Buenos días. Me ha tomado varios días digerir la pérdida de un compañero, víctima de un acto de cobardía total. Pero después del luto, toca decir sin rodeos lo que muchos comentan por lo bajo, pero pocos se atreven a sostener fuera de la seguridad de sus redes sociales.
Desde el primer minuto, el cálculo político fue un desastre. Nos vendieron la idea de un enemigo sin defensa aérea ni capacidad de respuesta, y la realidad del frente nos dio una cachetada en cuestión de semanas. Los derribos y las interceptaciones no son casualidad: muestran a un adversario que planifica, ejecuta y sabe lo que hace (con lo poco que tiene). Lo mismo con los misiles. Se cansaron de minimizarlos en los discursos, pero en la práctica estamos viendo una capacidad de saturación y un alcance que no tienen nada de improvisados. No es suerte, es doctrina aplicada.
Y hablemos claro sobre Irán. Muchos esperaban un colapso interno o una caída del gobierno que nunca llegó. Al contrario, se han plantado con operaciones quirúrgicas contra radares y sistemas sensibles. Tener múltiples radares fuera de servicio no es un detalle menor; es un golpe directo a nuestra capacidad de reacción. Aquí la clave es la inteligencia. Esa precisión no cae del cielo. Hay alguien pasando información de calidad, marcando tiempos y señalando vulnerabilidades exactas. Saber cuándo se está recargando un sistema de defensa antiaérea o dónde se mueve cada unidad solo se logra si tienes ojos dentro (Kurdistán).
Mientras tanto, quedan preguntas que nadie quiere contestar: quiénes son los actores externos que mueven los hilos? De dónde vienen realmente los drones? Ese silencio de las potencias que "miran desde afuera" es ensordecedor. En la calle, la economía ya empezó a pasar la factura. El combustible sube, los recursos escasean y la hipocresía internacional queda al desnudo: muchos se llenan la boca con declaraciones humanitarias mientras siguen haciendo negocios por debajo de la mesa (comprando crudo iraní, pagándole a Iran por el paso seguro de los tanqueros).
En el terreno militar, el humo de los discursos se disipa. Las defensas se desgastan y los recursos no son infinitos. El error nunca fue táctico, fue político. Nos vendieron una guerra "fácil" y rápida que nunca existió. La brecha entre el relato oficial y la realidad del barro es, hoy más que nunca, insostenible. Hay un último punto que me preocupa especialmente: cuando la operatividad depende de un permiso externo, dejas de ser dueño de tus tiempos. Si para responder estratégicamente tienes que esperar un visto bueno ajeno, la flexibilidad desaparece. En este nivel de intensidad, pedir permiso es, sencillamente, llegar tarde.