje sentí un gran sacudón. Me quedé sin comandos, se encendieron todas las luces en el panel de fallas y sonó estridentemente el advertidor sonoro, que actúa cuando se tiene una falla grave.

No tardé en comprender que mi habitáculo se convertiría en una trampa mortal. Mi noble avión había sido casi totalmente destruido y si me quedaba allí, en la confortable cabina, sería el fin.

En viraje, a gran velocidad muy próximo al agua y sin comandos, ¿la eyección sería exitosa?, pensé. Cuando pasé cerca del avión de Puga, el mío se enderezó y comenzó a bascular bruscamente en profundidad; pude ver como me acercaba a la isla ubicada al norte de la Gran Malvina en forma descontrolada. No dudé más. Tiré de la anilla de eyección de entre las piernas, porque no podía llegar a la superior por la violencia de los cabeceos. Comencé a salir de la cabina y el terrible impacto contra el aire, producto de la alta velocidad, (aproximadamente 950 kilómetros/h) me hizo sentir que no me había eyectado y que me estaba estrellando contra el agua o la isla. Sólo tomé conciencia de que lo había abandonado cuando, fugazmente, observé mis rodillas contra el cielo debido al movimiento parabólico que realiza el asiento cuando abandona el avión.

Comodoro (R) Senn, Brigadier (R) Piuma Justo, Comodoro (R) Puga Brigadier General (R) Donadille, Comodoro (R) Diaz, junto a su salvador.

El tirón del paracaídas al abrirse me corroboró esa impresión. Sentí intensos dolores. La eyección a semejante velocidad me fracturó dos vértebras y sufrí una grave luxación en el codo derecho. Cuando se terminó de desplegar el paracaídas, observé hacia abajo y vi el suelo cerca. Tratando de analizar cuáles eran mis heridas caí, amortiguadamente, sobre la turba malvinense.

Estuve treinta minutos acostado boca arriba, sin moverme. Me dolía la columna y el brazo derecho. Logré incorporarme y, con mucho esfuerzo, saqué del equipo de supervivencia dos bolsas plásticas con agua y comencé a beber rápidamente. Me encontraba al borde del shock.

A la hora y treinta de la eyección, habiendo recogido lo necesario y posible de transportar del equipo de supervivencia, me aprestaba a iniciar una dolorosa marcha hacia la costa, para llegar a uno de los pueblitos que se encuentran a la orilla del mar. En ese momento vi un vehículo, tipo Land
Rover, que se acercaba a campo traviesa; supuse que sería una patrulla enemiga o kelper. Busqué en el equipo el revólver 38 y me preparé; el vehículo se detuvo a unos ochenta metros y se bajaron dos uniformados de verde, con fusiles; cuando vieron mi deplorable estado se acercaron y, desde una distancia prudencial, preguntaron en perfecto castellano mi nombre. Arrojé el revolver al suelo y les hice señas para que se acercaran; lo hicieron lentamente hasta que les pude decir que era el capitán Díaz, de la Fuerza Aérea.




Mis salvadores eran dos aviadores navales argentinos que me llevaron a un caserío kelper donde recibí asistencia sanitaria, bastante precaria por falta de elementos para ese tipo de dolencia. El médico era un soldado conscripto ingresado como profesional. Después de una semana fui recuperado por un avión Twin Otter de la IX Brigada Aérea de Comodoro Rivadavia en una operación sumamente riesgosa.


Fuente: La Gaceta Malvinense Nº5

Fecha: Agosto 2003

Imagenes: http://www.3040100.com.ar/la-eyeccion-del-capitan-raul-diaz/
 

Andrés A. Gazzo

Veterano Guerra de Malvinas
Relato del Capitán Ricardo Grünert (A-533): “Cuando el 28 de mayo de 82 despegó de la BAM Malvinas rumbo a Darwin, la visibilidad era muy mala, lo que me obliga a ir en vuelo rasante a 2 o 3 metros del suelo. Una barranca de aproximadamente 20 metros de altura impide que siga volando rasante y al sortearla me encuentro con la tropa enemiga dispersa en pequeños grupos de cuatro hombres cada uno, además de vehículos de transporte.
Para nuestros ataques despegábamos con carga completa de coheteras (4 de 19 cohetes cada una) y la munición para ametralladoras y cañones. Esta carga traía como consecuencia que, sumado a las características de las pistas, hicieran por momentos muy difíciles y peligrosos nuestros despegues.
Pero si de algo no me voy a olvidar jamás, será de la cara de un soldado Ingles que cuando vio mi pasaje rasante tan cerca de él, se le noto claramente en la mirada la sorpresa, o tal vez el miedo que en ese momento sintió.
En esta circunstancia, posterior al pasaje decido atacar, pero en pocos segundos tuve que elegir el blanco: o les tiro a las tropas o tiro a la casa que tenían muy próxima.
Ese instante noté que nuestra tradición histórica no es guerrera, no nos adiestran para matar como sucede en Fuerzas de otros países. Pensé… ¿y si atacó la vivienda y hay civiles adentro?, me quedaría un cargo de conciencia, tal que debido a eso me hizo cambiar de opinión y tirar sobre las tropas.
Enfrentando al enemigo comienzo a disparar toda mi artillería sobre las tropas, acompañando con movimientos de pedales para barrer la mayor cantidad de área a atacar posible.
Mi numeral, en aquel momento Teniente Russo, como paso por afuera de la zona de ataque, tuvo que hacer un giro de 360º antes de reiniciar su entrada al combate.
El incendio provocado en una escuela de la zona nos sirvió de guía para proceder nuevamente con las acciones sobre el enemigo, pues la intensa niebla impedía ver a simple vista a los ingleses. Como resultado del ataque provocamos serias bajas en las filas enemigas.
Esa fue una de las misiones que realice, y quiero aclarar que el Pucara demostró realmente las nobles características, para la que fue diseñado.
Cabe destacar que no hubo en Malvinas otro avión como el IA-58 que podía haber aterrizado en pista tan mal preparada como la de Darwin, pues ésta era un potrero con una profunda depresión en el centro, que cuando uno estaba en la cabecera sólo podía divisar al otro avión solamente por la saliente de su deriva en relación al nivel del terreno.


Revista Alas, año I, Numero 8 de octubre de 1994.

Para aquellos foristas que han podido ver las fotos del ataque inglés el 1º-May-82 a la BAM Cóndor en Pradera del Ganso, el primer Pucará esa mañana -muy temprano y ni bien comenzaba a aclarar- en hacer el carreteo para despegue fué el del Cap. Grünert, al que se le rompe un perno de la rueda de nariz y queda clavado de punta.
Es por eso que aquí, en su relato, comenta lo difícil que era el carreteo en el despegue al estar artillado a full, ya que cualquier problema podía ser mortal.
Saludos.
QUEKA
 
 

Nicolas Kasanzew

Corresponsal Veterano Guerra de Malvinas
El relato que sigue es autoría del Mayor "Tigre" Benitez, héroe de Malvinas, injustamente privado de su libertad.
Doble festejo: El pucará llevó la escarapela junto a otros, ese 18 de mayo del 82. Nuestro héroe preso, festeja el dia de nuestra escarpela y en la mayoría de nuestras escuelas se la ha ignorado. Este testimonio moverá las conciencias distraídas. Gracias Yaca. Raco Com. L:F:E Hola: Día de la Escarapela Nacional. Al recordar este día, me viene a la memoria un hecho vivido en Malvinas. El 18 de Mayo de 1982 a las 08:00 hs con techos de 50 m el Ten Brest (A-531) y yo (A-516) despegamos de la Base Cóndor (Pradera del Ganso (Goose Green)) hacia Pto Howard para cumplir una misión en apoyo a Ejército. Después del despegue nos pegamos al piso para no entrar en nubes hasta que salimos al Estrecho de San Carlos. Como en la Isla Gran Malvina hay dos entradas muy similares hicimos un reconocimiento previo para ubicar cual era la correcta y no estamparnos contra la sierra que se encuentra en el que no era el que correspondía a Pto Howard. Perfectamente ubicados, hicimos la entrada con el armamento conectado (cohetes FAR 2,75" , cañones y ametralladoras) y seguimos el curso del agua que nos llevó a pasar frente al poblado, al final del cual visualizamos el señalamiento con paños que nos había hecho Ejército. Recorridos unos 300 m aproximadamente sobre el terreno y bruscamente el señalamiento nos indicaba un cambio de rumbo a 90°. Instintivamente efectué el viraje y también recordé instantáneamente que ese rumbo nos llevaba directamente hacia sierra de 300 m de altura que se encuentra allí. Dí motor a pleno y tirando el comando de profundidad hacia atrás con violencia, elevé la proa del avión, que redujo su velocidad de 220 Nudos a 100, y adoptando un rumbo definido (270°). Como asumí que el Ten Brest me seguía de cerca, le grité las instrucciones para que hiciera lo mismo pero con 10° de diferencia a nuestra derecha (280°). No respiré tranquilo hasta que me respondió y continuamos hacia arriba hasta aparecer sobre la capa de nubes a unos 600 m, en donde recuperada la visual entre dos capas de nubes, el Ten Brest me confirmó que me tenía a la vista. El problema ahora era encontrar la pista, pues no había ninguna referencia radioeléctrica que nos orientara. Una vez reunidos, nos dirigimos hacia la Base Cóndor y en comunicación con la torre de control, le pedí que me asigne una frecuencia de comunicación con el cañón de 35 mm. Después de "bloquear" (pasar exactamente por encima) el cañónde 35 mm , hicimos en formación una "entrada por instrumentos", guiados por un radial que nos dio el Sbte Braghini en alejamiento hacia el este sobre el Seno Choiseul en descenso hasta que visualizamos el mar. Sabíamos que la costa sobresalía unos 30 m más o menos sobre la superficie del mar, así que esa era nuestro "mínimo", siempre que la guía del improvisado radar de aproximación nos llevara bien sobre el agua. Hicimos contacto visual sobre el mar y comprobamos que estábamos a unos 20 m por encima de la costa que se extendía a ambos lados de nuestro curso. Hicimos viraje sobre el canal y regresamos hacia la pista que se encontraba por encima de nuestro nivel de vuelo. Prácticamente "saltamos" el borde del canal para aterrizar en forma individual en el barrial de la pista sin novedad a las 08:30 hs. Como también lloviznaba y con un "techo" de 20 m el aterrizaje fue una experiencia más temible que el enemigo que esperábamos encontrar. Realmente como deseó la mujer del pañuelo blanco, creo debimos morir allá, pero no por "fachos", sino por todas las peripecias y obstáculos que debimos enfrentar para cumplir nuestra misión en cumplimiento de la defensa de nuestra Patria. Mérito grande del Ten Brest que con menor experiencia que yo, se portó como un excelente combatiente, experto numeral y obediente, me siguió en cuantas locuras se podían imaginar, como esa salida, que quedó exclusivamente a criterio nuestro de si la cumplíamos o no y que a pesar de lo incierto y riesgoso, insistimos en realizar. Nuestro sobrevuelo sobre la sufrida unidad del Ejército Argentino, sólo sirvió de aliciente moral para continuar el combate y para hacerles saber que a pesar de todos los inconvenientes y adversidades, estábamos allí, codo a codo frente al enemigo. También uno tiene recuerdos imborrables. Un fuerte abrazo
 

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