Lima, abril de 2026: una dura leccion sobre cómo no hacerlo
Los hechos son conocidos y están documentados.
La Fuerza Aérea del Perú había estructurado un proceso competitivo con tres finalistas: el Rafale F4 de Dassault, el F-16 Block 70 de Lockheed Martin y el Gripen E/F de Saab. El requerimiento final se fijó en 24 unidades.
Lockheed, tras una oferta inicial de 12 cazas por 3.420 millones de dólares, habría ajustado su propuesta a 24 unidades por 3.500 millones —mientras escribimos esta columna no podemos confirmar esta información, existiendo hasta esta hora solo trascendidos de prensa-.
Entre el 23 y el 27 de marzo, y nuevamente los días 8 y 9 de abril, el Ministerio de Defensa peruano sostuvo reuniones casi exclusivas con ejecutivos de Lockheed Martin.
Saab fue recibida en una sola ocasión, durante menos de una hora, el 26 de marzo. Dassault, derechamente, no fue recibida. Saab envió el 10 de abril una carta al ministro de Defensa peruano reclamando por no haber sido invitada a presentar su oferta final.
El proceso se tramitó bajo modalidad de “secreto militar”, y el propio diario La República reportó, sobre la base de fuentes ministeriales, que había primado un “criterio político” alineado con los intereses estratégicos de Estados Unidos.
Hasta ahí, el cuadro era el de un proceso de adjudicación cuestionable pero que, con matices, se acerca a lo que ocurre en otros mercados. El verdadero episodio bochornoso se desencadenó el viernes 17 de abril. Todo estaba preparado para la ceremonia de suscripción del contrato: el Convenio Marco del Programa de Compensaciones Industriales y Sociales (Offset) y el contrato de adquisición de los F-16C/D Block 70. El acto técnico se fijó para las siete de la tarde y la ceremonia oficial para las cinco, en la Base Aérea Las Palmas, en Santiago de Surco. A Lima había viajado la delegación completa de Lockheed Martin, encabezada nada menos que por
Jim Taiclet, presidente y CEO global de la corporación. Estaba también el embajador de Estados Unidos, Bernie Navarro. Estaba, por supuesto, la cúpula del Ministerio de Defensa y de la FAP.
Y el presidente encargado del Perú, José María Balcázar, en vez de ir a la ceremonia, fue a una radio. En entrevista con Radio Exitosa, Balcázar anunció que suspendía la firma, argumentando que su gobierno era transitorio y que decisiones “de esta magnitud” debían quedar en manos del gobierno entrante en julio de 2026.
Los asistentes a la ceremonia —incluido el CEO global de Lockheed Martin— se enteraron por radio. Por radio. Que el contrato que habían venido a firmar no se firmaría. Es difícil imaginar una escena más gráfica para ilustrar aquello que uno debe llamar derechamente un papelón. Un papelón latinoamericano de la peor calaña, de esas exhibiciones de tonteras que confirman cada uno de los estereotipos contra los cuales esta región lleva décadas intentando negar.
La reacción del embajador Navarro no se hizo esperar, y fue, por donde se la mire,
desproporcionada, amenazante e impropia de la diplomacia de un país serio.
Vía redes sociales, el embajador advirtió: “Si negocian de mala fe con EE.UU. y socavan los intereses estadounidenses, tengan la certeza de que como representante de la Administración Trump utilizaré todas las herramientas disponibles para proteger y promover la prosperidad y la seguridad de nuestro país y la región”.
El tono del mensaje —
de un embajador a un país soberano, cualquiera sean los méritos del presidente de turno— abrió un segundo frente de tensión internacional. Al día siguiente, Balcázar respondió afirmando que evaluaría comunicarse directamente con Donald Trump, porque el embajador estaría “mal informado”. Mientras tanto, el ex primer ministro Ernesto Álvarez deslizaba públicamente la existencia de un “principio de acuerdo firmado secretamente” con Estados Unidos durante la administración anterior, de la cual él mismo formó parte.
Y entonces, hoy mismo —20 de abril, y al momento de redactar estas líneas—, comienzan a circular versiones consistentes, provenientes tanto de cuentas especializadas regionales, como de periodistas peruanos con presencia en redes —entre ellos Stefanie Medina (@una_reportera), cuyo reporte registra ya decenas de miles de visualizaciones—, indicando que
el Perú habría finalmente firmado el contrato con Lockheed Martin, en privado, sin ceremonia de por medio. El trascendido sostiene que a Balcázar se le habría dado plazo hasta el mediodía para firmar, bajo advertencia de que, de no hacerlo, su gabinete renunciaría en bloque.
La escena, si se confirma en los próximos días por medios tradicionales, cierra el arco de una de las peores semanas diplomáticas que se recuerden en la región:
un presidente que desaira a la firma de un contrato por radio, un embajador que responde con amenazas impropias de su investidura, y una suscripción final arrancada bajo presión política interna y externa, literalmente a contrarreloj, en un acto privado cuyas circunstancias exactas aún se están conociendo.
Perú, por contraste, ha protagonizado un proceso que combina
exclusividad procedimental con un oferente, exclusión de facto de sus competidores, manejo bajo secreto militar, reversa presidencial en la hora undécima transmitida por radio, amenazas diplomáticas impropias de la investidura de un embajador, y una presunta firma final obtenida bajo coerción política interna.
El resultado material de todo esto será un F-16 Block 70 más moderno que el de sus vecinos, cierto. Pero el costo reputacional, institucional y diplomático de cómo se llegó a esa firma es de una magnitud que ningún cambio de bloque tecnológico compensa. Un país que gestiona así su mayor adquisición de defensa en décadas envía al mundo una señal clara respecto de la seriedad con que conduce sus asuntos estratégicos. La señal no es favorable y todos tomamos nota.
latrinchera.cl
Parece que no soy el único que ve las cosas exactamente como se describen en los fragmentos de este artículo, que recomiendo a todos los colegas foro, especialmente a los peruanos, que lean en su totalidad.
Saludos cordiales.