Acciones varias de las distintas guerras

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Erigen un monumento al autor del asesinato que causó la Primera Guerra Mundial

En Sarajevo, descubrieron una estatua de en memoria a Gavrilo Princip, el serbobosnio que asesinó en 1914 al heredero del trono austro-húngaro en un atentado porque anexó Bosnia a su imperio
Fotos inéditas de la Primera Guerra Mundial, al cumplirse cien años del conflicto
SARAJEVO (EFE).- Un monumento en memoria a Gavrilo Princip, el serbobosnio que asesinó en 1914 al heredero del trono austro-húngaro en un atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial, fue inaugurado hoy en el barrio serbio de Sarajevo.

Foto: AFP
La figura en bronce, de dos metros de altura, situada en un nuevo parque, se descubrió en presencia de la cúpula del ente serbio de Bosnia, en víspera de la conmemoración, mañana, del centenario del magnicidio.
Los serbobosnios por un lado, y los musulmanes y croatas, por el otro, conmemoran el centenario por separado y con conceptos diferentes.
Princip mató a tiros el 28 de junio de 1914 en Sarajevo al archiduque Francisco Fernando, como protesta por la anexión de Bosnia por parte del Imperio Austro-Húngaro, en 1908. Un mes después del atentado, comenzó la Primera Guerra Mundial, que dejó diez millones de muertos.
"El disparo de Princip fue un disparo por la libertad", declaró en la inauguración del monumento Nebojsa Radmanovic, miembro serbio de la terna presidencial bosnia. Princip, que murió en una cárcel en 1918 a los 24 años de edad, es una de las figuras que divide a los pueblos que conforman la actual Bosnia.
Mientras en Sarajevo y en otras partes del ente musulmano-croata han eliminado cualquier rastro de su memoria al considerarle un terrorista, entre los serbios es concebido como un héroe luchador por la libertad.
Sarajevo preparó para mañana una serie de actos culturales para conmemorar el centenario del magnicidio en presencia de invitados de varios países, pero sin participación serbia. Estos tendrán una manifestación propia en el ente serbobosnio, con la inauguración en Visegrad de Andricgrad, un pueblo ideado por el cineasta Emir Kusturica..
la nacion
 

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Retazos de Sarajevo, cien años después
Una bala directa al heredero del trono austro-húngaro arrancó la I Guerra Mundial en la capital bosnia el 28 de junio de 1914. Conocemos sus escenarios, sus cafés retro, sus galerías de arte en antiguos búnkers y sus festivales, sin olvidar la huella de la otra contienda de los años 90.
El primer intento de asesinato patinó. Y eso que había seis hombres entregados a la causa. Pero la bomba que lanzaron al automóvil de Francisco Fernando, heredero del trono austro-húngaro, y su esposa se perdió en el camino. A la pareja ni le rozó. Así que marcha rauda al Ayuntamiento de Sarajevo, capital de Bosnia, perteneciente entonces a Austria y por la que andaban de visita oficial. A la segunda sí fue la vencida: el extremista serbio Gavrilo Princip consumó el homicidio a golpe de pistola. Fecha: 28 de junio de 1914. Arrancaba así la I Guerra Mundial, ahora de centenario.
Sucedió a dos pasos del Puente Latino, uno de los puntos clave de Sarajevo, encajonada entre bucólicas montañas de postal a orillas del río Miljacka y con 300.000 almas a cuestas. Una placa recuerda el atentado. Y un museo, el de la Ciudad, con ropa, artilugios y documentos de la época. Aunque ni rastro del coche en el que viajaban o del uniforme con los restos de sangre del archiduque, ambos en el Museo de Historia Militar de Viena. La bala asesina, en cambio, está en Praga. Cosas del Imperio. La tumba de Princip sí está en Sarajevo, en la capilla ortodoxa de los Héroes de Vidovdan para ser exactos. Y es que no todos lo consideran el causante de nada menos que una guerra mundial, sino un héroe patriótico al que hay que honrar.
Bolígrafos con casquetes de balas
Su imagen estampa las postales turísticas de la ciudad, como un souvenir más que sumar a la lista de alfombras, fulares, cachimbas, camisetas del Barça y botellas de rakia, la contundente bebida nacional por antonomasia, con permiso de la cerveza Sarajevsko. Faltaría algún recuerdo más macabro, como los bolígrafos y llaveros hechos con los casquetes de las balas de otra de las contiendas que sacudió el país, la de los Balcanes (1992-1995), dejando 100.000 muertos. No en vano, el Ayuntamiento de aires moriscos al que se encaminaban los Habsburgo en 1914 se convirtió en símbolo de esa nueva guerra. Y es que, transformado en Biblioteca Nacional, ardió en llamas durante una noche entera, la del 25 de agosto de 1992, por obra y gracia de Ratko Mladić, el «Carnicero de los Balcanes». Dentro había 800.000 obras. Y el 90% voló.
La cara cosmopolita la ponen bares 'hipster', tiendas independientes y música en vivo
Tras una concienzuda rehabilitación (Sarajevo sufrió el mayor asedio de la historia moderna: 1.425 días de bombas y metralla), acaba de reabrir como Ayuntamiento. Y con polémica incluida, ya que muchos sarajevitas creen que debería volver a ser biblioteca. Sea como sea, es un ejemplo de cómo la capital ha resurgido gracias al empeño de sus habitantes y a la ayuda internacional. Y no sólo de la Unión Europea, sino de los países afines a las tres religiones coexistentes (no siempre pacíficamente como se vio en los 90) vinculadas a una población: católica (croatas), ortodoxa (serbios) y musulmana (bosnios).
De ahí que no sorprenda la presencia de nuevas mezquitas asomando por las esquinas bajo la sombra de la financiación alargada de países como Arabia Saudita. No en vano, se cuentan unas 190, aunque la más emblemática es la de Gazi Husrev Bey, levantada en 1531. La iglesia ortodoxa de la Santa Madre y la catedral católica de Jesús del Sagrado Corazón continúan la ruta mística, en la que tampoco faltan sinagogas. Por algo a Sarajevo se la conoció como «la Jerusalén de Europa» durante siglos.
La firma de Enzo Piano
La mayoría ocupa el casco viejo o Bascarsija, esculpido por los otomanos en torno a la fuente Sebilj, rodeada siempre de palomas (y de la que hay que beber si uno quiere volver), terrazas al sol (muchas: la vida en la calle es la vida de los bosnios), callejuelas empedradas con nombres de antiguos oficios, teterías, puestos de souvenirs, tiendas de abalorios de plata... La cara cosmopolita la ponen boutiques independientes comandadas por jóvenes diseñadores, bares de música en vivo, cafés de rollo hipster (y kistch) y galerías de arte, levantadas hasta en antiguos búnkers. Incluso el reconocido arquitecto Enzo Piano diseñó el Museo de Arte Contemporáneo Ars Aevi para promover el avance, financiado también por nombres como el escultor indio Anish Kapoor o el multimillonario ruso Román Abramovich.
Sarajevo fue la segunda ciudad del mundo en usar tranvía tras San Francisco
Luego estarían festivales como el de cine que llena la ciudad cada agosto, el de la cerveza o hasta el de la cultura japonesa. Y es que el arte ha curado muchas heridas. Quedan otras: la corrupción, la crisis y el paro nacional, que afecta al 40% de la población. Eso sí, el índice de criminalidad es comparable al de la urbe suiza de Lausana, es decir, casi nulo. Volviendo al barrio de Bascarsija, allí está también el mercado Markale, que popularizó (hubo imágenes en televisión) una de las matanzas más crueles de la Guerra de los Balcanes. Entre los puestos de frutas y verduras, hoy figuran los nombres de quienes cayeron con las bombas.
Para ir a la zona moderna, a los bulevares de la época austro-húngara, hay una parada del tranvía frente a la fuente Sebilj. Es más, Sarajevo fue la segunda ciudad del mundo en usar este transporte (1885) tras San Francisco. Otra curiosidad: el tranvía no dejó de funcionar ni un día durante el conflicto balcánico. Hizo lo mismo el periódico Oslobodonje, cuya sede se convirtió en objetivo de las tropas serbias. Y es que de alguna forma había que dar normalidad al horror de la guerra, cuando una de sus calles, Zmaja od Bosne, se conoció como Avenida de los Francotiradores. Allí estaba el hotel Holiday Inn, donde se parapetó la prensa extranjera. Retazos de historia que, poco a poco, intentan quedar atrás.
elmundo.es​
 

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28/06/1940 - Rumanía cede Besarabia (hoy Moldovia) a la Unión Soviética.
1942 - Segunda Guerra Mundial: el ejército nazi comienza la Operación Azul (en alemán: Fall Blau) con la intención de arrebatarle los pozos petrolíferos del Cáucaso a la Unión Soviética.
1945 - el Gobierno de Unidad Nacional polaca, aliada de la Unión Soviética, se forma un día después del Dçia de la Victoria en Europa

fuente: http://www.hoyenlahistoria.com/
 
El día que España intentó rescatar al acorazado nazi «Bismarck»

El crucero «Canarias» trató de recoger a algunos de los 2.206 tripulantes del barco. Una de las naves más poderosas de Europa estaba averiada y luchaba contra fuerzas muy superiores

Puerto de El Ferrol, 11.40 de la mañana del 27 de mayo de 1941. Bajo el cielo plomizo, el viento agita el pelo de un niño que observa la mole grisácea de un barco de guerra a punto de partir. Las ocho calderas rugen en las entrañas del «Canarias» y los alrededor de 1.000 tripulantes están listos para hacerse a la mar a la orden del capitán, Benigno González-Aller y Acebal.
Apenas una hora antes, a unas 700 millas al noroeste, la quilla del acorazado «Bismarck» se sumerge bajo el agua gélida del Atlántico, ante la emocionada mirada de varios centenares de naúfragos embadurnados de petróleo y que se debaten en el agua. Junto a los marineros que se ahogan, se hunde el emblema de la Kriegsmarine (Marina de Guerra de Alemania), el acorazado más poderoso y moderno de Europa y el barco que hizo saltar por los aires al «Hood», una de las nave de batalla más pesadas de la Royal Navy.
El almirantazgo británico se propuso entonces «hundir al "Bismarck"» a toda costa, y para ello movilizó a 64 buques de guerra, entre ellos 2 portaaviones y 5 acorazados. En ese momento, comienza la misión del crucero español «Canarias»: rescatar a los supervivientes del «Bismarck».
«Mi padre me lo contó. Y aunque era pequeño, entendí que había sido muy emocionante. Y peligroso. El "Canarias" podría haber sido torpedeado», cuenta José Ignacio González-Aller. Es hijo del comandante del «Canarias» en 1941 y contraalmirante retirado que ha escrito la historia del rescate. «Se había dado aviso a los británicos, y el barco iba perfectamente iluminado, con la bandera nacional pintada en las amuras y en las aletas, pero aún así cualquiera podía atacarle». Tenía seis años cuando fue al puerto de El Ferrol acompañado del repostero de su padre para ver zarpar al crucero. «Era un día muy nublado, con mucho viento y muy desagradable. [...] Aquella historia se comentó muchísimo en El Ferrol».

El «Bismarck» abre fuego contra el «Hood» en el estrecho de Dinamarca
El crucero español enfila la ría de El Ferrol bajo la lluvia y el granizo. A las 12.12 h., con fuerte marejada y un viento del oeste de fuerza 3 a 4, la nave aumenta su velocidad a 22 nudos. La mayoría de los de a bordo no sabe cuál es su misión, pero se rumorea que España le va a declarar la guerra a la Gran Bretaña y que se va a interceptar el tráfico de mercantes aliado en el Atlántico.
¿Por qué si no internarse en la galerna y en un océano envuelto en una guerra sin cuartel? Podría ser que Franco finalmente hubiera accedido a entrar en la contienda. Al fin y al cabo, en 1941 Hitler es el dueño de Europa. Sus ejércitos han derrotado a Francia, sus aviones acosan a Gran Bretaña y sus barcos y submarinos estrangulan el talón de Aquiles de «Commonwealth»: el tráfico de mercantes.

El «Canarias» se dirigió a la zona del hundimiento del «Bismarck»
Pero la verdad era otra. Mientras que el «Bismarck» aún luchaba en medio del temporal con el timón atascado y los británicos acercándose para cañonearle desde una distancia de tan solo 4.000 metros, el jefe del Estado Mayor del «Seekriegsleitung», almirante Otto Schniewind, le hizo a la Armada española, una petición de auxilio en previsión del fatal desenlace.
Por eso la proa del «Canarias» cabalga a duras penas la cresta de las olas. A pesar de sus 13.230 toneladas de desplazamiento y su eslora de 193,9 metros, sufre los embates del mar. Los dos destructores que iban a acompañarele, el «Gravina» y el «Alcalá Galiano», no le siguen, probablemente a causa del mal tiempo. El barco cruje, el viento de través le lleva a dar bandazos, y se producen daños en el pallete de colisión y en el tangón de babor. Así que su comandante, el capitán González-Aller, se ve obligado a aminorar la marcha hasta los 18 nudos en medio de una mar cada vez más gruesa.

Entre los mandos del «Canarias» había oficiales que se habían enfrentado en la Guerra Civil
Muchas millas al noroeste,los barcos británicos abandonan la operación de rescate de los náufragos del acorazado, por temor a la presencia de submarinos alemanes prestos a vengar al «Bismarck» e ignorando los gritos «angustiosos» de centenares de hombres que aún quedan en el agua. En total, han rescatado a 110 supervivientes, de una dotación de 2.206 personas. Las heridas, el agotamiento y el agua, a 13ºC, van acabando con los que aún viven.
Comienza la búsqueda de supervivientes
El día 28 a las 13.10, un día después de su salida y del hundimiento del «Bismarck», el «Canarias» llega a la zona de rescate en medio de una mar muy gruesa. El jefe del Estado Mayor de la Escuadra formada únicamente por el crucero radia el siguiente mensaje: «Situación al medio día 48ºN y 14º30ŽW, rumbo 290, velocidad 15 nudos, mar muy (...), viento NW fresco, achubascado. Mar dificulta extraordinariamente exploración. Dudo ver náufragos a no ser que casualidad nos lleve a ellos. Considero imposible operaciones salvamento si hubiera lugar. A 1100 avisté avión a través estribor. Desapareció rápido sin hacer señal».

Supervivientes del «Bismarck» rescatados por un crucero británico. Sobrevivieron 114 de los 2.206 tripulantes
A las 13.50 el crucero avista un salvavidas rojo. A las 14.17 el «Canarias» establece contacto de radio con el submarino alemán U-74, capitaneado por Eitel-Friedrich Kentrat, que le indica las coordenadas de «numerosos cadáveres y restos "Bismarck"». Ya a las 22.45, el crucero contacta con el barco meteorológico alemán «Sachsenwald», que le comunica que ha rescatado a dos supervivientes. En total, los alemanes rescatarían a 5 náufragos.

Proa del «Canarias» en su búsqueda. A la derecha, el submarino U-74 también busca supervivientes
El mar se calma. La exploración continúa durante la noche y el día siguiente. A medida que se avistan objetos flotando (maderos, una verga, palletes, enjaretados, cajones, etc) y manchas de aceite, el barco maniobraba para reconocer su naturaleza, pero sin rastro de supervivientes. A las 12.19 del 29 de mayo, un Focke-Wulf-200C alemán da dos vueltas sobre el Canarias antes de alejarse hacia la Francia ocupada. A las 19.40 se avista otro submarino alemán (probablemente el U-74) y el «Canarias» se aproxima a él. El sumergible le comunica por medio de señales luminosas: «El comandante pregunta si tiene algún "sobrevivo" a bordo».
Dos marineros del «Bismarck»
El crucero contesta negativamente y continúa la búsqueda. A las 20.10 se avista otro submarino, quizás el U-48, y poco después, a las 21.21, al U-556. El día siguiente amanece con buena visibilidad y mar tendida. Se avistan otros dos submarinos (quizás el U-48 y el U-73) y entre las 8.20 y las 10.00 el «Canarias» encuentra dos cadáveres flotando. Los iza a bordo por medio de rezones, después de una complicada maniobra de aproximación que se realiza gobernando las máquinas a la voz del comandante.

Submarinos alemanes en junio de 1941, similares a los que buscaron náufragos
Una vez a bordo los cadáveres, se da por cumplida la búsqueda de supervivientes. A las 10.15 el Canarias pone proa a La Coruña y manda este mensaje al Ministro de Marina: «A 9 horas, en 47 grados 45 minutos Norte y 15º 50 minutos Oeste, recogiendo cadáveres, tengo dos a bordo. Avisté 3 submarinos y un avión».
El capitán médico Rodríguez Gutiérrez examina los cuerpos y las placas de identificación de los dos marineros del «Bismarck. Se trata de un músico, Walter Grasczak, y de un señalero, Heinrich Neushwander. Los dos presentan heridas, pero el médico concluye que han muerto por «inhibición-asfixia», es decir, ahogados.
Al parecer para evitar «manifestaciones progermanas», el Mando le ordena al comandante que los cadáveres sean devueltos al mar con honores militares. Los cuerpos son amortajados en dos cois, lastrados y amarrados entre sí. Después, los colocan sobre un tablero y los cubren con la bandera alemana.

Ceremonia a bordo del «Canarias» con los dos cadáveres rescatados
En el amanecer del día 31, se forma una guardia de honor alrededor del túmulo, y a las 10.00 se ponen las banderas del buque a media asta. La dotación que no estaba de servicio forma «mudada de blanco», con el comandante a la cabeza y el barco parado. El capellán reza un responso, la guardia militar dispara una descarga de fusilería y la banda de música toca el himno nacional alemán, mientras se hace bascular el tablero para deslizar los cadáveres. A continuación, el crucero completa una vuelta alrededor del lugar de fondeo de los cuerpos, con la marinería en posición de firmes bajo la observación en la distancia de un hidroavión alemán.
Los agradecimientos del III Reich
El intento de rescate llevado a cabo por el «Canarias» fue agradecido por la Marina de Guerra Alemania (Kriegsmarine) a través de una fotografía dedicada del gran almirante Raeder al capitán del «Canarias, González-Aller, y una carta acompañante: «El Jefe de la Marina de Guerra alemana quiere expresar con este regalo su gratitud personal al comandante del valeroso crucero "Canarias" y a la tripulación del buque a sus órdenes». El Ministro de Marina español recibió a su vez dos fotografías dedicadas: una de Raeder y otra del mismísimo Adolf Hitler.

Foto del Gran Almirante Raeder dedicada al capitán del «Canarias»
El diario ABC sacó a portada el intento del rescate del «Canarias» el 7 de junio de 1941. En las páginas del interior, se podía leer lo siguiente: «Ha cabido a nuestro crucero "Canarias" el honor de recoger sobre las turbulentas aguas del mar de Islandia, los restos de los marinos alemanes que perecieron, en desigual combate, después de haber realizado la hazaña de hundir a uno de los buques más poderosos del mundo. El episodio del "Bismarck", que es historia y hermoso ejemplo, ha tenido un epílogo que ahora se revela y en el cual la Marina de guerra española ha cumplido con oportuno esfuerzo las leyes del mar y sus ritos impresionantes».
«El "Canarias" forzó sus máquinas y atravesando una de fuertes temporales, puso proa al lugar en que el «Bismarck» se hundía. Veinte horas de navegación, a toda máquina, rompiendo la galerna, en angustiosa alerta todos los servicios para ganar la milla y el minuto, con una angustiada esperanza de camaradería y humanidad...».

Portada del diario ABC, el 7 de junio de 1941
Entrevista a José Ignacio González-Aller
gonzalo lópez sánchez/madrid
El contraalmirante José Ignacio González-Aller Hierro tenía seis años cuando se hundió el Bismarck, pero aún recuerda la salida del «Canarias» y lo que contó su padre, el capitán del barco español. Con el objetivo de contar la historia del rescate «sin imprecisiones», el que fuera director del Museo Naval en 1991, ha investigado durante varios meses el parte de campaña del «Canarias», archivos personales del capitán y el Archivo Nacional de El Ferrol, entre otros. El resultado, está publicado en la Revista de Historia Naval. (Entrevista a González-Aller aquí).
-¿Le contó su padre cómo vivió aquellos días?
-Sí, ya me lo contó entonces, cuando tenía seis años. Entendí que habia sido muy emocionante. Y una acción peligrosa. El «Canarias» Podría haber sido torpedeado. Para evitarlo iba perfectamente iluminado, con la bandera nacional pintada en las amuras y las aletas y se había dado aviso a la Royal Navy. De hecho, Towey, el almirante de la flota que hundió al «Bismarck», cita al «Canarias».
Mi padre era un excelente profesional que había mandado 10 barcos. Había luchado en la Guerra Civil y era muy apreciado en la Marina. Era muy consciente de la responsabilidad de mandar un barco con 1.000 hombres a bordo en plena Segunda Guerra Mundial.
-Habló con un superviviente del «Bismarck»...
-Conocí a un mecánico del acorazado, Kurt Heinz Trenkmann, en un encuentro en Cartagena en el que los supervivientes del Bismarck homenajearon a la Armada por el intento de rescate intentado por el «Canarias».
Me contó que cuando el acorazado se hundía por fin, con la quilla al aire, él y todos los que estaban a su alrededor se pusieron a cantar el «Deutschland über alles» (el himno alemán) con el brazo en alto. Se le saltaban las lágrimas.
Otro de los supervivientes, el oficial Müllenheim-Rechberg, escribió sus experiencias a bordo del «Bismarck». Contó los últimos momentos de Lindemann, el comandante del acorazado. Cuando los británicos dejaron de disparar y el barco ya se hundía, se fue hacia la proa con la gorra y todas las condecoraciones en el uniforme, mientras los supervivientes intentaban abandonar el barco. Un repostero que tenía al lado se negó a abandonarlo y continuó al lado de su capitán. Cuando el barco se iba a dar la vuelta, Lindemann saludó en dirección a los barcos británicos y se quedó así hasta que la escora de arrojó al agua, desapareciendo entre las olas.
ABC:ES
interesante articulo
mas allá de la hostoria me llaman la atencion un par de cosas por motivos completamente diferentes:

una, la exqusita redacción del diario ABC (mas allá de las loas a los germanos), es decir los tipos que escribian..realmente escribian o redactaban con un rico uso del lenguaje:
y en especial este parrafo:
«El "Canarias" forzó sus máquinas y atravesando una de fuertes temporales, puso proa al lugar en que el «Bismarck» se hundía. Veinte horas de navegación, a toda máquina, rompiendo la galerna, en angustiosa alerta todos los servicios para ganar la milla y el minuto, con una angustiada esperanza de camaradería y humanidad...».


por otro lado y en otro orden de cosas que me parecen medio macaneo :
-Habló con un superviviente del «Bismarck»...
-Conocí a un mecánico del acorazado, Kurt Heinz Trenkmann, en un encuentro en Cartagena en el que los supervivientes del Bismarck homenajearon a la Armada por el intento de rescate intentado por el «Canarias».
Me contó que cuando el acorazado se hundía por fin, con la quilla al aire, él y todos los que estaban a su alrededor se pusieron a cantar el «Deutschland über alles» (el himno alemán) con el brazo en alto. Se le saltaban las lágrimas.


segun el reportaje el tiempo era espantoso, los tipos habian naufragado, y estaban en el agua, por debilidad patriotica, creo y acepto que hayan cantado el himno.... pero hacer el saludo nazi tambien?, estaban en un bote?, como se agarraban con el sarandeo?

Otro de los supervivientes, el oficial Müllenheim-Rechberg, escribió sus experiencias a bordo del «Bismarck». Contó los últimos momentos de Lindemann, el comandante del acorazado. Cuando los británicos dejaron de disparar y el barco ya se hundía, se fue hacia la proa con la gorra y todas las condecoraciones en el uniforme, mientras los supervivientes intentaban abandonar el barco. Un repostero que tenía al lado se negó a abandonarlo y continuó al lado de su capitán. Cuando el barco se iba a dar la vuelta, Lindemann saludó en dirección a los barcos británicos y se quedó así hasta que la escora de arrojó al agua, desapareciendo entre las olas.

Y esto? como hizo para ver al capitan -y al cocinero-, pero sobre todo al capitan saludando en dirección a los buques britanicos?
 

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Stalingrado: la terrible batalla que decidió el destino de la Segunda Guerra
Stalingrado Fue en 1942/43. Hubo 2 millones de muertos. La derrota nazi a manos soviéticas, inició la caída del Tercer Reich.

En la noche del 13 de julio de 1942, Stalin convocó al Kremlin a Giorgi Zhukov, designado dos meses antes subcomandante del Ejército Rojo, sólo por detrás del Jefe Supremo, y le ordenó que expusiera el plan que había elaborado sobre la situación de Stalingrado y el Frente Sur. Zhukov señaló –con la presencia del General V. Vasilensky, jefe del Estado Mayor General- que era necesario profundizar la retirada de largo alcance que realizaba el Ejército Rojo frente al Grupo de Ejércitos B del Tercer Reich (Kluge), tras su reciente triunfo en Crimea y la captura de Sebastopol (Manstein), y hacerlo a lo largo de 1.200/1.400 kilómetros, hasta llegar al Volga, en la zona de su mayor proximidad con el río Don, a la altura de la ciudad de Stalingrado.
Allí, el 62° Ejército (Chuikov) debía dar media vuelta, atrincherarse, y obligar a los alemanes a concentrar la totalidad de las fuerzas de choque del Grupo B, que eran el 6° Ejército (Paulus) y la mitad del 4° Panzer (Hoth), en una batalla de desgaste que debía durar no menos de 45 días. Las fuerzas que debían utilizarse en la defensa de Stalingrado eran “las mínimas indispensables”, y debían actuar con un criterio de enorme simplicidad: “Ni un paso atrás”. Zhukov agregó que en la medida en que el 6° Ejército concentrara sus recursos de choque en Stalingrado, aumentaría la extensión de sus flancos, y en igual medida su vulnerabilidad.
Señaló que lo esencial en la batalla que proponía desencadenar no era la defensa de la ciudad, sino la concentración de fuerzas y recursos del Ejército Rojo que debía realizarse al Norte y al Suroeste de la capital del Volga, para desencadenar desde allí una contraofensiva de pujanza abrumadora en un plazo no mayor de 45/60 días. El objetivo no era resistir en la ciudad, sino modificar la situación estratégica del Sur de Rusia, y ante todo recuperar la iniciativa.
Stalin respaldó el plan, exigió que permaneciera en absoluta reserva de “sólo ellos tres”, y mostró incluso –algo poco característico de su personalidad- ciertas manifestaciones de entusiasmo.
Zhukov concentró 8 ejércitos, incluyendo 4 de tanques, en el perímetro de Stalingrado, con un total de 680.000 hombres, 860 blindados pesados (T-34) y 6.500 obuses de 105 y 155 mm., además de 2.000 cohetes Katiushas. La concentración de fuerzas abarcaba 40% de la artillería del Ejército Rojo, y disponía de 45% de los blindados.
El 6° Ejército contaba con 18 divisiones, entre ellas los 4 blindados del 4° de Panzers; y tenía el respaldo irrestricto de la 4° Flota de la Luftwaffe (Richthoffen), con 1.200 aviones de combate, la más poderosa fuerza aérea de la Segunda Guerra Mundial en ese momento.
El 62° Ejército soviético estaba integrado en septiembre por 40.000 hombres, que en octubre, tras 30 días de combate, se habían reducido a 20.000. Al concluir el mes de lucha, los alemanes controlaban 90% de la ciudad, y los hombres de Chuikov mantenían en sus manos sólo una franja de 1,5 kilómetros de extensión sobre el Volga, de 400/800 metros de ancho.
Los puntos principales de la defensa eran tres: el montículo de Mamae Turgan, la estación central de ferrocarril y el embarcadero en el Volga. Los dos primeros cayeron y fueron retomados 8/10 veces. El último nunca fue capturado por las fuerzas del Tercer Reich.
El mando alemán lanzó el asalto final el 13 de septiembre, con 3 divisiones Panzer y 4 de infantería. Esa noche, cuando el derrumbe de la defensa soviética era inminente, cruzó el Volga la 13° división de Guardias (Rodimtsev), que se lanzó sobre la marcha contra Mamae Turgan y el ferrocarril, que habían sido tomadas por los alemanes, y logró recuperarlas. La 13° división tenía 10.000 hombres el 13 de septiembre, y le restaban 320 al concluir la batalla. Rodimtsev había sido el principal asesor soviético en la Batalla de Guadalajara (España, 1937), en la que fue derrotado el “Cuerpo de Voluntarios Italianos”, enviado por Mussolini.
El 11 de noviembre, exhaustas las tropas y restringidas las municiones, el asalto alemán se frenó, tras 86 días de combates. El 19 de noviembre, Stalin y Zhukov desataron el contraataque soviético, a través de dos pinzas blindadas que aplastaron al 3er. Ejército rumano en el Norte, y destruyeron a las divisiones italianas y húngaras que ocupaban el flanco Sur. En 3 días, los blindados del Ejército Rojo capturaron el cruce de Kalach y cerraron el cerco del 6° Ejército.
En Stalingrado fueron capturados 220.000 soldados de 18 divisiones alemanas y 2 rumanas, y 80% de la artillería de campaña del ala sur del Tercer Reich. El mando alemán inmovilizó en Stalingrado sus fuerzas de choque, incluyendo las 4 divisiones de elite de blindados; al hacerlo perdió iniciativa, y como consecuencia también la guerra.
Después de Stalingrado, Hitler nunca más recuperó la iniciativa estratégica; y el hitlerismo era una construcción histórica fundada exclusivamente sobre la noción de ofensiva. Esa era su razón de ser. Volcado a la defensiva, forzado a hacerlo, su destino estaba sellado.
Por eso Stalingrado fue la batalla decisiva de la Segunda Guerra Mundial, que marcó su signo y definió su suerte; y también la del mundo en el siglo XX. Stalingrado tiene nombres propios: Stalin, Zhukov, Chuikov, y Rodimtsev.
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Viena muestra la primera sangre derramada en la Primera Guerra Mundial
El uniforme militar y la camisa interior empapada en sangre del archiduque Francisco Fernando son las prendas exhibidas en un museo; las consideran la primera sangre derramada en ese conflicto


El uniforme militar empapado en sangre del archiduque Francisco Fernando es exhibido en el Museo de Historia Militar de Viena. Foto: Reuters
VIENA (EFE).- La carnicería que fue la I Guerra Mundial empezó con un doble asesinato, el 28 de junio de 1914, en Sarajevo: con motivo del centenario, un museo de Viena muestra a partir de hoy las prendas ensangrentadas de los herederos del Imperio Austro-Húngaro, la primera sangre derramada en ese conflicto.
El uniforme militar y la camisa interior empapada en sangre del archiduque Francisco Fernando, así como el coche descapotable en el que viajaba el heredero al trono austro-húngaro junto a su mujer Sofía, son las piezas más importantes de una exposición permanente que se inaugura hoy el Museo de Historia Militar de Viena (HGM).
Tras largos meses de renovación y casi cuatro millones de euros invertidos, la exposición permanente dedicada a la Primera Guerra Mundial cuenta con 2.000 piezas de enorme valor, entre las que se cuenta también la pistola del asesino, Gavrilo Princip.
El lujoso vehículo Gräf & Stift descapotable en el que viajaban los herederos se encuentra en su estado original y con el cuentakilómetros en los 8500 kilómetros que marcaba cuando se produjo el magnicidio que desencadenó la Gran Guerra que iba a poner fin al imperio multinacional de los Habsburgo.

Las prendas ensangrentadas de los herederos del Imperio Austro-Húngaro, la primera sangre derramada en ese conflicto mundial. Foto: Reuters
El descapotable nunca se volvió a utilizar desde aquel aciago día, explicaron a Efe fuentes del museo. Se conserva intacto, sin que siquiera se haya limpiado la tapicería de cuero, con la misma matrícula, A III-118, y el estandarte imperial que lo decoraba. Una concatenación de errores de seguridad, además de la mala suerte, propiciaron el magnicidio aquella jornada.
En el atentado estuvieron involucrados seis nacionalistas serbios y la pareja imperial logró sobrevivir a un primer ataque con una granada lanzada por Nedeljko Cabrinovic, que rebotó contra el coche antes de explotar.
Tras reponerse de lo sucedido, a Francisco Fernando no se le ocurrió otra cosa que dirigirse a visitar a los heridos al hospital con su comitiva de seis vehículos, con la mala suerte de que el chófer se despistó y fue a parar frente a Princip, que asesinó a los herederos con su Browning de 9 milímetros.
Muerte inmediata
Francisco Fernando murió al poco de ser herido en el cuello y su esposa Sofía, malherida en el abdomen, falleció más tarde en el hospital. La abundante sangre vertida por el archiduque -el disparo le acertó en la yugular- empapó su casaca y la camisa interior blanca, ahora marrón oscura y exhibida en un cofre tras una vitrina.
De su esposa Sofía Chotek se conserva un pañuelo también con restos de sangre, mientras que de su marido queda también el uniforme al completo: un pomposo uniforme de gala de general de caballería, con guerrea azul celeste, remates dorados y tocado por un bicornio coronado de plumas verdes.
El resto de las renovadas salas del museo dedicado a la Gran Guerra y sus casi diez millones de muertos muestran 2000 piezas que incluyen uniformes y elementos de todos los ejércitos involucrados en el conflicto.
Entre las piezas se cuenta con un biplano alemán Albatros, un cañón austro-húngaro de 80 toneladas capaz de disparar proyectiles de más de 700 kilos y que era uno de los más avanzados de su tiempo, o una parte en la que se recrea incluso un tramo de trinchera.
Organizada de forma cronológica, la exposición comienza con el atentado y acaba con la victoria aliada en 1918. La muestra ofrece información sobre los distintos frentes, el papel de las mujeres en la guerra, la aviación como nueva arma moderna, el destino de los prisioneros o la medicina de época.
"Hemos renunciado de forma consciente a ofrecer una lectura emocional y hemos elegido una presentación sobria", explicó a la prensa el director del museo, Christian Ortner.
También se puede observar el fin de una época con la irrupción de modernas técnicas de guerra y cómo evolucionaron los ostentosos uniformes austro-húngaros, todo un símbolo del crepúsculo imperial.
Así se pasan de los vistosos atuendos de los dragones y ulanos imperiales, con sus cascos con remates dorados y coronados con plumas o pelos de caballo, o las pellizas de leopardo de algunos oficiales, más propias para bailar un vals que para combatir, a los más prácticos uniformes grises o marrones.
¿Hubiera cambiado algo si el atentado no se hubiera producido, o si hubiera fracasado?. Los historiadores coinciden en que la dinámica de la guerra estaba ya en marcha y si esos asesinatos no hubieran desencadenado la guerra otro incidente lo habría hecho.
También esa es la opinión de Carlos de Habsburgo, nieto del último emperador Austro-húngaro, que asegura que cualquier otro "incidente" hubiera desencadenado el conflicto. "Nadie tenía una visión general para poder imaginarse el desastre de una guerra de las dimensiones de la Primera Guerra Mundial", explicó recientemente a Efe en una entrevista
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Baler no se rinde, así defendieron 57 militares el último territorio español en Filipinas
En 1898, y durante casi un año, un pequeño destacamento hispano resistió en una iglesia la embestida del enemigo esperando unos refuerzos que nunca llegaron

Harapientos, enfermos, y débiles por no tener nada que llevarse a la boca. Aunque también valientes y decididos a dar hasta la última gota de sangre por su país. Así fue como los apenas 57 militares presentes en Baler (a 200 kilómetros de Manila) defendieron en 1898 el último territorio español ubicado en Filipinas: una pequeña iglesia en la que esperaron durante casi un año la llegada de unos refuerzos hispanos que nunca llegaron. En los 337 días de resistencia, estos soldados no admitieron nunca la derrota de la metrópoli. Sin embargo, terminaron por abandonar el lugar tras recibir noticias de la retirada definitiva de España de la colonia. Por ello, fueron conocidos en la Historia como los últimos de Filipinas.
Corría por entonces el Siglo XIX, una época aciaga para el ya inexistente imperio español. Y es que, el tiempo feliz en el que en el territorio hispano «no se ponía el sol» ya hacía años que se había ido por el retrete y había desaparecido de la memoria colectiva. De aquellas regiones conquistadas y colonizadas por medio mundo, tan sólo quedaban en cartera Cuba, Puerto Rico, Filipinas y Guam. Y andábamos a bofetadas con los lugareños para mantenerlas.
España se enfrentaba a la liquidación de su imperio colonial
Tampoco iban mejor las cosas en la Península, donde la pobreza atacaba salvajemente a la población y donde, leva por aquí y alistamiento por allá, todos los días partían cargueros repletos de militares para darse de fusilazos por España en la otra punta del globo. Pero amigo, había que defender los resquicios de la gloriosa España que un día fuimos fuera a la costa que fuere. A su vez, y por si fuera poco, mientras nosotros caíamos en picado, un nuevo imperio asomaba lentamente la cabeza en el mundo: Estados Unidos(un país que por entonces no contaba ni 150 años desde su fundación pero que ya se creía en derecho de meter las narices allí donde quisiera).
Precisamente uno de los territorios que más dolores de cabeza daba en aquellos años a los españoles era una pequeña colonia ubicada cerca de China: Filipinas. Allí, desde 1896 y bajo un calor mortal, los militares libraban una batalla a fusil y machete en un intento de sofocar una revuelta que podía acabar con el dominio hispano en la zona. Con todo, tras más de una contienda y algún que otro susto, la metrópoli decidió cambiar el cuchillo por la pluma y, a finales de ese mismo año, firmó un tratado de paz con los líderes del levantamiento que pacificó la zona –o, al menos, eso se pensaba-. Un breve respiro para España en una época repleta de guerras.
Filipinas y EE.UU. aprovechan su momento
Mientras andábamos a mandobles en los territorios de ultramar luchando por mantener los retazos que aún nos quedaban del imperio, Estados Unidos vivía una situación bien diferente. Y es que, como el norte del continente se le había quedado pequeño, sus gobernantes empezaron a mirar al exterior en busca de nuevos territorios que besaran la bandera de las barras y estrellas. ¿Cuáles fueron los seleccionados? Entre otros, Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Sabedores de la desesperación que generaban en la Península estas colonias y la cantidad de hombres y monedas que estaban costando a España, consideraron que era el momento de intentar apropiarse de ellas.
Por ello, a mediados del SXIX los norteamericanos abrieron la bolsa con la intención de dar «a lot of money» a la vieja y maltrecha España y ofrecieron nada menos que 100 millones de dólares por la isla. Sin embargo, los hispanos no andábamos para bromas así que, con un simple «no, thanks», les devolvimos para las américas de un puntapié. «Cuba no está en venta». Aquello cambió la forma de pensar de la nueva potencia mundial, en la cual se debió considerar que, si no pensábamos deshacernos de los territorios por las buenas, habría que conseguirlos por otros métodos. Así pues, Estados Unidos comenzó a ayudar de forma disimulada (un secreto a voces, que se podría decir a día de hoy) a las colonias con armas y dinero para que se independizaran de la metrópoli.

Hundimiento del Maine
No obstante, la situación mundial volvió a dar un vuelco el día 15 de febrero de 1898 cuando, en mitad de la noche, el buque estadounidense «Maine» -que había llegado a las costas cubanas en misión de paz, aunque sin previo aviso y con algún que otro cañón de más- voló por los aires. Sin mediar palabra, los norteamericanos echaron la culpa del suceso a los españoles y declararon la guerra a la Península. Aunque posteriormente se demostró que todo había sido un desafortunado accidente, a Estados Unidos le vino como anillo al dedo esta catástrofe, pues gracias a ella pudo iniciar las hostilidades y preparar a sus hombres para tomar las colonias españolas. Ya sin medias tintas y con el cuchillo entre los dientes, les había llegado el momento de conseguir nuevos territorios a precio de ganga.
Por si hubiera pocos problemas, días después de que los Estados Unidos se pusiera belicoso, los revolucionarios filipinos volvieron a sacar el fusil e iniciaron una nueva cruzada contra los españoles. Al parecer, entendieron también que no hay mejor momento para atacar a un imperio que cuando está herido y sus frentes se dividen. Así pues, recibiendo los cañonazos norteamericanos por mar y el plomo colonial desde tierra, los menos de 20.000 soldados peninsulares presentes poco pudieron hacer y, jornada tras jornada, fueron cediendo el territorio al enemigo. La guerra, en definitiva, estaba perdida incluso antes de comenzar.
La primera masacre de Baler
Cuando la revolución estalló, no lo hizo por igual en todos los territorios filipinos. De hecho, mientras que en unos los españoles tuvieron que tocar a zafarrancho de improviso, en otros los movimientos rebeldes tardaron más tiempo en fraguarse. Precisamente, una de esas comarcas en las que la sedición llegó con algo de retraso fue Baler, una pequeña localidad ubicada al noreste de Filipinas. «Baler está situado cerca del mar, sobre un recodo, al sur de la ensenada o bahía de su nombre, distante de la playa unos 1.000 metros. (…) Como todas las poblaciones filipinas, de vida puramente rural y escaso número de habitantes, reducíase a la iglesia rectoral; (…) y alguna casa de tablas y argamasa» afirma Saturnino Martín Cerezo (presente posteriormente en la defensa de este pueblo) en su diario de operaciones editado en 1904.
Curiosamente, a mediados de 1897 las únicas autoridades españoles presentes en este pequeño pueblo eran un cabo de la Guardia Civil y cuatro indígenas. No obstante, todo cambió cuando, en 1898, volvió a estallar la revolución. Y es que, temeroso de que el pueblo pudiera revelarse contra los intereses de la metrópoli, los oficiales hispanos del lugar –representadas entonces por el comandante Irizarri- decidieron pedir refuerzos para mantener el orden.

Rogelio Vigil de Quiñones
Dicho y hecho. A los pocos días llegó para evitar futuras insurrecciones un destacamento de 50 cazadores españoles al mando de un joven teniente de 19 años apellidado Mota. De escasa experiencia, la primera decisión que tomó el oficial nada más pisar el pueblo fue dividir a su tropa. Así pues, creó diferentes grupos que se diseminaron a lo largo y ancho de Baler. No pudo cometer mayor error pues, tras algunas noches, los rebeldes aprovecharon su superioridad numérica para darles de machetazos hasta la extenuación.
Faltó poco, de hecho, para que lo consiguieran pues –con la oscuridad de aliada- asaltaron las posiciones españoles en el pueblo acabando con media decena de españoles e hiriendo a otros tantos. A su vez, y para desgracia hispana, la mala fortuna quiso que también falleciera el joven y prometedor teniente Mota. Según parece, se levantó en medio de la noche solo y, creyendo que todo su destacamento había encontrado muerte bajo los cuchillos filipinos, cogió un revólver y se voló los sesos. Una muy mala noticia ya que, si hubiera tenido algo de paciencia, se podría haber enterado de que, aunque con sufrimiento, se había rechazado al enemigo.
Tras este ataque, Irizarri entendió lo preocupante de la situación y, hasta el chambergo de la revolución, decidió establecer la que sería la defensa de Baler. «La primera medida que el comandante Irizarri adoptó, tras evaluar las consecuencias del asalto, fue la de reagrupar sus tropas en la iglesia-convento junto a la desembocadura del río. Ya hemos mencionado los datos de la fortaleza, sus muros de metro y medio, sus 30 metros de longitud y 10 de anchura, sus seis ventanas, dos en la parte sur sobre la fachada principal, una orientada hacia el sur y otra hacia el oeste», afirma Manuel Leguineche en su obra «Yo te diré… La verdadera historia de los últimos de Filipinas».
Llega el relevo
Por otro lado, y debido a que el destacamento había sido diezmado, pidió que acudiera desde España un relevo que pudiese hacerse cargo de la situación. El 2º Batallón Expedicionario de Cazadores fue el encargado de suministrarlo: 50 valerosos soldados armados con el efectivo fusil Máuser y comandados (en primer término) por Enrique de las Morenas y Fossi -el nuevo Comandante Político Militar del distrito del Príncipe- y, a continuación, por el teniente Juan Alonso Zayas y el teniente Saturnino Martín Cerezo. A su vez, también partieron hacia Baler el médico provisional de Sanidad Militar Rogelio Vigil de Quiñones y Fray Cándido Gómez Carreño.
Este nuevo destacamento hizo el relevo a sus compañeros en mayo. Eran tan sólo 54 valientes, pero estaban dispuestos a dejarse las pestañas para defender a España aunque fuera a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, cerca de ellos había una ingente cantidad de rebeldes decididos a devolverles a la Península en una caja de pino. De hecho, los líderes locales no tardaron ni dos jornadas en alistar una gigantesca fuerza de combate que asediara Baler y robara hasta la última miga de pan a sus defensores. Por entonces, la colonia ya se había levantado en armas y los españoles perdían batalla tras batallas contra los lugareños.
Temerosos de los filipinos, los españoles se atrincheraron en la iglesia
«En la segunda quincena de mayo, las noticias se agravaron públicamente. Aquella partida, bastante numerosa ya para lanzarse al campo, hizólo, desde luego simultánea y resueltamente; se apoderó de los pueblos de alrededor, (…) y nos cerró del todo las comunicaciones internas con el resto de la isla. Era indudable que nuestro pequeño destacamento seguía excitando la codicia y las preferencias enemigas. Nada más natural», destaca Cerezo en sus escritos personales. Sabedores de que lo que se les venía encima no era una rebelión fácil de aplacar, los oficiales españoles hicieron acopio de todos los víveres que encontraron y se atrincheraron en la iglesia. Allí, pretendían resistir hasta la llegada de refuerzos o hasta que, tras una sangrienta lucha, no quedara ni un solo de ellos con vida.
En concreto, en el momento de ser sitiados los españoles contaban –según los estadillos de la época- con los siguientes alimentos: «Raciones de campaña, 7500; sacos con 500 kg de garbanzos, 20; cajas con 440 ídem de tocino, 22; sacos con 375 ídem de habichuelas, 15; cajas con 5.000 latas de sardinas, 50; cajas con 75 litros de aceite de oliva, 2; sacos con 500 kilos de arroz de 1ª, 20; latas con 75 ídem de café, 5; cajas de 161 ídem de azúcar, 7; cajas de 50 raciones de galletas equivalentes a 2.500 raciones, 50; Saquetes con 2.507 kg de harina, 109». Además, antes del inicio del sitio lograron hacerse con una buena cantidad de carne de Australia (enlatada) y otros tantos kilos de arroz. Por desgracia, no contaban con nada de sal -un elemento básico para conservar los alimentos- ni con agua potable.
Comienza el asedio
El 1 de julio, mientras el calor asfixiante golpeaba con fuerza a los soldados españoles, se dio el primer disparo de un asedio que duraría 337 días. Éste salió de un fusil filipino mientras Cerezo patrullaba, como hacía a diario con otra docena de hombres, las inmediaciones de la iglesia. El enemigo acababa de llegar y, sabedor de que era imposible plantarle cara en mitad de la meseta, el oficial español tocó a retirada. Todos los militares partieron entonces hacia la seguridad de la iglesia, edificio en cuya torre ondeaba la bandera rojigualda. El último territorio español en la colonia. «Me había cabido en suerte contestar a los primeros disparos y debía contestar con el último. Estábamos sitiados», explica el hispano en su diario.
Esa misma tarde, los defensores se dispusieron a defender hasta el último hombre un edificio húmedo, estrecho y desprovisto de cualquier comodidad. Para ello, tapiaron las ventanas dejando sólo unos pequeños resquicios por los que poder disparar sus fusiles. Por otro lado, arrancaron varias baldosas del suelo para fabricar un horno con el que cocinar pan, hicieron una letrina en un corral anexo al recinto e, incluso, socavaron la tierra para construir un pozo en el que encontraron agua. Una suerte que les permitió mantenerse en pie durante casi un año sin morir de deshidratación.

Planos de la iglesia de Baler
Finalmente, se excavó una línea de trincheras alrededor del edificio que sirviera de defensa contra el enemigo. Cerezo llegó a proponer a sus hombres matar cuatro caballos para guardar su carne, pero a los soldados les pareció asqueroso, algo curioso si se considera que, a los pocos meses, no tuvieron más remedio que comer desde lagartijas hasta cuervos.
Mientras los Cazadores andaban de reformas, los filipinos no se quedaron –ni mucho menos- quietos. Esa misma noche llegó un gran contingente rebelde al mando de Teodorico Luna Novicio, quien mandó construir también una línea de zanjas alrededor de la iglesia para evitar la huida de los sitiados. «El mar había estaba desierto, el pueblo había sido evacuado y permanecía silencioso, el río no parecía vadeable, el bosque y la montaña alejados… Este era el escenario de la lucha», completa, en este caso, Leguineche en su obra.
Un duelo «de caballeros»
En los días posteriores, mientras los héroes españoles empezaban a aclimatarse al que sería su nuevo hogar, los filipinos demostraron su caballerosidad enviando a los sitiados varios mensajes en los que les informaban de la retirada española de la colonia. Trataron por todos los medios de hacerles comprender que nadie vendría a rescatarlos y que estaban solos ante el peligro. Sin embargo, ninguno de ellos estaba dispuesto a capitular por lo que, arguyendo que se trataba de un maquiavélico plan para hacer que se rindieran, siguieron preparando la defensa sin un atisbo de duda: Filipinas era, para ellos, rojigualda.
Tan caballeroso fue en principio el combate que sitiadores y sitiados llegaron a intercambiarse regalos. «El día 8 de julio nos envió una carta el cabecilla Cirilo Gómez Ortíz pidiendo la suspensión de las hostilidades, a fin de que la tropa descansara de los combates. El hombre quiso echarlas de generoso y, diciendo que por (nuestros) desertores había tenido noticias de la escasez que padecíamos en cuestión de alimentos, nos ofrecía lo que quisiéramos (y) una cajetilla de cigarrillos para el capitán y un pitillo para cada uno de la tropa. Se acordó la suspensión (…) y, en justa correspondencia del obsequio, le remitimos una botella de Jerez para que brindara a nuestra salud y un puñado de medias regalías», añade Cerezo.

Iglesia de Baler, a día de hoy
Con todo, la pomposidad llegó a su término cuando los enemigos vieron que los Cazadores no estaban dispuestos a rendirse. Tampoco ayudó, por ejemplo, que dos soldados españoles salieran a pecho descubierto y, a la carrera, quemaran varias casas que se encontraban alrededor de la iglesia para evitar que fueran usadas como parapeto por los sitiadores. Este acto, que dejó en lo más alto nuevamente la valentía española, sulfuró sobremanera al enemigo. A partir de ese momento comenzaron las continuas descargas de fusilería contra el último bastión español en Filipinas.
Hasta el gorro de españoles, el 18 de julio un oficial rebelde recién llegado a Baler se cansó de diálogo y pasó directamente a las amenazas, Su objetivo: conseguir que los españoles abandonaran la defensa. «Acabo de llegar con las tres columnas de mi mando, y enterado de la inútil resistencia que vienen ustedes haciendo, les participo que, si deponen las armas en un plazo de 24 horas, respetaré sus vidas e intereses. (…) De lo contrario, se las haré entregar a la fuerza». Si con lisonjas no habían conseguido nada, mucho menos con amenazas. Los defensores, hastiados, le hicieron llegar la siguiente carta: «A las doce del día termina su plazo. (…) Tenga usted entendido que si se apodera de la iglesia será cuando no encuentre en ella más que cadáveres, siendo preferible la muerte a la deshonra». Era la victoria o la muerte.
La importancia de la religión
En los tres meses siguientes, entre guardia, fusilazos y cañonazos, quedó patente la importancia que tenía la religión para los defensores. Tan determinante era, que Las Morenas (al mando del destacamento y de la defensa) no pudo evitar esbozar una sonrisa cuando los filipinos enviaron a dos frailes a la iglesia para convencer a los defensores de que Filipinas había caído –como así era pues, entre EE.UU. y los rebeldes, no quedaban ya muchos españoles en la colonia-. Curiosamente, el oficial no hizo ningún caso a la sugerencia de abandonar la defensa, pero si invitó a los monjes a quedarse con ellos para dar apoyo espiritual a los soldados. Actuarían, en definitiva, como sustitutos de Carreño, muy afectado por las enfermedades locales.
Por otro lado, y según destaca Leguineche, los militares solían rezar todos los días junto a los religiosos: «Carreño creía en el valor del rosario en familia. Lo rezaron aún después de la muerte del párroco, hasta el último día de la capitulación. Los que estaban francos en el servicio, lo rezaban de rodillas delante de una imagen de la Virgen. Los que se hallaban en guardia lo hacían desde su tronera. (…) ¿Qué otra cosa podía quedarles a los sitiados salvo el consuelo de la religión, el motor del patriotismo, la disciplina castrense, la incierta esperanza del socorro? “Morir habemos, ya lo sabemos” repetían con frecuencia los monjes».
El asesino silencioso
Sin embargo, a los tres meses del sitio, los valientes españoles descubrieron, para su desgracia, que el único peligro de Baler no eran los fusiles y los cañones filipinos, sino también unos verdugos silenciosos que, poco a poco, no paraban de sumar muertos a las filas de «los últimos de Filipinas». Estas asesinas eran las enfermedades favorecidas por las malas condiciones higiénicas, la falta de ventilación, la humedad y la escasez de alimentos en buen estado.
El beri-beri lo provocaba la falta de vitamina B
La primera de ellas fue la que más ataúdes llenó: el beri-beri. Provocada por la falta de vitamina B, esta enfermedad, según Cerezo «comienza su invasión por las extremidades inferiores, que hincha e inutiliza, cubriéndolas con tumefacciones asquerosas, precedida por una parálisis extraordinaria y un temblor convulsivo, va subiendo y subiendo como el cieno sobre los cuerpos sumergidos y cuando alcanza su desarrollo a ciertos órganos, produce la muerte con aterradores sufrimientos».
No era mucho mejor la disentería. Favorecida por las precarias condiciones de salubridad, esta enfermedad lleva a la inflamación del intestino y genera fiebres y diarrea en el afectado –además de vómitos y dolor abdominal-. Muchos fueron los valerosos defensores que se tuvieron que enfrentar cara a cara con ella. Con todo, y una vez que se observó que algunos militares la padecían, se ordenó ventilar la iglesia, tirar los alimentos en mal estado y, para terminar, hacer un pozo negro para evitar que los excrementos se amontonaran tan cerca de los dormitorios. A falta de una solución mejor, esta serie de medidas higiénicas ayudaron a los hispanos a evitar el contagio, aunque la enfermería siguió llena de pacientes.
Unos meses agitados
Durante los meses siguientes, los defensores vivieron sus momentos más tensos. Y es que, a la escasez de alimentos se sumaron las continuas descargas de fusilería del enemigo. La situación terminó de recrudecerse cuando los filipinos recibieron varias piezas de artillería con las que esperaban reducir a escombros la iglesia de Baler. Sin embargo, como buen caballero que era, el coronel indígena envió primero un parlamentario con el que pretendía persuadir a los españoles de que abandonaran el lugar: o salían, o serían aniquilados. La respuesta de Las Morenas fue rotunda: «Puede usted empezar el cañoneo cuando quiera». Por suerte, el edificio tenía muros gruesos y la artillería era antigua, así que no hubo que lamentar daños graves.
No se pudo decir lo mismo de las enfermedades, las cuales enterraron a más españoles que el plomo enemigo. De hecho, el beri-beri terminó llevándose al párroco primero y, el 22 de noviembre, al capitán Las Morenas. Todos lloraron su muerte, pues era como un padre para cada militar allí presente. Sin el oficial por excelencia, Cerezo tomó el mando, aunque prefirió seguir aparentando delante de los emisarios filipinos que su superior estaba vivo para no darles una alegría. Y esa era una tarea ardua, pues, incansables, los enemigos enviaron decenas de parlamentarios –tanto españoles como indígenas- con la intención de convencer a los hispanos de la derrota definitiva del ejército español en Filipinas. Pero para los Cazadores, y en especial para el oficial al mando, todo aquello eran patrañas. Para ellos era imposible que un imperio con más de tres siglos cayera en apenas unos pocos meses.
Desesperados por no conseguir la rendición española, los filipinos iniciaron entonces su particular guerra psicológica contra los sitiados. Ésta consistió principalmente en lanzar piedras sobre el tejado de zinc de la iglesia por las noches para no dejar dormir a los españoles e, incluso, ordenaban a los desertores hispanos que gritaran todo tipo de insultos a sus antiguos compañeros desde las trincheras. Pocas veces era efectivo, pues los Cazadores estaban resueltos a morir en aquel paraje inhóspito.

Desertores de la iglesia de Baler
No obstante, el colmo de la guerra contra la mente llegó casi en navidades. «El enemigo no escatimaba medios. (…) Eran válidas todas las artimañas, incluidas las que se referían a la incitación a la lujuria. Los papeles que encontré en la iglesia de Baler (afirman) que el enemigo situó a mujeres semidesnudas e hizo que varias parejas imitaran (…) el acto de la cópula (frente a los defensores). Para evitar la tentación de la carne, Martin dio orden de inmediata retirada a la tropa. Lo que les faltaba a los pobres Cazadores, mujeres desnudas y gestos lascivos. (…) Como antídoto unos se pusieron a rezar y otros a batir palmas y a reír con todas sus fuerzas», afirma Leguineche.
Después de siete meses de encierro, los Cazadores tuvieron también que resistirse con todas sus fuerzas a las ofertas realizadas por los oficiales filipinos (quienes tentaban a los españoles con alimento y un vapor que les transportaría a España). Y es que, allá por Navidad, la comida empezó a escasear y cualquier animal que aparecía en la iglesia era idóneo para llenar el estómago. Desde cuervos hasta lagartijas, todo bicho viviente con algo de carne caía en la cazuela y era repartido a partes iguales entre los extenuados españoles.
También se hacía cada vez más palpable la falta de vitamina B, una deficiencia que agravaba el beri-beri. Por ello, Cerezo llevó a cabo una salida desesperada del edificio en la que halló semillas de calabaza. Aquel botín fue un tesoro pues, tras plantarlas en un huerto cercano al recinto, se logró detener la temible enfermedad que, cada vez con más asiduidad, se llevaba al otro barrio a los militares. Por otro lado, la llegada de «algo verde» relajó al médico del regimiento, quien pudo tratar con estos alimentos mejor a los enfermos.
¿El vapor de la salvación?
Tuvieron que pasar varios meses hasta que un nuevo intento de sacar a los Cazadores de la iglesia se hizo patente. Éste se sucedió el 11 de abril, momento en que los defensores casi habían abandonado toda esperanza de salir con vida del lugar. Fue precisamente en plena tarde cuando, en la lejanía, se escucharon varios cañonazos de un buque a vapor. Inmediatamente, Cerezo interpretó que los refuerzos habían llegado por fin; un inmenso ejército que desembarcaría en Baler y acabaría con las aspiraciones de aquellos filipinos recuperando la colonia para el imperio español.

Representación de la Iglesia en la exposición de Sanidad Militar en Granada MPV
Nada más lejos de la realidad. El buque era un cañonero, el «Yorktown», un navío norteamericano que pretendía desembarcar –con el beneplácito filipino- a una quincena de marinos en plena playa para incitar a los españoles a que se rindieran. Pero el tiro les salió por la culata del rifle pues, al intentar poner un pie en tierra, no escucharon la señal de «Alto» dada por los filipinos y fueron aniquilados antes siquiera de poder salir de la barca. Desconcertado, su navío se marchó vacío de vuelta a su patria.
Así recuerda Cerezo en su diario la retirada del navío: «A las cuatro de la madrugada se apagó el reflector (del buque) y (…) sus luces se perdieron luego sobre la ruta de Manila. Renuncio a encarecer el efecto que semejante retirada no pudo menos de producir en nuestros ánimos. (…) Piense cualquiera en la desesperación que sentiríamos, en el desfallecimiento que se desplomaría sobre todos nosotros, y deducirá el poco menos que insuperable compromiso en que me hube de ver para reanimar a mis soldados». Nuevamente la moral de los Cazadores había sido arrojada al suelo.
El «Uranus»
Después de haber recibido la visita de todo tipo de emisarios, a finales de mayo de 1899 se produjo el enésimo intento de convencer a los militares españoles de que abandonaran su encierro y cedieran el territorio a Filipinas. ¿Por qué fue diferente éste? Porque fue el primero realizado por un alto oficial del ejército español: el teniente coronel de Estado Mayor Cristóbal Aguilar y Castañeda, recién llegado a Baler a bordo del vapor «Uranus». A su vez, también fue la primera ocasión en la que un parlamentario pidió mantener una conversación usando como reclamo una bandera española, y no una blanca. Cerezo lo recibió.

Representación de la enfermería de Baler en la exposición de Sanidad Militar MPV
Frente a la ya maltrecha y maloliente iglesia de Baler, Aguilar afirmó que acababa de llegar de Manila y que le había sido encomendada la misión por el alto mando español de «recogerles» y hacer que regresaran con él a España en su buque. «Mentiras y más mentiras» para Cerezo, que no vio en él más que a un desertor hispano que había robado un uniforme para engañarles. Erre que erre, no le valió ni siquiera que el emisario le mostrara el buque pues, en su desconfianza, el defensor no vio (o no quiso ver) más que un pequeño lanchón con el que pretendían engañar a sus hombres. Nuevamente, despachó a Aguilar con un «gracias pero no» y conminó a sus combatientes a ocupar las ventanas, pues seguirían defendiendo arma en ristre la iglesia hasta la muerte.
El periódico que salvó un destacamento
Con los días convertidos en semanas, los defensores llegaron a los 11 meses de su resistencia. Para entonces, la húmeda y antihigiénica iglesia de Baler ya se había convertido en su casa y muy pocos pensaban ya en una salvación. Muertos de hambre y tan delgados que, según Cerezo, se podían contar sus huesos, los Cazadores se reunieron con sus oficiales para trazar un último plan. Según explicó el teniente, cuando se acabaran definitivamente los escasos víveres que quedaban tratarían de escabullirse en medio de la noche hacia un bosque cercano. Desde allí, partirían hacia Manila, donde se presentarían ante las autoridades hispanas… si es que quedaban. En total, y según las directrices, deberían recorrer más de 200 kilómetros. Sin duda, una misión imposible que acabaría matándolos pero ¿qué otra cosa podían hacer?
Unos días antes de la partida, en cambio, un inesperado «regalo» cambió drásticamente la situación de los sitiados. Cuando abrieron, como hacían cada mañana, las puertas del templo, hallaron un montón de periódicos. En principio, Cerezo sospechó, pues anteriormente ya le habían hecho llegar varios diarios locales que afirmaban que España había huido de la colonia con el fusil entre las piernas. «Burdas falsificaciones», pensaba en su momento. En este caso, por el contrario, el papel que le esperaba frente a la iglesia llevaba grabado el emblema de «El Imparcial», un rotativo español.
Un número de «El Imparcial» convenció a Cerezo de la pérdida de Filipinas
«La misma música», eso fue lo único que afirmó el oficial español en un principio antes de revisar las columnas y percatarse de una noticia que hacía que el diario fuese verídico y, por lo tanto, su extensa explicación sobre la pérdida de las Filipinas fuese absolutamente real. «Admirando estaba la obra cuando un pequeño suelto (…) me hizo estremecer de sorpresa. Era la sencilla noticia de que un segundo Teniente (…) D, Francisco Díaz Navarro, pasaba destinado a Málaga; aquel oficial había sido mi compañero e íntimo amigo en el Regimiento de Borbón; (…) y yo sabía muy bien que (…) tenía resuelto pedir su destino a la mencionada población. (…) Esto no podía ser inventado».
Como si de una epifanía se tratase, Cerezo comprendió que todo lo que le habían estado diciendo aquellos meses era absolutamente cierto. España había sido expulsada de la colonia, ya no quedaba ningún retazo del imperio en aquellas islas y, para colmo, ellos habían sido los últimos defensores de Filipinas. Inmediatamente reunió a los defensores que quedaban y, tras compartir una charla intensa durante varias horas, resolvieron rendirse a los nativos, aunque con una serie de premisas. Entre ellas, estaba la de que serían acompañados hasta territorio hispano y ninguno de los supervivientes de Baler sería dañado. Por suerte, así se cumplió.
Lo que quedaba del destacamento abandonó el que había sido su hogar durante 11 meses el 2 de junio de 1899, tras 337 días de heroica resistencia en los que la bandera española siempre flameó en lo alto del campanario. Con todo, la defensa no había salido barata pues, del más de medio centenar de hombres que habían entrado en el templo hacía casi un año, 15 habían muerto por enfermedad, 2 habían fallecido por las balas filipinas, 6 habían desertado y otros 2 habían sido fusilados por el propio Cerezo después de que intentaran pasarse al enemigo. No obstante, habían conseguido un hueco en la historia y un título que resonaría por toda España hasta la actualidad: «Los últimos de Filipinas».
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Hombres rotos
  • El periodista estadounidense Charles Glass se adentra en uno de los aspectos más silenciados de la contienda en Europa: los desertores
  • Narra la historia de cuatro soldados que se negaron a combatir
  • Estos hombres tenían sus motivos y no eran unos cobardes aunque fueron considerados unos traidores por los Ejércitos


Hablar de la deserción supone un tabú equivalente al que representa en la 'vida civil' el suicidio, un acto valeroso según algunos y para otros el más cobarde de los que pueda ejecutar un hombre.Curiosamente, existe mucha literatura acerca de los soldados que abandonaron sin permiso sus unidades en la Primera Guerra Mundial, pero sobre los que lo hicieron en la Segunda persiste un tabú de décadas. El libro de Charles Glass 'Desertores. Una historia silenciada de la Segunda Guerra Mundial', que publica Ariel, viene a llenar en parte ese vacío.
El relato del periodista estadounidense sigue la pista de cuatro soldados ingleses y de su propio país cuyas diferentes razones para abandonar su deber ilustran la complejidad de motivos que movió a desertar a 150.000 hombres en aquel conflicto. Demasiados para poder despacharlos con el calificativo de "cobardes" o "maricas" que estaba en boca de los oficiales de la vieja escuela, por mucho que el mismísimo general Patton abofeteara en Sicilia a uno de aquellos "gallinas" al que acusaba de simular "agotamiento por batalla".
Éste era el nuevo eufemismo recién acuñado para reemplazar al de uso cotidiano en la Gran Guerra, 'shell shock' -traducido literalmente "choque de obús" o "fatiga de combate"-, y provenía de las investigaciones psicológicas llevadas a cabo en el periodo de entreguerras que probaban que, durante la batalla, "la mente sufría tanto estrés como el cuerpo, y que tenía sus propias heridas".
En primer lugar estaban, pues, los pusilánimes y los individuos que padecían algún trastorno identificable por los exigentes psiquiatras, por ejemplo, del ejército americano. Ésos eran descartados directamente -1.750.000 estadounidenses, uno de cada ocho examinados, no pasaron el filtro-, de modo que los reclutas movilizados eran supuestamente normales en términos de valor, pues muchos de ellos eran voluntarios, y de salud mental.
Entre los huidos había, naturalmente, aprovechados y delincuentes que robaban y vendían los suministros militares "que sus camaradas en el frente necesitaban para sobrevivir". Muchos de ellos acabaron formando parte de bandas organizadas que se dedicaban al mercado negro y a actividades mafiosas en Roma, París y Londres hasta años después de terminada la contienda. Los saqueos llegaron a tal extremo que los tanques de Patton se quedaron literalmente secos cuando llegaron a atacar la Línea Siegfried.
Otros soldados tenían motivos diferentes para escapar. John Bain, boxeador y poeta, desertó dos veces, una por convicción y otra cuando su mente sufrió lo que, en jerga psiquiátrica, se llamaba 'una fuga'. Dejó el ejército británico en Escocia, antes de que lo enviaran al combate, "hastiado del demoledor tedio del servicio" y tras haber sido rechazado en la RAF por ser daltónico y tener un ojo lesionado a resultas de un puñetazo. Acabó, degradado, en el regimiento de los Gordon Highlanders, con los que participó en la campaña de África del Norte y en el desembarco de Normandía.

Un soldado estadounidense es tratado tras sufrir 'fatiga de combate'HAYWOOD MAGEE GETTY
En Uadi Acarit (Túnez) los combates eran tan despiadados que un oficial afirmó haber visto "hombres fuertes llorar como niños". Bain se encontraba tan aturdido que hablaba de sí mismo en tercera persona. Pero lo peor para él no fue despertar una mañana rodeado de muertos sino ver a sus compañeros saqueando los cuerpos de su propia gente, "dándoles la vuelta indolentemente con la bota" y moviéndose "con una lentitud sobrenatural (...), alcanzando cosas de modo metódico, absortos", una experiencia que cambiaría el curso de su vida y que lo forzó a escapar.
Arrestado en los barracones Mustafá, al este de Alejandría, la mente del soldado poeta vagaba entre tinieblas y visiones de cadáveres que "yacían sobre la arena y la piedra en su último abandono, en sus terribles cancelaciones, en aquella triste burla de la vida". Como escribió en su poema 'Amor y coraje', siempre en tercera persona: "Escogió la deserción, la ignominia y la cárcel".
El soldado americano Steve Weiss desoyó los consejos de su padre, que pudo resistir los quebrantos de la Primera Guerra Mundial sólo gracias a los cuidados especiales que le dispensó una enfermera francesa y le advertía: "Olvídate de las banderas, las bandas de música y los desfiles. Eso es sólo seducción. Para que haya más alistamientos". Pero el muchacho quería servir a su país en el campo de la guerra psicológica. Antes de conseguir algo parecido remotamente a eso engrosó las ingentes filas de los soldados de infantería, que sufrían el 70% de las bajas en la contienda europea y eran los que aspiraban en primer lugar "el olor de la guerra" descrito por Bain, "el aroma dulce pero penetrante de la cordita, el miedo y la putrefacción".

John Bain, poeta, boxeador, y desertor en dos ocasionesEM
Mientras Weiss recibía instrucción en Fort Blanding, 300 reclutas norteamericanos sucumbían cada semana a crisis nerviosas, informaba la revista Time, especialmente entre quienes iban a ser destinados a infantería: saltaban por las ventanillas de los trenes, de los camiones en marcha y hasta por la borda de los buques, lo que llamaban la "fiebre de la pasarela". Eran tantos los hombres que desertaban que era imposible llevarlos a juicio "salvo en circunstancias con agravantes".
En la primavera de 1944, patrullas conjuntas de policías militares británicos y estadounidenses realizaron redadas en el West End de Londres en busca de desertores que pudieran volver a sus unidades para la inminente invasión de Francia; para entrar en los locales nocturnos más peligrosos del Soho calaron las bayonetas en sus rifles.
Algunos de los soldados americanos que llegaban al Teatro Europeo de Operaciones mostraban "ansiedad por disparar", según la descripción del cabo Robert Green. Su consejo no tenía desperdicio: "Se puede encubrir a un tío así antes de que se vuelva completamente majara. Se lo puede mandar a buscar munición o algo (...). Así él se engaña pensando que tiene un motivo para no estar en la primera línea y conserva su amor propio. Quizá hasta recupere el valor para la vez siguiente".
Después de esperar en los Depósitos de Reemplazos de Orán y Caserta, Weiss se había unido a la 36ª División, con la que desembarcó en las playas del sur de Francia, hasta que su compañía perdió contacto con el resto del regimiento a las afueras de Valence (Francia), lo que ya lo convertía en un 'AWOL' (ausente sin permiso, por sus siglas en inglés).
Pasó a colaborar con la Resistencia y trabajó para la Oficina de Servicios Estratégicos, cuyo comandante solicitó que le fuera transferido indefinidamente y con la que se ofreció a saltar en paracaídas en territorio enemigo. Estos servicios le harían acreedor de varias medallas e insignias al valor, así como del nombramiento como Oficial de la Legión de Honor, formalizado en 31 de mayo de 2005.
No parece éste el perfil de un cobarde y, sin embargo, a efectos oficiales él seguía siendo un huido. En los Vosgos se reincorporó por obligación a una 36ª División exhausta y desmoralizada en la que algunos soldados se autolesionaban de modo deliberado o -relata Glass- "hacían todo lo posible por contraer pie de trinchera", afección que se producía con la prolongada inmersión de los pies en agua fría. En la llamada Colina A, la artillería alemana bombardeó las posiciones estadounidenses «con una intensidad que supera la constitución de cualquier psique humana", asevera el autor norteamericano.
Como se lee en el libro 'Psicología para el combatiente', que hizo furor en EEUU por aquellos años,"todo hombre, no importa cuán fuerte física o mentalmente, tiene unos límites, más allá de los cuales ni la más poderosa de las voluntades podrá llevarlo". Weiss había alcanzado los suyos. Subió la colina, arrastrando su fusil entre temblores, y encontró un granero en el que durmió durante seis días seguidos.
Regresó a las órdenes del odiado capitán Simmons, cuyos hombres se quejaban de que era imposible encontrarlo jamás "ni siquiera tras las líneas", lo que no contribuía precisamente a aumentar su compromiso con el ejército. Weiss confundió entonces el ruido del viento con una patrulla alemana y tiró de la anilla de una granada que por poco lo hace pedazos. Comprendió que no sólo era un peligro para sí mismo sino también para el resto de la compañía.

Eddie Slovik, soldado que fue ejecutado
De haber podido pensar con claridad habría acusado a los altos mandos de su ejército de abusar de unas tropas que no habían disfrutado de un solo descanso desde que pisaron suelo francés mientras las de retaguardia nunca habían estado "al alcance de un proyectil más peligroso que un corcho", como escribiría el poeta Bain. También les habría reprochado su política de reemplazos individuales de los soldados caídos o capturados, que impedía el establecimiento de lazos de amistad y camaradería.
Pocos días después, Weiss se dio a la fuga con otros dos soldados, uno de los cuales había perdido el habla desde que los alemanes estuvieron a punto de quemarlo vivo en un pajar. Se entregó de nuevo porque todo le importaba "una mierd@" y fue juzgado por un tribunal militar que lo condenó a trabajos forzados de por vida. Su salvación de este destino atroz fue aceptar el traslado al Pacífico, que no llegó a tener lugar porque Eisenhower había ordenado que ningún soldado que hubiera combatido en dos teatros de operaciones (él había luchado en el del Mediterráneo y en el Europeo) fuera enviado a un tercero.
De los 100.000 soldados británicos y 50.000 estadounidenses que desertaron en la Segunda Guerra Mundial, únicamente 49 fueron condenados a muerte, y de ellos sólo uno llegó a ser ejecutado, el americano Eddie Slovik. Seguramente era el tipo más gafe del mundo, pues su consejo de guerra coincidió con la batalla en los bosques de Hürtgen, que costó la vida a 6.184 hombres de los 15.000 que componían la 28ª División de Infantería, y la apelación, con la feroz contraofensiva alemana en el norte de Europa de enero de 1945. Ambas circunstancias desaconsejaban mostrar clemencia con un recluta que había manifestado bien a las claras que prefería la prisión al combate y que no había luchado en una sola batalla.
Sin embargo, lo que más perjudicó al joven desertor fue su condición de ex presidiario. Charlie Sheen encarnó a Slovik en un telefilme de 1974 en el que recitaba ante el pelotón de fusilamiento: "No me fusilan por desertar del ejército de los Estados Unidos; miles de tipos han hecho eso. Tan sólo necesitan dar ejemplo con un tipo, y yo soy ideal porque soy un ex convicto. Robaba cosas de crío, y por eso me ejecutan. Me fusilan por el pan y los chicles que robé cuando tenía 12 años".
'Estrés pretraumático'
Distinto de estos casos fue el de Al Whitehead, quien se alistó en el ejército americano huyendo de los malos tratos de su padrastro. Endurecido como un autómata hasta extremos que a él mismo llegaron a asustarle, según contó en su libro de memorias autopublicado 'Diario de un soldado', sus únicas vías de escape fueron las borracheras y los ocasionales escarceos amatorios. A diferencia de otros soldados fugados, él estaba deseoso de desertar hacia el frente, como lo hicieron el teniente Keith Douglas, destinado en una división de acorazados en la retaguardia y deseoso de servir en primera línea, y el propio comandante del batallón de Whitehead, David M. Frazior, que en 1943 había abandonado el hospital militar en el norte de Túnez para reunirse con sus hombres para la invasión de Italia.
Cada hombre respondía de la manera que le permitían sus fuerzas y su carácter a los bombardeos, las descargas de artillería, la asechanza de los francotiradores, el miedo a las minas y las trampas explosivas, la desnutrición, la higiene deplorable y la falta de sueño. Y, como recordaba el best seller 'Psicología de un combatiente', "está, ante todo, el miedo a la muerte", que a todos iguala.
Empleando palabras tan llanas como expresivas, John Bain, el poeta desertor, evocó en estos versos el honor que tuvo su batallón de ser el primero de los Highlanders en pisar suelo francés.
"Lo que yo y otros compartimos ese día / fue el trastorno de estrés pretraumático, o, / como dirían los especialistas, estábamos 'cagados de miedo'".
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03/07/1940 - en el puerto militar de Mazalquivir (Argelia) ―en el marco de la Segunda Guerra Mundial―, la marina británica (Royal Navy) destruye una gran escuadra de la Francia de Vichý en la batalla de Mazalquivir.
1941 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, acaba la Batalla de Białystok-Minsk que acaba con la destrucción de dos ejércitos soviéticos completos por la blitzkrieg alemana.
1944 - Segunda Guerra Mundial: Minsk es liberada del control nazi por las fuerzas soviéticas en la Operación Bagration.
fuente: http://www.hoyenlahistoria.com/
 

Sebastian

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La Primera Guerra Mundial: diversidad de percepciones en Rusia y Occidente

3 de julio de 2014 Alexánder Vershinin, para RBTH
Históricamente, Rusia y Occidente aplican el calificativo ‘gran’ a dos guerras diferentes. No hay duda de que para los rusos la Gran Guerra es las Segunda Guerra Mundial (1941-1945), mientras que en Occidente este apelativo lo recibe la Primera Guerra Mundial. ¿Cuál es la causa de esta percepción diferente?

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“La principal causa de este olvido inmerecido de la Primera Guerra Mundial en la conciencia nacional”, escribe la historiadora rusa N. A. Narochnitskaya, “reside en que durante el periodo soviético dicha guerra fue objeto de tergiversaciones ideológicas”.

Este conflicto se comenzó a olvidar inmediatamente después de su finalización. La ideología soviética la tachó de imperialista: grupos de burgueses luchando entre sí por el reparto de los mercados con la ayuda de trabajadores y campesinos engañados. En poco tiempo se destruyó todo recuerdo de la guerra en el país. En Moscú, el cementerio en el que estaban enterrados los soldados rusos tenía la misma consideración que un pedazo de tierra.

La Primera Guerra Mundial se recordaba o se mencionaba únicamente en tanto en cuanto ejerció de catalizadora para el desarrollo posterior de la revolución y, finalmente, facilitó la subida al poder de los bolcheviques. Las enormes pérdidas humanas sufridas por el país y el recuerdo de los logros alcanzados por el armamento ruso cayeron en el olvido. Y después de que la Unión Soviética derrotara a la Alemania de Hitler, la guerra imperial perdida fue extirpada de la conciencia colectiva.

En el contexto ideológico y político del sistema soviético sencillamente no había cabida para la Primera Guerra Mundial. En Occidente se percibió de manera muy diferente.

Los acontecimientos militares sucedidos desde 1914 hasta 1918 supusieron una experiencia trágica y dolorosa para el continente Europeo: millones de víctimas, ciudades derruidas y el derrumbamiento de sus pilares fundamentales. En Rusia, donde a la Primera Guerra Mundial le siguió una guerra civil igual de devastadora que acabó con la instauración en el país de un régimen totalitario, todo esto se olvidó con rapidez. Los europeos tuvieron que recorrer un largo camino para superar un trauma cultural de gran envergadura.

Los intentos de otorgar a la guerra tintes de heroicidad, de convertirla en el principal recurso simbólico parar la formación de un nacionalismo europeo y superar, de ese modo, los recuerdos negativos terminaron en una catástrofe aún mayor como fue la Segunda Guerra Mundial.

Solo la siguiente generación de europeos aprendió una lección de estos acontecimientos. Los nietos de quienes combatieron en la batalla del Marne y en la de Verdún percibían la Primera Guerra Mundial de un modo fundamentalmente diferente al de sus abuelos. Para ellos, ciudadanos de la Europa unificada, la guerra representaba una tragedia generalizada cuyo recuerdo debía mantenerse vivo para que en el futuro no se repitieran estos acontecimientos.

En la conciencia de los europeos se implantó una relación sosegada y respetuosa con la guerra. El día de su finalización, el 11 de noviembre —que se celebra en varios países de Europa—, se convirtió en un día para el recuerdo. No es solo que hace algunos años murió el último veterano de la Primera Guerra Mundial, sino que Occidente ha cambiado de manera cardinal desde 1918.

En la Europa unificada no hay sitio para el nacionalismo. La experiencia de la guerra ha sido asimilada y ahora esta se presenta como un acontecimiento tanto trascendental como histórico.

El recorrido ruso de ese mismo camino se puede calificar de paradójico. Mientras que para los europeos el periodo de asimilación de la guerra se entendió como una experiencia directa de la generación viva, en Rusia nunca se dio tal asimilación.

El nicho de la heroicidad en la memoria colectiva rusa lo ocupará por siempre la Segunda Guerra Mundial. Se trata de un recuerdo vivo convertido en mito, protegido a toda costa de una posible reescritura. La Primera Guerra Mundial carece de esa aureola de sacralidad, pero gracias a ello se puede percibir como un hecho histórico. Lo que significa que se puede analizar y estudiar con libertad.

El historiador ruso A. I. Utkin escribe: “la Primera Guerra Mundial resulta de lo más interesante, puesto que Rusia era un país antes de ella y se transformó en otro después. Es más, los recuerdos sobre este acontecimiento se volvieron mucho más actuales después de una década, cuando los errores y las pérdidas de aquellos años adquirieron una nueva resonancia. En general, la Primera Guerra Mundial constituyó una prueba de madurez para Rusia. Y Rusia, por desgracia, no superó dicha prueba, aunque demostró un alto grado de dignidad y heroísmo”.

Una trágica lección de historia que el país no aprendió: esta es la idea generalizada que los rusos tienen de la Primera Guerra Mundial. Hay mucho en ella que el ciudadano común no alcanza a entender. ¿Qué necesidad había de involucrarse en el conflicto sabiendo que las consecuencias serían devastadoras? ¿Cómo es que no se vio en las desdichas de la guerra el reflejo de una revolución inminente? Y lo más importante, ¿cómo se perdió una guerra prácticamente ganada, ya no en el campo de batalla, sino mediante la desintegración definitiva del sistema político?


Primera Guerra Mundial y mapas alegóricos de Europa


Los intentos de dar respuesta a estas preguntas claves de la historia rusa avivan el interés de los rusos por la Primera Guerra Mundial. Aumentan las tiradas de libros dedicados a este tema, se crean museos, se recuperan los recuerdos familiares de aquellos lejanos acontecimientos... En agosto se inaugurará por fin en Moscú un monumento a los soldados rusos de la Primera Guerra Mundial. La justicia histórica ha prevalecido, aunque sea 100 años después.
http://es.rbth.com/cultura/2014/07/...d_de_percepciones_en_rusia_y_occid_41459.html
 

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Murió en la Batalla de las Ardenas
Hallan cámara con fotos de un soldado abatido en la II Guerra
fotos: http://www.ambito.com/noticia.asp?id=748211
El soldado fue abatido en la Batalla de las Ardenas.
Casi 70 años después de la muerte de un soldado estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, dos investigadores aficionados hallaron su cámara fotográfica con la ayuda de un detector de metales.

Los investigadores (procedentes de Estados Unidos y Luxemburgo) buscaban restos de la Batalla de las Ardenas, una gran ofensiva alemana lanzada en los bosques y montañas de esta región de Bélgica entre diciembre de 1944 y enero de 1945.

El soldado, oriundo de Chicago, había desaparecido aquella Navidad. Su cadáver fue hallado tres semanas más tarde, pero no se encontró la cámara de fotos.

Tras el reciente descubrimiento, expertos analizaron la película, que había permanecido casi tres cuartos de siglo enterrada con la cámara en un agujero. En las aparecen soldados estadounidenses con rostros desilusionados en un paisaje nevado.

La ofensiva de las Ardenas fue el último intento alemán de avanzar en el Frente Occidental y sorprendió a las tropas aliadas. No obstante, tras cinco semanas las unidades alemanas tuvieron que retirarse. Para los estadounidenses, fue la mayor batalla de las que combatieron durante la contienda.
ambito web
 

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05/07/1940 - Gran Bretaña y el Régimen de Vichy francés rompen relaciones diplomáticas.
1941 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, las tropas alemanas alcanzan el río Dniéper.
1943 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial, comienza la batalla de Kursk, la batalla de tanques más grande librada en la historia.
fuente: http://www.hoyenlahistoria.com/
 

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Los soldados negros sudafricanos muertos en la Primera Guerra Mundial recuperan el honor
  • El Gobierno de entonces prohibió que descansaran en el mismo lugar

Oficiales del ejército sudafricano colocan una bandera en el ataúd del soldado Myengwa Beleza, en Francia.AFP

Las conmemoraciones de la Primera Guerra Mundial han traído también algo de dignidad a los soldados africanos negros que cayeron en la contienda. Los numerosos actos que se están realizando por el centenario de la Gran Guerra han servido también para desenterrar al soldado negro sudafricano Private Myengwa Beleza y colocar sus restos mortales junto a los de sus otros compatriotas, los soldados blancos sudafricanos que también cayeron en la contienda. Entonces el Gobierno sudafricano no permitió que los suyos, negros y blancos, reposaran en el mismo lugar bajo la tierra.
Beleza fue uno de los primeros voluntarios negros sudafricanos en ser abatido en Francia cuando luchaba en el bando aliado. Él fue uno de los 25.000 voluntarios negros sudafricanos que se alistaron en el Native Labour Corps (fuerzas indígenas). El 27 de noviembre de 1916 fue enterrado en el cementerio civil de la ciudad portuaria francesa de Le Havre. El entonces Gobierno sudafricano controlado por la minoría blanca impidió que sus huesos compartieran espacio bajo tierra en el memorial que se levantó en 1926, según explica el periódico sudafricano 'Times Live'.
Sin embargo, la visita a Francia del vicepresidente sudafricano, Cyril Ramaphosa, ha conseguido que casi cien años después se solucione la racista afrenta. En una ceremonia a la que asistieron 250 personas organizada por la embajada del país africano en Francia se exhumaron los restos de Beleza y fueron enterrados en el memorial en el que están también enterrados los sudafricanos blancos caídos en la contienda. "Queremos restablecer la dignidad de los negros sudafricanos que hicieron una enorme contribución por la paz mundial", explicó el político sudafricano. Parece que habrá más exhumaciones.
África dejó un reguero de soldados muertos en la Primera y Segunda Guerra Mundial. El color de piel de estos muertos africanos determinó en muchas ocasiones las pensiones que cobraron o los honores con los que fueron enterrados.
Es famosa la historia del comandante alemán Paul von Lettow, que con la ayuda de 12 compañías de askaris (guerreros nativos tanzanos) fue el único militar teutón que no perdió una sola batalla en la sangrienta contienda de la que ahora se cumplen cien años. El condecorado y admirado militar luchó durante años en Alemania para que el Gobierno diera una pensión a sus valerosos soldados africanos igual que al resto de ex combatientes. Llegó incluso a viajar a Tanzania para reencontrarse con sus soldados en una emocionante ceremonia en la que tanzanos viejos y desarrapados volvieron a vestir sus viejos trajes de batalla y anduvieron cientos de kilómetros para reencontrarse con su admirado comandante en el aeropuerto. Finalmente, con Von Lettow ya muerto, el Gobierno alemán accedió a pagar esas pensiones.
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El holocausto familiar, escondido en el altillo
Dory Sontheimer narra en el libro «Las siete cajas» cómo descubrió, en 2002, que sus padres eran judíos perseguidos por el nazismo
Dory Sontheimer nació en Barcelona en 1946. Sus padres, Conrado y Rosa Sont, la educaron en el catolicismo. Poco o nada sabía la pequeña de su familia, más allá del origen alemán de sus progenitores. Cuando Dory preguntaba por sus abuelos, tíos o primos, le decían que todos habían muerto en la guerra. Al cumplir 18 años, sus padres le confesaron que eran judíos, pero le dijeron que «no lo comentara con nadie», algo que extrañó a Dory, aunque era cierto que, en pleno franquismo, en su casa «no se hablaba de historia y política para nada».
En 2002, casi 40 años después, Dory obtuvo por fin respuesta a tantos interrogantes silenciados. Al morir su madre, tuvo que vaciar la casa familiar y, en el altillo de la habitación que ella ocupaba de soltera, encontró siete cajas. Sorprendida, pues nunca antes las había visto, las abrió y entró en «estado de sock». En ellas, cientos de fotografías, cartas y documentos daban testimonio del horrible pasado de los Sontheimer, una familia de judíos perseguida por el nazismo, que padeció la diáspora y algunos de cuyos miembros murieron en Auschwitz. Una historia que Dory Sontheimer decidió contar en «Las siete cajas» (Circe), un hermoso libro testimonial, tan conmovedor como digno de lectura.
«Mi padre murió en 1984, después de tres infartos. Entonces, mi madre tuvo una caída espectacular, tanto física como mentalmente. Estuvo sus últimos diez años casi en coma y olvidó el castellano, solo hablaba en alemán y decía frecuentemente: “Va a venir la Gestapo y nos va a *****”. Si mis padres guardaron todo eso, fue para que lo conociéramos, porque podrían haberlo quemado. Estoy segura de que se sentirían muy orgullosos de mí», asegura Dory en conversación telefónica desde su casa de la Diagonal de Barcelona.
A finales de la década de los 20, muchas familias judías empezaron a enviar a sus hijos fuera de Alemania debido al antisemitismo que ya entonces comenzaba a respirarse en el país. Fue el caso de los Sontheimer y los Heilbruner, antepasados de la autora del libro. Así fue como Kurt, el padre de Dory, llegó a Barcelona junto a su hermana, poco después de la Exposición Universal, dispuesto a iniciar una nueva vida trabajando en la delegación que la fábrica de su progenitor tenía allí.
Amor contra la diáspora
«Mi madre llegó un poco más tarde, en 1934, cuando Hitler ya estaba en el poder en Alemania. Se había quedado sin trabajo por su condición de judía y sus padres decidieron mandarla a España». Rosl (el verdadero nombre de la madre de Dory) conocía a la hermana de Kurt en la Ciudad Condal. Fue ella quien decidió presentar a los dos jóvenes, convencida de que el amor podría vencer a la diáspora. Y así fue: Kurt y Rosl se casaron por lo civil el 31 de diciembre de 1936. Tras la Guerra Civil, «tuvieron clarísimo que tenían que convertirse al catolicismo para sobrevivir» y en agosto de 1939 se casaron en la glesia de Santa María de Bonanova, donde el párroco les bautizó y cambió sus nombres por los de Conrado y Rosa Sont.
Kurt y Rosl en Llavaneres
En Barcelona, Conrado y Rosa comenzaron una nueva vida, pero nunca olvidaron a sus familias, perseguidas por el nazismo y con quienes, pese al discreto silencio en el que decidieron instalarse por el bien de sus hijos, nunca dejaron de tener contacto. Hasta el final de sus días. En 2010, ocho años después de haber descubierto las cajas, Dory Sontheimer empezó «a tirar del hilo». Farmacéutica de profesión y entregada a su trabajo y su familia, por fin logró reunir el valor suficiente para abordar el secreto de sus antepasados.
Años de investigación
«Fueron cuatro años de investigación. Entonces recapacité y me di cuenta de que nunca me habían hablado de mis abuelos maternos. No me esperaba descubrir esa historia y me tocó el alma». El 23 de octubre de 1940, sus abuelos maternos fueron deportados a la zona ocupada de Francia desde Friburgo. Les dieron dos horas para hacer una maleta de 50 kilos y les llevaron a la estación. «Allí empezó el drama y el exilio de mi familia. Ocho de ellos fueron deportados a campos de concentración. A mis abuelos les llevaron a Marsella, desde donde se emitían los visados para pasar a España o viajar a Sudamérica».

Carta del cónsul general de España en Marsella, denegando el permiso de entrada a Lina y Eduard
Pero, pese a los reiterados intentos de la madre de Dory, el ansiado visado nunca llegó. El 30 de agosto de 1942 recibieron la última carta, en la que decían que estaban en la «lista de transporte». «Corría el rumor de que quienes iban allí no volvían. En septiembre fueron llevados a Auschwitz y gaseados. Sientes impotencia, dolor… Mi madre tuvo que sufrir mucho al saber que sus padres estaban cerca de la frontera y no conseguían pasar», lamenta Dory Sontheimer con la emoción desbordada hasta las lágrimas.
La familia paterna no corrió mejor suerte. Tras vivir «el infierno de los nazis en Praga», veinte de sus miembros fueron deportados a campos de concentración y solo se salvaron cuatro. «Mi abuelo era cónsul en Cuba y allí vivió refugiado desde 1940. Ellos pudieron salvarse, pero cuando mi abuela descubrió que todas sus hermanas habían muerto en Auschwitz, le dio un infarto y murió».
Telegrama que anuncia la muerte de familiares por un bombardeo de aviones de Mussolini sobre Tel Aviv
Pese a las pérdidas, pese al dolor irreparable, Dory Sontheimer pudo reconstruir la historia de su familia y, de paso, su identidad, gracias a las cajas que sus padres guardaron durante tantos años. En ellas, testigos de la triste Historia del siglo XX, estaban los archivos de cada una de las familias, documentos, pasaportes, escrituras (empresas de judíos expropiadas por el nacionalsocialismo), muchas fotos y cartas.
«Siempre me decían que no había familia, que no teníamos, pero empecé a estirar y descubrí que tengo parientes en Argentina, Tel Aviv, Praga… Ha sido una recomposición lenta, pero he conseguido dar con ellos y ahora estamos en contacto». De hecho, en otoño viajará a Boston y Nueva York para celebrar una fiesta de reencuentro con sus familiares.
«Ha sido un proceso enormemente emotivo. Después de setenta años, he podido hacer justicia. Me siento reconfortada. Mataron a nueves millones de personas, entre judíos, homosexuales, gitanos… Debemos aprender para que jamás vuelva a suceder algo similar. Mover la conciencia. La sociedad civil tiene una fuerza enorme que debemos saber aplicar, porque a veces estamos demasiado parados». Por eso Dory decidió moverse y escribió su historia. Una Historia que es la de la Europa del siglo XX. Demasiado reciente y, en ocasiones, demasiado oculta.
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El presidente Xi Jinping pide al país nipón que aprenda de su pasado bélico
En el 77 aniversario de la guerra entre China y Japón, el mandatario ha declarado que la historia no se debe olvidar, maquillar o distorsionar, sino que hay que extraer lecciones de ella

Han pasado 77 años desde que Japón y China comenzasen su última guerra y el presidente del gigante comunista, Xi Jinping, ha aprovechado para recordar que no se puede negar los hechos. «La historia es la historia y los hechos son los hechos. Nadie puede cambiarlo», ha dicho.
El mandatario ha pronunciado un discurso ante más de mil personas en el museo que, a las afueras de Pekín, recuerda la conocida como Resistencia contra la Agresión Japonesa. El conflicto se inició con la invasión de zonas del norte y este de China en la década de los 30 y aún hoy sigue siendo motivo de reproches.
«Quien intente negar, distorsionar o maquillar la historia no encontrará al pueblo chino o al de otros países», ha advertido Xi Jinping, según informa la agencia de noticias oficial Xinhua. «Es una pena que una pequeña minoría todavía ignore una historia irrefutable y que decenas de millones de personas inocentes sacrificaran sus vidas en la guerra», ha añadido.
En este sentido, el presidente ha llamado a extraer la lección de lo ocurrido hace casi ocho décadas, toda vez que «cualquier invasión por la fuerza está destinada al fracaso». El presidente chino confía en que otros países sigan «la misma senda» que el suyo y apuesten por el «desarrollo pacífico» de las relaciones internacionales.
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09/07/1940 - en la batalla naval de Punta Stilo (Italia), el acorazado británico HMS Warspite ataca al acorazado italiano Giulio Césare; la flota italiana se retira. La Regia Aeronautica ataca los navíos británicos, pero obtiene pocos resultados.
1941 - desde Italia parte el CSIR (Cuerpo de Expedición Italiano) para ayudar a la invasión de los nazis alemanes a la URSS.
1942 - en Ámsterdam (Países Bajos), en el marco del holocausto, la familia de Anna Frank se esconde en un depósito en el ático sobre la oficina del padre.
1943 - en Italia —en el marco de la Segunda Guerra Mundial— las fuerzas aliadas realizan la invasión anfibia de Sicilia (Operación Husky).
1944 - en la batalla de Normandía (Francia) —en el marco de la Segunda Guerra Mundial—, fuerzas británicas y canadienses capturan Caen.
1944 - en Oceanía —en el marco de la Segunda Guerra Mundial— fuerzas estadounidenses toman la isla de Saipán (Marianas del Norte).
fuente: http://www.hoyenlahistoria.com/
 

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10/07/1940 - en Francia se establece el Gobierno de Vichy, favorable a los nazis.
1940 - en el marco de la Segunda Guerra Mundial comienza la Batalla de Inglaterra.
1941 - en Polonia, los nazis masacran a todos los judíos que vivían cerca de la villa de Jedwabne (Jedwabne Pogrom).
1943 - en Italia empieza la campaña aliada llamada operación Husky.
fuente: http://www.hoyenlahistoria.com/
 

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El T-34: más que un icono de la victoria sobre los nazis

11 de julio de 2014 Alexander Korolkov, para RBTH
Para muchas generaciones, el T-34 fue un icono de la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial. Directamente desde el empedrado de la Plaza Roja, desde que 1941 se dirigiese a frenar el avance nazi a las afueras de Moscú, esta legendaria máquina de guerra apenas ha descansado.


El mejor tanque de la historia de Rusia se creó hace 80 años y ha participado en conflictos en lugares tan dispares como Cuba, Angola o Egipto. Fuente: Ria Novosti
Cuando los T-34 soviéticos entraron en Berlín en 1945, se podría haber pensado que los días de lucha casi habían acabado para este tanque. Pero la “nuez”, como lo llamaban sus tripulantes a causa de la forma hexagonal de su torreta, solo había comenzado su odisea por los conflictos armados del planeta.

Durante cinco décadas más, la máquina bélica rugió a través de las arenas de Egipto, la jungla de Cuba, las sabanas de Angola y más allá. Hoy en día aún puede encontrarse en los arsenales de Bosnia y Herzegovina, Vietnam, Guinea, Guinea-Bissau, Yemen, Corea del Norte, la República del Congo, Cuba, Laos, Mali y Namibia. Aunque ha luchado contra los EE UU y sus aliados en Corea y Cuba, los parientes estadounidenses del T-34 son, sin embargo, menos conocidos.

El tanque evolucionó desde el ligero BT soviético (siglas de “bistrojodni tank” o tanque de alta velocidad) de los años 30, que derivaba del Christie M1931. Llegado por primera vez a la Unión Soviética en un prototipo sin torreta, con el nombre de “tractor agrícola”, el Christie y sus posteriores variantes sirvieron como base al diseñador soviético Mijaíl Koshkin.

En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, Koshkin trabajó intensamente en el T-34, combinando una armazón robusta con artillería pesada, a la vez que mantenía su operatividad en carretera y la facilidad de producción y mantenimiento.

El primer lote de tanques tenía que estar listo para ser revisado por Stalin el 17 de marzo de 1940, tras viajar más de 2.000 kilómetros hasta la capital. Koshkin tomó una decisión arriesgada al conducir los tanques por terreno público, ya que la NKVD podría haber considerado que estaba revelando secretos de Estado. Pero los tanques llegaron a la hora prevista y sin ningún incidente reseñable, tras recorrer una ruta secreta a través de bosques nevados, campos y terrenos escarpados. Impresionado por su aspecto, Stalin llamó cariñosamente a estas máquinas “pequeñas golondrinas”, de modo que empezaron su carrera con buen pie.

Sin embargo, el triunfo se vio empañado por la muerte de Koshkin a los 42 años, que contrajo neumonía durante el viaje hasta Moscú y nunca logró recuperarse. El padre adoptivo del tanque fue el ingeniero y diseñador Alexander Morozov: él fue quien finalmente envió los T-34 a combatir y posteriormente los adaptó para superar a los nuevos y cada vez más temibles oponentes alemanes en el campo de batalla.

En diciembre de 1943, el T-34-85 entró en acción con una nueva torreta y un cañón de 85 mm, que lo condujo a la victoria en 1945. Este T-34-85 siguió siendo la espina dorsal de la artillería pesada soviética hasta mediados de los 50 y también sirvió como plataforma de entrenamiento para tropas hasta los 70, sin ser nunca apartado oficialmente del servicio.

El mayor despliegue de tanques después de la Segunda Guerra Mundial se produjo en Corea, cuando se enfrentaron a los antiguos aliados de los EE UU. Como la orografía accidentada de Corea impedía grandes batallas con tanques, solían usarse en pequeños grupos, con resultados a menudo impredecibles.

El primer enfrentamiento entre los T-34-85 y los tanques M24 de EE UU tuvo lugar el 10 de julio de 1950 durante la batalla de Daejeon. Los proyectiles de 75 mm de EE UU se revelaron ineficaces contra el blindaje frontal de los soviéticos y dos tanques estadounidenses fueron puestos fuera de combate rápidamente. La victoria solo se alejó de Corea del Norte cuando la infantería de EE UU utilizó bazokas de 3,5 pulgadas para destruir siete T-34.

Las tornas cambiaron de manera aún más radical con la utilización de los M26 Pershing estadounidenses el 17 de agosto de 1950, cuando sus cañones de 90 mm despacharon rápidamente tres T-34 en el primer encuentro entre tanques.

En igualdad de condiciones técnicas, las tropas de EE UU, mejor entrenadas y preparadas tácticamente, superaron rápidamente a los norcoreanos, quienes a finales de ese año habían perdido unos cien T-34-85 en luchas tanque contra tanque, y casi el doble a manos de la aviación y los bazokas. Por su parte, los tanques norcoreanos solo habían destruido 34 vehículos estadounidenses.

Los T-34-85 habían encontrado la horma de su zapato con el Pershing y el M46 Patton de EE UU, pero aún superaban a los M24 Chaffee, un derivado de los M4A3E8 Sherman con mejor armamento. El tanque soviético volvió al candelero en abril de 1961, durante la derrota de las fuerzas contrarrevolucionarias cubanas en Bahía Cochinos.

Armadas con diez Shermans y veinte carros armados M8, las fuerzas de invasión apoyadas por los EE UU destruyeron un T-34 del Gobierno cubano al salir rápidamente de la playa. Las fuerzas cubanas, bajo el mando personal de Fidel Castro, condujeron una columna de T-34 que dejó fuera de combate a dos Shermans durante el contraataque en el área de desembarco. Pero aparte de estas victorias aisladas, al T-34 cada vez se le notaba más su edad, comparado con las nuevas generaciones de tanques de batalla.

Durante la Guerra de los Seis Días en 1967, Egipto perdió doscientos cincuenta y un T-34-85, casi un tercio de las pérdidas totales de tanques. Irónicamente, el T-34 luchó mano a mano con viejas glorias alemanas de la Segunda Guerra Mundial, como el PzKpfw.IV y el StuG.III, pertenecientes a las fuerzas sirias que participaron en el conflicto. Los tanques israelíes obtuvieron una clara victoria en el frente egipcio, pero, por el contrario, el índice de pérdidas en el frente sirio favoreció a los árabes, que perdieron un total de setenta y tres tanques T-34-85, T-54 y PzKpfw.lV, comparado con los ciento sesenta tanques israelís destruidos. Esta fue la última vez que el T-34 luchó en Oriente Medio.

Pero aún participó en conflictos posteriores como caseta de disparo fija o convertido en cañón auto propulsado. Además, volvió a la acción durante la invasión turca de Chipre en 1974, cuando treinta y dos T-34-85 griegos fueron capaces de detener el avance de doscientos tanques M47/48 Patton turcos. Los griegos perdieron doce unidades, incluyendo cuatro que fueron abandonadas, contra diecinueve Pattons destruidos.


Armas Legendarias


Después, el T-34 luchó en la guerra civil de Angola, en la que unidades cubanas armadas con tanques soviéticos ayudaron a los rebeldes a repeler los ataques de Sudáfrica y Zaire. Por último, la inquebrantable máquina de guerra tomó parte en la guerra de los Balcanes, luchando a la vez en todos los bandos como legado de las fuerzas armadas yugoslavas.

Hoy en día, cuando parece que finalmente el T-34 ha sido confinado a los museos y los libros de historia, sigue sin conformarse con la inactividad: supuestamente, el T-34 volvió a la acción en 2014, cuando combatientes pro rusos en el este de Ucrania consiguieron bajar al menos uno de estos tanques del pedestal donde se exhibía y, tras una rápida puesta a punto, lo llevaron a batalla una vez más.
http://es.rbth.com/cultura/technolo...ono_de_la_victoria_sobre_los_nazis_41691.html
 
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