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<blockquote data-quote="Giancarlo_HG." data-source="post: 3805449" data-attributes="member: 3987"><p>Gracias estimado, pero antes de dar una respuesta a tu observación : <em>" ...<strong>que no haya habido cerca aunque algún salame aislado con una AK disparando a los helicópteros..."</strong></em></p><p></p><p>...prefiero entregar un análisis personal más profundo, que podría dar explicación a tu observación.</p><p></p><p>Creo que no basta con mirar los hechos; hay que observarlos para luego comprenderlos.</p><p></p><p>Lo que hemos visto es el resultado final y lógico de complejos procesos políticos, sociales y militares que llevan años gestándose. La guerra —como bien lo formuló Clausewitz— es la continuación de la política por otros medios, y en ocasiones también su punto final.</p><p></p><p>En ese marco, el desempeño de las Fuerzas Armadas venezolanas y la aparente ausencia de resistencia significativa no pueden analizarse únicamente desde el plano técnico o material. El problema de fondo no es el sistema de armas, ni siquiera la doctrina “revolucionaria”, sino algo más profundo, mucho más interiorizado y oculto a la mirada superficial: la ausencia de un ethos militar y social capaz de sostener la voluntad de lucha.</p><p></p><p>Un ejército no existe en el vacío. Es un reflejo de la sociedad que lo produce.</p><p></p><p>Su cultura estratégica, su iniciativa, su cohesión y su disposición al sacrificio no nacen por decreto ni se compran junto con radares, misiles o aviones. Si una sociedad pierde la voluntad de confrontar internamente a su régimen, esa pérdida se traslada inevitablemente a sus instituciones armadas.</p><p></p><p>En el caso venezolano, lo que se observa desde hace años es una externalización progresiva del conflicto: "<em>que nuestro problema lo resuelvan otros, nosotros desistimos de hacerlo</em>". Ante la incapacidad —o la renuncia— de generar una resistencia interna organizada y sostenida, la presión política, social y humana se desplazó hacia el exterior sobrepasando sus fronteras. La violencia necesaria para oponerse al régimen socialista venezolano se trasladó hacia fuera, se proyectó, y desapareció en lo interno. El colapso social e institucional no se resolvió, se exportó a toda la región. Esto no es una acusación moral, es una constatación estructural, son hechos que Colombia, Ecuador, Perú, Chile y los EEUU constatan con dolor a diario.</p><p></p><p>Este fenómeno tiene consecuencias. Parte del costo social de la implosión venezolana fue absorbido por países vecinos que acogieron a millones de personas. En ese proceso, también se trasladaron dinámicas de descomposición, informalidad y criminalidad que son propias de un Estado colapsado, fallido. No se trata de estigmatizar a una nacionalidad ni de negar que existan venezolanos trabajadores y honestos —los hay, y muchos—, sino de reconocer que cuando una sociedad normaliza la huida como única respuesta política, pierde agencia histórica. La energía que no se canaliza contra el poder interno termina manifestándose de otras formas y en otros territorios.</p><p></p><p>Las FAN venezolanas comparten ese mismo sustrato social y cultural. No son una anomalía ajena a la realidad diaria de su nación, son un espejo. Sin identidad estratégica, sin tradición operativa real y sin respaldo social auténtico, se convierten en una colección de sistemas aislados, no en una fuerza cohesionada. Por eso colapsan rápido, por eso carecen de iniciativa, por eso no combaten como anunciaron en todos los medios. El material puede ser ruso, chino, moderno o numeroso; pero sin ethos, no sirve.</p><p></p><p>La comparación con otros casos históricos ayuda a entenderlo. El ejército iraquí era formidable en el papel y fue destruido. En contraste, sociedades que han mantenido una resistencia cultural y demostrado una fortaleza mental —como el Perú frente al terrorismo o frente a liderazgos políticos fallidos— han logrado que ni el terrorismo armado y apoyado por grandes potencias, ni la presión externa de los foros de puebla y san pablo, quiebren su núcleo social. Presidentes caen, gobiernos pasan, pero el Estado y la sociedad resisten. Esa diferencia no es tecnológica, se convierte en cultural y política.</p><p></p><p>Por eso resulta ingenuo sorprenderse ante la ausencia de resistencia efectiva en Venezuela. No se puede esperar que unas fuerzas armadas luchen con una determinación que la propia sociedad abandonó hace años. La sociedad venezolana eligió delegar su problema al exterior —a sanciones, a potencias, a intervenciones— decidieron no luchar, pero el resultado es que el desenlace final deja de estar en manos propias.</p><p></p><p>¿Lo dudan? </p><p>Sres, EEUU ya oficializó que su interés es administrar un estado ajeno ante la inexistencia de capacidad propia creíble, lo que corrobora punto por punto lo que aquí describo.</p><p></p><p>Nada de esto minimiza el impacto ni la sofisticación de la operación militar de los EEUU; al contrario, la realza. Pero el verdadero mensaje no está solo en la demostración de poder, sino en lo que revela sobre el vacío interno. Un régimen puede caer por presión externa, pero una nación solo se reconstruye cuando recupera su voluntad política interna de lucha y resistencia.</p><p></p><p>En definitiva, la diferencia entre un ejército y una acumulación de armas es el ethos. Sin tradición, sin identidad y sin cultura estratégica, no hay fuerza. Y cuando una sociedad pierde ese núcleo, no solo pierde la capacidad de defenderse. Pierde el control de su propio destino.</p><p></p><p>Lo hemos visto en oriente medio, esperemos que no le suceda a Venezuela.</p><p></p><p>No lo creo. EEUU, al parecer, aprendió que no se debe de descabezar toda la cúpula de los regímenes que colapsa.</p><p></p><p>Saludos</p></blockquote><p></p>
[QUOTE="Giancarlo_HG., post: 3805449, member: 3987"] Gracias estimado, pero antes de dar una respuesta a tu observación : [I]" ...[B]que no haya habido cerca aunque algún salame aislado con una AK disparando a los helicópteros..."[/B][/I] ...prefiero entregar un análisis personal más profundo, que podría dar explicación a tu observación. Creo que no basta con mirar los hechos; hay que observarlos para luego comprenderlos. Lo que hemos visto es el resultado final y lógico de complejos procesos políticos, sociales y militares que llevan años gestándose. La guerra —como bien lo formuló Clausewitz— es la continuación de la política por otros medios, y en ocasiones también su punto final. En ese marco, el desempeño de las Fuerzas Armadas venezolanas y la aparente ausencia de resistencia significativa no pueden analizarse únicamente desde el plano técnico o material. El problema de fondo no es el sistema de armas, ni siquiera la doctrina “revolucionaria”, sino algo más profundo, mucho más interiorizado y oculto a la mirada superficial: la ausencia de un ethos militar y social capaz de sostener la voluntad de lucha. Un ejército no existe en el vacío. Es un reflejo de la sociedad que lo produce. Su cultura estratégica, su iniciativa, su cohesión y su disposición al sacrificio no nacen por decreto ni se compran junto con radares, misiles o aviones. Si una sociedad pierde la voluntad de confrontar internamente a su régimen, esa pérdida se traslada inevitablemente a sus instituciones armadas. En el caso venezolano, lo que se observa desde hace años es una externalización progresiva del conflicto: "[I]que nuestro problema lo resuelvan otros, nosotros desistimos de hacerlo[/I]". Ante la incapacidad —o la renuncia— de generar una resistencia interna organizada y sostenida, la presión política, social y humana se desplazó hacia el exterior sobrepasando sus fronteras. La violencia necesaria para oponerse al régimen socialista venezolano se trasladó hacia fuera, se proyectó, y desapareció en lo interno. El colapso social e institucional no se resolvió, se exportó a toda la región. Esto no es una acusación moral, es una constatación estructural, son hechos que Colombia, Ecuador, Perú, Chile y los EEUU constatan con dolor a diario. Este fenómeno tiene consecuencias. Parte del costo social de la implosión venezolana fue absorbido por países vecinos que acogieron a millones de personas. En ese proceso, también se trasladaron dinámicas de descomposición, informalidad y criminalidad que son propias de un Estado colapsado, fallido. No se trata de estigmatizar a una nacionalidad ni de negar que existan venezolanos trabajadores y honestos —los hay, y muchos—, sino de reconocer que cuando una sociedad normaliza la huida como única respuesta política, pierde agencia histórica. La energía que no se canaliza contra el poder interno termina manifestándose de otras formas y en otros territorios. Las FAN venezolanas comparten ese mismo sustrato social y cultural. No son una anomalía ajena a la realidad diaria de su nación, son un espejo. Sin identidad estratégica, sin tradición operativa real y sin respaldo social auténtico, se convierten en una colección de sistemas aislados, no en una fuerza cohesionada. Por eso colapsan rápido, por eso carecen de iniciativa, por eso no combaten como anunciaron en todos los medios. El material puede ser ruso, chino, moderno o numeroso; pero sin ethos, no sirve. La comparación con otros casos históricos ayuda a entenderlo. El ejército iraquí era formidable en el papel y fue destruido. En contraste, sociedades que han mantenido una resistencia cultural y demostrado una fortaleza mental —como el Perú frente al terrorismo o frente a liderazgos políticos fallidos— han logrado que ni el terrorismo armado y apoyado por grandes potencias, ni la presión externa de los foros de puebla y san pablo, quiebren su núcleo social. Presidentes caen, gobiernos pasan, pero el Estado y la sociedad resisten. Esa diferencia no es tecnológica, se convierte en cultural y política. Por eso resulta ingenuo sorprenderse ante la ausencia de resistencia efectiva en Venezuela. No se puede esperar que unas fuerzas armadas luchen con una determinación que la propia sociedad abandonó hace años. La sociedad venezolana eligió delegar su problema al exterior —a sanciones, a potencias, a intervenciones— decidieron no luchar, pero el resultado es que el desenlace final deja de estar en manos propias. ¿Lo dudan? Sres, EEUU ya oficializó que su interés es administrar un estado ajeno ante la inexistencia de capacidad propia creíble, lo que corrobora punto por punto lo que aquí describo. Nada de esto minimiza el impacto ni la sofisticación de la operación militar de los EEUU; al contrario, la realza. Pero el verdadero mensaje no está solo en la demostración de poder, sino en lo que revela sobre el vacío interno. Un régimen puede caer por presión externa, pero una nación solo se reconstruye cuando recupera su voluntad política interna de lucha y resistencia. En definitiva, la diferencia entre un ejército y una acumulación de armas es el ethos. Sin tradición, sin identidad y sin cultura estratégica, no hay fuerza. Y cuando una sociedad pierde ese núcleo, no solo pierde la capacidad de defenderse. Pierde el control de su propio destino. Lo hemos visto en oriente medio, esperemos que no le suceda a Venezuela. No lo creo. EEUU, al parecer, aprendió que no se debe de descabezar toda la cúpula de los regímenes que colapsa. Saludos [/QUOTE]
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Verificación
Guerra desarrollada entre Argentina y el Reino Unido en 1982
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