Policías secretas.

Reportaje digitalizado de la revista La aventura de la historia, España. Se puede usar este hilo para todas las policías secretas.


STASI
EL TERROR GRIS
Quizá menos violenta y sanguinaria que la GESTAPO o el NKVD, pero seguramente más eficiente la policía política de la república democrática alemana logró entre 1950 y 1989, un control asfixiante de la sociedad. Jesús Hernández desgrana el modus operandi de un organismo que, además de contar con una inmensa red de informadores civiles, tenía en la privación del sueño y el desgaste psicológico sus principales armas.



LA MULTIPREMIADA PELÍCULA La vida de los otros, (Das Leben Anderen) mostró al gran público en 2006 la terrible realidad del siniestro organismo que había mantenido bajo vigilancia a los alemanes orientales a lo largo de casi cuarenta años. Creado en 1950, el Ministerio para la seguridad del Estado (Ministerium für Staatssicherheit), más conocido como Stasi, se convertiría probablemente en la policía política más efectiva de la historia, gracias a su extensa red de informadores civiles.

En el año de su disolución, 1989, la Stasi contaba con 180.000 de estos confidentes, además de 91.000 agentes. No es de extrañar que el número de expedientes generado por ella sea equivalente a todos los archivos producidos en la historia de Alemania desde la Edad Media. Puestos uno al lado del otro, esos expedientes de la Stasi sobre los ciudadanos a los que espiaba ocuparían una estantería de 180 kilómetros.

Un ejemplo, hasta cierto punto cómico, del grado de infiltración al que llegaron los confidentes de la Stasi es una nota en un expediente de principios de 1989, en la que un agente informaba de que en una manifestación de la Iglesia había más infiltrados que opositores, lo que hacía parecer al grupo más fuerte de lo que era.

Mientras que los nazis o los ocupantes soviéticos en los años posteriores a la guerra habían recurrido sistemáticamente a la tortura y al asesinato, la Stasi tuvo que adaptarse a los nuevos tiempos. Ante la presión internacional, el régimen germano-oriental se vio obligado a utilizar medios de represión menos brutales. La Stasi haría de la necesidad virtud, por lo que aparcaría el castigo físico – al menos sobre el papel – y recurriría a la violencia psicológica, alcanzando una enorme efectividad en ese campo.

COMIENZA LA PESADILLA. En contraposición al terror negro de las SS o al terror rojo estalinista, la Stasi instauraría un terror gris, no solo por el color del uniforme de sus agentes, sino por su carácter funcional y burocrático, dirigido a obtener la mayor eficacia en el control orwelliano de la sociedad. Nadie estaba libre de caer en cualquier momento en las garras de la Stasi. La delación estaba omnipresente, por lo que una simple sospecha podía llevar a alguien a situarse en su punto de mira.

La pesadilla podía comenzar al encontrar uno en su buzón una tarjeta en la que se le citaba a una hora determinada en la sede local del Ministerio de Seguridad para “aclarar un asunto”.

Allí se llevaba a cabo un interrogatorio que podía acabar con la detención del sujeto y su envío a una de las prisiones de con que la Stasi contaba en cada uno de los diecisiete distritos de Alemania Oriental.

Las detenciones también podían producirse en el propio domicilio e, incluso en plena calle. Para ello se utilizaba una camioneta que aparentaba ser un inocente vehículo de reparto, ya que se les pintaba el logotipo de una falsa tienda, por ejemplo, una floristería, una panadería o una pescadería. En el interior había cinco celdas diminutas sin ventanillas. Allí permanecían los detenidos esposados y en completa oscuridad.



Para desorientar a los detenidos, la camioneta comenzaba a recorrer kilómetros durante un par de horas, para que estos pensasen que se encontraban ya lejos de su ciudad, cuando en realidad no habían salido de ella. Por ejemplo, en Berlín, después de darse ese rodeo, los detenidos eran conducidos a la prisión de Hohenschönhausen. La camioneta entraba directamente en el garaje potentemente iluminado con decenas de fluorescentes.

El objetivo era que, al emerger de repente de la oscuridad al tiempo que se les daba órdenes a voz en grito, los detenidos quedasen deslumbrados y aturdidos. Ese sería el inicio del calculado desgaste psicológico al que serían cometidos allí.

El detenido era fotografiado y luego era llevado a una sala en la que tenía que desnudarse para ser examinado anotándose meticulosamente sus características físicas. También se le inspeccionaban los orificios corporales. Después se le entregaba ropa interior, una especie de chándal azul oscuro y unas zapatillas.

A lo largo de los pasillos de la prisión había un sistema de “semáforos” para que ningún preso pudiera cruzar su vista con otro. Los guardias solo los sacaban de su celda cuando las luces estaban en verde. Si aun así se producía una coincidencia, uno de los presos era puesto de cara a la pared hasta que el otro acababa de pasar.

Las ventanas de las celdas estaban tapadas con bloques de cristal traslúcido, que dejaban pasar la luz solar pero no permitían ver el exterior. Disponían de una cama de madera, una mesa, una silla, un lavabo y un retrete.



PRIVACIÓN DEL SUEÑO. La Stasi utilizó la privación del sueño como principal herramienta para doblegar la voluntad de los detenidos y obtener una confesión. Los efectos de esa tortura son devastadores; el sujeto queda desorientado, pierde la noción del tiempo y acaba atrapado en un presente interminable. Al final, las horas de vigilia adoptan la lógica de un sueño, en el que se difumina la barrera entre la realidad y la imaginación. En ese punto, el único deseo es poder descansar, y uno está dispuesto a hacer lo que le pidan para poder conseguirlo.

Habitualmente, al detenido se le permitía dormir a partir de las ocho de la tarde, cuando se apagaban las luces de la celda, pero a las diez de la noche era despertado y conducido a la sala de interrogatorios. Allí permanecía sentado en un incómodo taburete, respondiendo las preguntas del agente hasta las cuatro de la madrugada. A esa hora regresaba a la celda para dormir, pero era despertado de nuevo a las seis de la mañana, cuando se encendían las luces. A partir de esa hora no se le permitía dormir; si lo intentaba, el guarda aporreaba la puerta para que se levantase, y si no lo hacía, el guardia entraba y lo zarandeaba para que permaneciese despierto. Esa agotadora rutina se repetía noche tras noche, hasta que el agente consideraba que había extraído información la información que buscaba.

También era habitual que, durante las escasas horas en que el preso se le permitía dormir, se encendiese la luz de la celda cada diez minutos para que el guardián comprobase por la mirilla que el preso dormía boca arriba con las manos sobre la manta, tal como estipulaban las normas. Si el detenido no tenia sus manos a la vista o dormía de lado, el guardia entraba y lo despertaba para que adoptase la posición correcta. Así pues, difícilmente el sueño podía ser reparador. (...)
 
Recuerdo el mito o leyenda de "policía secreta argentina desde 1829". Se referira a la "Mazorca" de Rosas?

De ser así siguió activa tras su derrocamiento? cosa improbable , pero recuerdo ese mito que la policía secreta en Argentina "muto" de los mazorqueros hasta nuestros días (uuuuuu).
 

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