Acciones varias de las distintas guerras

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07/10/1938 - en Alemania, el Gobierno nazi ordena que todos los pasaportes de los judíos lleven la letra J.
1940 - en la Segunda Guerra Mundial, Alemania invade Rumanía.
1941 - en la Segunda Guerra Mundial, Alemania ocupa Viarma (Unión Soviética).
1941 - John Curtin se convierte en el 14.º primer ministro de Australia.
1942 - Estados Unidos y Gran Bretaña anuncian la creación de las Naciones Unidas.
1942 - en la Segunda Guerra Mundial, cohetes rusos Katyusha destruyen un batallón alemán en Stalingrado.
1943 - en la Segunda Guerra Mundial, Japón ejecuta a 100 prisioneros estadounidenses en la isla Wake.
1944 - en la Segunda Guerra Mundial, se libera el campo de concentración de Birkenau.
1944 - en la Segunda Guerra Mundial, se libera el campo de concentración de Auschwitz.
1944 - en la Segunda Guerra Mundial, Erwin Rommel ordena la retirada a Berlín.
1944 - en la Segunda Guerra Mundial, las bombas aliadas llegan a Vlissingen.
http://www.hoyenlahistoria.com/dia/octubre/07
 

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A Popular Indoor Home Shelter from the War Years (Refugios hogareños antibombas de interiores durante los años de guerra)

El refugio Morrison fue creado por John Baker y fue nombrado como el Ministro de Seguridad para el Hogar, Herbert Morrison. Los refugios se produjeron en kits de montaje en casa y eran 6 pies 6 pulgadas (2 m) de largo, 4 pies (1,2 m) de ancho y 2 pies 6 pulgadas (0,75 m) de altura y tenía una placa de acero sólido de 1/8 de pulgada (3 mm) arriba "tabla" con lados de malla de alambre y un piso de metal. 500.000 refugios se distribuyeron a finales de 1941 y se los dio gratis a los hogares con un ingreso combinado de menos de U$D 640 (£ 400) por año. Como forma de minimizar las victimas y preparación para los potenciales eventuales ataques alemanes esperados "Doodlebug" con cohetes V-1 .













Nota y fotos tomadas y traducidos de: http://izismile.com/2013/09/23/a_popular_indoor_home_shelter_from_the_war_11_pics.html
 

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Marruecos encuentra los restos del 'Kaiser Guillermo', el buque fantasma

El 'Kaiser Gullermo', durante el bombardeo de 1914.
  • El navío se hundió el 26 de agosto, en una refriega de la I Guerra Mundial
Los restos del buque alemán 'Kaiser Guillermo el Grande' han aparecido en aguas cercanas a Dajla, en el Sáhara Occidental, casi cien años después de su hundimiento el 26 de agosto de 1914, según anunció el ministerio marroquí de Cultura.
Tras ser advertido por la asociación local Salam, una misión del ministerio se trasladó a Dajla (antigua Villa Cisneros) entre los pasados 23 y 29 de septiembre para estudiar si los restos de un gran buque se correspondían con los del mítico buque alemán, hundido en una batalla con los ingleses.
Las inmersiones submarinas realizadas durante tres días permitieron descubrir una inscripción con la W de Wilhem (Guillermo), así como las típicas ventanas circulares, los pasillos y los camarotes que concuerdan con los documentos de la época.
La parte del buque encontrada e identificada parece ser la proa del buque, que se encuentra 23 metros bajo la superficie del mar, y todo permite pensar que las demás partes podrían hallarse en las inmediaciones, tal vez ocultas en el fondo marino.
Según el ministerio, desde los años 50 del pasado siglo es leyenda en la región que ahí se hallaba el buque alemán, pero no ha sido hasta este momento cuando se han podido encontrar los restos.
El 'Kaiser Guillermo el Grande' medía 200 metros de largo por 20 de ancho y fue el primero del mundo en tener 4 chimeneas. Concebido inicialmente para el tráfico civil, se convirtió más tarde en buque de guerra.
Bombardeo en Villacisneros
El gran buque pereció en los albores de la Primera Guerra Mundial: atracado en el puerto de la entonces española Villa Cisneros para repostar carbón, fue avistado por un buque enemigo, el acorazado inglés 'HMS Highflyer', con el que se enzarzó en una batalla naval.
Las fuentes inglesas aseguran que el 'Kaiser Guillermo' fue hundido por fuego enemigo, mientras que los alemanes sostienen que fueron sus hombres los que lo echaron voluntariamente a pique mediante cargas explosivas ante la inminencia de su captura.
Sea como fuere, ahora el ministerio marroquí de Cultura ha anunciado una importante operación de rescate en el lugar "una vez reunidas las condiciones técnicas y legales y conforme a las disposiciones de la Unesco relativas al patrimonio subacuático".
Marruecos administra las aguas del Sáhara Occidental al igual que el territorio, e incluso firma tratados de pesca para ordenar las capturas en sus caladeros, pero la soberanía de esas aguas no está reconocida internacionalmente al encontrarse el territorio entero pendiente de un referéndum de autodeterminación.
elmundo.es


Hallan el «Kaiser Guillermo el Grande» en aguas del Sáhara un siglo después de su naufragio
El buque alemán pereció en los albores de la Primera Guerra Mundial al ser avistado por el acorazado inglés «HMS Highflyer» en el puerto de la entonces española Villa Cisneros

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El buque alemán «Kaiser Guillermo el Grande»
Los restos del buque alemán «Kaiser Guillermo el Grande» han aparecido en aguas cercanas a Dajla, en el Sáhara Occidental, casi cien años después de su hundimiento el 26 de agosto de 1914, según anunció el ministerio marroquí de Cultura.
Tras ser advertido por la asociación local Salam, una misión del ministerio se trasladó a Dajla (antigua Villa Cisneros) entre los pasados 23 y 29 de septiembre para estudiar si los restos de un gran buque se correspondían con los del mítico buque alemán, hundido en una batalla con los ingleses.
Las inmersiones submarinas realizadas durante tres días permitieron descubrir una inscripción con la W de Wilhem (Guillermo), así como las típicas ventanas circulares, los pasillos y los camarotes que concuerdan con los documentos de la época.
La parte del buque encontrada e identificada parece ser la proa, que se encuentra 23 metros bajo la superficie del mar, y todo permite pensar que las demás partes podrían hallarse en las inmediaciones, tal vez ocultas en el fondo marino. Según el ministerio, desde los años 50 del pasado siglo es leyenda en la región que ahí se hallaba el buque alemán, pero no ha sido hasta este momento cuando se han podido encontrar los restos.
El «Kaiser Guillermo el Grande» medía 200 metros de largo por 20 de ancho y fue el primero del mundo en tener cuatro chimeneas. Concebido inicialmente para el tráfico civil, se convirtió más tarde en buque de guerra.
Las razones del hundimiento
El gran buque pereció en los albores de la Primera Guerra Mundial: atracado en el puerto de la entonces española Villa Cisneros para repostar carbón, fue avistado por un buque enemigo, el acorazado inglés «HMS Highflyer», con el que se enzarzó en una batalla naval.
El gran buque medía 200 metros de largo por 20 de ancho
Las fuentes inglesas aseguran que el «Kaiser Guillermo» fue hundido por fuego enemigo, mientras que los alemanes sostienen que fueron sus hombres los que lo echaron voluntariamente a pique mediante cargas explosivas ante la inminencia de su captura.
Sea como fuere, ahora el ministerio marroquí de Cultura ha anunciado una importante operación de rescate en el lugar «una vez reunidas las condiciones técnicas y legales y conforme a las disposiciones de la Unesco relativas al patrimonio subacuático».
Marruecos administra las aguas del Sáhara Occidental al igual que el territorio, e incluso firma tratados de pesca para ordenar las capturas en sus caladeros, pero la soberanía de esas aguas no está reconocida internacionalmente al encontrarse el territorio entero pendiente de un referéndum de autodeterminación.
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La encarnizada tragedia del «Baleares», el buque militar torpedeado por la República

Las aguas del Mediterráneo acogieron, hace 75 años, el hundimiento de este crucero franquista y la muerte de casi 800 de sus tripulantes en la batalla del Cabo de Palos

IHCM
El crucero «Baleares», uno de los dos buques insignias de la Armada franquista durante la Guerra Civil
Hace ya 75 años que las aguas del Mediterráneo se tiñeron de rojo a la altura del Cabo de Palos, frente a las costas de Cartagena, cuando una flota franquista y otra republicana se enfrentaron en la que -a la postre- sería conocida como la mayor batalla naval de la Guerra Civil. Aquel 6 de marzo de 1.938, y tras la sucesión de una serie de complicadas maniobras navales, la marina gubernamental logró enviar al fondo del mar al orgullo de la Armada sublevada: el crucero «Baleares». Junto a este gigante metálico se hundieron además los cuerpos de casi 800 de sus tripulantes, un número que convirtió la tragedia de este buque en una de las más reseñables de la Historia española.
Con todo, y a pesar de que los combates navales durante la Guerra Civil han sido dejados de lado por parte de la Historia, lo cierto es que las aguas españolas acogieron multitud de contiendas en la que se enfrentaron, a base de sangre y torpedo, a republicanos y franquistas. Y es que, el control de determinadas rutas marítimas era de vital importancia, pues a través de ellas se podían hacer llegar hasta tierra firme cientos de soldados y toneladas de material bélico determinantes para la guerra.
El alzamiento en la Armada
Si se busca entender las causas que motivaron el combate en el Cabo de Palos es necesario retroceder en el tiempo hasta 1.936, una fecha clave en el porvenir de España. Aquel año, y después de que ascendiera al gobierno de la Segunda República el Frente Popular –una agrupación que aunaba a la mayoría de fuerzas izquierdistas-, varios militares decidieron iniciar la sublevación que, desde hacía meses, merodeaba por sus cabezas..
Para los rebeldes el objetivo estaba claro: debían hacer caer el Gobierno central ubicado en Madrid y, después, tomar el poder. Sin embargo, si pretendían llevar a cabo esta misión necesitaban transportar a sus tropas desde Marruecos –donde se había iniciado la sublevación- hasta la Península, algo que sólo podían hacer por mar y aire. Por ello, los instigadores decidieron iniciar varios contactos con la Marina.
«Parece que la primera toma de posición frente a una sublevación ocurrió durante las Fallas de Valencia de 1.936. Los primitivos conspiradores en el Ejército, es decir, los que conspiraban desde la victoria del Frente Popular del 18 de febrero de 1.936, pidieron a la Marina, varias de cuyas unidades estaban en períodos de maniobras, que permaneciese neutral y dejara pasar convoys de tropas desde África hasta la Península» afirma el doctor en Historia británico Michael Alpert en su obra «La Guerra Civil española en el mar».
Los sublevados pretendían que la Marina no atacara a sus navíos de transporte
Tal era la importancia de contar con la Marina que el general Emilio Mola, principal cabecilla de la sublevación, afirmó en 1.936 que era necesario «buscar el apoyo de la Armada en los puntos en que esto sea conveniente, e incluso su colaboración». Por ello, Francisco Franco puso todo sus esfuerzos en tratar de congraciar a los marinos con los ideales de la sublevación.
De hecho, el interés del futuro líder de la revuelta en tratar de captar a la Armada fue tal, que incluso llegó a celebrar una recepción para los jefes y oficiales navales de los principales navíos españoles. Allí, el entonces general pronunció el siguiente discurso: «La Patria está en peligro, y cuando eso sucede, el brazo armado de la Patria, el Ejército y la Marina, quedan obligados a salvarla, tanto de los enemigos exteriores como de los interiores; y dentro del Ejército y de la Marina son los jefes y los oficiales los encargados de que esa misión sagrada se cumpla».
Así, con un aroma a incertidumbre rondando en la Marina, el 17 de julio las amenazas se hicieron palpables y se inició la sublevación en Marruecos. Acababa de dar comienzo la Guerra Civil y, en lo que respecta a los soldados del mar, tocaba finalmente elegir bando.
Una escasa flota sublevada
Una vez dado el pistoletazo de salida a la revuelta, los ojos de Franco y del gobierno ubicado en Madrid se posaron temerosos sobre las principales bases navales españolas. De estas, se pusieron del lado del alzamiento la de Cádiz (debido, principalmente, a la cantidad de tropas sublevadas llegadas desde África) y la del Ferrol. Mientras, en poder de la República quedaron la de Mahón (ubicada en Menorca) y la de Cartagena.
En lo que respecta a la flota, varios oficiales se sublevaron y trataron de arribar a territorio franquista junto con sus buques. Sin embargo, en muchos de estos casos sus tripulaciones se amotinaron, lograron recuperar el control del navío y, finalmente, giraron el timón de vuelta a territorio republicano. Esto fue lo sucedido, por ejemplo, en la cubierta del destructor «Almirante Valdés».
Tras algunos días de desconcierto, el recuento final dio la ventaja en el mar a la República, que pudo contar a sus órdenes 44 buques bien artillados (algunos todavía en dique seco) por los 23 del ejército sublevado -5 de ellos todavía por ensamblar-. No obstante, y a pesar de que su flota era significativamente menor, Franco guardaba un par de ases en la manga: dos nuevos y modernos navíos que, una vez fueran construidos, marcarían la diferencia en combate gracias a su polivalencia y a su ingente armamento. Estos no eran otros que los cruceros «Canarias» y «Baleares».
El «Baleares», buque insignia de Franco
El «Baleares», incluso antes de ser terminado, se convirtió pronto en uno de los buques insignias de la Marina franquista. «El crucero “Baleares” fue construido en los Astilleros de la Sociedad Española de Construcción Naval de El Ferrol (…) Fue colocada la quilla el día 15 de agosto de 1.928, al mismo tiempo que la de su gemelo, el “Canarias”, siendo presidido el acto por el Excmo. Sr. D. Miguel Primo de Rivera. (…). Su botadura tuvo lugar el día 20 de abril de 1.932 y su construcción, lo mismo que la del “Canarias”, se vio muy retrasada a causa de las disposiciones del Gobierno de la República, encaminadas a disminuir lo más posible los presupuestos para atenciones militares», señala Manuel Cervera Cabello, uno de los pocos marinos que sobrevivió al desastre de este navío, en su obra «Crucero “Baleares”» publicada en 1.948.

Botadura del crucero «Baleares» / IHCM
«En julio de 1.936 su construcción, y particularmente el armamento, estaban todavía muy atrasados, tanto, que muchos dudaron que fuera posible terminarlo en un plazo útil para que pudiera tomar parte en la contienda. Febrilmente se trabajó para poner en servicio el buque, superando y venciendo la falta de piezas y material que debía proveer Inglaterra o las factorías situadas en la zona roja, y el día 15 de diciembre de 1.936, aunque faltaban muchas instalaciones, consideradas como indispensables en otros momentos, tales como dirección de tiro, piezas de artillería, etc., fue entregado a la Marina de Guerra (…) izándose la Bandera Nacional», completa el superviviente del hundimiento del «Baleares».
Este gigante del mar contaba con 194 metros eslora -unos 70 menos que el «Titanic»-, y 19,5 metros de manga. «Su desplazamiento sería de 10.600 toneladas, su potencia de 90.000 caballos, pudiendo desarrollar una velocidad de 33 nudos. Su capacidad de petróleo sería de 2.800 toneladas, lo cual suponía una gran autonomía de hasta 10.000 millas en régimen económico. (…) Con 8 cañones de 203 mm, 8 de 120 y 8 de 40, su potencial de fuego era enormemente superior a la de los cruceros precedentes», señala, en este caso, el historiador Michael Alpert.
Con todo, este navío no tuvo que esperar finalmente mucho para surcar las aguas debido, entre otras cosas, a la necesidad imperiosa de buques por parte de la Armada franquista. «Eran aquellos unos tiempos difíciles, y por eso mismo las tripulaciones de los buques se nutrían de voluntarios de todas las provincias españolas. (…) Su adiestramiento hubiera necesitado meses enteros de constantes ejercicios y, sin embargo, bastaron pocas semanas de incansable labor y sacrificio de los profesionales para que su comandante, el Capitán de Navío D. Manuel de Vierna y Belando, pudiera considerar que el buque se hallaba en condiciones de salir para la zona de operaciones. Así, en este estado y con su bisoña dotación, el 18 de diciembre de 1.936 salió el buque a la mar para hacer su primera singladura, dedicada a pruebas de los servicios y ejercicios de la dotación», completa el militar español.
La República, al asalto
Tras el inicio oficial de las hostilidades navales entre la República y el bando sublevado, quedó claro que, a pesar de contar con más buques y submarinos, los gubernamentales carecían de oficiales y hombres lo suficientemente experimentados a nivel marítimo. Esto, unido al constante envío de barcos a la flota franquista por parte de Italia y Alemania, provocó que la pequeña armada rebelde pudiera poner en aprietos a sus enemigos durante la guerra.
Por ello, en 1.938 la Armada gubernamental planeó una operación con la que elevar la moral de sus hombres y dar un golpe definitivo a la flota sublevada. Concretamente, el alto mando republicano pretendía atacar la bahía de Palma de Mallorca, lugar en el que, según diferentes informes, se encontraba una buena parte de la flota franquista.
La operación era, ya sobre el papel, dificultosa. En primer lugar, un pequeño grupo de lanchas torpederas rusas recién adquiridas (unos navíos de escaso tamaño y característicos por su velocidad, aunque también por su poca resistencia a los ataques) partiría desde su base en Portman (Cartagena) en dirección al puerto de Alicante. Allí, estos pequeños buques se encontrarían con la 1ª Flotilla de Destructores, la cual les abastecería de combustible y les escoltaría hasta la bahía de Palma, donde, finalmente, realizarían un ataque relámpago contra los buques franquistas allí fondeados.
A su vez, también se ordenó al grueso de la flota republicana (7 navíos al mando del Almirante Luis González Ubieta) que cubriera el avance de la 1ª Flotilla de Destructores y de las lanchas torpederas navegando a 75 millas (unos 120 kilómetros) del Cabo de Palos. De esta forma, se pretendía proteger a los asaltantes de posibles maniobras llevadas a cabo por la flota franquista.
Con el plan establecido, únicamente quedaba seleccionar la fecha en la que se abalanzarían sobre sus enemigos a sangre y cañón. «La Flota republicana, que desde hacía tiempo buscaba su oportunidad de ataque a los buques contrarios, la encontró en la noche del 5 al 6 de marzo. Al atardecer del día 5 (de marzo) se hizo a la mar una Escuadra (el grueso de la flota) formada por los cruceros “Libertad” y “Méndez Núñez”, escoltados por los destructores “Sánchez Barcáiztegui”, “Gravina”, “Lepanto”, “Almirante Antequera” y “Lazaga”. Su misión era la de proteger a las lanchas torpederas», señalan Ramón y Jesús María Salas Larrazábal en su obra «Historia general de la guerra de España».
No obstante, apenas una hora después de abandonar el puerto, Ubieta recibió una noticia demoledora: el mal tiempo había provocado que las lanchas tuvieran que regresar a la base. Con todo, el Almirante decidió continuar con la operación y ordenó mantener el rumbo a su escuadra para, de esta forma, proteger la retirada de la 1ª Flotilla de Destructores (la cual no disponía ya de objetivos al no tener que abastecer de gasolina a las torpederas).
El movimiento de la flota franquista
Pero lo que no sabía Ubieta era que le aguardaba una sorpresa en el trayecto, y es que, la suerte quiso que aquel día la flota «nacional» tuviera su propia misión. Concretamente, y en la misma tarde del día 5, los cruceros franquistas «Canarias», «Baleares» y «Almirante Cervera» habían salido de Palma con orden de escoltar a un convoy mercante desde Formentera hasta el Estrecho. Este itinerario se encontraba precisamente en aguas donde, en ese momento, navegaba el grueso de la flota republicana.
Los buques republicanos se encontraron de improviso con el convoy sublevado
«En la tarde del sábado, 5 de marzo, a las quince horas, los altavoces retransmitieron el toque de babor y estribor de guardia. (…) Se trataba de llevar a puerto seguro un convoy de dos grandes barcos, el Umbe-Mendi y Aiskori-Mendi, que llevaban material de guerra indispensable y de vital importancia para continuar con éxito la, en pleno desarrollo, “Batalla del Ebro”. (…) Una vez más, la Marina debía contribuir en silencio a la victoria de sus hermanos de los otros Ejércitos», recuerda Manuel Cervera Cabello –entonces Teniente de Navío a bordo del crucero «Baleares»- en su obra posterior.
Un inesperado encuentro
Unas horas después, en la madrugada del 5 al 6 de marzo, la flota franquista navegaba cerca del Cabo de Palos bajo un cielo totalmente negro que impedía discernir lo que ocurría a poca distancia de las cubiertas de los navíos. Fue aproximadamente a las 0:38 cuando ambas armadas se divisaron. Curiosamente, ninguna tenía constancia de que el enemigo se hubiera hecho a la mar, por lo que el desconcierto reinó pronto entre los marineros y oficiales.
«El “Baleares”, (…) el “Canarias” (…) y el “Cervera” (…), con el contralmirante Manuel de Vierna, jefe de la división, a bordo del primero, navegaban entre el convoy que escoltaban y la costa, a once nudos (20 km/h aproximadamente) sin ninguna protección de destructores ni de submarinos, ignorantes de los movimientos del enemigo. Rumbo opuesto iba la escuadra enemiga», completa, en este caso, Alpert.
Al parecer, el primero en vislumbrar al contrario fue el destructor republicano «Sánchez Barcáiztegui», cuyo capitán, tras calcular que los buques franquistas se encontraban a menos de 2.000 metros -y aún sorprendido por el increíble encuentro-, ordenó lanzar contra ellos dos torpedos. No obstante, la premura provocó que los enemigos no fueran fijados adecuadamente y los proyectiles no dieron en el blanco.
El «Baleares» recibió dos torpedos que acabaron con su vida marítima
Por su parte, estupefacto como estaba por el inesperado encuentro con los barcos republicanos, Vierna ordenó a sus cruceros cambiar radicalmente de rumbo para alejarse de la flota gubernamental. Y es que, el contralmirante, que sostenía bajo sus hombros nada menos que treinta años de experiencia en la marina, sabía que la potencia de fuego de sus navíos no serviría de nada durante la noche, mientras que, por el contrario, su flota sería blanco fácil de los torpedos enemigos.
Tras el ataque, el convoy gubernamental patrulló durante media hora la zona sin encontrar enemigo alguno. Por ello, Ubieta, con la sensación del deber cumplido, ordenó poner rumbo a Cartagena, pues su misión de dar cobertura a la 1ª Flotilla de Destructores había sido desempeñada ampliamente. «Parecía que ambas Escuadras habían decidido ignorarse y marchar cada una por su lado», añaden los autores de «Historia general de la guerra de España. Sin embargo, la suerte todavía tenía reservada una última sorpresa para estas dos flotas.
El error que condenó al «Baleares»
Casi una hora después, a las dos de la madrugada, Vierna decidió volver al rumbo original y completar su labor de protección a los cargueros. Para ello, cambió el timón de dirección y cayó a estribor con la intención de adaptar la marcha de su flota a la de los transportes.
Sin embargo, el destino quiso sobresaltarle de nuevo e hizo que vislumbrara, por segunda vez, la figura borrosa de uno de los navíos republicanos en medio de la oscuridad; y es que, los rumbos de ambas flotas se habían vuelto a cruzar por jugarretas del destino. Todavía incrédulo por lo extraño de la situación, Vierna prefirió adelantarse a sus enemigos y ordenó lanzar varias granadas luminosas para indicar a sus compañeros donde se encontraban los barcos gubernamentales. No pudo haber cometido un error más grave, pues el «Baleares» se iluminó en medio de la noche quedando a la vista del convoy republicano. De esta forma, el contralmirante firmó la sentencia de muerte del buque insignia de Franco.
La situación fue bien distinta para el republicano Ubieta quien, en su marcha hacia la base, se encontró repentinamente y a muy corta distancia con un iluminado «Baleares». Casi al instante, y sin dudarlo dos veces, el Almirante se dispuso a llevarse al fondo del mar al moderno navío y a sus casi 1.100 tripulantes. «El crucero presentaba un blanco excepcional para los tres destructores “Sánchez”, “Antequera” y “Lepanto”. Entre las 2:17 y las 2:20 horas lanzaron doce torpedos a una distancia de entre 2.000 y 3.000 metros», añade Alpert en su obra.
Derecho al fondo del mar
Sin posibilidad de virar, el «Baleares» recibió el estruendoso impacto de dos de los torpedos, los cuales hicieron que su casco se tambaleara y coparon la clara noche de esquirlas y restos desvencijados del buque. Minutos después de la explosión la situación era dantesca: el crucero, anteriormente el orgullo de los franquistas, se había quedado sin luz y comenzaba a adentrarse en el mar, hundiéndose sin remedio.
«En breves momentos se asignaron a cada grupo de gente y Oficiales graves y difíciles misiones (…). Se apagaron incendios en pañoles de urgencia, arrojando sus proyectiles al mar, algunos de los cuales se encontraban ya envueltos en llamas. Se destruyeron los documentos secretos. (…) Los Médicos se desvivían tratando de atender a los innumerables heridos, sin más luz que la de sus linternas, más agua que la que momentáneamente quedaba en las tuberías y con el escaso medicamento existente en el puesto de urgencia. Y así transcurrieron cuatro horas (mortales), durante las cuales los compartimentos estancos, cediendo uno tras otro, hacían inclinar el buque cada vez más», destaca Cabello en su texto.
Fallecieron 800 marinos, además de una gran cantidad de destacados oficiales
Tras el ataque, los dos restantes cruceros franquistas -el «Canarias» y el «Cervera»- decidieron abandonar el lugar a toda máquina a sabiendas de que la carga de los mercantes que escoltaban era de vital importancia para el desarrollo de la guerra en la Península. Por su parte, y debido al daño que podían sufrir ante el gran armamento de los cruceros sublevados, los republicanos tocaron a retirada y no persiguieron a los derrotados.
«El “Baleares” se hundió a las 5:00 de aquella mañana. Murieron 788 hombres, incluido Vierna (…), el jefe de Estado Mayor de la división, el segundo y el tercer comandantes, el segundo jefe de Estado Mayor y más de 25 tenientes y alféreces de navío», añade, en este caso, el historiador británico.
Rescate de los supervivientes
Tras la marcha de las dos flotas parecía que los supervivientes del ataque únicamente podrían esperar hasta que las aguas hicieran mella en ellos y se fueran al fondo junto con los restos del crucero. En cambio, recibieron la ayuda del «Boreas» y el «Kempenfeld», dos destructores ingleses que, tras observar la batalla, se acercaron al buque siniestrado para ayudar en las tareas de rescate. Ambos navíos lograron recoger aproximadamente a 470 supervivientes.
A las ocho de la mañana, cuando ya no quedaba del «Baleares» más que un tenue recuerdo, volvieron al lugar el «Canarias» y el «Cervera» ya con su misión cumplida. Pero, con las tareas de salvamento ya realizadas, únicamente pudieron enviar varios mensajes de agradecimiento a los británicos. Uno de ellos, el que remitió el «Canarias» al «Kempenfeld», fue recogido por Cabello en su obra: «Thank you by your humanitarian service. The Spanish national fleet never forget the kindly behavior of the english fellows».
La República informa de un nuevo ataque por aire para acabar con el «Baleares»
M. P. VILLATORO madrid
Una vez que los navíos republicanos informaron del combate, el mando decidió enviar varios bombarderos para, en primer lugar, acabar definitivamente con el «Baleares» y, en segundo, asegurarse de que el buque se había ido al fondo del mar. Así lo informó, al menos, el propio ministerio de Defensa gubernamental:
«Durante el día, aviones de defensa de costa han hecho varios bombardeos sobre el buque torpedeado por la flota republicana y sobre otros barcos facciosos que acudieron en socorro, de todos los cuales se han obtenido fotografías».
«A las 7:18 horas de hoy se efectuó el primero de estos servicios. Al buque incendiado, del que salía una gran columna de humo, le rodeaban entonces dos destructores, que se encontraban muy próximos a su popa, y otros algo más alejados. Muy cerca se hallaba un buque del mismo tipo y tonelaje, que al acercarse nuestra escuadrilla aérea se alejó a toda marcha».
«El bombardeo se hizo, en dos pasadas, a 3.500 metros de altura, cayendo als bombas en un lugar muy inmediato al buque torpedeado».
«A las 12:40 se repitió el servicio por cuatro aviones rápidos. Junto al buque cañoneado había a estas alturas otro de igual tonelaje y otros dos más pequeños. Los aviadores aseguran que algunas de las bombas de 250 kilos lanzadas por nosotros desde 3.000 metros de altura alcanzaron al buque incendiado y al otro grande, del que también se vio salir una columna de humo».
«Posteriormente se han hecho cuatro bombardeos más, cuyos resultados no pueden precisarse por haber disminuido considerablemente la visibilidad a causa de la niebla
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Albert Le Lay, el espía que combatió a Hitler desde Canfranc
Un documental cuenta cómo el jefe de estación ayudó a escapar a cientos de judíos

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El viejo pasaporte de Albert Le Lay
Si Casablanca tuvo su Rick’s Café, Canfranc tuvo -a pocos pasos de la estación de tren- su Fonda Marraco. «Allí se daban cita “pasadores”, judíos que estaban debajo del mostrador, nazis que iban a llamar a sus mandos, los transportistas del oro suizo... ¡y nadie sabía quién era quién!», dice José Antonio Blanco, uno de los impulsores de esta historia en forma de documental. La película retrata cómo era la localidad pirenaica durante la Segunda Guerra Mundial. Por allí pasaba el tráfico ferroviario que conectaba la Francia ocupada con la España «reconquistada» por Franco. Y el guardagujas, el jefe de la Aduana francesa, quien hacía y deshacía, se llamaba Albert Le Lay.
Quizá por eso, por esa omnipotencia que lo llevó a resultar clave tanto para el nazismo como para la Resistencia francesa, el documental de Blanco ha heredado el apodo con el que era conocido en la zona: «El rey de Canfranc». Le Lay quiso combatir a comienzos de la guerra contra los alemanes, pero el alto mando de la resistencia le pidió que permaneciese allí, al frente de la estación, porque podía resultar mucho más útil para la lucha antinazi. Y desde Canfranc jugó su doble papel: por un lado permitía el transporte de oro y wolframio entre Hitler y Franco; por otro, facilitaba que cientos de judíos huyesen a España y que los mensajes del espionaje resistente llegaran hasta Londres vía Madrid.
José Antonio Blanco forma parte de un grupo de trabajadores de Televisión Española que, en el año 2000, quisieron huir de la rutina y contar una historia que les llamaba poderosamente la atención: «Siempre habíamos hablado de la estación de Canfranc, y aquel año alguien encontró en el suelo de la estación unos papeles que hablan del tráfico de oro. Nos pusimos a investigar... y apareció el nombre de Albert Le Lay». El equipo se puso en contacto con la hija, que derivó la llamada al nieto del jefe de estación. «Aparentemente les convencí de que la figura de mi abuelo valía la pena... quizá porque hablé con pasión de él, en tanto en cuanto soy su nieto», afirma con orgullo Víctor Fairén.
Este profesor universitario conoció a Le Lay hasta sus 35 años, y daba largos paseos con él por San Juan de Luz. «Sabía que mi abuelo había tenido una faceta pública muy importante, pero nunca me hice una imagen pública de él, porque nunca lo manifestó así... solo hubo insinuaciones. No le interesaba hablar conmigo o con su familia de esa faceta pública, solo sobre cosas anecdóticas». Cosas que, convenientemente entrelazadas, construyen una vida apasionante. En el documental escuchamos muchos testimonios de personas ya nonagenarias, que relatan cómo Le Lay organizaba las huidas en los trenes, e incluso provocaba apagones en la estación para que los nazis no vieran a los judíos.
«Mi abuelo fue una persona de acción que nunca quiso ser una persona de acción, sino que quería tener una vida intelectual contemplativa. Esa fue su gran contradicción», asegura Fairén. «Es para hacer una ficción tipo 'La lista de Schindler'», afirma el director
 

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El día en que La Legión salvó Melilla
«La Legión 1921. La reconquista tras el desastre de Annual», repasa la historia de los legionarios que retomaron las posiciones en el norte africano español

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Monte Arruit, las tropas españolas encontraron un espectáculo dantesco cuando retomaron la posición
Julio de 1921. El general Navarro, intentando organizar a los soldados supervivientes que afluían de Annual, había cumplido la orden recibida desde la comandancia: «Retírese a Monte Arruit». Era éste un fuerte construido en el año 1912, a unos 30 km al sur de Melilla, que adolecía de dos defectos: en primer lugar, el suministro de agua se realizaba mediante viajes a un pozo cercano, lo cual, evidentemente, no resultaba nada práctico en caso de asedio, y en segundo lugar, las cantinas se habían construido a una distancia de veinte metros extramuros, por lo que podrían ser utilizadas como parapeto por los atacantes, y así ocurrió...
De este modo comienza el relato del libro «La Legión 1921. La reconquista tras el desastre de Annual», publicado por la editorial Almena en la colección Guerreros y Batallas (nº 63). El texto de este artículo ha sido extraído asimismo por su autor de un capítulo de dicha obra:
«Caído Monte Arruit, Melilla y su territorio era el objetivo de Abd El Krim»
...La heroica carga de los jinetes del Regimiento de Alcántara no había logrado frenar la avalancha rebelde. Los aterrorizados soldados en retirada llegaron al fuerte a la carrera, hostigados por los cabileños, mientras la retaguardia, ya sin municiones, aguantaba a punta de bayoneta a las órdenes del capitán Arenas, quien cayó finalmente muerto por un disparo en la cabeza cerca de la entrada de Monte Arruit. Este era el fatal destino que esperaba a la práctica totalidad de los allí refugiados.
Caído Monte Arruit, Melilla y su territorio aledaño, era el siguiente objetivo para los rebeldes de Abd El Krim, cuyos efectivos, según corría la noticia de su victoria entre las cábilas de la región del Rif, aumentaban constantemente.
Las tropas que guarnecían las posiciones de la zona cercana a Melilla, superadas en número por el enemigo, se retiraban. Lograron escapar los defensores de algunas de ellas, cercanas a la costa, gracias a la intervención de buques de la Armada; así, los cañoneros Laya y Lauria, de la clase Recalde, con el apoyo del crucero Princesa de Asturias, enviaron sus botes hasta la orilla bajo una lluvia de balas rifeñas, logrando embarcar y trasladar hasta Melilla parte de las guarniciones de los puestos de Sidi Dris y Afrau.
En la desesperada defensa de ciertos puesto no faltaron los actos heroicos, premiados algunos con la Cruz Laureada de San Fernando a título póstumo. Son los casos del comandante Velázquez en Sidi-Dris, del soldado Mariano García Martín en Afrau, del soldado de aviación Francisco Martínez Puche en el aeródromo de Zeluán…
«Nador, pequeña villa costera a 15 km de Melilla estaba bajo el ataque»
Nador, pequeña villa costera situada tan sólo 15 km al sur de Melilla, estaba ya el 24 de julio bajo el ataque de las cábilas. La Guardia Civil melillense controlaba la llegada a la ciudad de aquellos que habían conseguido escapar trayendo las más terribles noticias. Frente al avance rifeño comenzaron a organizar la defensa, preparando puntos fuertes en los edificios más importantes, como la iglesia y la fábrica de harinas, cuya solidez daba cierta oportunidad para emprender una efectiva defensa. Mientras, en Melilla, prácticamente desguarnecida capital del territorio, las miradas se dirigían alternativamente hacia el cercano monte Gurugú, pronto tomado por el enemigo, y hacia el mar, en cuyo azul horizonte se quería ya adivinar la silueta de los barcos que debían transportar las vitales tropas de refuerzo.
La Legión acude en auxilio de Melilla
Las banderas III y I de La Legión, reforzada ésta última con la 4ª Compañía de la II, se encontraban el 21 de julio de 1921 acampando en Rokba el Gozal, zona occidental del Protectorado Español de Marruecos, como parte de la columna del general Marzo que preparaba el asalto a Tazarut, último reducto del rebelde el Raisuni en la Yebala.
Durante la noche, una llamada telefónica despertó al comandante Franco, jefe de la I Bandera. El teniente coronel Millán Astray transmitía una orden superior según la cual una bandera debía trasladarse inmediatamente al Fondak de Ain Yedida. La orden se cumplió de inmediato y la bandera de Franco levantó el campo; nadie conocía aquella madrugada la razón de tan inesperada maniobra.
Comenzó la marcha con una breve pausa para consumir un rancho frío. Al amanecer el nuevo y caluroso día la caminata continuaba a buen ritmo; las cantimploras quedaron pronto vacías y hubo que recurrir al agua de las cubas transportadas a lomos de los mulos; ya sólo quedaba calor y sed cuando a primera hora de la tarde la bandera llegó a Ali Judi, donde un bosque frondoso proporcionó a los legionarios una reparadora sombra junto al río que les permitió aprovisionarse de agua para proseguir el camino por la pista.
«Ya eran 17 las horas caminadas bajo el sol por los legionarios»
La ruta seguida no era el camino más corto, pero sí el único conocido con seguridad; no hubo tiempo de buscar un guía de la zona antes de emprender el viaje. Cayó la tarde y la marcha continuaba; ya eran diecisiete las horas caminadas bajo el sol por los legionarios cargados con todo su equipo. En retaguardia, una sección quedó encargada de recuperar a los que caían agotados, así como de recoger las cargas que pudieran haberse desprendido de las mulas.
A media noche se divisaban las luces del Fondak, pero aún lejos y en la altura. Como remate de la marcha se hizo necesario subir una empinada cuesta, con la dificultad añadida de un fuerte viento de cara que molestará el montaje de unas tiendas prácticamente in necesarias para los legionarios que caen rendidos al suelo, dormidos inmediatamente. Habrá que despertarlos uno por uno para animarles a tomar un reparador rancho caliente.

Los comandantes Franco y Fontanés, jefes de las banderas legionarias I y II respectivamente, encabezan la columna
Tras haber recorrido 100 kilómetros en treinta horas con dos breves descansos, la siguiente etapa del viaje, esta vez con meta en Ceuta, se hará en ferrocarril. En la estación de Tetuán, los legionarios tienen noticia de la razón de su marcha. Un terrible suceso en la zona de Melilla, los rifeños han conseguido desbaratar el dispositivo militar del general Silvestre, que ha desaparecido, y la misma Melilla corre peligro, carente ahora de guarnición…
«¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!»
Atardece el día 23 de julio cuando los legionarios abordan el barco en Ceuta; tras formar junto a la dársena, los hombres del Tercio han recibido la arenga del teniente coronel Millán Astray: «¡Legionarios!: de Melilla nos llaman en su socorro. Ha llegado la hora de los legionarios. La situación allá es grave, quizás en esta empresa tengamos todos que morir. ¡Legionarios!: si hay alguno que no quiera venir con nosotros que salga de filas, que se marche, queda licenciado ahora mismo… ¡legionarios!: Ahora jurad: ¿Juráis todos morir si es preciso en socorro de Melilla? ¡Sí, juramos! ¡Viva España! ¡Viva el Rey! ¡Viva La Legión!».
La travesía se realiza a toda máquina, las noticias que se van recibiendo desde Melilla así lo requieren. En la siguiente jornada, poco después del mediodía, ya está Melilla a la vista, y en su puerto gran cantidad de melillenses reciben a los hombres del Tercio con toda su esperanza puesta en ellos.
Encabezados por las escuadras de gastadores y la música, desfilan los legionarios por Melilla camino directamente de las posiciones asignadas a cada unidad para la defensa de la ciudad. La presencia de La Legión ha llegado a oídos del enemigo y durante la noche no se registran incidencias en torno a Melilla, al día siguiente llegan por vía marítima nuevas unidades para reforzar la defensa de la plaza: el batallón del Regimiento de La Corona arriba desde Málaga, los regulares, desde Ceuta. Las banderas del Tercio toman nuevas posiciones en vanguardia, buscando ampliar el cinturón de defensa de la ciudad, alejando en lo posible al enemigo de las cercanías del casco urbano.
«Era tiempo de asegurar los puntos fuertes»
El día, 26 el recién llegado general Sanjurjo toma el mando conjunto de las unidades encargadas de la defensa de Melilla y de la reconquista del territorio de su comandancia. Un grupo de ataque compuesto por legionarios y regulares parte con la misión de ocupar Sidi Amech y el Atalayón; el avance se realiza a la vista de los rebeldes rifeños, pero se hace con tal rapidez que antes de que sean capaces de organizar un contraataque, las tropas españolas ya han fortificado las nuevas posiciones avanzadas.
Era tiempo de asegurar los puntos fuertes que se iban estableciendo en el territorio que rodeaba la ciudad. El enemigo había tomado posiciones en las laderas del monte Gurugú y desde allí dominaba con fuego de fusil y cañón las posiciones españolas y las rutas de abastecimiento de las mismas.
Formando una línea avanzada se construyen en los alrededores de Melilla una serie de posiciones defensivas aisladas guarnecidas por un pelotón o una sección, según la importancia de las mismas, utilizándose como medio de comunicación el heliógrafo durante las horas de sol y las señales luminosas durante la noche. El perímetro de seguridad externo estaba protegido por alambradas de más de un metro de altura.
Durante estos días los legionarios del Tercio probarán su valor en la defensa de estas posiciones, conocidas como «blocaos» (del término alemán Blockhaus), así como en la escolta de los convoyes organizados para el aprovisionamiento y relevo de las fuerzas que las guarnecen.
En el blocao de Sidi Amed, los legionarios de la 5ª Compañía de la II Bandera soportaban estoicamente el constante fuego al que la artillería rifeña les sometía desde las laderas del Gurugú, los heridos se resistían a ser evacuados a la llegada de los convoyes y desde su posición abrían fuego de fusil sobre el enemigo en cuanto éste se dejaba ver en sus movimientos sobre el accidentado terreno.

Los legionarios, recién desembarcados en Melilla, forman en el puerto antes de dirigirse a las posiciones de defensa asignadas
Era una orografía ideal para la emboscada, que los rebeldes aprovechaban con maestría. Los convoyes de aprovisionamiento realizaban su labor en un peligro constante, pero cuando éste se materializaba y los rifeños atacaban, la reacción de legionarios y regulares no se hacía esperar.
Así ocurrió en la jornada del 8 de agosto cuando los harkeños atacaron al convoy que se dirigía desde Melilla hacia las posiciones externas. Las fuerzas que participaban en la marcha se parapetaron de inmediato, pero desde la retaguardia la situación fue rápidamente advertida por tropas del Tercio y regulares, que acudieron enseguida atacando ladera arriba y expulsando al enemigo de sus posiciones cubiertas; allí quedaron numerosas bajas rifeñas, no sufriendo a cambio ninguna las tropas españolas en su contraataque.
Merecen aquí especial mención los combates producidos el 15 de agosto durante un avance en el que participaban fuerzas de caballería y regulares bajo la cobertura del fuego de las compañías de ametralladoras legionarias, que ocupaban posiciones en el flanco izquierdo de Sidi Amarán, sobre la carretera de Hidún.
Tras tupidas chumberas el enemigo
El enemigo, que se ocultaba tras unas tupidas chumberas, hizo frente al avance de los regulares, logrando detener su maniobra. Los hombres de las banderas legionarias, al percibir la delicada situación de sus compañeros de armas, se lanzaron al ataque sin esperar la cobertura de la artillería, expulsando al enemigo de sus posiciones y dando la posibilidad de asegurar Sidi Amarán, procediendo inmediatamente a su fortificación. Pero los harkeños no eran enemigo fácil; se reorganizaron y, aprovechando el terreno, maniobraron con sigilo para intentar recuperar las posiciones perdidas, llegando a rodear a la compañía de ametralladoras de la II Bandera.
Los legionarios no cedieron terreno, y sin cesar el fuego de sus máquinas defendieron su posición causando abundantes bajas al enemigo; el teniente Valero se hizo cargo de una de las ametralladoras que había quedado muda tras la muerte de sus servidores, cayendo él mismo bajo el fuego enemigo. Los rifeños no consiguieron su objetivo y se retiraron; la cuantía de las bajas legionarias no fue alta: dos muertos y un herido; a cambio, un nuevo testimonio de que los hombres de La Legión cumplen como de ellos se espera.
Pero los ataques rifeños a las posiciones del Tercio no cesaban; durante la noche del 17 de agosto el objetivo de los rebeldes fue el blocao de Dar Hamed, cercano a la posición de Sidi Hamed el Hach, guarnecido aquél por doce legionarios a las órdenes de un cabo.
«Las granadas son recogidas del suelo por los legionarios y devueltas de inmediato»
El centinela está alerta en la noche africana, y al advertir ruidos sospechosos da parte al cabo; la tranquilidad aún parece reinar, hasta que el centinela, ya seguro de la presencia hostil, hace fuego sobre un enemigo que primero intuye y de inmediato descubre. El ataque es ahora decidido; desde las sombras, los rifeños se aproximan hasta la línea de sacos terreros que define el perímetro de la posición española, tirando de ellos para desbaratar la defensa que ofrecen y arrojando al mismo tiempo granadas al interior del recinto, que son recogidas del suelo por los legionarios y devueltas de inmediato a su anteriores dueños para que reciban la fuerza de las explosiones acompañadas del disparo de los fusiles certeramente apuntados aprovechando el resplandor y el eventual incendio de algunos matojos.
El combate se prolonga durante toda la noche, y al apuntar el alba los atacantes pierden su principal aliado, la oscuridad, optando entonces por la retirada. Llevan con ellos sus bajas, que dejan rastros de sangre sobre el terreno.
Con el amanecer llega también una columna de refuerzo al blocao; al entrar encuentran la posición destrozada, deshechas las alambradas, caídos los sacos terreros, pero cada defensor en su puesto, heridos, eso sí, casi todos ellos. El cabo pasará tras esta acción a lucir los galones de suboficial legionario.
Legionarios a la carrera fotografiados durante la campaña de 1921
No fue éste un episodio aislado; así narra el comandante Franco en su obra «Diario de una Bandera» la defensa de la posición de la cual dependía el blocao de Dar Hamed: «La posición de SidiHamed es constantemente atacada por el enemigo. Al fuego de fusilería se une el de cañón que le dirigen desde las lomas de Nador y picos del Gurugú. Una compañía de legionarios y otra de línea guarnecen la posición y es jefe de la misma el comandante Arias, del batallón de Toledo. Sólo alabanzas hemos oído de las cualidades militares y dotes de mando de este jefe que defendió la posición de SidiHamed de los intensos bombardeos y duros ataques enemigos. El mando, atendiendo a sus cualidades relevantes, le mantuvo en este puesto hasta la toma de Nador. Todas las unidades de la Legión pasaron por este destacamento y muchísimos son los legionarios que se distinguieron en su defensa. Un día es al extinguir el incendio del depósito de municiones, alcanzado por las granadas enemigas, otro al salir a recoger el material de los mulos muertos a la entrada de la posición y enfilados por los moros. Hoy a un soldado le lleva la cabeza un proyectil, mañana otro herido no quiere evacuarse. Un corneta, en el parapeto, avisa con un punto los disparos de la artillería enemiga y al momento todos se guarecen en los abrigos. Así se vive en SidiHamed con el agua tasada y el convoy cada tres días.

La Legión en 1921. Las imágenes que ilustran este artículo proceden del libro “La Legión 1921. La reconquista tras el desastre de Annual”, publicado por la editorial Almena en la colección Guerreros y Batallas
Sólo Manolo, el valiente cantinero, visita a diario la posición, los legionarios le conocen. Él les lleva el correo y las frescas sandías con qué aliviar la sed, es portador de encargos, y a menudo atraviesa las zonas enfiladas para llegar a la posición. Una tarde le hieren gravemente al compañero, otro día le matan la caballería, pero él visita los puestos avanzados y ni un solo día les falta su correo. En uno de los convoyes a SidiHamed el enemigo nos prepara una fuerte emboscada. Es el día 8 de agosto. Al efectuar el paso por la segunda Caseta y cuanto toda la Legión ha entrado en el camino, una nutrida descarga hecha sobre nuestros caballos nos sorprende. Al momento, la fuerza se ha tendido y rompe el fuego sobre las peñas y chumberas de la barrancada, los legionarios y Regulares escalan rápidos las laderas, y el enemigo huye escarmentado, el fuego ha sido intenso, pero milagrosamente sólo nos han matado un perrito».
Nuevos avances
El 23 de agosto las banderas legionarias participan en el ataque sobre las barrancadas de Frarhana, en las cercanías de la posición de Zoco el Had; dos días más tarde el objetivo es Tizza, donde se planea construir nuevas posiciones que contribuyan a asegurar el control del territorio. Pero cada nueva posición aislada requiere también la salida de un convoy de aprovisionamiento, normalmente con una periodicidad de tres días; los legionarios participan en estas misiones en el servicio de Sidi Amed y el Atalayón.

Legionarios a la carrera fotografiados durante la campaña de 1921
En estas fechas se prepara en Melilla un tren blindado que participa con efectividad en las operaciones que se llevan a cabo en la zona. Desde sus aspilleras, que dominan bien el terreno, el fuego de fusil da cuenta de cualquier enemigo que pretenda estorbar el aprovisionamiento de las posiciones cercanas a las vías.
En una de estas misiones, protegidos por el tren y protegiendo a su vez las vías de posibles saboteadores enemigos, avanzan unidades legionarias. Cuando el tren regresa a Melilla, desde el Atalayón se comunica la presencia de un gran número de enemigos llegados desde Nador concentrándose cerca de las vías.
Los hombres del Tercio se encuentran entonces esperando la llegada del tren apostados a la altura de la Tercera Caseta y reciben el ataque de los rifeños; una sección consigue abandonar la posición sin ser vista por el enemigo, cubriendo su movimiento gracias al talud de las vías. Logran así los legionarios acercarse a las posiciones rifeñas y sorprender al enemigo con un ataque a la bayoneta que coincide con la llegada del tren blindado, desde el cual se realiza un nutrido fuego de apoyo. Para los harkeños es el ¡sálvese quien pueda! y abandonan entonces el campo dejando un buen número de bajas.
Durante la noche siguiente los centinelas de las posiciones más avanzadas darán parte de la presencia de luces en el terreno donde se había librado la batalla: los rifeños recogían sus muertos y heridos.
El presente mapa muestra los avances de La Legión durante las dos primeras fases de la reconquista del territorio de la comandancia de Melilla.

Avances de La Legión durante las dos primeras fases de la reconquista del territorio de la comandancia de Melilla.
Algunas acciones destacadas
F. M. CANALES
1. La hazaña de un cabo austríaco
Una acción memorable fue la acontecida en el defensa del blocao Mezquita, una posición que sufría el constante ataque rifeño, circunstancia que agotaba a su guarnición y obligaba el envío de un convoy diario.
El cabo legionario Herben, de origen austríaco, observó el lugar donde solía reunirse el enemigo antes y después de cada ataque, una barranca cubierta de la vista del blocao. Con los medios existentes no parecía posible desalojar de allí a los rifeños, así que el cabo tuvo la idea de montar un potente artefacto explosivo utilizando para ello unas latas, munición de fusil y cartuchos de dinamita. Portando la improvisada bomba se arrastró al anochecer hacia la citada barranca prendiendo la mecha y arrojando el artefacto a su interior. La explosión sorprendió al enemigo concentrado en la trinchera y la naturaleza de la misma aumentó el efecto devastador del explosivo causando tal número de bajas entre los rifeños que a partir de aquella noche cesaron radicalmente los ataques al blocao Mezquita.
2. Inesperado refuerzo
La posición de Ait Aixa, sufría un fuerte ataque rifeño apoyado por el fuego artillero procedente del monte Gurugú. Advirtiendo la situación, y ante la falta de tropas para acudir como refuerzo, el capitán Malagón formó una columna integrada por legionarios enfermos, heridos leves, rancheros, escribientes y conductores, acudieron todos con entusiasmo al combate y su llegada fue providencial, se repartieron de inmediato por los puestos de tirador, abrieron un nutrido fuego y gracias a su ayuda se logró rechazar el ataque enemigo.
3. La defensa del Blocao de Dar Hamed
En la jornada del 13 de septiembre, la guarnición legionaria del blocao de Dar Hamed recibió la orden de reincorporarse de inmediato a su bandera; su relevo, una sección reducida de la Brigada Disciplinaria de Melilla a las órdenes del teniente Fernández Ferrer, salía de la plaza a primera hora del siguiente para emprender una marcha durante la que rifeños emboscados abrieron fuego esporádicamente sobre ellos. Llegando al blocao, el fuego de fusilería desde posiciones elevadas se hizo más intenso, acompañado ahora también por los cañones enemigos. El relevo de la guarnición, superando la gran dificultad que suponía estar bajo los disparos del adversario, se llevó a cabo finalmente durante la mañana.
Los soldados de Fernández Ferrer pasaron la jornada respondiendo al constante fuego rifeño, que no cesó ni con la llegada de la noche; se produjeron entonces las primeras bajas entre los defensores de la posición, entre ellos el teniente, alcanzado por la metralla. Entre el amanecer y las primeras horas de la tarde de la jornada del 15 el enemigo detuvo el fuego, para reanudarlo de nuevo haciendo uso de la artillería. Las bajas se multiplicaban y el teniente juzgó que la posición corría peligro, comunicando su situación a través del heliógrafo y de un enlace enviado hasta la guarnición legionaria de la Segunda Caseta.
Recibida la petición de socorro en la posición del Atalayón, el teniente del Tercio Eduardo Agulla Jiménez-Coronado pidió permiso para acudir a Dar Hamed, pero el mando estimó arriesgado desguarnecer su posición, permitiendo sólo el envío de un pelotón.
El teniente pide voluntarios en su sección para formar la fuerza de socorro, y como es tradición desde su fundación hasta el día de hoy, la sección completa da un paso al frente. El oficial, tras agradecer a sus hombres el gesto, elige quince legionarios y pone como mando del pelotón al legionario de primera, cabo en funciones, Suceso Terrero López.
Los legionarios llegan a la zona de Dar Hamed al atardecer. El blocao está prácticamente rodeado, es necesario romper el cerco; Suceso Terrero ordena calar la bayoneta y cargar contra el enemigo. Los legionarios consiguen su objetivo y atraviesan las alambradas, dos de ellos ya heridos. Suceso Terrero se presenta al teniente Fernández Ferrer, también herido, quien le agradece su presencia en la posición, tras lo cual los legionarios relevan en las aspilleras a algunos de los soldados que se mantienen en su posición a pesar de haber sido alcanzados por las balas y la metralla rifeñas. Caída la noche se hace aún más intenso el fuego sobre el blocao; un disparo de fusil alcanza al teniente Fernández Ferrer y acaba con su vida, quedando al mando de la posición el suboficial Cadarso, segundo jefe de la sección, quien dirige la defensa a pesar de haber resultado herido en la cara.
Sobre las 11 de la noche, un disparo de artillería impacta directamente en el castigado blocao y consigue derribar una de las esquinas de la edificación, matando la explosión a Cadarso y a varios defensores.
Asume entonces el mando de la guarnición el cabo Sergio Vergara, del Batallón Disciplinario, herido desde la jornada anterior, que resulta también alcanzado por un disparo enemigo que acaba con su vida una hora más tarde.
El legionario de primera Suceso Terrero
dirige ahora la desesperada pero firme defensa frente al ataque de un enemigo abrumadoramente superior en número y en armamento.
La munición comienza a escasear, el agua está agotada desde hace horas y es ahora Suceso Terrero quien juzga que dicha posición no podrá ser defendida mucho más tiempo.
Durante la noche el único medio de comunicar su situación al mando es enviar soldados, y para dicha misión, que incluye romper el cerco enemigo, elige al legionario Miralles y al soldado Mediel, a los que encarga llegar hasta la Segunda Caseta procurando seguir itinerarios distintos para duplicar las posibilidades de éxito de la difícil misión.
Las bajas aumentan y el fuego español desde el blocao decrece en consecuencia, lo que permite al enemigo acercar una pieza de artillería a unos cien metros de la posición. Su disparo en tiro directo hace saltar los restos del blocao Dar Hamed por los aires, acabando al mismo tiempo con la vida de soldados y legionarios.
Mientras esto ocurría, los emisarios, a pesar de haber sido alcanzados también por el fuego enemigo durante su misión de enlace, habían conseguido llegar hasta la Segunda Caseta. Desde allí, ya amanecido, partió una fuerza de legionarios al mando del sargento Valle en dirección a Dar Hamed.
Cuando finalmente alcanzaron el blocao el enemigo se había retirado, y la destrozada posición era ya sólo un cementerio de valientes.
Llegados refuerzos desde la Península, Melilla se daba por salvada, y se plantearon ya nuevos objetivos en la reconquista del territorio; los dos primeros y fundamentales para la seguridad de la zona fueron la villa de Nador, a orillas del Mediterráneo, y el macizo montañoso del Gurugú. El valor de los legionarios del Tercio empezaba en aquellos días a forjar su leyenda.
ABC.es
 

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12/10/1941 - en Dnipropetrovsk (Ucrania), este día y el siguiente, los nazis matan 11.000 judíos.
1942 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, la flota japonesa se retira después de la derrota de la batalla del Cabo Esperanza. El comandante Aritomo Gotō muere por las heridas sufridas en el frente, y dos destructores japoneses se hunden por el ataque aéreo aliado.
http://www.hoyenlahistoria.com/dia/octubre/12
 

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ES MEDIO OFF TOPIC PERO PERTENECE A LA GUERRA FRIA

Hungría acusa a un ex ministro de crímenes de guerra durante el comunismo

El ex primer ministro del Interior húngaro (1957-1961), Bela Biszku. | Afp
La Fiscalía de Budapest presentó hoy cargos por crímenes de guerra contra el ex ministro del Interior Béla Biszku, al que se acusa se haber colaborado en la represión de quienes participaron en la revolución antisoviética de 1956.
Según la acusación, Biszku, de 92 años, formó parte del Comité Ejecutivo Provisional que, después del aplastamiento de la revolución contra el régimen comunista, creó las 'milicias armadas', para castigar a los civiles que participaron en el levantamiento.
Esas milicias dispararon contra una multitud en diciembre de 1956 y causaron 46 víctimas, entre ellas mujeres y niños, según argumenta la Fiscalía.
"Biszku participó activamente en el Gobierno y en el Comité Ejecutivo, que era el órgano de toma de decisiones del Partido Socialista Obrero Húngaro", detalla la denuncia.
Según el Convenio de Ginebra sobre la protección de civiles en tiempo de guerra, Biszku fue cómplice de crímenes de guerra, asegura la Fiscalía, que recuerda que la pena máxima para este tipo de delitos es la cadena perpetua.
El acusado, que fue ministro entre 1957 y 1961, está en arresto domiciliario desde septiembre del año pasado, después de que la Fiscalía le denunciara por homicidio.
Biszku también está acusado por posesión de munición sin autorización.
La revolución que estalló el 23 de octubre de 1956 fue aplastada por el Ejército Soviético en las semanas siguientes. Las autoridades comunistas ejecutaron a unas 400 personas y encarcelaron a más de 20.000.
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Cómo el ron se convirtió en el arma secreta de la Marina Real Británica

El ron ha jugado un papel crucial en la vida de la Marina Real Británica, tanto que ha condicionado su vida y costumbres

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La Marina Real o Royal Navy es considerada una de las armadas navales más importantes y antiguas del mundo desde su fundación en el siglo XVI. Además de su extensa flota, su rica historia a lo largo de seis siglos ha perpetrado una serie de tradiciones y costumbres, entre las que el ron juega un papel imprescindible como hemos descubierto en el blog Military History Now.
El ron es una bebida destilada de la caña de azúcar y su primer testimonio por escrito proviene de 1650 en las islas del Caribe. Antes de la conquista de este territorio por parte de Reino Unido, la tripulación de los barcos británicos bebían cerveza o vino, pero con la conquista de Jamaica en 1655 los ingleses obtuvieron el ron como un botín inesperado.
El transporte de esta bebida en los barcos respondía a la necesidad de conservación durante las largas travesías. Mientras que el agua almacenada en toneles se echaba a perder el alcohol perduraba. Además, llevar las bodegas cargadas de ron ayudaba a mantener a la tripulación animada durante el viaje. Por esta razón, tomar ron en la Marina fue una tradición de siglos. Todos los días los marineros recibían dos raciones de ron al día: una al mediodía y otra al anochecer y la tradición marinera permitía que cada día se brindase por un grupo de personas en concreto.
Las raciones de ron eran tan importantes en la vida a bordo que si el barco se quedaba sin reservas el capitán podía tener un problema y tenía que acercarse a toda prisa a los puertos. Además surgía otro inconveniente: el abuso del ron provocaba que muchos tripulantes estuviesen borrachos todo el día. Así, en 1740 se decidió que el ron debería mezclarse con dos partes de agua, combinado que se llamó «grog».
La tradición del ron también jugó un papel importante en la Batalla de Trafalgar. Tras la muerte del almirante Nelson sus compañeros decidieron conservar sus restos en un tonel del destilado de caña de azúcar. Cuando los restos llegaron a Reino Unido descubrieron que el barril estaba seco. Se cree que los marineros bebían del barril de Nelson para así ser invencibles en las batallas, la llamada «Sangre de Nelson». Así surgió la expresión de «tapping the admiral» (servirse del Almirante), que consiste en beber con una pajita de un barril.
La costumbre continuó perpetuándose a lo largo de los años y ni siquiera las dos guerras mundiales consiguieron interrumpirla. Aún así, las frecuentes borracheras obligaron a reducir drásticamente las raciones hasta el 31 de julio de 1970, fecha en el que el Almirantazgo decidió suprimir la ingesta de ron. La noticia fue recibida con disgusto por los soldados, hasta tal punto que dicha jornada es considerada como «Viernes negro».
Sin embargo, la práctica no ha quedado del todo abolida. Si la reina de Inglaterra o algún miembro de la familia real lo estiman oportuno pueden dar a sus tropas una ración especial de ron por una victoria, una boda real o un acontecimiento importante. Hasta la fecha sólo se ha permitido en la victoria de las Islas Malvinas o en el nacimiento del Príncipe Guillermo, hace ya 31 años. A los marines siempre les quedará el consuelo de acercarse a degustarlo en un local en tierra firme.
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Vestigios de la Guerra Civil: tesoros de coleccionista cargados de peligro
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Vídeo: Efe.

Bomba de la aviación rusa lanzada en la Guerra Civil hallada en la región de Madrid.

La Guardia Civil se hace cargo cada año de unos mil artefactos
  • Proyectiles, granadas de mortero y de mano o bombas de aviación
  • Son piezas muy apreciadas por determinadas personas que las conservan
  • Algunos aún contienen carga explosiva y el riesgo de explosión es alto
  • Los expertos alertan del riesgo de manipularlos o almacenarlos
La Guardia Civil se hace cargo cada año de unos mil artefactos procedentes de la Guerra Civil, pero solo son una muestra de los que también encuentran los coleccionistas que, sin ser conscientes del peligro que entrañan, los guardan como un tesoro en sus casas.
No por antiguos son menos peligrosos. Todo lo contrario. Según explica Carlos Vicario, del Servicio de Desactivación de Explosivos y Defensa NRBQ de la Guardia Civil, precisamente esos artefactos tienen más riesgo porque sus sistemas de seguridad se han deteriorado con el paso del tiempo y en cualquier momento pueden explosionar.
Un ejemplo de su peligrosidad es el último incidente del que ha tenido constancia la Guardia Civil, ocurrido en la localidad madrileña de San Martín de la Vega, donde una persona resultó herida grave al manipular un proyectil de artillería de la guerra.
Vicario cifra en unos mil artefactos de la guerra del 36 los que los ciudadanos ponen en manos del Instituto Armado cada año, que, en su mayoría, son proyectiles de artillería, granadas de mortero y de mano e, incluso y en menor medida, bombas de aviación, enterradas a más profundidad y que, por tanto, tardan más años en aflorar.
Aunque parezca increíble, a pesar de las mil piezas entregadas cada año a la Guardia Civil y las incontables que hallan coleccionistas y ciudadanos anónimos sin informar de ello, los agentes del Servicio de Explosivos no han detectado una tendencia a la baja en el número de artefactos.
Y eso da idea de los miles y miles de piezas enterradas en toda la geografía española, pero sobre todo en las zonas donde el frente de uno y otro bando fue más estable, como el de Madrid o el del Ebro.
Desde ambas posiciones se lanzaban los artefactos, pero algunos no llegaban a explosionar por las razones que fuera, subraya Vicario, quien avisa de que hasta los trozos de hierro más herrumbrosos que pueden encontrarse tienen explosivo que "funciona".
440 artefactos destruidos este año
Pero no son solo piezas de la guerra las que caen en manos de la Guardia Civil para su desactivación. Cohetes granífugos, bombas extintoras de incendios, bengalas de señalización, espoletas, granadas de fusil, artefactos pirotécnicos o botes de humo son otros de los peligrosos objetos que los agentes tienen finalmente que desactivar.
En lo que va de año, la Guardia Civil ha recuperado 11.535 efectos y ha tenido que destruir 440. Por provincias, Zaragoza encabeza la lista de artefactos destruidos, con 37, por delante de los 35 de Ciudad Real y los 32 de Valencia.
Y entre los más de 11.500 objetos recuperados, destacan las 7.137 bombas extintoras de incendios o los 584 cohetes granífugos, compuestos de yoduro de plata y utilizados, sobre todo hace unos años, para lanzarlos contra las nubes y evitar la condensación de agua, es decir, el granizo con el fin de proteger las cosechas de las tormentas. Un total de 315 granadas de mortero y 240 proyectiles de artillería figuran también entre los efectos recuperados.
Cada caso se estudia detenidamente por los artificieros, que le ponen la correspondiente carga explosiva y destruyen el artefacto en lugares controlados donde se ocasione el menor daño posible al entorno y ninguno a las personas.
La Guardia Civil quiere recordar a los ciudadanos que por "más viejo y roto" que pueda encontrarse el artefacto que hallen, "puede tener el mismo poder destructor" que cualquier otro, porque ha sido diseñado para matar o mutilar, subraya Vicario.
Por ello, este tedax pide a los ciudadanos que no toquen ni muevan el artefacto hallado, lo señalicen con piedras o ramas y avisen a la Guardia Civil. Y también que desconfíen de los consejos de personas que supuestamente conocen ese material porque alguna vez en su vida lo han utilizado y que no intenten desactivarlo.
Se trata, insiste Vicario, de evitar accidentes, que en muchos casos pueden ser graves, por lo que la Guardia Civil no ve con buenos ojos el coleccionismo de estas piezas, ya que supone trasladar el peligro del campo a la propia casa. Porque el tesoro puede estallarle en las manos.
elmundo.es
 

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La misteriosa desaparición del submarino republicano B-5 durante la Guerra Civil

Este sumergible se esfumó de las aguas del Mediterráneo, frente a Estepona, por razones que todavía se desconocen

archivo ABC
Flotilla de sumergibles de la clase B construida por la Sociedad de Construcción Naval, 13-9-1928
La del B-5 no es la típica historia de un submarino que se hundió combatiendo contra innumerables enemigos, pero, a pesar de todo, su leyenda bien podría haber servido de inspiración para un guión de la factoría Hollywood. Y es que, en octubre de 1.936 -en plena Guerra Civil-, este sumergible de la Armada republicana desapareció misteriosamente mientras patrullaba las costas de Estepona (Málaga) por causas que, a día de hoy, siguen siendo un enigma.
De esta embarcación sólo queda en la actualidad el recuerdo de los 37 marinos que, presumiblemente, fallecieron en su interior y, como no podía ser de otra forma, varias conjeturas sobre las causas de su desaparición. Así pues, las teorías más barajadas a lo largo de la historia afirman que el submarino fue destruido por un hidroavión sublevado o que, incluso, fue hundido deliberadamente por su capitán -partidario del alzamiento militar-, para evitar que fuera utilizado por la República. Sucediera lo que sucediese, lo único cierto es que han pasado ya 77 años desde que el B-5 se marchó dejando tras su popa una estela de intrigas e incógnitas.
Nace el B-5
La primera página en la historia de este sumergible se escribió hace casi cien años, época en la que España dio un paso de gigante al ordenar la creación de los primeros submarinos de la conocida como «clase B». «Estos buques fueron los primeros sumergibles de serie construidos en España. Su origen tiene lugar en la aprobación de la Ley del 17 de febrero de 1.915 (…). En dicha disposición, además de otros buques, se proyectaba la construcción de un total de 28 sumergibles (…) por un montante total de 110 millones de pesetas de la época. De este proyecto surgirían los seis submarinos clase B», afirma el experto en historia Dionisio García Flórez en su libro «Buques de la Guerra Civil española. Submarinos».
En base a esta normativa, los astilleros de Cartagena iniciaron la construcción de los seis submarinos militares de «clase B», los cuales, aunque se caracterizaban por sus escasas dimensiones (apenas 64 metros de eslora por 5,6 de manga), contaban con un fuerte armamento para la época. «Disponían de cuatro tubos lanzatorpedos de 450 mm, dos a popa y dos a proa. (…) Como armamento de cubierta llevaban un cañón Vickers de 76,2 mm», completa el autor en su texto.
Hubo que esperar hasta 1.921 para que la Marina recibiera su primer submarino de «clase B», el cual fue bautizado con el nombre de B-1. Tras este, y a lo largo de 5 años, la Armada recibió 5 sumergibles más, entre los que se encontraba el B-5. A partir de entonces, este buque quedó asignado a la División de Instrucción de Submarinos de Cartagena, donde se limitó a participar en todo tipo de ejercicios y actos protocolarios. Y es que, por aquellos años, la paz reinaba -relativamente- en las aguas españolas.

Los submarnios B-5 acompañados del C-2, abril de 1928 / ARCHIVO ABC
Durante los siguientes años la normalidad fue el único enemigo al que tuvo que hacer frente la flota de submarinos, la cual recibió en 1.928 seis nuevos sumergibles de la «clase C». Años después, con la llegada de la República, estas naves serían dispersadas entre las principales bases navales españolas.
«Estos doce submarinos estaban repartidos en dos flotillas: la de Cartagena, con base en este puerto principal, y la de Baleares. En la primera figuraban los seis submarinos de clase C y los B-5 y B-6, al mando de un capitán de fragata. La de Baleares, basada en Mahón, disponía de los cuatro submarinos restantes de la clase B, a cargo de un capitán de corbeta», explican el almirante Gonzalo Rodríguez Martín-Granizo y el contralmirante José Ignacio González-Aller Hierro en su obra «Submarinos republicanos en la Guerra Civil española».
El alzamiento, también en el mar
La situación dio un giro radical en el verano de 1.936, época en la que varios militares (entre los que se encontraba Francisco Franco) iniciaron los preparativos para llevar a cabo un levantamiento militar desde Marruecos. Su objetivo estaba claro: llegar hasta la Península y acabar con el Gobierno central ubicado en Madrid.
No obstante, los franquistas sabían que, una vez iniciada la revuelta, era de vital importancia transportar a sus tropas hasta la Península, algo que únicamente podían hacer a través de aviones y navíos. Por ello, contactaron con los principales capitanes y oficiales de la Marina española, a los que pidieron que se sublevaran o que, como mínimo, se mantuviesen neutrales en el conflicto y no atacaran con sus buques los transportes que trasladarían a las tropas franquistas desde África hasta España.
De esta forma, y bajo el clima de incertidumbre existente en la Marina, el 17 de julio de ese mismo año los planes rebeldes se llevaron a la práctica y se dio el pistoletazo de salida para la sublevación. Ahora, los capitanes y oficiales de los diferentes buques y submarinos se veían obligados a elegir un bando. Acababa de iniciarse, en definitiva, la Guerra Civil y, a partir de ese momento, la sangre de unos y otros correría a raudales dejando una mancha rojiza imborrable en la Historia española.
Apenas un día después de iniciarse el levantamiento militar, el desconcierto cundió entre las bases navales españolas. De hecho, esa misma noche la República ordenó un avance total sobre Gibraltar con la intención de impedir que los sublevados trasladaran a sus tropas hasta el sur de España. La flota de submarinos de Cartagena, en la que se encontraba el B-5, fue de las primeras en recibir la orden de partir.
«La madrugada del día 18, la flotilla de los submarinos de Cartagena recibió órdenes por su conductor reglamentario de salir urgentemente con torpedos a cruzar la costa entre el cabo de Gata y el estrecho de Gibraltar; (…) En cumplimiento de esta orden (…) salieron de la base los submarinos C-1, C-3, C-4 y C-6, a los que se unió en la mar el B-6. Mientras tanto, en Cartagena se preparaban febrilmente los restantes buques que componían la flotilla para incorporarse a ella tan pronto como estuvieran listos», determinan los marinos españoles en su escrito.
Eran momentos de tensión para el gobierno de la República, que sabía de la afinidad de varios oficiales con el alzamiento. Por ello, desde Madrid se enviaron órdenes muy concretas a los sumergibles: debían comunicar su situación geográfica cada pocas horas. De esta forma, se pretendía evitar que algún capitán tomara la decisión de desviar sutilmente su rumbo y huir hasta la zona controlada por los sublevados.
Barreda prefería hundirse con su submarino a servir a la República
Mientras, dentro de una inmensa mole de metal y sumergidos varios metros en el mar, la tensión crecía entre los tripulantes ya que, mientras que la mayoría de oficiales apoyaban a los rebeldes, la marinería tendía a ser leal a la República. «El ambiente entre las dotaciones era tenso y, después de las últimas conversaciones sostenidas en la base, la mayoría de los jefes y oficiales estaban decididos a no oponerse al paso de los transportes», completan los altos cargos de la Armada. Sin embargo,el paso de las horas dejó claro que muchos de los oficiales de los submarinos eran ideológicamente afines a la sublevación, pues, entre otras cosas, comenzaron a retrasar la ejecución de las órdenes gubernamentales. De hecho, llegaron incluso a simular averías para evitar torpedear navíos nacionales. Al parecer, esto fue demasiado para las dotaciones de los sumergibles, que decidieron obviar la cadena de mando y tomar por la fuerza las naves.
«La mayoría de los oficiales y comandantes fueron arrestados sin derramamiento de sangre en los primeros dos o tres días tras los hechos de (…) julio, aunque muchos de ellos, trasladados a los buques-prisión o a los penales, como el del castillo de La Mola, fueron posteriormente fusilados», señala, en este caso, Flórez. Con todo, y a pesar de que ya no contaban con un superior experto en el arte de la navegación, los tripulantes lograron mantener los sumergibles en poder de la República.
La revuelta en el B-5
Por su parte, y mientras la flota principal de submarinos se debatía entre el alzamiento y la lealtad a la República en mar abierto, el B-5 se encontraba amarrado en Cartagena, pues necesitaba reparar su ya maltrecho y viejo casco. Sin embargo, el encontrarse en puerto no libró a su tripulación de mantener un duro combate contra los partidarios de la sublevación, ansiosos por tomar la base.
«El B-5 (…) vivió (en Cartagena) la sublevación y aplastamiento de la misma sin intervenir, ya que varios de sus oficiales y tripulantes fueron destinados a otros buques operativos. El submarino, al igual que todos los demás, quedó en poder del gobierno republicano», señala el experto español en su obra.
La República puso al mando del B-5 a un oficial partidario del alzamiento
Con todo, la revuelta fue sofocada sin mayores dificultades en esta zona y, a los pocos días, la tripulación del B-5 envió un mensaje al gobierno informando de que seguían a las órdenes de la República: «Submarino B-5 ruega hágase extensivo a periódicos y Centros del Frente popular, que toda la dotación se encuentra sin novedad, siguiendo una patriótica y leal adhesión a la República, sin que ni por un solo momento decaiga en ellos este espíritu, y encontrándose dispuestos a luchar hasta ver derribados a los enemigos de la República y de nuestra Madre España. Ánimo camaradas, en defensa de la República, que para nosotros es el triunfo. ¡Viva la República!».
Nuevo y extraño mando
A su vez, y ante la escasez de oficiales con experiencia afines a la ideología gubernamental, se entregó el mando del submarino al capitán de corbeta Carlos Barreda Terry, quien destacaba por ser un conocido partidario de la sublevación militar. Sin embargo, y debido a su tendencia política, el oficial quedó bajo la estricta supervisión de un comité político enviado por la República.
Curiosamente, el permitir a los oficiales partidarios del alzamiento dirigir bajo supervisión un submarino se hizo habitual debido a la imperiosa necesidad de mandos. «Muchos oficiales aceptaron el mando pensando que podía ser una buena oportunidad para escapar y pasarse al otro bando, bien ellos mismos o llevando consigo la nave; otros, en cambio, estaban dispuestos a sacrificarse hasta el final impidiendo que su buque siguiese al servicio de su enemigo», completa Flórez. Desde ese momento, y durante casi tres meses, el B-5 se dedicó principalmente a patrullar el Estrecho.
Unos meses después, en octubre, el destino acabó con los 37 desafortunados tripulantes del viejo B-5. El sumergible se encontraba entonces de patrulla por aguas malagueñas cuando, de improviso, dejó de retransmitir su posición. A partir de ese momento, jamás se volvería a conocer su paradero. Casi se podría decir que se esfumó pues, a día de hoy, la historia no ha conseguido aclarar cual fue el trágico final que se llevó al fondo del mar la nave.
La primera teoría, y la más extendida, determina que un avión pudo haber enviado al fondo del mar al B-5 después de un encontronazo fortuito sucedido el día 12 de ese mismo mes. Al parecer, durante aquella jornada la nave navegaba en superficie cuando repentinamente avistó un hidroavión Dornier perteneciente al bando sublevado. Casi de forma automática, el submarino se sumergió para evitar ser atacado, pero ya era tarde, pues el aeroplano había detectado al enemigo y, momentos después de la inmersión, lanzó varios proyectiles sobre su objetivo.
«El 12 de octubre, el submarino se hallaba en superficie, de patrulla, a la altura de Estepona, cuando fue avistado por un hidro D-4 que pilotaba el teniente de navío Ruíz de la Puente. El B-5 se sumergió inmediatamente y el hidro realizó varias pasadas sobre el lugar lanzando una carga de profundidad y varias bombas de 50 kg. Otro Dornier Wal se unió al ataque, pero ya no pudieron volver a ver al submarino, sólo una gran mancha de aceite», determina Flórez en su libro.
¿Hundido por su capitán?
Sin embargo, también existe la teoría de que Barreda, firme defensor de la sublevación, decidió hundir el submarino consigo dentro para evitar que fuera utilizado por los republicanos. Esta opción parece ser la más acertada para el almirante Gonzalo Rodríguez y el contralmirante José Ignacio González los cuales, en su obra, afirman que el B-5 no sólo no sufrió ningún daño el día 12, sino que pudo volver a Málaga tres jornadas después.
«La acción del día 12 no tuvo consecuencias, Carlos Barreda (…) una vez de regreso a la base de Málaga, puso a su mujer Josefina (…) un telegrama fechado el 15 de octubre con el texto siguiente: “Estoy bien abrazos = Carlos”. El mismo día le escribía (…) una carta en la que (…) le comunicaba textualmente: “Estamos pendientes de salir para ahí (Cartagena) otra vez. Yo creo que a los dos días o tres de días de recibir esta carta estaremos en Cartagena para reparar otra vez”», explican ambos marinos.
De esta forma, tanto Rodríguez como González afirman que Barreda pudo haber decidido suicidarse y hundirse con su barco, cosa que, incluso, ya había amenazado con hacer delante de algunos compañeros. Para ello, los marinos se basan también en la declaración jurada de uno de los oficiales que, posteriormente, trataron de poner luz sobre este misterio: «En la declaración del capitán de navío Enrique Manera (…) se especifica claramente la posibilidad de que la pérdida se debiera a la decisión del capitán (…) de hundirse con el buque».
ABC.ES
 

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¿Por qué la Bandera blanca es un símbolo de rendición? La bandera blanca es un símbolo de protección reconocido internacionalmente de tregua o “alto el fuego”, para negociar. Una bandera blanca significa que el negociador que se aproxima no va armado, en un intento de rendirse o comunicarse con el adversario. No se les dispara a las personas que llevan o ondean una bandera blanca, así como tampoco les está permitido disparar. El uso de la bandera blanca está incluido y reconocido por la Convención de Ginebra. La primera vez que se mencionó el uso de una bandera blanca para rendirse fue en 109 A.C. cuando en el Imperio Romano, el historiador Crnelius Tacitus mencionó una bandera blanca de rendición. Antes, los soldados Romanos se indicaban su rendición alzando sus escudos por encima de sus cabezas.
fuente: varios
 

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20/10/1941 - inicio de la masacre de Kragujevac, en la Serbia de Nedić. Más de 5000 civiles (mujeres, niños) (Serbios, romaníes) asesinados por nazis en represalia por un ataque partisano sobre soldados alemanes.
1944 - EE. UU. ocupa Aquisgrán (Alemania) durante la Segunda Guerra Mundial. Liberación de Belgrado a cargo del Ejército Rojo y los Partisanos yugoslavos.
http://www.hoyenlahistoria.com/dia/octubre/20
 

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Mataron a 22.000 oficiales polacos por orden de Stalin
Decepción en Polonia ante el fallo de Estrasburgo sobre la matanza de Katyn

Analizan los restos de uno de los oficiales polacos asesinados.| Corbis
Las autoridades soviéticas culparon a los nazis hasta 1990

Polonia lamentó hoy que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos haya rechazado revisar la investigación rusa de la masacre de Katyn, donde en 1940 fueron asesinados más de 22.000 oficiales polacos por orden de Iósif Stalin, aunque ha criticado la falta de transparencia de las pesquisas.
"Estamos bastante decepcionados con la sentencia, aunque por supuesto respetamos la decisión judicial, como también respetamos la decisión de los demás tribunales polacos e internacionales", dijo a la prensa el viceministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Artur Nowak.
En su fallo de hoy, el tribunal indica que no tiene competencia para revisar la investigación llevada a cabo por las autoridades rusas sobre los asesinatos masivos de Katyn, aunque criticó a Moscú por "no haber ofrecido todas las facilidades necesarias" para estudiar adecuadamente la matanza.
La corte argumentó que la investigación se abrió en 1990, ocho años antes de que Rusia se adhiriese al Convenio Europeo de Derechos Humanos, lo que priva de competencia al tribunal de Estrasburgo.
Esta decisión se produce después de que 15 familiares de las víctimas denunciasen que Moscú no había llevado a cabo una investigación adecuada y que las autoridades rusas les habían impedido la búsqueda de la verdad sobre la masacre.
Los jueces de Estrasburgo desestimaron la pretensión de los demandantes de indemnización.
La matanza de Katyn tuvo lugar en el verano de 1940, cuando más de 22.000 oficiales polacos prisioneros de los soviéticos fueron asesinados sistemáticamente por orden de Stalin.
La muerte de los oficiales, en su mayoría universitarios movilizados tras la invasión alemana, privó a Polonia de una gran parte de su élite cultural y social.
Inicialmente las autoridades soviéticas culparon a los nazis de la masacre y negaron durante décadas su autoría, hasta que en 1990 el Parlamento ruso reconoció los hechos y abrió una investigación penal.
La investigación se interrumpió en 2004 por orden de la fiscalía militar rusa, aunque nunca se hicieron públicos los archivos sobre esa decisión ni tampoco se permitió que los abogados de las víctimas tuviesen acceso a ellos. Nadie ha sido condenado por la matanza y desde Moscú se argumenta que los responsables ya están muertos.
A pesar de su decepción, el viceministro de Exteriores polaco pidió que se reconozcan los efectos positivos de la sentencia del tribunal de Estrasburgo y señaló que el hecho de que esta corte se haya pronunciado sobre Katyn ya supone una victoria moral y tiene una gran repercusión mediática.
elmundo.es
 

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Martin Drewes, rapaz de la noche sobre los cielos de Alemania
As de caza nocturna de la Luftwaffe, se le atribuyen 52 victorias durante la II Guerra Mundial.


El piloto alemán Martin Drewes.
La guerra aérea nocturna entre cazas alemanes y bombarderos aliados, especialmente británicos, fue una de las grandes –terribles- aventuras –de la II Guerra Mundial. Aunque lucharan con la esvástica en la cola, al servicio último de un régimen despiadado y agresor, es difícil no valorar a los pilotos de la Luftwaffe que noche tras noche, en circunstancias que requerían una pericia y un coraje extraordinarios, se enfrentaron a las devastadoras oleadas de aviones cuya misión era convertir en infiernos las ciudades alemanas. La bandada de búhos incluía a personajes tan notables como Heinrich Prinz zu Sayn-Wittgenstein, El príncipe de las tinieblas, un gran as (83 victorias) que planeaba matar a Hitler durante una entrega de medallas (lo derribaron antes). El mayor Martin Drewes, que falleció en Brasil el pasado 13 de octubre una semana antes de cumplir los 95 años, fue una de esas rapaces de la noche de la Nachtjagd, la fuerza de caza nocturna de Alemania.
En ese cometido y a los mandos principalmente de un Messerschmitt Bf-110, un aparato con malos resultados diurnos pero que, reacondicionado, se convirtió en uno de los más efectivos de la caza en tinieblas, logró 43 victorias nocturnas –todas bombarderos británicos, la mayoría Lancasters- en los cielos sobre Alemania. Parecerán pocas si se comparan con las de los grandes ases diurnos, que llegaron a pasar de los 200 y hasta los 300 aparatos abatidos, pero los derribos en la noche eran mucho más difíciles -y en consecuencia valiosos- que los de día. Había que encontrar al enemigo, afrontar la escolta de los bombarderos y la artillería de estos e incluso la letal tela de araña de la propia defensa antiaérea, que lo tenía difícil para hacer distingos allá arriba.
Drewes, que fue condecorado con la preciada Cruz de Caballero (con hojas de roble), añadía a su cuenta en la oscuridad otras victorias conseguidas antes en acciones diurnas, hasta contabilizar 52 aviones enemigos derribados (49 según otras fuentes, pero no nos vamos a poner aquí rácanos con el muerto). A señalar que uno, el de un Gloster Gladiator, se produjo en un frente tan poco conocido de la contienda como Iraq, adonde fue enviado el piloto en 1941 como parte del Sonderkommmando Junck, la fuerza aérea alemana de apoyo a los rebeldes iraquíes alzados contra la monarquía hachemita probritánica a fin de crear un régimen favorable al Eje en Oriente Medio. Así que nuestro hombre probablemente ametralló algún día desde el aire a los beduinos de la legendaria Legión Árabe de Glubb Pachá que luchaban junto a los británicos en ese teatro de operaciones. Eso cuesta perdonárselo.
Nacido en un pequeño pueblo cerca de Hannover, Drewes, hijo del farmacéutico local, entró en el ejército en un regimiento panzer (que ya es inicio), fue transferido a la Luftwaffe en 1939 y comenzó su participación en la guerra aérea realizando patrullas para la Kriegsmarine sobre el Mar del Norte. Tras la aventura en el desierto iraquí, la unidad de Drewes fue reconvertida para la caza nocturna. El primer derribo a oscuras del aviador fue la noche del 17 de enero de 1943. En marzo de 1944 fue nombrado comandante de escuadrilla. El 20 de julio, tras derribar dos Lancasters, su avión resultó alcanzado por la explosión de las bombas del último y él y sus tripulantes (el caza nocturno llevaba un navegante y un artillero) tuvieron que saltar en paracaídas y resultaron heridos. El ataque usual de noche era por debajo de los bombarderos, usando el sistema de armamento Schräge Musik que apuntaba hacia arriba. En total voló en 252 misiones y entre sus presas se contaron un Spitfire y siete bombarderos de EE UU. Para la caza nocturna equipó su Meserschmitt Bf-110 G-4 solo con ametralladoras pues no le gustaban los cañones, que, decía, arrancaban grandes trozos de los bombarderos que podían dañar tu propio avión. Nunca abría fuego a más de 35 metros, para obtener un blanco seguro. Capturado por los británicos al finalizar la guerra, Martin Drewes emigró a Brasil en 1949 donde se casó con una brasileña, trabajó en la aviación civil y luego en la Volkswagen. Es difícil decir lo que pensaba al mirar el cielo de noche.
elpais.es
 
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