Acciones varias de las distintas guerras

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Médico yanqui le devolvió el brazo a soldado vietnamita

Después de 47 años, el estadounidense que debió operarlo durante la guerra se reencontró con el hombre al que le amputó la extremidad. La historia.


Un médico estadounidense se reunió con un vietnamita veterano de guerra para devolverle los restos óseos de un brazo que le amputó durante la Guerra de Vietnam.

Sam Axelrad, de 74 años, estaba al frente de un destacamento médico que apoyaba a las tropas estadounidenses aéreas en la zona vietnamita de An Keh en 1966. Nguyen Quang Hung, de 73 años, era entonces un soldado norvietnamita que resultó herido durante una
emboscada con las tropas estadounidenses.

Hung fue llevado ante Axelrad, que enseguida fue consciente de que necesitaba ser operado.

"Estaba claro que necesitaba una operación, pero no podíamos enviarle a ningún lugar", explicó el doctor. Así que él mismo le operó y le aceptó como paciente en el hospital de campaña.

"Al principio tuve miedo, pero después de que el doctor Sam me tratase me calmé", afirmó Hung. "En lugar de entregarme al Ejército para que me encarcelaran, me trasladó a otro centro médico para que me cuidasen", agregó.

Tras la amputación del brazo de Hung, el equipo de Axelrad lo reconstruyó con alambre y se lo entregó al médico, en recuerdo de la operación realizada.

Axelrad, que tras la guerra trabajó como urólogo en Texas, encontró los huesos hace unos años en una vieja caja y se propuso devolvérselos a su dueño. Un diario vietnamita informó sobre la búsqueda del paciente y un familiar de Hung respondió a la llamada.

A día de hoy Hung todavía sigue esperando que le concedan una pensión de invalidez. Las autoridades rechazaron sus peticiones argumentando que no podía demostrar haber perdido el brazo durante la guerra.
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La dura vida en los submarinos nazis de la Segunda Guerra Mundial

La flota submarina alemana fue un arma de guerra tan impresionante como exigente para sus tripulantes

http://www.zona-militar.com/Media/201307/03/Submarino%20Nazi--644x362.jpg

Tripulantes de un submarino nazi durante una incursión a la superficie

Tras el fin de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles prohibió a Alemania poseer submarinos, pero el régimen nazi burló esa limitación y entre 1935 y mayo de 1954 llegó a construir casi 1.200 buques que causaron enormes estragos en las flotas aliadas. Sin embargo, su fragilidad era tan enorme como duras las condiciones de vida en su interior. Prueba de ello es que al menos el 70 por ciento de sus tripulantes no sobrevivieron a la contienda.
Hoy en día es difícil imaginar cómo se vivía en esos sumergibles alemanes. Por ello, un interesante artículo publicado en la web «Jot Down», ganadora del Premio del Jurado en los Premios Bitácoras 2012, revela algunos de los aspectos más curiosos del día a día en un submarino nazi.
La tripulación de estos buques rondaba el medio centenar de personas y estaba compuesta de hombres muy jóvenes, que en gran parte se presentaban voluntarios, dado el prestigio y el halo romántico que rodeaba a los submarinistas. A pesar de ello, nada más embarcar, descubrían que su rutina sería una mezcla de aburrimiento y claustrofobia, aderezada con ocasionales momentos de absoluto terror.
Una vez iniciada la expedición, el submarino debía estar a pleno rendimiento y en alerta las 24 horas del día, así que la tripulación realizaba turnos de cuatro horas, por lo que todas las camas eran usadas alternativamente por dos personas, lo que se conocía como «cama caliente». Esto, unido a la falta de distinción entre el día y la noche dentro de la embarcación, acababa alterando los ritmos horarios de los submarinistas.
Para disminuir ese efecto se procuraba respetar las horas de las comidas. El problema era que, con el paso de los días, la dieta iba deteriorándose debido al agotamiento del almacén y la constante aparición de moho debido a la humedad. Por ello, productos como la fruta o el chocolate eran usados para recompensar el esfuerzo de la tripulación, mientras que el consumo de bebidas alcohólicas solía estar prohibido.
Al vivir en un espacio cerrado, solían utilizar una buena cantidad de agua de colonia llamada «Kolibri», con la que disimular un poco la intensa atmósfera del submarino que, en ocasiones podía pasar más de una semana sumergido. Estos buques contaban con tan solo un retrete para toda la tripulación y dentro del mismo había un cuaderno en el que debía escribirse el nombre de quien lo usaba. De esa manera cuando se atascaba se conocía al culpable, que debía encargarse de desatascarlo.
Para sobrellevar una vida tan monótona y claustrofóbica, era frecuente poner música durante una hora al día. Además, estaba prohibido tener fotografías de mujeres desnudas y libros «subidos de tono», por lo que el entretenimiento en los ratos libres se limitaba a hablar con los compañeros, fumar, leer o jugar al ajedrez o a las damas.
Aunque, sin duda, los momentos más tensos eran aquellos en los que todos tenían que permanecer inmóviles y en silencio, con el submarino pegado al fondo del océano, intentando escapar del sónar de los barcos enemigos. Muchos no lo consiguieron y quedaron para siempre en lo más profundo del mar.
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EL SUBMARINO QUE "HUNDIÓ" UN TREN

Esta es una historia de guerra. Uno de esos relatos casi desconocidos, pero que figuran en los anales de la historia como un acontecimiento singular. Oculto además porque el escenario bélico asiático es menos renombrado que el europeo. Uno de tantos incidentes sorprendentes por su desenlace y casi inéditos de la Segunda Guerra Mundial. Pero la bandera de combate del submarino USS Barb despeja cualquier duda; además de lucir la Medalla de Honor del Congreso, máxima distinción al valor que otorga Estados Unidos, entregada al capitán de fragata Eugene B. Fluckey, entre los objetivos abatidos por la embarcación figura una locomotora de vapor. Un trofeo de guerra del que no puede presumir ningún otro barco que participó en la contienda.

Estamos cerca del final de la guerra, con Japón a punto de la rendición incondicional. El nudo se estaba estrechando y la zona de patrulla del Barb estaba en las islas del Japón, al norte de Hokkaido y al este de Skhalin (Karafuto). El 18 de julio de 1945 el submarino de Fluckey se hallaba fondeado en la bahía Paciencia, frente a Karafuto. Su comandante, en una última misión a la espera de su ascenso, prepara a la tripulación sobre el próximo objetivo, según las instrucciones del alto mando aliado: la destrucción de la línea férrea que casi podía observarse desde el periscopio del submarino. Sin embargo, Fluckey pretendía causar el máximo daño y volar además uno de los trenes de municiones que aún circulaban por la vía.
Informada la tripulación se selecciona a ocho de sus componentes para bajar a tierra. El comandante Fluckey pretendía dirigir el comando, pero a última hora le convencieron de que abandonara tan descabellada idea. Los ingenieros del submarino habían diseñado un curioso switch que haría estallar los explosivos en cuanto el convoy presionara los raíles. En los primeros minutos del día 23 las condiciones son idóneas para desembarcar sin ser descubiertos. El USS Barb emerge a escasos novecientos metros de la costa, se desembarcan los botes inflables y desaparecen rápidamente los ocho hombres seleccionados para la acción. El submarino, mientras tanto, baja a profundidad de periscopio.
El comando llega a tierra sin ser visto y comienza a preparar las cargas, pero a mitad de la operación aparece un tren que a punto está de desbaratar la acción. Nadie había previsto la posibilidad de que circulara por las vías elegidas un convoy nocturno. Sin embargo, logran esconderse sin contratiempos; pasado el peligro consiguen colocar las cargas tal como se había planeado en el barco, lo que de inmediato se comunica al submarino.
Fluckey se aproxima peligrosamente a la costa para ayudar al comando que regresa en los botes hacia la embarcación. A escasos metros de la llegada, un vigía del submarino da la voz de alarma. Un tren se aproxima al lugar de la explosión. De nuevo la tripulación del USS Barb se ve sorprendida porque hasta la mañana siguiente no se esperaba la circulación de ningún convoy por las vías que pretendían volar. Escasos minutos después de la señal de advertencia, una tremenda explosión sacude la zona donde el comando había dejado su mortífera carga, mientras una intensa luz ilumina el horizonte y la embarcación. La locomotora y el tren saltan por los aires y acaban en un mar de fuego.
Cumplida la misión, el USS Barb abandona la zona y se dirige a puerto. Fluckey y sus hombres entran en Midway el 2 de agosto. En su bandera de combate, además de los buques japoneses hundidos, se muestra con orgullo la figura de una locomotora de vapor. El submarino americano de Fluckey consiguió uno de los récords más altos de la flota norteamericana, con 90.000 toneladas hundidas.

El USS Barb fue uno de los 77 submarino de la clase Gato que la marina norteamericana construyó entre 1940 y 1944 en cuatro astilleros distintos. La clase Gato estaba formada por submarinos de enormes dimensiones (incluso más grandes que los famosos submarinos alemanes del tipo VII) especialmente diseñados para cubrir las grandes distancias del océano Pacífico. Debido a su tamaño y equipamiento podían permanecer en servicio durante 75 días. Junto con las clases Balao y Trench formaban la columna vertebral de la flota de submarinos estadounidense. La mayoría de estos submarinos cumplieron con éxito las misiones asignadas, ya que no sólo hundieron un gran número de irremplazables buques de carga y cisterna sino que además diezmaron considerablemente la flota de la Marina Imperial Japonesa
El USS Barb fue adquirido por la marina italiana en 1953 y recibió el nombre de Enrico Tazzoli. Navegó bajo el pabellón de Italia hasta 1973, fecha en la que fue dado de baja y vendido por 100.0000 dólares a un chatarrero que lo desguazó sin ningún pudor, completamente desconocedor de la historia de este singular submarino.
Extraído de :
http://treneando.com/2010/03/14/el-submarino-norteamericano-que-hundio-un-tren-japones/
 

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HISTORIA MILITAR

Brunete, sangre y muerte en una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil


Entre el 6 y el 26 de julio de 1937, la República trató de levantar el sitio de las tropas franquistas sobre Madrid en una contienda que produjo cerca de 40.000 bajas

WIKIMEDIA
El líder comunista «El Campesino» dirige las operaciones en Villanueva de la Cañada

Dolor, valentía, y una ingente cantidad de víctimas. Con estos términos se podría definir la batalla de Brunete, un choque de fuerzas en el que, desde el 6 julio de 1937, las tropas de la República se enfrentaron al ejército de Francisco Franco en las afueras de Madrid. Aquel caluroso verano, la actual capital española quedó consternada ante las casi 40.000 bajas que se produjeron, una cifra que, a la postre, convertiría este enfrentamiento en uno de los más cruentos de la Guerra Civil. [Galería de imágenes: el estado actual del campo de batalla]
Sin embargo, también se vivieron también grandes actos de arrojo y valor por parte de soldados de ambos bandos. Y es que, durante casi un mes, miles y miles de combatientes soportaron unas penosas condiciones de vida mientras trataban de obviar el temor a que una bomba cayera sobre su cabeza y oían como las balas silbaban a centímetros de sus orejas.
La defensa de Madrid
Para entender los sucesos que motivaron la cruel batalla de Brunete es necesario viajar en el tiempo hasta 1937, apenas un año después del inicio de la Guerra Civil. Concretamente, hace ya 76 veranos, el ejército de Franco había tomado posiciones en varios terrenos de la Península Ibérica tras declarar la guerra a la zona republicana.
«En julio del 37 la República tenía como terrenos propios, en primer lugar, toda Cataluña, Levante, buena parte de Andalucía, Castilla la Mancha y Madrid en lo que era llamado el Frente del Centro. Por otro lado, también disponía de la Cornisa Cantábrica, Santander y Asturias (el Frente del Norte)», explican en declaraciones para ABCErnesto Viñas y Ángel Rodríguez, miembros del grupo «Brunete en la memoria» e investigadores -desde hace más de 12 años- de todos los sucesos relacionados con la batalla de Brunete.
Eran tiempos de guerra y duros combates, pues las tropas franquistas buscaban con ferocidad tomar Madrid, el símbolo de la resistencia republicana. «En esta etapa habría que hablar de una situación relativamente favorable para la República en el Frente del Centro, ya que primero rechazaron a las fuerzas del ejército de Franco en el asalto frontal a Madrid y después en las tres grandes batallas que acontecieron en torno a la ciudad», determina Viñas.
Al final, y tras varios ataques frustrados, las tropas franquistas decidieron poner sitio a la ciudad y dedicar sus esfuerzos a la conquista del norte. «Cuando llegó el verano de 1937 las operaciones más importantes ya no estaban en torno a Madrid. Franco fijó su objetivo en la cornisa Cantábrica ya que la ciudad resistía bien y era muy complicado, debido a la fortaleza creciente del ejército republicano de la zona centro, tener las ganancias territoriales que buscaba», completa el experto.
Una batalla de distracción
No obstante, no todo marchaba bien en el bando republicano. Y es que, aunque el centro resistió el envite de los franquistas a base de fusil y artillería, el Frente del Norte pronto acusó los continuos ataques. «El problema es que entre el Frente del Centro –conectado con los puertos a los que llegaba la ayuda soviética- y el del norte estaba la ancha Castilla la Vieja dominada por el ejército de Franco, y, por lo tanto, la República no tenía forma de operar directamente sobre él», completa Viñas.
Con el paso de los días, y como los mandos republicanos temían, la fuerte presión de las bien entrenadas tropas franquistas terminó por minar la Cordillera Cantábrica, que pidió ayuda a Madrid. «Sólo se podía hacer una operación de diversión estratégica, es decir, atacar en un escenario que no es aquel al que quieres ayudar. La República pretendía obligar a Franco a sacar sus tropas del norte a cualquier precio», determina el experto.
Para ayudar al norte, la República lanzó un ataque de distracción
Tras largas deliberaciones, y ante la urgencia de ayudar a sus compañeros en el norte, los mandos republicanos decidieron asaltar a las tropas de Franco. Sin embargo, en un principio no hubo consenso sobre el lugar en el que llevar a cabo la ofensiva. «Se pensó primero en una operación en Extremadura que cortara el territorio que dominaba Franco en dos. No obstante, eso implicaba mover las tropas mucho, lo que hacía perder el factor sorpresa y obligaba a alejar las tropas de Madrid», añaden Viñas y Rodríguez.
Finalmente, los altos mandos republicanos tomaron la decisión:iniciarían una gran ofensiva en las afueras de Madrid, lo que les garantizaba, entre otras cosas, poder retirarse a lugar seguro si algo fallaba. «El ejército de la República buscaba dos objetivos: El estratégico, que consistía en aliviar al frente del norte; y el táctico –el más cercano-, que pretendía despejar el entorno de Madrid de la presión del ejército franquista alejando 20 kilómetros el frente de la ciudad».
El plan para cercar a Franco
Una vez decidido el lugar en el que se llevaría a cabo el asalto, se estableció que la operación estaría formada por dos ataques que se realizarían de forma simultánea. El primero, a cargo de los cuerpos de ejército V y XVIII, buscaba romper las líneas franquistas en Brunete partiendo desde un sector ubicado entre Valdemorillo y Villanueva del Pardillo (a unos 30 kilómetros de Madrid), Por su parte, la segunda acometida –al frente de la cual se encontraba el Cuerpo de Ejército de Vallecas- pretendía traspasar a las tropas de Franco desdeUsera.
La finalidad, según Viñas, era que ambas tenazas avanzaran por la retaguardia enemiga y, tras recorrer unos 10 kilómetros, se encontraran en torno a Alcorcón, un pueblo ubicado aproximadamente a 13 kilómetros de Madrid. Este movimiento dejaría a las tropas de Francorodeadas de enemigos y permitiría a los republicanos cortar sus suministros.
Sin embargo, el plan era más que arriesgado, pues frente a ellos se situaba un ejército curtido en mil batallas. «En el bando franquista la mayoría de sus oficiales eran gente capacitada, personas que habían hecho su vida profesional en el ejército y que, además, venían en muchos casos del ejército del norte de África, o sea que tenían una experiencia bélica relativamente reciente. No eran como los mandos peninsulares, que estaban más acostumbrados a una vida de cuartel, sino que habían tenido una experiencia militar directa y en primera línea en el Riff», completa Viñas.
Tropas en combate
En cambio, conseguir poner en práctica este plan de forma efectiva obligaba a la República a movilizar un gran contingente militar. «Por parte Republicana lucharon, sumando el Ejército de Maniobra y el Ejército de Vallecas, entre 80.000 y 85.000 combatientes -los cuales no estuvieron simultáneamente presentes en el campo de batalla-. En este número entrarían, además de la infantería, todas las unidades de apoyo», añade el experto.
A su vez, los oficiales tuvieron bajo su mando más de un centenar de vehículos blindados y unos 250 aviones entre cazas y bombarderos. Finalmente, también se ordenó el desplazamiento de 200 de piezas de artillería con las que bombardear el frente franquista. Por su parte, los defensores contaban al inicio de la ofensiva con unos pocos batallones que, con el paso de las jornadas, fueron aumentando hasta sumar unos60.000 hombres. Además, no disponían en principio ni de tanques ni de artillería.
El sangriento asalto inicial
Tras la organización del operativo y el traslado de las tropas, los mandos dieron la orden de dar comienzo a la batalla en la noche del 5 al 6 de julio. Así, con el fusil entre las manos y varias granadas en los correajes, las tropas republicanas partieron bajo la protección de la luna. Todo estaba listo, y tenían a su favor el factor sorpresa.
No obstante, antes que el grueso del ejército ya había partido la 11ª División al mando de un antiguo cantero reconvertido en oficial: Enrique Líster. Esta unidad, amparándose en la oscuridad, consiguió atravesar varias posiciones franquistas sin ser vista y llevar a cabo uno de los primeros objetivos de la operación en aproximadamente una hora. «Las tropas de Líster hicieron 10 kilómetros de noche por campo enemigo sin ser descubiertas, se plantaron ante Brunete y lo tomaron», explica Viñas.
El ejército franquista resistió la repentina embestida republicana
Una vez arrebatado el pueblo de Brunete, cuyos defensores fueron cogidos por sorpresa, comenzó el avance masivo. Sin embargo, lo que había sido un comienzo abrumador se tornó en desesperación cuando las tropas republicanas comenzaron a ser frenadas en masa, lo que ralentizó el ataque sorpresa e impidió la rápida llegada a Alcorcón.
«En Villanueva de la cañada las defensas, que estaban formadas por un batallón –unos 700 hombres- resistieron durante 12 horas. Este pueblo cayó a las 9 de la noche del 6 de julio. También hubo una posición en la sierra –llamada los Llanos- que, defendida por un batallón, aguantó hasta el 8. Villanueva del Pardillo empezó a ser asaltada el día 9 para caer el 11», determinan los expertos.
Tras varios combates, la férrea defensa franquista consiguió estancar el avance de los miles y miles de soldados republicanos. «Tuvo que ser desesperante para los defensores resistir en cada pueblo. Al fin y al cabo las tropas franquistas estaban rodeadas por todos lados y sabían que no iban a salir más que muertos o prisioneros», completa Viñas.
«La situación de los republicanos tampoco era mejor, pues atacaban desde campo abierto y sin un lugar donde protegerse o una posición fortificada. Además estaban urgidos por acabar con las resistencias del ejército de Franco para poder continuar con la ofensiva», añade el miembro de «Brunete en la memoria».
Tras 20 días de batalla, Franco retomó Brunete
Repentinamente todo se complicó. La unidad de Líster fue abandonada a su suerte por los mandos republicanos, que prefirieron tomar todas las posiciones que encontraban a ayudar a la 11ª División en su avance. Por su parte, el oficial se atrincheró y se dispuso a resistir a ultranza ante la imposibilidad de avanzar hasta los siguientes pueblos: Boadilla del Monte o Sevilla la Nueva. Este suceso fue crucial pues, aunque se logró traspasar Brunete, la operación se retrasó demasiado para los intereses de la República.
«Falló que no se reforzó a Lister en el momento clave. El mando republicano, que estaba al mando de Miaja, consideró que era más importante dejar tomadas las posiciones de retaguardia que avanzar con el enemigo embolsado a sus espaldas. Miaja pareció sentir una especie de timidez operativa, lo que impidió avanzar a la vanguardia. Además, al no conseguirse la ruptura por parte del cuerpo de ejército de Vallecas, a las pocas horas de haber iniciado la ofensiva se había comprometido el objetivo máximo, que era encontrarse en un punto cercano a Alcorcón, cerca del actual barrio de la Fortuna», completa el investigador.
Resistencia franquista
La suerte del Ejército de Maniobra cambió el día 12 cuando los mandos dieron la orden de pasar a la defensa. Tras casi una semana de avances limitados, la extenuación había vencido a los asaltantes, que renunciaron también a tomar dos posiciones de gran importancia táctica, los vértices Mosquito y Romanillos. De esta forma, los mandos daban por finalizada la fase ofensiva hasta nueva orden.
Todo lo contrario sucedía en el bando franquista que, tras defenderse a sangre y fuego, comenzaron a recibir refuerzos desde el exterior. «Llegaron a juntarse 5 divisiones del ejército de Franco: la Provisional del Guadarrama –que la mandaba Asensio-, la número 13 –que la mandaba Barrón-, la 150 –que mandaba Sáenz de Buruaga-, y las dos brigadas de Navarra (la 4º -mandada por Camilo Alonso Vega- y la 5º -que la mandaba Bautista Sánchez-). Eran todos militares de carrera acostumbrados a mandar grandes unidades y, seguramente, lo hicieron bien, pues primero frenaron a los republicanos, después les aplicaron un desgaste muy serio y finalmente pasaron a la contraofensiva», añade Viñas.
Además, la superioridad aérea que había tenido el bando republicano terminó con la llegada de la Legión Cóndor, los aliados alemanes de Franco. «El ejército de la República gozó en un principio de una notable pero breve superioridad técnica sobre los franquistas, pues había incorporado varios cazas Polikarpov I-16 e I-15. Sin embargo, con la llegada del Messerschmitt bf 109 alemán –que era un caza superior en velocidad y altura-, el ejército de Franco tomó ventaja en Brunete», explica Viñas.
Finalmente, fue difícil atribuir la victoria a uno de los bandos
Las fuerzas aéreas de ambos bandos mantuvieron aquellos días fuertes combates que también sufrieron los soldados, temerosos ante el fuego continuo que los cazas abrían sobre ellos. La situación comenzó a ser desesperada también para los militares heridos que, atrapados en las infectas trincheras, no podían ser evacuados debido al incesante fuego enemigo. Además, el agotamiento comenzaba a asediar a los dos bandos, pues dormir se hacía imposible ante la caída constante de bombas.
«Pasada la primera semana de superioridad republicana la alianza con Mussolini y Hitler le dio a Franco superioridad material, pues dispuso de más suministros, más artillería y aseguraba la reposición de bajas. A la República esto le resultaba más difícil, pues los envíos soviéticos tenían que pasar por el Mediterráneo y saltarse el bloqueo, o pasar por Francia, cuya frontera tan pronto se abría como se cerraba», sentencia Viñas.
La contraofensiva final
Tras varias jornadas, el 18 de julio fue el día en que los mandos nacionales decidieron pasar a la asalto contra las exhaustas tropas republicanas. Para ello, planearon una contraofensiva que protagonizarían las brigadas de Navarra, recién transferidas del norte por el del Ferrol al observar que sus líneas en el centro podían verse atravesadas. Sin embargo, y a pesar del ímpetu de las tropas de Franco -ansiosas por recuperar el terreno perdido y devolver el golpe a sus enemigos-, este primer contraataque fue detenido por el fuego combinado de varias unidades republicanas.
Todo cambió desde el día 22 de julio, jornada en la que las unidades franquistas, decididas a terminar con una batalla que ahora se les presentaba favorable, asaltaron varias posiciones republicanas del entorno del Guadarrama. Esta vez los republicanos tuvieron que retirarse inexorablemente, aunque lo hicieran combatiendo, dejando atrás a cientos de muertos y una parte de las posiciones que, con tanta sangre, habían conquistado en los primeros días. El repliegue, ordenado hasta el entorno de Brunete, llegó a ser huída cuando perdieron el cementerio bajo las bombas de la Legión Cóndor. Sin Brunete en manos republicanas, Franco recuperaba el pueblo símbolo de la batalla.
Los nacionales, por su parte, no siguieron avanzando y dieron por buena la conquista del territorio. El pueblo, que había sido centro de los combates 20 días antes, mostraba ahora un aspecto desolador. La guerra había llamado a su puerta para llevarse con ella miles y miles de jóvenes vidas.
Contando los muertos
Una vez acabada la contienda, quedaba por desgracia el trabajo más difícil, contar las bajas. Aquel aciago 27 de julio, el bando republicano perdió, entre heridos, desaparecidos y capturados, a casi 20.000 de sus compañeros. Por su parte, los franquistas sumaron un total de 16.000 bajas. Pero, sin duda, en esta batalla quien más perdió fue España, que vio fallecer a casi 7.000 de sus hijos.
A su vez, fue difícil atribuir la victoria a un bando. Y es que, por un lado, los republicanos consiguieron retrasar la ofensiva del Norte algo más de un mes y alejar el frente de batalla unos kilómetros de Madrid mientras que, por otro, el bando nacional logró poner en huída a su enemigo y retomar Brunete.
El campo de batalla en la actualidad
M. P. V.MADRID
Siempre tendemos a pensar que los campos en los que han sucedido crueles batallas se encuentran a miles de kilómetros de España, ya sea en Caen o, incluso, en Stalingrado. Sin embargo, a unos escasos 20 kilómetros de Madrid se alzan, intemporales, los restos del antiguo campo de batalla de Brunete en el que republicanos y franquistas combatieron durante 20 días.
Sus vestigios no disponen de placas conmemorativas, ni tampoco están señalizados, por lo que, aquella persona que quiera visitarlos, tiene que encontrar a un guía experto que conozca cada recoveco escondido de historia.
«Tenemos un patrimonio cultural prácticamente desconocido que, aunque no es deslumbrante ni evidente, te golpea cuando aprendes a descubrirlo y a analizarlo», cuentan casi al unísono Ernesto Viñas y Ángel Rodríguez, dos expertos en la batalla que suman más de 12 años de experiencia sobre esta contienda. Una cueva, un fortín de piedra en el que resistió una unidad republicana, o la zona de avance de los franquistas, son, como ellos mismos dicen, sutiles elementos que te trasportan a aquellas calurosas tardes de julio en las que cada hombre combatía por un palmo de terreno.
Iniciado el camino, la primera parada son unas cuevas escondidas entre la maleza cerca del límite municipal de Valdemorillo, al norte de Villanueva de la Cañada. «Desde aquí partió el ataque republicano. Todo esto constituía durante la batalla el puesto de mando de alguna división republicana», determina Viñas mientras señala la posición en un mapa de la época.
«Las cuevas que vemos son seguramente de origen minero, de la explotación de la veta de roca caliza que atraviesa de este a oeste toda esta franja de terreno, pero después, durante la batalla, sirvieron de refugio y de establecimiento para el Estado Mayor de algunas divisiones. Una vez hablé con un antiguo artillero que me contaba que, durante la batalla, se alojaban en estas cuevas y tenían las piezas artilleras metidas en el valle», añade en su explicación el experto.
Sin embargo, el asombro por estar ante esta reliquia de la Guerra Civil dura poco, pues, para acceder a los restos, hay que sortear otros bien distintos: restos de basura y varias botellas de alcohol vacías. «El lugar es precioso, pero contrasta con lo mal cuidadas que están las cuevas y su entorno. Que se permita que esté en un estado tan lamentable una cosa que tiene que ver con la Historia nos parece indignante. Como este sitio hay un montón de recovecos del campo de batalla en los que las crónicas nos dicen que sucedieron hechos importantes y que te los encuentras, no ya abandonados, sino en franco deterioro o, incluso, usados como vertedero», añade con frustración Viñas.
La consternación de estos entusiastas de la batalla de Brunete no conoce límites al observar como el campo de batalla va cayendo en desgracia. «No se ha tenido en cuenta que este es un lugar vinculado con la historia de España y que merecería la pena conservarlo o incluso explotarlo económicamente como lugar atractivo para los turistas. Hay una parte importante del turismo que sigue las rutas vinculadas a guerras, el turismo bélico, que es bastante fuerte en muchos países de del mundo Europa», completa el improvisado guía.
No obstante, estos investigadores están decididos a compartir su ilusión por el entramado de caminos, cerros y trincheras por las que un día caminaron miles de soldados en la Guerra Civil. «Nosotros hemos recibido grupos de personas que vienen desde el extranjero a revisitar los lugares en los que estuvo alguno de sus familiares que combatió en la Guerra Civil. Siempre andamos guiando familias, por supuesto sin cobrar, que quieren visitar este lugar», completan.
«Nos da cierta rabia que esto no se defienda, no se descubra, y no se le de el valor que tiene. Creo que conservar los vestigios históricos es independiente de cómo te posiciones política e ideológicamente ante ellos, es algo que nos interesa como comunidad humana a todos. El que fuera campo de batalla podría convertirse en un lugar visitable y atractivo», finaliza Viñas.
Seis preguntas a Ernesto Viñas y Ángel Rodríguez
1 - ¿Cómo definirían la asociación «Brunete en la memoria»?
Somos gente que, desde el entusiasmo personal y la vocación -ya que no tenemos ningún vínculo profesional con esto y no recibimos nada material a cambio-, llevamos tiempo interesados en el estudio de la Batalla de Brunete. Principalmente estudiamos los hechos militares, pero también los restos que han quedado del antiguo campo de batalla y, como no, las raíces sociales y políticas del conflicto. Pero una vez superado eso estamos centrados en conocer cada vez con más profundidad y detalle las operaciones sobre el terreno, la naturaleza de las fuerzas militares que aquí se enfrentaron y las consecuencias sobre toda esta parte de la Comunidad de Madrid.
2 - ¿Qué hubiera podido pasar si la República hubiera conseguido su objetivo?
Si se hubiese logrado el objetivo, que era envolver a todas las tropas que atacaban Madrid, posiblemente hubiese cambiado el signo de la victoria final. Hubiera sido un revés fuerte para el bando nacional.
3 – Una de las unidades que más resistieron en Brunete fue la de Líster ¿Cómo definirían a este oficial?
Bueno, el ejército republicano se inventó a sí mismo, no se formó con militares de carrera, sino que los mandos eran gente proveniente de las milicias, probada ideológicamente, con dotes de mando y con carisma. Pero otra cosa son las capacidades militares. Lister era cantero de profesión, pero igual que él podemos hablar de Valentín González, que dirigía un grupo de construcción de carreteras antes de la guerra, así que de ellos hay que decir que bastante dieron de sí sus conocimientos militares.
En el caso de Brunete, Lister fue muy enérgico en la defensa, pues resistió 20 días bajo una tormenta de fuego enemigo. Sus hombres aguantaron hasta la extenuación y su división, la XI, tuvo más de un 50% de bajas en esta contienda. Hay que ser buen comandante para que la tropa no abandone cuando están metidos en una trinchera a 40º, con pocos suministros, y bajo un fuego aéreo y artillero infernal. Capacidad tenía y sus hombres también.
4 - ¿En qué datos se han basado para llevar acabo sus investigaciones?
Entre otros en los archivos históricos, en particular hemos podido visitar el de Ávila, que tiene copia en Madrid y que pertenece al Instituto de Historia y Cultura Militar. Tienen una documentación sobre todos los temas militares de la Guerra Civil interesantísima en la que es apasionante ponerse a buscar partes de operaciones, órdenes… Lo que sucede es que el soporte es muy viejo y habría que invertir de forma muy fuerte sobre el material para que fuera más accesible y, en muchos casos, se hicieran copias para que el investigador nunca tocara el documento original, como en ocasiones sucede. Hay que cuidar y mimar esos archivos, porque se les puede sacar un partido enorme a nivel cultural y económico. Sin embargo, lo que no da el material lo da la excelente disposición del personal que atiende los archivos, que hacen mucho para que la investigación sea posible y más sencilla.
5 - ¿Se dedican a otras actividades en la asociación?
Si, también a la averiguación de información sobre personas que participaron en la lucha. Hay que abrir los ojos ante la cantidad de familias que están buscando a sus seres queridos desaparecidos en la batalla y dar información a aquellos que quieran saber más de sus familiares. En este sentido, el de contar historias, estamos haciendo un trabajo de recopilación. A aquellos que se dirigen a nosotros, si nos consiguen identificar en qué unidad estuvo combatiendo su familiar (hemos recibido peticiones por parte de soldados de los dos ejércitos), les podemos dar datos sobre su participación en el combate. En algunos casos incluso han venido al campo de batalla y les hemos guiado por la zona en la que estuvo dicho pariente.
Pero también es muy importante actuar con aquellos que tienen un familiar desaparecido. Nosotros mismos aceptamos peticiones de familias para rastrear a sus combatientes desaparecidos en la batalla de Brunete y tenemos en marcha casi 60 casos. De hecho, ya hemos encontrado evidencias documentales de dos o de tres.
6 - ¿Cómo plantean una búsqueda?
Primero hemos hecho una base de datos con distintos campos (nombre, apellido, unidad…) con toda la información que hemos ido encontrando en los archivos. Hay además una serie de documentos que enumeran las bajas que tuvo cada unidad. Todas estas listas las vamos compilando y, en ocasiones, nos permiten encontrar evidencias de algún desaparecido. Si la documentación nos lo permite, establecemos además en que día murió y, como está escrito lo que cada unidad hizo día por día, podemos llegar a precisar con bastante exactitud en que posición cayó cada soldado de cualquiera de los dos ejército. En algunos casos podemos averiguar incluso donde se enterró, el lugar al que fue evacuado el cuerpo o en que hospital murió.
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Fotos de la batalla: http://www.abc.es/fotos-historia/20130705/imagenes-brunete-campo-batalla-123481.html
 

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05/07/1940 - Gran Bretaña y el Régimen de Vichy francés rompen relaciones diplomáticas.
1941 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, las tropas alemanas alcanzan el río Dniéper.
1941 - en el marco de la Guerra peruano-ecuatoriana, se inician los encuentros en la zona froteriza entre las localidades de Aguas Verdes y Huaquillas.
1943 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, comienza la batalla de Kursk, la batalla de tanques más grande librada en la historia.
Fuentes: http://www.hoyenlahistoria.com/dia/julio/05
 

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Guardián de los Sótanos
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UNA NOCHE DE NAVIDAD EN LAS TRINCHERAS
(Extraído de:http://blogdelaclasedehistoria.blogspot.com.ar/2009/02/anecdotas-de-la-i-guerra-mundial.html)

Por alguna razón desconocida hasta ahora, la victoria más grande que obtuvo el hombre en la primera guerra mundial ha sido sistemáticamente silenciada por la historia.

Ocurrió en la Navidad de 1914. Esa noche un espíritu de paz y fraternidad prendió en forma espontánea e incontenible entre los soldados que, abandonando sus armas, corrieron a abrazarse en medio del campo de batalla.

Entonces se había iniciado ya una de las peores pesadillas del siglo: “la guerra de trincheras”. Después de las grandes batallas que se libraron durante los dos meses iniciales de la guerra, el frente se estancó en un terrible empate. Los enemigos se situaron en posiciones defensivas casi inamovibles y la guerra que tradicionalmente había sido una operación de maniobras y movimientos se petrificó, dando lugar a una contienda de desgaste, a un desangramiento lentísimo. En esas circunstancias la guerra iba a ser ganada por las naciones o alianzas que tuvieran mayor capacidad para seguir enviando víctimas frescas, nueva carne de cañón a las trincheras.

Desde el Canal de la Mancha hasta la frontera franco-suiza, se extendían frente a frente las trincheras enemigas de primera y de segunda línea. Allí en pocas horas los cadáveres se acumulaban hasta alcanzar alturas de un metro y más. Los soldados vivían el interminable calvario de las heladas, el barro, las inundaciones, los piojos, las infecciones y el hambre. A todo eso se agregaban los bombardeos, los asaltos y más tarde los ataques con lanzallamas y gases tóxicos que reventaban los pulmones y los ojos.

“Las trincheras se excavaban con todos los medios aprovechables —recordaba un capitán francés de infantería—. Se queda uno estupefacto cuando se traslada retrospectivamente a esos fosos apenas suficiente para guarecer a un hombre de pie, con troneras por las cuales con dificultad lograba asomarse la cabeza... Fue ése un verdadero período de retomo a la choza primitiva. Los hombres, acostados unos contra otros encima de un poco de heno, se daban calor mutuamente...”

“La alambrada de púas es la obsesión del soldado de infantería —anotaba en una carta un combatiente anónimo—. Toda su audacia, su valor se anulan en cuanto tropieza en el asalto con una red a medio destruir. Sabe que si se engancha en las mallas enredadas, los hilos de la red lo mutilarán y allí quedará aprisionado para sufrir una lenta agonía”.

Sin embargo, en medio de ese infierno, se originó un suceso que ayuda a mantener viva la confianza en el hombre.

La noche de Navidad de 1914 hubo una luna esplendorosa en diversos lugares del frente occidental. La tierra estaba helada y blanca y una calma inusual se extendió a lo largo de las excavaciones y de las alambradas.

De pronto los ingleses advirtieron que varias luces comenzaban a encenderse en las líneas enemigas. Al principio no se explicaron lo que ocurría. Después, alguien se dio cuenta de que al otro lado de la “tierra de nadie”, una franja de cerca de 50 metros que separaba las trincheras, los alemanes estaban preparando arbolitos de pascua.

Cerca de las 12 se escucharon coros entonando la tradicional canción navideña: “Noche de paz, noche de amor...”, y otros villancicos.

Cada vez que los alemanes concluían una canción, sus enemigos ingleses los aplaudían. Los británicos, entusiasmados con la celebración, improvisaron sus propios coros y así la casi cinco meses de guerra, no se escucharon disparos en el mundo.

Como se ha dicho, el suceso fue y sigue siendo olvidado. Los informes oficiales hablan de una tregua espontánea o se limitan a reproducir la fórmula de “sin novedad en el frente”.

Los textos de historia no mencionan el asunto y sólo se ha dado cuenta de él en artículos aislados de publicaciones pacificistas y en revistas como las Se1ecciones del Reader’s Digest.

Cuando los altos mandos militares se enteraron de lo que realmente había sucedido, dispusieron serias medidas para evitar que se siguiera propagando esa epidemia de fraternidad. La publicidad de guerra de ambos bandos había pintado al enemigo como un conjunto de monstruos capaces de las peores atrocidades. Si seguían dándose la mano los unos con los otros, iban a comprobar que eran buenas personas y eso resultaba peligroso para los grandes poderes que provocaron y que mantenían el conflicto.

Ver también:
http://es.wikipedia.org/wiki/Tregua_de_Navidad
http://www.tabladeflandes.com/frank_mayer/frank_mayer25.html

 

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09/07/1940 - en la batalla naval de Punta Stilo (Italia), el acorazado británico HMS Warspite ataca al acorazado italiano Giulio Césare; la flota italiana se retira. La Regia Aeronautica ataca los navíos británicos, pero obtiene pocos resultados.
1941 - desde Italia parte el CSIR (Cuerpo de Expedición Italiano) para ayudar a la invasión de los nazis alemanes a la URSS.
1942 - en Ámsterdam (Países Bajos), en el marco del holocausto, la familia de Anna Frank se esconde en un depósito en el ático sobre la oficina del padre.
1943 - en Italia —en el marco de la Segunda Guerra Mundial— las fuerzas aliadas realizan la invasión anfibia de Sicilia (Operación Husky).
1944 - en la batalla de Normandía (Francia) —en el marco de la Segunda Guerra Mundial—, fuerzas británicas y canadienses capturan Caen.
1944 - en Oceanía —en el marco de la Segunda Guerra Mundial— fuerzas estadounidenses toman la isla de Saipán (Marianas del Norte).

Fuentes: http://www.hoyenlahistoria.com/dia/julio/09
 

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10/07/1940 - Se establece el Gobierno de Vichy.
1940 - Comienza la Batalla de Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial.
1941 - Se produce el Jedwabne Pogrom, una masacre de judíos que viven cerca de la villa de Jedwabne en Polonia.
1943 - Empieza la Operación Husky en la campaña aliada en Italia.
Fuentes: http://www.hoyenlahistoria.com/dia/julio/09
 

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La madre de todas las batallas

Se cumplen 70 años del largo enfrentamiento en Kursk entre tanques nazis y soviéticos. La derrota alemana inició el camino de la debacle hitleriana.

El año 1943 fue, durante la Segunda Guerra Mundial, un año bisagra, el que marcó el inicio de la decadencia de las fuerzas hitlerianas, una tendencia que tuvo su primer hito en la batalla de Stalingrado. Allí, frente al Ejército Rojo, los nazis perdieron cerca de 800.000 hombres y debieron ceder territorio conquistado. También hace 70 años se libró la batalla de Kursk que comenzó a las 3.30 del 5 de junio y finalizó el 23 de agosto. Se la considera la más grande de la historia: tres millones de soldados, 69.000 piezas de artillería, 13.000 tanques y 12.000 aviones. Desde esa victoria costosa en cientos de miles de muertos, el ejército soviético comenzó a despejar el terreno que lo llevaría a conquistar Berlín el 7 de mayo de 1945 y, con sus aliados de entonces: EE.UU., Gran Bretaña y Francia, a poner fin a la Guerra.
Para Hitler vencer en la región de Kursk significaba retomar la iniciativa para controlar el río Don y sus tierras fértiles amén del petróleo, carbón y otros minerales en el Cáucaso. Pero la confrontación careció de la sorpresa, que fue el hándicap mayor de sus tropas en 1940: la batalla estuvo demasiado anunciada y permitió que el general soviético Georgi Zhukov planificara la resistencia.
El plan de ataque fue ideado por el general Kurt Zeitzler y tenía el nombre código “Unternehmen Zitadelle” (Operación Ciudadela). La fuerza teutónica consistía de 50 divisiones de las cuales 12 eran blindadas y 5 mecanizadas. Entre las divisiones blindadas se encontraban unidades de elite como las divisiones Grossdeutschland, la Leibstandarte SS “Adolf Hitler”, la SS Totenkopf, la SS Das Reich, las cuales contaban con los nuevos tanques Tigre I y Ferdinand.
En el norte del teatro de operaciones los alemanes avanzaron 10 km. en los dos primeros días de batalla, pero luego detuvieron el avance ante la dura resistencia rusa. La lucha continuó con extremada fiereza en ambos bandos. Los tanques Tigers eran muy superiores a los T-34 soviéticos, ya que podían destruirlos a 2,5 km de distancia debido a su poderoso cañón y sistema óptico. Sin embargo las fuerzas alemanas eran superadas numéricamente en una relación de 8 a 1 a favor de los rusos, y por eso dijo el general Erik von Mainstein, “el Ejército Rojo era una hidra: le crecían dos cabezas por cada una que le cortaban”.
Uno de los generales de Hitler, Heiz Wilheim Guderian, apodado “El rápido”, pensó en repetir su exitoso uso de los tanques Panzer durante la Gran Guerra a partir de las tropas de choque que atacaban el frente de menor resistencia. Pero no contó con que los soviéticos sabían del lugar del ataque por informes del grupo de inteligencia “Lucy”, conformado por comunistas germanos y británicos asentados en Suiza, que recibía información calificada desde el mismísimo Estado Mayor Alemán. La transmitían a Londres y Churchill la enviaba a Stalin.
Sin embargo, entre febrero y marzo de 1943, el mariscal de campo Von Mainstein con fuerzas numéricamente inferiores, había derrotado a las fuerzas de la URSS en Karkov, que cambió de manos varias veces, dejando el frente ruso estabilizado en una línea que iba desde Leningrado, en el norte, hasta la ciudad de Rostov, en el sur. Pero la nueva línea del frente presentaba una peligrosa saliente hacia Occidente de 200 km de ancho por 150 km de profundidad, a la altura de la ciudad de Kursk, desde donde los soviéticos podrían contraatacar a los ejércitos alemanes desplegados en la zona y profundizar aún más la saliente. Es por ello que el alto mando alemán planificó una ofensiva para julio de 1943 para reducir dicha saliente a través de movimientos de pinzas, atacando desde el norte y desde el sur de la prominencia Los preparativos defensivos se venían desarrollando desde hacía tiempo: únicamente en el frente de Voronezh, había más de 4.000 kilómetros de trincheras, con cerca de un millón de minas colocadas por los partisanos ucranianos. Pese a la fama que tenían los Panzer, su sistema estaba débil, con sólo 328 tanques de los más modernos (sobre un total de 2.500). La postergación de la batalla se debió a que Hitler quiso contar con tanques de última generación, como los Tiger y Ferdinand que después exhibirían serias fallas. De todas maneras las hostilidades las inició la aviación soviética con sus Ilushin. Sin embargo, la Lufwaffe con su avanzado sistema de radar y los Stukas lograron derribar unos 400 bombarderos.

Táctica y estrategia
Por el lado nazi, el general Walter Módel, en la pinza septentrional, utilizó parte de la fuerza de tanques, aguardando la ofensiva soviética que sabía iba a llegar, aunque también, como se dijo, el arribo de los Tiger y sobretodo el Ferdinand (Panzerjàger Elefant, su nombre oficial), por que se lo consideraba invencible: pesaba 70 toneladas. Quedaron atascados por el sistema de trincheras rusos y la mitad de los Tiger fueron destruidos por las minas.
El día 13, Model debió modificar su táctica para rechazar uno de los enormes tanques soviéticos. En el lado sur, el general Erich Von Mainstein, utilizó todo lo que tenía a mano: 100 Tiger y los 200 Panther que en el terreno resultaron en ese momento más eficaces que los rusos, pero afrontaron muchas dificultades mecánicas y los zapadores fueron ineficaces en eliminar las minas terrestres. De todos modos, superaron a los famosos T34 soviéticos en su ataque en dirección a Prokhorovka. Este sitio adquirió fama como el escenario de un inmenso enfrentamiento de tanques el 12 de julio del que salieron airosos los alemanes y según el historiador Norman Stone, los generales soviéticos en ese terreno, se mostraron incompetentes: los hechos fueron revelados por Moscú en 1990.
Debido a una mala visibilidad por la niebla, al humo, y al polvo, los tanques de ambos bandos se pasaron de largo sin haberse visualizado, rodeándose los unos a los otros. Las fauces del infierno parecían haberse desatado cuando unos 1.600 tanques se enfrentaron en lucha encarnizada. Este combate en las inmediaciones de Prokhorovka duró ocho horas, luego ambos bandos se replegaron para reaprovisionarse y evacuar sus heridos. Aunque los alemanes perdieron la mitad de sus blindados, unos 300; los soviéticos se quedaron sin 700 tanques. Sin embargo, los soviéticos contaban con superioridad numérica y muchas unidades de reserva.
Hitler decidió frenar la ofensiva de Kursk en parte porque los aviones alemanes fueron destinados al sur, habida cuenta de que los Aliados habían invadido Sicilia el 10 de julio. El general Mainstein protestó porque había provocado pérdidas rusas importantes: 319.000 hombres, frente a 55.000 nazis; 2.000 tanques (250) y 2.000 aviones (159). Hay otra lectura. El día 20 de julio de 1943, ante la posibilidad de que las unidades alemanas pudieran ser atrapadas en un movimiento de pinzas soviético, Hitler ordenó la cancelación de la Operación Ciudadela y las divisiones alemanas debieron buscar una posición más segura.
En tanto, el ejército de Model fue atacado por los soviéticos entre el 12 y el 18 de julio. Además se desencarnaron ataques rusos para aliviar el sitio a Leningrado desde el este (el río Vóljov) y Tver (ciudad de Kalinin), desde donde los alemanes seguían amenazando Moscú. Las fuerzas alemanas en el borde del Cáucaso, a esta altura de la lucha, eran ya demasiado débiles para rechazar un ataque soviético en agosto. Tuvieron que retirarse a lo largo de toda la cuenca del Don en dirección al Dnieper, de manera que al final perdieron todos los recursos industriales y la mitad de las tierras de cultivo por cuya explotación Alemania había invadido la URSS. Para octubre, los alemanes descubrieron que era imposible mantener el frente del Dnieper al crecer las cabezas de puentes soviéticas y empezaron a caer ciudades importantes: Zaporozhye, seguida por Dnipropetrovsk. Finalmente a principios de noviembre los soviéticos avanzaron a partir de sus cabezas de puente a ambos lados de Kiev y la capturaron.
El avance soviético prosiguió a lo largo de la línea del ferrocarril hasta que el 3 de enero de 1944 alcanzó la frontera polaco soviética de 1939. Los alemanes supusieron que el espesor de la nieve y después el barro, tan fatal para ellos en 1942, detendrían al Ejercito Rojo, pero esta vez los rusos siguieron adelante. La campaña de 1943/44 había resultado un avance ruso de 800 kilómetros. En abril de 1944, el Ejército Rojo recuperó Odessa y después Sebastopol. La pérdida de Smolemsk, el 25 de septiembre, costó a los alemanes la pieza clave de todo un sistema defensivo.
La Batalla de Kursk fue el primer combate en que la ofensiva Blitzkrieg alemana fue derrotada antes de que pudiera romper las defensas enemigas y además fue un triunfo soviético en estrategia avanzada. El modelo de operación estratégica utilizado por los soviéticos en esta batalla ha obtenido un lugar en los planes de estudio de las escuelas militares.
Al planificársela Hitler expresó: “Esta operación es de una importancia fundamental. Debe concluir con un rápido y decisivo éxito. Cada jefe y cada soldado habrán de ser debidamente preparados para que se den cuenta de la importancia decisiva de esta ofensiva. La victoria de Kursk será un faro que iluminará al mundo”.
Fue al revés.
clarin
 

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Arqueología del Día D: ¿Qué quedó bajo el mar de Normandía del campo de batalla?


Los pecios militares son, con el tiempo, objetos preciados para contar la historia: ¿Cuándo excavaremos Trafalgar (el Santísima Trinidad) o Lepanto?




Un campo de batalla, como las playas de Normandía, puede y debe ser considerado como un tipo de yacimiento arqueológico,susceptible de ser localizado, prospectado y eventualmente excavado e interpretado como cualquier otro yacimiento. Brett Phaneuf y Robert Neyland del Instituto de Arqueología Náutica de la Universidad A & M de Texas (INA) comenzaron a preguntarse, si era posible investigar desde el punto de vista arqueológico una batalla crucial para su historia. Entendieron que sí y por eso regresaron a lasplayas de Omaha, Sword, Juno y Utah, para reconocer bajo agua todo lo que allí aconteció. Ocurrió en el verano del 2000. Concretaron inicialmente el estudio completo de un tramo de 20 millas de la costa de Normanda que incluia expresamente dichas zonas. ¿Qué queda de la batalla bajo el mar? [Sigue leyendo en el blog Espejo de Navegantes]
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HISTORIA MILITAR / GUERRA DE LOS TREINTA AÑOS


Nördlingen, la decisiva victoria de los tercios españoles sobre el imbatible ejército sueco



En 1634, una hueste de tropas internacionales católicas, en la que combatieron regimientos hispanos, logró acabar con la hegemonía protestante en Alemania

RUBENS
«La victoria de los dos Fernandos»


Con la pica clavada en tierra, miles de mosqueteros en línea y la sombra de decenas de estandartes adornados con la Cruz de Borgoña. Así combatieron las tropas españolas un día de 1634 cuando batallaban -junto a una alianza católica- contra miles de soldados protestantes en la ciudad alemana de Nördlingen. Aquella jornada no sirvió de nada el título de invencible que portaba el ejército sueco, pues, a base de sangre y arrojo, se impuso el morrión hispano.
Pero en esta batalla no sólo pudo verse una lucha encarnizada por la supremacía militar, sino que también se enfrentaron dos formas diferentes de hacer la guerra: la del ejército sueco –revolucionaria y novedosa- y la tradicional pero efectiva técnica de combate de los expertos tercios.
Treinta años de guerra

La batalla, acaecida en territorio alemán, se enmarca dentro de la guerra de los Treinta Años, un conflicto latente desde mediados del SXVI que estalló debido, entre otras cosas, a la rivalidad existente entre los partidarios de la tradicional religión europea, el catolicismo, y los seguidores del protestantismo –una nueva rama de creencias escindida de la Iglesia católica-.
Esas tensiones enmascaradas se hicieron palpables cuando, en 1618,Fernando II de Habsburgo –ferviente católico-, se convirtió en Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (título que le permitía gobernar en buena parte del centro de Europa). Al parecer, esto fue demasiado para la nobleza protestante de Bohemia (actual República Checa), que decidió deponer al nuevo líder a base de espada para intentar instaurar sus propias creencias.
Este conflicto local pronto atravesó fronteras ya que, en poco tiempo, los contendientes comenzaron a pedir la ayuda masiva de los territorios europeos. Así, Fernando II no dudó en solicitar la intervención de España, mientras que, por su parte, los protestantes llamaron a filas a Dinamarca. La guerra había empezado e iba a dejar miles de muertos.
Tras décadas de combates, la situación se recrudeció cuando hizo su entrada en el conflicto la Suecia de Gustavo Adolfo II, un monarca que contaba con un ejército que usaba técnicas militares revolucionarias y esperaba su momento para hacerse valer en Europa. Sin duda, se acaba de despertar a un gigante dormido al que iba a costar derrotar.
La revolución militar sueca

Y es que Suecia llevaba varios años perfeccionando y renovando sus técnicas militares. «Gustavo Adolfo […] redujo la profundidad de la formación de diez a seis hileras e incrementó su poder de fuego al añadir cuatro piezas de artillería ligera por cada regimiento», explica el historiador británico Geoffrey Parker en su obra «La guerra de los Treinta Años».
Pero su revolución no se detuvo en este punto, sino que también incluyó la reorganización del ejército en nuevas unidades. «Gustavo Adolfo introdujo también una nueva unidad táctica, la brigada, formada por cuatro escuadrones (o dos regimientos) en formación en forma de flecha, con el cuarto escuadrón en reserva y apoyada por nueve o más cañones», completa el británico.
España decidió entrar en guerra para no quedar aislada en Europa
A su vez, este interesado en el arte de la guerra realizó modificaciones en las tácticas relacionadas con la caballería. Esta solía usarse en el SXVII como una unidad móvil que, armada con pistolas, acosaba a los soldados de infantería con sus disparos para retirarse después velozmente a lomos de sus monturas. «Las cargas de caballería sueca a la espada, rodilla contra rodilla, superaban en el choque a las de otras caballerías, como la alemana y la española, realizadas con pistola al trote», determina en este caso el periodista y experto en historia Fernando Martínez Laínez en su libro «Vientos de Gloria».

No obstante, la gran transformación por la que pasaría a la Historia Gustavo Adolfo fue por la instauración en su ejército de la denominadadoble salva. En esta táctica, según afirma Parker, «los mosqueteros se situaban en tres hileras, la primera arrodillada, la segunda cuerpo a tierra y la tercera en pie». De esta forma, se conseguía disparar dos veces más plomo sobre el enemigo que con la formación clásica y, en palabras de los expertos de la época, minar además la moral de los enemigos.
España en armas

Sin dudarlo, el monarca sueco se dispuso a avanzar sobre Alemania, lugar en el que desembarcó en 1630. A partir de ese momento su moderno ejército no encontró rival y, como se esperaba, contó todas sus batallas por victorias. De hecho, tal era su reputación militar que Suecia pronto recibió la ayuda de Francia e hizo pactos con el ducado de Sajonia-Weimar.
Ni siquiera la muerte de Gustavo Adolfo en una de las contiendas detuvo el avance del ejército sueco, ávido ahora de acabar con las fuerzas del Sacro Imperio Romano Germánico y sus aliados, entre los que se encontraba España. «Madrid consideró que era obligado decantarse con armas y dinero a favor de la Casa de Austria, no sólo por vinculación dinástica, sino también por motivaciones religiosas y políticas. Una derrota aplastante del Imperio habría dejado a España aislada en Europa», completa Laínez en su obra.
Las novedosas técnicas suecas convirtieron a su ejército en invencible
La situación se hizo definitivamente insostenible cuando el ejército sueco, acompañado de sus aliados sajones, avanzó sobre el sur de Alemania poniendo en jaque a las tropas imperiales. Sin tiempo que perder, España comenzó a equipar con picas y mosquetes a sus tercios, había llegado la hora de combatir y derramar sangre a favor de los aliados.

Para ello, se formó en Milán un ejército al mando del cardenal-infante Fernando de Austria, hermano del rey Felipe IV, con el objetivo de apoyar a las fuerzas imperiales de Fernando II. «El ejército expedicionario que salió de Milán integraba una formidable fuerza compuesta por unos 14.000 infantes, 3.000 soldados de caballería y 500 arcabuceros montados», determina Laínez en su libro.
Llegada a Nördlingen

Tras partir, las huestes hispanas lograron tomar dos plazas fuertes enemigas antes de llegar a Nördlingen, una pequeña ciudad ubicada en el sur de Alemania que estaba siendo sitiada por tropas imperiales. Así, el 2 de septiembre de 1634, las fuerzas españolas se unieron a las tropas asaltantes con la intención de arrebatar el emplazamiento a los protestantes.
Sin embargo, este objetivo no sería nada fácil de realizar, pues los mandos suecos y sajones también habían desplazado sus tropas hasta Nördlingen para, de una vez por todas y a costa de todas las vidas que fueran necesarias, detener la contraofensiva católica. Aquel día se decidiría el destino de muchos soldados frente a una preciosa tierra hasta entonces virgen de muerte.
«Las fuerzas hispano-imperiales superaban entonces los 30.000 hombres, de los cuales unos 20.000 eran de infantería, con 32 cañones. En esa fuerza se contaban dos tercios viejos españoles, que mandaban Idiáquez y Fuenclara; cuatro napolitanos […]; y tres de Lombardía […] Además, había dos regimientos alemanes de infantería bisoños. […] La caballería contaba con varios miles de excelentes jinetes, croatas en su mayor parte», señala Laínez.
Por su parte, el ejército protestante –al mando de Gustav Horn y Bernardo de Sajonia-Weimar- presentó ante las fuerzas católicas un ejército de 16.300 infantes, 9.300 caballeros y 54 piezas de artillería. Podían ser menos en número, pero sus temidas y revolucionarias tácticas militares les convertían, sin duda, en unos enemigos muy difíciles de derrotar.
Disposición de las tropas

Afiladas las espadas, abrillantadas las armaduras y preparados los arcabuces ahora sólo quedaba organizarse para plantar cara a los bravos protestantes. Como explica Laínez en su libro, cuando amaneció el 6 de septiembre el ejército enemigo se desplegó al noroeste, entre la ciudad de Nördlingen (ubicada a la izquierda de su flanco) y un bosque cercano que cubría el lateral derecho de su ejército.
De forma concreta, el ejército enemigo se encontraba dividido en varios grupos. «El enemigo avanzaba dividido en dos alas. La derecha, y más potente, al mando del general sueco Horn, con 9.000 soldados de infantería y 4.000 jinetes. La izquierda, que mandaba Bernardo de Sajonia Weimar, […] incluía 25 escuadrones de caballería y tres regimientos de infantería, con toda la artillería», sentencia el periodista español.
La «doble salva» permitía descargar una gran cantidad de fuego
Frente a ellos se hallaban las tropas hispano-imperiales, que tomaron posiciones entre lacolina de Albuch (delante del flanco derecho de los protestantes) y la ciudad de Nördlingen. En cuanto a su despliegue, los católicos formaron una línea dividida en tres cuerpos. «El principal ocupaba la estratégica posición de Albuch […] flanqueado a derecha e izquierda por 12 escuadrones de caballería. Detrás de algunos regimientos alemanes y algunos tercios italianos […] estaba el viejo tercio español de Martín de Idiáquez», señala el experto.

A su vez, el ejército imperial se completaba con las fuerzas del duque de Lorena, ubicadas a la izquierda de la colina, la caballería a las órdenes de Mathias Gallas y los jinetes ligeros de Croacia. «El cuerpo de reserva, mandado por el marqués de Leganés, tenía unos 7.000 infantes y 1.500 caballos», completa Laínez.
Comienza la batalla

El 5 de septiembre -y tras un intento frustrado del ejército protestante de tomar durante la noche una de las posiciones imperiales- los católicos se lanzaron a la carga desde Albuch, lugar que ofrecía una gran ventaja estratégica y en el que se libró la mayor parte de la contienda.
En principio, varios regimientos alemanes pertenecientes al ejército hispano-imperial se abalanzaron sobre el bosque cercano que cubría el flanco derecho del ejército enemigo. Sin embargo, fueron detenidos drásticamente por el fuego de las tropas suecas que, haciendo honor a su entrenamiento, descargaron una ingente cantidad de plomo sobre los católicos.
La batalla se centró casi exclusivamente en la colina de Albuch
Ahora les tocaba el turno a los oficiales protestantes que, conocedores de la importancia de tomar Albuch, enviaron a su caballería de choque colina arriba con la intención de obligar a huir a la infantería católica. Eran momentos tensos, pues, a pesar de que uno de los tercios napolitanos logró resistir el fuerte envite, el enemigo comenzaba a abrirse camino a base de espadazos.

«Los suecos estaban a punto de cantar victoria cuando estalló un almacenamiento de pólvora abandonado por los católicos en su retirada. La devastadora explosión tuvo un efecto inesperado y provocó cientos de muertos en las filas protestantes», destaca, en su obra, el experto español. Esa explosión, casi venida del cielo, dio además algo de tiempo a las tropas católicas para reorganizar sus filas y prepararse para la defensa.
Tácticas improvisadas contra ingeniería militar

En las horas siguientes, los protestantes hicieron acopio de todas sus nuevas tácticas militares para derrotar al ejército imperial. Así, las continuas descargas de mosquete comenzaron poco a poco a hacer mella en los tercios españoles e italianos, que, con el paso del tiempo, empezaron a acusar las bajas.
Sin embargo, los oficiales enemigos no contaban con el ingenio latino de los tercios hispanos e italianos. «Los veteranos de los tercios improvisaron una eficaz y arriesgada maniobra. En el instante de la descarga se agachaban para evitar las balas. A continuación, arcabuceros y mosqueteros recomponían la formación y hacían fuego demoledor casi a quemarropa. Luego se protegían tras las filas de picas», sentencia Laínez.
En las horas siguientes, los tercios, entre los que sobresalió uno de los españoles, tuvieron que hacer frente a las continuas acometidas protestantes. Sin embargo, y aunque no contaban con nuevas y revolucionarias tácticas, tenían de su parte la experiencia de decenas de batallas a lo largo y ancho de Europa, algo que les acabó dando la victoria.
Avance sobre el bosque

Mientras en el flanco contrario los protestantes estrellaban inútilmente su caballería contra las tropas imperiales, el grueso del combate seguía situándose cerca de la colina de Albuch. Allí, una parte de la infantería española, avivada por la tenaz resistencia llevada a cabo hasta ese momento, cargó contra los protestantes situados cerca del bosque a pica y espada.
Los tercios españoles demostraron que todavía eran una potencia en Europa
Horas después la experiencia comenzó por fin a ser una ventaja y los defensores protestantes del bosque dieron un paso atrás. Tras una inmensa cantidad de horas sudando por su país, acababan de firmar su sentencia de muerte con tan solo ceder unos metros de terreno. Y es que los oficiales católicos no dudaron y enviaron la infantería española que quedaba protegiendo la colina de Albuch en un cruento ataque final.

Eran las 12 del mediodía cuando, superados en todos los frentes, los protestantes soltaron sus armas y tocaron a retirada. Al final, las revolucionarias estrategias del ya fallecido Gustavo Adolfo no habían podido contra miles de picas clavadas en tierra. El tiempo de los tercios llegaría a su fin pero, sin duda, no sería en aquel día.
Muertos y más muertos

Una vez acabada la contienda se procedió a examinar los cadáveres y contar los fallecidos. «Al anochecer […] unos 12.000 protestantes yacían muertos en el campo de batalla y 4.000 más, entre ellos Gustav Horn, habían sido hechos prisioneros. Nördlingen cayó inmediatamente y los restos del ejército derrotado, bajo el mando de Bernardo de Sajonia-Weimar, se retiraron a Alsacia», señala, en este caso, Parker. Por su parte, los católicos, que habían conseguido un gran triunfo y se habían sobrepuesto a la modernidad, tuvieron que llenar casi 2.000 ataúdes.
Cuatro preguntas a Fernando Martínez Laínez

M. P. V.MADRID
1-Históricamente, ¿qué significó la victoria para España? ¿Y para el devenir de la Guerra de los 30 años?
Desde el punto de vista militar fue un éxito completo. El ejército sueco, actor principal de las Guerra de los Treinta Años, quedó deshecho y se rompió el mito de su invencibilidad. Era un buen ejército, aguerrido y con táctica y armamento innovadores, dirigido por jefes muy competentes, como el propio rey Gustavo Adolfo, que había muerto poco antes de la batalla. Nördlingen estuvo a punto de decidir la Guerra de los Treinta Años a favor del bando imperial y español, pero no fue así porque la victoria fue de tal envergadura que alarmó a Francia tanto como para entrar en la contienda a favor del bando protestante. Y eso terminó desnivelando la balanza en contra de España.
2-Se podría decir que en esta batalla se enfrentaron las clásicas técnicas de combate de los tercios contra las nuevas y eficientes estrategias de los protestantes. ¿Cómo fue posible que prevalecieran en combate los tercios?
La táctica sueca se basaba en el empleo de la caballería en masas cerradas y la elevada capacidad de fuego de sus regimientos de infantería equipados con mosquetes ligeros, capaces de triplicar el número de disparos de una unidad similar de la época, gracias a las nuevas técnicas implantadas por Gustavo Adolfo. Los tercios seguían con su modelo tradicional de combate, combinando las armas de fuego y las picas, pero su experiencia en el campo de batalla era inigualable y su moral - al mando de un buen jefe como el cardenal-infante Fernando de Austria - era alta. Además, contaban en sus filas con un gran número de veteranos, incluso alféreces y capitanes que, por no mandar unidades propias en ese momento, combatían como simples soldados. A todo esto se añadía el espíritu de victoria. Cuando se daban esos factores, los tercios eran prácticamente invencibles. Sus cuadros compactos eran muy difíciles de romper.
3-¿Qué unidades españolas destacaron durante esta batalla?
Dos tercios se distinguieron en especial, el tercio italiano de Toralto y el tercio español de Martín de Idiáquez. Sobre este último, sobre todo, se concentró el ataque del ejército sueco, en torno a la colina de Albuch, que fue el punto de resistencia principal del flanco izquierdo imperial y el centro de gravedad de toda la batalla. El tercio de Idiáquez lo componían unos 1800 hombres y de su actuación en la batalla dan fe las palabras que les dedicó el cronista Diego de Aedo, que acompañaba al cardenal-infante, cuando dice que los españoles aguantaron seis horas enteras sin perder pie, "atacados dieciséis veces con furia y tesón no creíble; tanto que decían los alemanes que peleaban como diablos y no como hombres, estando firmes como si fueran paredes." Este tercio, además, fue el que decidió la batalla al lanzarse colina abajo en persecución de las tropas suecas, desbaratando toda la línea enemiga.
4-¿Cómo es posible que un gran episodio de la Historia de España como este haya pasado tan desapercibido?
Creo que solo se explica por la gran amnesia que España sufre desde hace mucho tiempo de su propia historia. Una enfermedad cuya cura parece todavía lejana. Quizá también haya contribuido a este olvido el hecho de que la suerte de las armas, finalmente, nos fuera adversa en la Guerra de los Treinta Años.
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EL HUNDIMIENTO DEL "RIO TERCERO"

BARCOS ARGENTINOS Y LOBOS GRISES
La Segunda Guerra Mundial cumplía unos pocos pero terroríficos meses, Argentina permanecía aferrada a su ostura neutral, como ya había ocurrido durante la Primera Guerra Mundial. La escasez de bodegas isponibles y la necesidad de colocar la producción agrícola obligaron al presidente Ramón Castillo a adelantar la creación de la Flota Mercante del Estado, integrada por viejos barcos (mucho de ellos italianos) veteranos de la guerra anterior, que permanecían desde el comienzo de las hostilidades anclados en los puertos argentinos.
Con estas viejas naves (la mayoría, alimentadas con carbón), partieron los primeros y arrojados “gauchos del timón”, como califico entonces, con innegable acierto, el periódico Buenos Aires Herald a los capitanes de nuestra creciente Marina Mercante. Ellos desafiaron la presencia de los submarinos alemanes en el Caribe, y, aun más arrojadamente, sus torpedos en las peligrosas aguas de la Costa Este de los Estado Unidos.
Eran buques neutrales, condición que no siempre fue respetada por los “lobos grises”, que vigilaban la tradicional ruta de los cargueros entre América del Sur, el Caribe y la Costa Atlántica Norteamericana.
Uno de los nobles y pintorescos gauchos del timón fue el Capitán Jack Aljanaty, quien en sus relatos brindaba detalles de cómo se navegaba en esos mementos; había que tener un ojo para escudriñar el mar en busca de periscopios y el otro para advertir a tiempo la siniestra estela de los torpedos. Aljanaty debió navegar durante muchos meses en las zonas de guerra mas frecuentadas por los submarinos alemanes. Al respecto, recordaba “se le dio a nuestros barcos (por acuerdo entre los beligerantes) un numero de banderas para llevar pintadas en su casco (cinco para la Argentina, que compartía esa cifra con Suecia) y los comandantes de submarinos, con el libro de silueta de barcos siempre a mano y la observación de las banderas de los buques, podían establecer claramente si estaban frente a un buque neutral o a uno beligerante.


Capitan del RIO III - Capitan Pedro SCALESE
La zona del Caribe.- expresa Aljanaty - era muy peligrosa para toda la navegación. En Febrero de 1942, a bordo del vapor Juncal, habíamos salido de Curazao al mediodía, cargados de petróleo, y apenas a las dos horas del radiotelegrafista empezó a recibir en ingles, señales que indicaban U-Boat near (submarino cerca).
“Parecía que los submarinos alemanes estaban por todas partes, y empezaron a sucederse los avisos desesperados de S.O.S.
Ese día los alemanes hundieron 20 barcos en las inmediaciones del área donde navegábamos. “Cerca de medianoche, apareció en el horizonte una luz a ras del agua. Era un submarino alemán que nos pedía, en código internacional de señales, los datos de nuestro cargamento, lugar de origen y destino. Supongo que nos había estado vigilando hacia rato, desde muy cerca y que, como identificó nuestras banderas en su libro de siluetas, no nos toco y dejo que siguiéramos viaje.
En esos años, en el mar habia que agudizar los sentidos, a los sumergibles germanos se los describiría mas fácilmente cuando había un mar de calma chicha, ya que con un poco de marejada, olas y espuma de mar se ocultaban los periscopios.
A los submarinos alemanes se les iba haciendo cada vez más difícil distinguir entre los barcos beligerantes y los neutrales, y crecía entonces el numero de ataques contra buques de bandera argentina. No obstante, en innumerables ocasiones los submarinos alemanes dejaron continuar la marcha a nuestros barcos, tras comprobar que no llevaban carga bélica. Aveces, los lobos grises tenían gestos de indudable cortesía con los oficiales mercantes.
El primer ataque serio a un buque argentino, que indigno a nuestra opinion publica, ocurrió el 27 de mayo de 1940. En la entrada del golfo de Vizcaya, frente al Cabo Villano, al norte de España, el Vapor Uruguay, de 3425 toneladas, que transportaba cereales con destino a Amberes y había tenido que desviarse a Limerick, Irlanda, fue hundido a las 10 de la noche por un submarino Alemán. Previamente había sido detenido y sus bodegas revisadas, tras lo cual se lo mino con cargas explosivas. A los 28 tripulantes del carguero se les concedió un plazo perentorio para que se alejaran en dos botes salvavidas. En la noche del 17 de abril de 1942, dos torpedos hicieron blanco en otro buque argentino, el petrolero Victoria, que navegaba al SE de Nueva York, a 300 millas de la Costa Este norteamericana. Solo llevaba semillas de lino.


El Río Tercero
El 22 de junio de 1942, en la costa oriental de los Estados Unidos, a 120 millas de Nueva York, fue torpedeado y hundido el vapor argentino “Río Tercero” en lo que fue el más trágico de los episodios entre buques argentinos y submarinos alemanes, rodeado, además por una leyenda negra que puso en duda la conducta de la tripulación del mercante.
El Río Tercero retornaba del puerto de Nueva York donde habian descargado cereales. Estaba al mando del Capitán Luis Pedro Scalese y de regreso traía carga general, pero nada que pudiera considerarse bélico y justificara el ataque sufrido. Llevaba un solo pasajero: el medico Francisco Arumbarri. Se fue a pique inmediatamente, con él se trago a cinco tripulantes: los carboneros Clemente Alvarez, Roberto Emilio Giménez y Luis Santiago Protto; fogonero Angel Elfi, y el marinero Justino José Aguilar. El ataque a un barco neutral y a las cinco muertes provocaría un serio incidente diplomático, aunque finalmente no se rompieron las relaciones entre Argentina y Alemania.
El radiotelegrafista del buque, Roque Volpe, preciso que el ataque se perpetro son previo aviso y los tripulantes del Río Tercero solo pudieron ver al submarino atacante luego de que los hundió.
“Yo pedí el S.O.S. – relato Volpe – me atendieron enseguida los norteamericanos. A la hora y media ya nos sobrevolaba el avión bombardero que nos habían mandado. Quedaron 39 náufragos repartidos en dos botes, rescatados por la noche y llevados primero a Estados Unidos. Pero antes de que esto ocurriera, estuvieron a un paso de que los submarinistas los despacharon a tiros. El submarino que los había atacado emergió poco después junto a los botes de los náufragos. Tenia escrito en la torreta: U-Boat, un numero y la inscripción “Innsbruck”.
“Al capitán Scalese se le ocurrió decirles a los alemanes que no habíamos pedido auxilio y que no teníamos con nosotros ningún libro de navegación. Entonces lo metieron en el submarino. Finalmente, Scalese termino por darles el libro y el submarino se alejo, pero al poco rato volvió junto a los botes. Los alemanes nos apuntaron desde la torreta con dos ametralladoras.
“Todos pensamos que los submarinistas, creyeron que no habíamos alcanzado a pedir auxilio, habían decidido matarnos para eliminar cualquier indicio del ataque a un barco de un país neutral. En aquel dramático momento, un bombardero norteamericano arrojo cuatro bombas que levantaron grandes columnas de agua cerca del submarino. Este rápidamente desapareció bajo el agua.

De regreso a Buenos Aires, se difundió el rumor de que el Río Tercero había sido hundido como represalia por haber violado la neutralidad avisando a los norteamericanos la posición de otro sumergible alemán que los habría interceptado anteriormente, y todo para cobrar una supuesta recompensa. Volpe califico de absoluta falsedad tales presunciones y sostuvo: “yo creo que el rumor surgió de nuestra misma Cancillería, que quería calmar la ira popular por el ataque y las muertes, para evita a toda costa represalias contra los interese germanos en la Argentina. Para colmo, cuando volví al país, me tuvieron al principio incomunicado, para que no hablara con la prensa y diera detalles del ataque.
Otro de nuestros marinos mercantes, el Capitán Julio Frutos, cuenta que era de gran preocupación en navegar por zonas peligrosas, al punto de extremar las medidas de no fumar de noche en cubierta, porque la brasa del cigarrillo se distingue en el mar hasta cinco Kilómetros


Capitanes Julio FRUTOS y Carlos SABURO junto a un cuadro del Rio III
“Teníamos que fumar en pipa, porque la cazoleta oculta el resplandor de las brasa. Los torpedamientos se producían por lo general a la salida o a la puesta del sol, dos momentos en que el reflejo de la luz impide discernir en el mar las formas del periscopio. Pero los torpedos venían casi siempre del lado en que se producían la puesta. Cuando Argentina entro finalmente en guerra con Alemania, a comienzos de 1945, las tácticas y procedimientos de la navegación neutral debieron cambiar. “Entramos tan al final, que los cubanos se burlaban aplaudiéndonos cuando llegábamos a sus puertos. En nuestra nueva condición de beligerantes, tuvimos que navegar con luces sigilosas y con un destructor norteamericano cerca, al que casi nunca le entendíamos las señales”
Articulo publicado en http://www.elsnorkel.com
 

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19/07/1940 - en Italia, en la batalla de Cabo Spada (en el marco de la Segunda Guerra Mundial), el crucero australiano Sydney hunde en el mar Egeo al crucero liviano italiano Bartolomei Colleoni: 121 muertos.
1940 - en Inglaterra, la orden 112 del ejército forma los Cuerpos de Inteligencia del Ejército Británico.
1942 - ante la costa de EE. UU., el almirante Karl Dönitz ordena al último submarino a retirarse de su posición, en respuesta al efectivo sistema de convoy.
1942 - en la URSS, los sóviets abandonan Voroshilovgrado.
1943 - en EE. UU. finaliza la construcción del oleoducto entre Texas y Pensilvania.
1943 - en Italia, 270 aviones aliados bombardean en dos horas las barriadas periféricas de Roma (solo muertos civiles).
1945 - en EE. UU., Montgomery Ward es tomada por el ejército bajo las órdenes del fiscal general Francis Biddle, debido a que se negó a obedecer las órdenes del Consejo Nacional de Trabajo de Guerra (National War Labor Board). Seward Avery, director de Montgomery Ward, es expulsado de su oficina por los soldados.
Fuentes: http://www.hoyenlahistoria.com/dia/julio/
 

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El 19 de julio de 1808, las tropas de Bonaparte sufrieron en Andalucía su primera derrota de la historia en campo abierto
http://www.zona-militar.com/Media/201307/19/rendicion-bailen--644x362.jpg
ABC
«La rendición de Bailén», cuadro de José Casado del Alisal que se exhibe en el Museo del Prado, con el general Castaños a la izquierda y el derrotado general Dupont a la derecha

Un día como hoy, aunque hace nada menos que 205 años, las tropas españolas lograron un hito que ningún otro ejército había conseguido antes: vencer a las fuerzas de Napoleón en combate abierto. Aquella jornada, bajo un sol de justicia andaluz que acosaba a los soldados con una temperatura de 40 grados, las huestes del «pequeño corso» nada pudieron hacer contra los briosos hispanos que, a mosquete y espada, defendieron el pequeño pueblo jienense de Bailén del invasor.
Ese 19 de julio de 1808 los españoles no sólo humillaron a las altivas tropas napoleónicas mediante un ejército formado por multitud de milicianos, sino que también lograron dar un golpe de efecto que marcaría el principio del fin de la ocupación francesa en España. Así, la batalla de Bailén quedaría grabada con tinta indeleble en la Historia.
Corrían malos tiempos para España en los inicios del s. XIX. Todo había comenzado con un pequeño megalómano, Napoleón Bonaparte, quien, después de subir al poder en Francia años atrás, asumió como suya la tarea de dominar una buena parte de Europa y derrotar al gran enemigo de su Imperio: Gran Bretaña.
Tras caer en la cuenta de que no podía asediar a la indomable Albión por mar, el corso prefirió pasar a una táctica menos invasiva: bloquear el comercio de Reino Unido. Sin embargo, para que esta idea se sucediera a la perfección, Bonaparte debía conquistar Portugal, una región tradicionalmente aliada de los ingleses y que no se plegaría sus deseos.
Una trampa mortal

Pero para llegar hasta Portugal una tierra se interponía en el camino de Napoleón, España. Por ello, en 1807 el francés firmó con Godoy –valido del rey- el Tratado de Fontainebleau, mediante el cual logró obtener el permiso para atravesar con más de 100.000 hombres el territorio hispano.
El macabro plan de Napoleón había comenzado. Y es que, en su paso a través de España, el disciplinado ejército francés fue ocupando diferentes ciudades hasta llegar a Madrid. Así, lo que en un principio comenzó como un permiso de paso, acabó convirtiéndose en una invasión a gran escala. A su vez, las intrigas políticas del «pequeño corso» –que consiguió finalmente dar el trono español a su hermano- terminaron por minar la paciencia de la población que, a partir de mayo, comenzó a levantarse contra los casacas azules.
Así, se iniciaron una serie de revueltas por todo el territorio a base de rastrillo y cuchillo en contra del águila imperial. Tocaba defender el territorio del invasor y, ante la escasez de tropas regulares, el pueblo no dudó en proteger cada palmo de tierra hispana con su sangre. Además, a lo largo y ancho de toda España, los defensores se fueron constituyendo en pequeñas juntas locales –encargadas de organizar la resistencia contra Francia- ante la destrucción y la inactividad de los organismos centrales.
Camino de Andalucía

Sin embargo, en casi toda España comenzaba a imponerse el entrenamiento de los soldados galos que, mejor pertrechados, plantaban cara con osadía a cualquier levantamiento local. Por ello, con el centro y el norte asediados, Napoleón no tardó en plantearse la conquista del sur de la Península.
«Confiado en el éxito inmediato de la ocupación, Napoleón ordenó al general Pierre Dupont de l'Etang que ocupara Córdoba y avanzara hacia Sevilla y luego a Cádiz. El objetivo era rescatar a una escuadra francesa allí bloqueada desde la batalla de Trafalgar y hacerse con el control de los puertos andaluces, al tiempo que amenazaba Gibraltar» señala el escritor y periodista Fernando Martínez Laínez en su obra «Vientos de gloria».
Tras tomar el norte y el centro, Napoleón decidió ir a Andalucía
Para cumplir esta misión, los franceses enviaron unos 9.000 soldados de infantería, a los que los que se sumaron unos 4.000 hombres montados (entre coraceros –la caballería de élite del ejército galo experta en ataques cuerpo a cuerpo- y dragones –jinetes armados con mosquetes-). Al mando de esta fuerza estaba Dupont, uno de los generales más destacados y fiables del «pequeño corso».
No obstante, la campaña andaluza salió muy cara a los franceses que, acosados por los guerrilleros y el hambre, decidieron asentarse en Andújar (ubicada a 28 kilómetros de Bailén) con la intención de esperar refuerzos. Con todo, prefirieron dejar su sello de destrucción arrasando y saqueando Valdepeñas y Córdoba. Sin embargo, lo que no sabían los soldados del águila imperial es que los españoles les harían pagar cada gota de sangre derramada.
Una vez llegados sus refuerzos, Dupont levantó la cabeza con orgullo al saber que contaba a sus órdenes con 34.000 hombres divididos en cinco divisiones. Para facilitar la organización de este ejército tan numeroso -como bien explica el escritor y experto Francisco Vela en su obra «La batalla de Bailén. El águila derrotada» - el galo entregó cada una a un oficial. Entre ellos destacaba el General de división Vedel, un militar que se había ganado sus galones y el favor de Napoleón combatiendo contra los austríacos varios años antes.
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«El águila derrotada»
A su vez, el francés sabía que de su lado estaba, además del gran número de soldados galos, la experiencia de los mismos. De hecho, se creyó tranquilo al conocer que combatiría al lado de un buen numero de sanguinarios coraceros y un batallón de marinos de la guardia imperial (una de las unidades de élite de la infantería imperial).
El levantamiento andaluz

Por su parte, y ante el peligro que se cernía sobre la patria, España llamó a filas a los ciudadanos, que se sumaron las escasas tropas regulares existentes. «Tras el levantamiento madrileño del 2 de mayo, que se extendió prácticamente a España entera, las Juntas de Sevilla y Granada comenzaron a formar dos ejércitos que deberían unirse en algún punto de Sierra Morena para detener a los franceses», explica Laínez.
Una buena parte del ejército español estaba formado por milicia
Así, los defensores consiguieron reunir una fuerza equiparable a la de los crueles «gabachos» al contar con 30.000 soldados. Sin embargo, más de la mitad del ejército estaba formado por milicianos que, aunque tenían en su interior el ardor propio de un militar español, carecían de experiencia en combate. Con todo, cada uno sabía que plantaría cara al invasor francés hasta la última bala de mosquete.
Al mando de la fuerza se destacó el general Francisco Javier Castaños. Éste, a su vez, decidió dividir a sus hombres en tres columnas, como bien explica Laínez en su obra: «La primera, con 9.450 hombres, al mando del mariscal de campo de origen suizo Reding. […] La segunda, mandada por el mariscal de campo belga marqués de Coupigny [contaba] unos 8.000 hombres. […] La tercera columna, compuesta de dos divisiones al mando de los tenientes generales Félix Jones y Manuel La Peña [disponía] de 12.000 hombres de las milicias provinciales. […] Además, se contaba con una “columna volante” que mandaba el coronel Juan de la Cruz con unos 2.000 hombres, casi todos voluntarios».
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El general Castaños
Tras una serie de pequeñas escaramuzas iniciales entre ambos contingentes, el día 17 de julio de 1808 se realizaron una serie de movimientos que marcarían directamente el resultado de los combates. Todo comenzó el 16, jornada en que Dupont –ubicado en Andújar- envió a la división de Vedel hacia el entonces insignificante pueblo de Bailén con órdenes de plantar cara a las tropas de Reding, a las que se suponía defendiendo el lugar.
Pero el general francés encontró este minúsculo pueblo vacío. ¿Qué había podido suceder? Casi sin tiempo para pensar, en la cara de Vedel se pudo adivinar una expresión de terror. Y es que, la posibilidad más lógica era que la división española hubiera partido hacia Despeñaperros (un paso a través de las montañas en dirección a Madrid) para cortar una posible retirada francesa.
«En esta ocasión todo el equívoco parte de las informaciones dadas por el paisanaje a los franceses, en especial por un alemán afincado en el pueblo, el cual le confirmó el paso de tropas enemigas encabezadas por los Dragones de Lusitania, lo que acabó por confundir a Vedel que vio cómo fuerzas regulares le sacaban ventaja en la carrera por llegar a Despeñaperros», explica en su libro Vela.
Velozmente, Vedel inició la marcha hacia las colinas dejando atrás el verdadero teatro de operaciones. Sin embargo, este no fue el único error que cometieron los franceses, sino que, además, enviaron a otro de sus generales con una considerable cantidad de tropas hacia dos posiciones ubicadas en la sierra.
El curioso encuentro

Mientras, el altivo Dupont continuó esperando despreocupado en Andújar creyendo inocentemente que su experimentado ejército podría hacer frente a cualquier hueste formada por los españoles. Al parecer, nunca tuvo demasiado respeto a un ejército que, según sus palabras, carecía de instrucción y disciplina.
Días después, y ante la falta de noticias, Dupont dio un giro radical a su plan de operaciones y partir hacia Bailén, en el cual creía que había solo un pequeño contingente de tropas españolas. Todo cambió cuando, en la noche del día 18, sus exploradores le informaron de que a las puertas del lugar le esperaban nada menos que 14.000 soldados enemigos: las divisiones de Reding y Coupigny movilizadas días antes por Castaños.
A los españoles, por su parte, también les cogió por sorpresa el encuentro, pues sabían que, aunque eran superiores en número a las tropas francesas, no contaban con la experiencia suficiente para vencer al poderoso ejército galo. No obstante, y a pesar de esta curiosa sorpresa de verano, ambos bandos se prepararon para la batalla. Ahora sólo quedaba ganar tiempo hasta que llegaran los refuerzos: Vedel por parte de los franceses y Castaños por el bando español.
«Como se puede comprobar, de todo esto deducimos que ambos bandos se encontraban mal informados sobre las fuerzas y posiciones respectivas y que se dirigían a una batalla de encuentro. Ni Dupont sabía que se iba a topar con Reding ni éste que se le echaba Dupont encima. Aquel tenía su retaguardia amenazada por las dos divisiones de Castaños, y Reding amenazada la suya por Vedel», completa el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».
¡A formar la línea!

Tras el primer contacto con las unidades de exploración francesas –aproximadamente a las tres de la madrugada del día 19-, los españoles dieron comienzo a una alocada carrera contra el tiempo para formar su línea defensiva. El ejército, ahora al mando de Reding, tuvo que organizar a dos divisiones que incluían, según Vela, a unos 12.600 infantes (armados principalmente con mosquetes) y 16 piezas de artillería. A su vez, la fuerza contaba con el apoyo de casi 1.200 jinetes, entre los que había varias unidades de los famosos garrochistas (pastores que, diestros en el uso de la lanza, se incorporaron a filas para combatir al invasor francés).
Con varias tretas, los defensores lograron la retirada de la caballería gala
Para hacer frente a los galos, las tropas españolas formaron a las afueras de Bailén. «Al amanecer, el ejército español se desplegó en forma de arco o herradura abierta con los extremos apoyados en los cerros Valentín, al norte, y Haza Walona, al este», completa el autor español en su obra.
En vanguardia se situó la infantería formando una consistente fuerza de choque a base de mosquete y bayoneta. Como apoyo, se intercalaron varias piezas de artillería con las que aplastar las formaciones francesas. En segunda línea, Reding ubicó varias unidades de infantería de reserva además de algunos regimientos de caballería con un doble objetivo: apoyar a los cañones y flanquear al enemigo.
Por su parte, el experimentado Dupont contaba a sus órdenes con unos 8.000 infantes (entre los que se encontraban los marinos de la guardia imperial), unos 2.000 jinetes (sumando a coraceros y dragones) y 23 cañones. Como siempre, la fuerza de los franceses la componía principalmente la caballería pesada, que solía ser usada como un martillo en contra de las formaciones enemigas.
Como era de esperar, Dupont ordenó formar con un sólido bloque de infantería en el centro, la temible caballería en los flancos y varios cañones como apoyo (estas de menor potencia que las españolas). Con las piezas dispuestas para la partida de ajedrez, ahora todo quedaba en manos de la resistencia, la valentía y la tenacidad de los soldados.
Comienza la batalla

La contienda comienza bajo un caos total, pues eran las tres de la mañana y la oscuridad todavía no había abandonado Bailén. «Entre las tres y las cinco de la madrugada lo único claro es que no hay nada claro. En medio de la oscuridad […] lo único cierto son las voces de ¡quién va!, los fogonazos de los disparos y poco más», determina en su completísima obra Vela.
A las cinco de la mañana, y sin más dilación, varias unidades del ejército español se lanzaron -en el extremo del flanco izquierdo- a la conquista de una posición que les podía otorgar una ventaja táctica de gran importancia: el cerro Haza Walona. Con sus mosquetes cargados y una buena visibilidad tomaron este emplazamiento sin combates y se aprestaron a la defensa.
Sin embargo, su alegría dura poco, pues, con la primera luz de la mañana, Dupont ordenó a la brigada suizo-española (antiguamente al servicio de España y ahora encuadrada a la fuerza en el ejército francés) asaltar la colina. Por suerte, la tenacidad de los defensores se hizo patente y consiguieron resistir este primer embiste.
La treta española

Sin más paciencia que agotar, Dupont organizó a su caballería para que, al galope y colina arriba, tomara el Walona. En este caso, ni el incesante fuego de mosquete español valió para detener a lo mejor del ejército imperial, que arrasó a dos batallones españoles a los que, incluso, arrebató sus estandartes, un hecho muy significativo para la época.
Pero, a pesar de que los jinetes franceses podrían haber abierto brecha en la línea española, se retiraron a sus posiciones azuzados por una curiosa treta de los defensores. «[Una unidad española] a las órdenes de un teniente mantuvo una frenética actividad para dar la impresión de contar con un mayor número de efectivos. Sin saberlo, esta actividad, junto con los agudos toques del trompeta de este destacamento ejecutando todos los toques reglamentarios, confundió a los jinetes galos», añade el autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada».

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Cuadro del pintor Ferrer-Dalmau sobre la batalla de Bailén

Mientras, en el centro del campo de batalla, los franceses formaron columnas para lanzar la que, según creían, sería la ofensiva definitiva sobre las tropas españolas. «La Brigada Chabert desplegó en cuatro columnas de ataque […] e inició la contrastada maniobra gala del choque a la bayoneta en columnas cerradas», señala Vela.
En perfecto orden, los soldados franceses avanzaron hasta situarse frente a las tropas defensoras. Sin embargo, los galos no contaban ya con parte de su artillería –la cual había sido destruida por los cañones españoles desde la lejanía- lo que provocó que fueran tiroteados sin piedad.
Tras sufrir considerables bajas, la situación terminó de complicarse para los soldados de Napoleón cuando Reding ordenó a una parte de la caballería española cargar contra sus filas. La presión fue demasiada para los experimentados casacas azules, que, sin poder resistir ni un segundo más, se retiraron manteniendo la formación.
Sin embargo, la inexperiencia de algunas de las tropas hispanas salió cara a Reding cuando los garrochistas, ávidos de venganza, no mantuvieron la formación y se lanzaron solos contra varios olivares defendidos por soldados galos. Por desgracia, los mosquetes franceses no perdonaron este error e hicieron mella en las filas de los confiados lanceros.
La imprudencia sale cara

Con el espeso polvo surcando el campo de batalla y el calor haciendo mella en los soldados, la situación se recrudeció en el flanco derecho cuando un escuadrón español, fogoso y ávido de hacer sangrar a tantos soldados franceses como pudiera, se adelantó demasiado y perdió el apoyo de sus compañeros.
Tras un breve intercambio de disparos con la infantería gala, la imprudencia de estos españoles les terminó pasando factura cuando, de improviso, tuvieron que hacer frente nada menos que a una carga de caballería francesa. Por suerte, y a pesar del gran número de bajas que sufrió esta unidad, se consiguió mantener la línea gracias al apoyo de varios regimientos cercanos.
La batalla de Bailén en el momento del tercer ataque de Dupont

La última carga del águila

Ya al medio día, el sol se convirtió en un desagradable protagonista para ambos ejércitos cuando la temperatura sobrepasó los 40 grados. En ese momento hicieron su entrada en batalla cientos de mujeres del vecino pueblo de Bailén que, arriesgando sus vidas, trasportaron cántaros de agua entre sus compatriotas.
Abrasados por el calor, extenuados por el cansancio y temerosos ante la posibilidad de que Castaños atacase su retaguardia, los franceses organizaron entonces a sus últimas tropas para llevar a cabo un desesperado asalto contra Bailén. Para ello, además de a las mermadas unidades de infantería que le quedaban, Dupont llamó también a sus escasas reservas: los marinos de la guardia imperial.
«Eran en total unos 3.300 hombres desesperados encabezados por el mismísimo Dupont y su Estado Mayor, que sabían que se les acaba el tiempo», señala el experto. Conocedores de que necesitaban un milagro para dar un vuelco a la contienda, los franceses trataron de sacar últimas fuerzas y plantar cara a sus enemigos.
No obstante, la misión era casi imposible y las últimas tropas galas fueron pasadas a mosquete por los ávidos españoles. La última gota de ánimo que aún mantenía vivos a los franceses se acabó cuando Dupont fue herido y casi derribado de su montura. Finalmente, la esperanza imperial se desvaneció cuando vieron aparecer a las tropas de La Peña por su retaguardia.
Rendición final

Todo había acabado. Sabedor de la derrota, Dupont ordenó la rendición y llegó a un acuerdo con los españoles para que sus tropas fueran repatriadas a Francia (cosa que nunca se llegó a realizar, pues una gran parte de los soldados imperiales acabaron muriendo de inanición en una isla cercana).
Finalmente, Dupont capituló tras una última carga desesperada
De nada valió la llegada en el último momento de las tropas de Vedel por la retaguardia española, pues Dupont ordenó a su subordinado detener el ataque ante el temor de las represalias sobre los soldados franceses capturados. Había aparecido demasiado tarde para poder ser determinante y las «inexpertas» tropas españolas se habían hecho con la victoria.
La capitulación fue, al parecer, demoledora para Napoleón, que nunca antes había visto a su ejército derrotado en campo abierto. Además, el hecho de que hubiera sido vencido por una fuerza formada por multitud de milicianos no ayudó a calmar su ira. Tal fue su enojo que acabó con la carrera de los pocos oficiales galos que volvieron a Francia.
Una vez acabada la batalla hubo que recontar las bajas. Por el lado francés sumaban –entre muertos, heridos y contusos- unos 2.200 soldados (el resto fueron hechos presos). «En el bando español […] se confirmaron 192 muertos, 656 heridos, 8 contusos y 1.013 extraviados», finaliza Vela.

Francisco Vela, autor de «La batalla de Bailén. El águila derrotada»: «La reacción de Napoleón fue iracunda»

M. P. V. madrid
1) En su libro habla de los múltiples errores que se produjeron antes de la contienda y que, casi fortuitamente, dieron la victoria a los españoles. ¿Cómo es posible que dos ejércitos experimentados cayeran en tantos equívocos estratégicos?
Básicamente, el ejército español no supo hacer valer su superioridad numérica ni su condición de jugador local en esta partida, por decirlo de una manera fácil. La parte francesa se aferró a una misión que perdió su objetivo al rendirse la escuadra francesa de Cádiz y no supo retirarse a tiempo a posiciones más defendibles como podría haber sido Sierra Morena en su vertiente manchega a la espera de refuerzos. Esto les llevó a fraccionar sus ejércitos en múltiples columnas y destacamentos buscándose unos a otros hasta que al fin se encontraron en Bailén el 19 de julio, precisamente en el único movimiento de ambos ejércitos en que no se esperaban encontrar.
2) ¿Cree que si Vedel hubiera llegado antes en socorro de Dupont podría haberse decantado la batalla del lado francés?
Sin ninguna duda que habrían vencido. Casi lo hicieron incluso llegando tarde, con más sentido si lo hubieran hecho tan solo un par de horas antes, cuando podrían haber cogido a Reding entre dos fuegos. El ejército español, reducido a tan solo dos divisiones, no disponía de reservas ni de una fuerza en retaguardia suficientemente potente para frenar a las tropas de Vedel, como de hecho ocurrió. Su irrupción en la retaguardia española, mientras ésta hacía frente a uno de los múltiples ataques de Dupont, habría desbaratado esa defensa.
3) ¿Qué significó para el orgulloso Napoleón esta derrota?
Es de sobras conocida la reacción iracunda de Napoleón a la noticia de la derrota, de hecho supuso el final de las carreras militares de generales, hasta entonces de sobrada reputación, como Dupont, Vedel, Barbou o Chabert -entre otros-. Además, llevó aparejada la completa pérdida de un ejército de 22.000 hombres y sus pertrechos de forma irrecuperable. Algo que nunca antes había ocurrido.
4) ¿Fue esta contienda determinante para el devenir de la invasión francesa?
Por supuesto. Esta afrenta al orgullo del emperador le obligó a tomar cartas en el asunto y en apenas tres meses de estancia en España derrotó a cinco ejércitos españoles y echó al mar a otro británico. Afortunadamente acontecimientos de índole político y militar en Europa le instaron a marchar a París delegando el resto de una guerra, que el ya creía ganada, a un rey impuesto e impopular y a una serie de mariscales egocéntricos y sobrados que nunca llegaron al entendimiento en aras de un mando unificado y que hacían la guerra cada uno por su cuenta.
5) ¿Cómo y con qué armas se combatía en 1808?
La infantería, Arma numerosa y sustancial de estos ejércitos, luchaba en grandes masas compactas donde primaba el número de bocas de fuego sobre su efectividad real, en pocas palabras, se disparaba al bulto esperando alcanzar al máximo de enemigos posibles. Esto era así porque, en ésta época, los fusiles no disponían de ninguna precisión, y si bien las características de estas armas decían que tenían un alcance efectivo de 100 o 120 metros, el alcance real en la práctica, el que causaba una baja al enemigo, apenas llegaba a los 50 metros. Son muchos los testimonios que nos cuentan como dos formaciones se podían estar tiroteando a 30 pasos de distancia sin por ello decantar el triunfo sobre uno u otro bando.
6) En su libro explica pormenorizadamente todas las unidades que combatieron aquel aciago día, además de los movimientos concretos de las mismas durante los combates. ¿Cómo le fue posible ser tan riguroso?
Los documentos están ahí, en los archivos militares, históricos y municipales. Solo hace falta tiempo, dedicación y una pasión desenfrenada por nuestra Historia. Es difícil explicar hoy en día la inusitada excitación que uno siente al tener en sus manos los mismos papeles que hace 200 años redactaron o firmaron hombres como Castaños, Reding, o el mismo Dupont. Y por supuesto, disponer de un incontable número de colegas con los que compartir estos papeles, mostrarles tus descubrimientos o agradecerles sus aportaciones, que siempre las hay.
7) ¿Cuánto tiempo le llevó recopilar esa ingente cantidad de información?
El tiempo empleado es sencillamente irrelevante. De hecho, hoy en día siguen apareciendo documentos que siguen aportando información. Básicamente este libro de Bailén me llevó unos seis o siete años. Además no todo es trabajo de biblioteca, también conlleva muchos viajes, llamadas telefónicas, consultas en internet, paseos a la fotocopiadora, etc… todo ello cargando dicho esfuerzo a nuestras cansadas espaldas y escuálidos bolsillos.
8) ¿Cree que actualmente la sociedad le da un reconocimiento e importancia suficiente a batallas tan importantes para España como Bailén?
Está claro que no. En una sociedad tan politizada por un lado como adormecida por otro, la Historia solo interesa a unos pocos, y esos mismos pocos apenas tienen los mecanismos de difusión necesarios para hacerlo llegar a la gente. Son muchos los colegas que se ven abocados al olvido por no haber editoriales que les publiquen, o que apenas pueden salir de un círculo muy reducido de distribución si deciden publicarlo por su propia cuenta. El resultado es el mismo, no suelen llegar a la gente de la calle, y solo en casos muy singulares, como ocurre con Arturo Pérez-Reverte, se descubre cuanto potencial existe en nuestra sociedad cuando se da de verdad una oportunidad a nuestra Historia.
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20/07/1944 - Alemania: Atentado del 20 de julio. El Coronel Claus von Stauffenberg y un grupo de oficiales de la Wehrmacht intentan asesinar a Adolf Hitler y dar un golpe de estado, pero fracasan.
 

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