La artilleria naval en tiempos de Nelson

Amigos de Zona Militar les dejo un informe que prepare exclusivamente para todos ustedes sobre la artillería naval en la época en que los velámenes y los “castillos” de madera dominaban los mares.

Antes de continuar haré algunas aclaraciones, primero todos los créditos del trabajo pertenecen a las fuentes mencionadas, mi tarea meramente consistió en copiarlas, redactarlas de los libros que poseo, recopilarlas y darle un esqueleto; segundo es que a pesar de que colateralmente se tocan otros temas, trate de centrarme únicamente en la cuestión de la artillería; tercero y ultimo, notaran que algunas cifras y números no coinciden de forma exacta, esto se debe a la variedad de la información empleada.

Sin mas que decir, espero que les guste.


Introducción

Al iniciarse el siglo XVI, la artillería naval contaba menos de 200 años; de hecho, a través de los primeros relatos fidedignos sabemos que los cañones fueron montados a bordo de buques, por vez primera, en el año 1336. eran cañones rudimentarios, fundidos en bronce por expertos artesanos que utilizaban la misma técnicas de fusión de campanas para las iglesias, o bien se fundían en hierro a modo de un rustico tubo rodeado exteriormente por anillos de refuerzo, también de hierro, por otra parte, ninguno de estos cañones podía considerarse preciso en el tiro, y las bocas de fuego servían para disparar a corta distancia y barrer a los hombres de cubierta, mas que para provocar graves daños en los buques enemigos.
La primera revolución tecnológica de la artillería naval tuvo aspectos económicos, motivada por la adopción de un nuevo tipo de buque de guerra, el galeón, capaz de llevar en dos puentes, así como en el castillo de proa y de popa, un gran número de cañones. Durante el siglo XVI aumento tanto la demanda de artillería, que no hubiera sido posible afrontarlo de manera tradicional; así pues, se introdujo un nuevo tipo de cañón, fundido en hierro gris y de fabricación relativamente económica. En la segunda mitad del siglo XVIII, la mayor parte de los cañones navales eran de fundición y se producían por miles de unidades.
Además de su consecución a bajo coste, los cañones de hierro colado del siglo XVI tenían la ventaja de ser un producto que seguía un sistema similar a un proceso industrial, introduciendo así un aspecto de estandarización. A medida que los procesos de fabricación se desarrollaban y se comprendían mejor, resultaba más fácil prever las características, y se obtuvo una mayor precisión en las piezas fundidas. El simultáneo perfeccionamiento de una pólvora de disparo más fiable y de proyectiles mejor calibrados, vino a completar la parte tecnológica del proceso, abriendo el camino a los combates navales de precisión a gran distancia.


Distribución del armamento

Los mayores buques de guerra del siglo XVI llevaban a bordo una amplia variedad de cañones de los mas diversos tipos, lo cual permite plantearse si existía algún criterio en el plan de armamento, o bien si se limitaban a cargar aquello que había disponible en el momento de su puesto en servicio. El buque ingles Mary Rose, hundido en 1545, y del que se han recuperado muchos pesados cañones a partir de 1836, durante las primeras inmersiones de los hermanos Deane, llevaban seis tipos diferentes de cañones de latón y ocho tipo mas de cañones de hierro fundido. Ciertamente debían ser enormes los problemas logísticos, como, por ejemplo, proporcionar los proyectiles adecuados para los cañones (había de tres clases de proyectiles –hierro fundido, piedra y plomo- así como artillería de diversos calibres).
A comienzos del siglo XVII, se inicio una estandarización del armamento en todas las marinas, por lo menos para cada puente del buque. Por motivos de estabilidad, los cañones más pesados y de mayor calibre iban montados en el puente de baterías inferior, mientras que los más ligeros iban en el puente superior. Por otra parte, tuvo que esperarse a que comenzara el siglo XIX para alcanzar cierta uniformidad en los armamentos navales. Hasta entonces, cada comandante alegaba la necesidad de disponer de la máxima diversificación en su armamento, con objeto de poder enfrentarse al enemigo en cualquier hipotética situación.
Al llegar a 1790 se generalizo la distinción a los barcos según la cantidad de cañones que portaran, por ejemplo en la Armada Real Británica, en tiempos de Carlos I, encontramos seis clases de barcos:

Primera clase: 110-112 cañones; 841 hombres (incluidos oficiales, marineros, pajes y sirvientes).
Segunda clase: 90-98 cañones; 743 hombres.
Tercera clase: 64, 74 y 80 cañones; 494, alrededor de 620 y 724 hombres respectivamente.
Cuarta clase: 50 cañones; 345 hombres (esta clase incluía también a los navíos de 60 cañones, aunque en 1793 no había ninguno en servicio activo)
Quinta clase: 32, 36, 38 y 44 cañones; entre 217 y 297 hombres.
Sexta clase: 20, 24 y 28 cañones; 138, 158 y 198 hombres.

Los rangos de los navíos franceses como podemos observar a continuación no variaban demasiado, la clasificación francesa desde el siglo XVIII era la siguiente:

1 rango: 120 a 73 cañones (de 562 a 1120 hombres en los buques mas armados)
2 rango: 72 a 60 cañones
3 rango: 60 a 50 cañones
4 rango: 50 a 30 cañones
5 rango: 30 a 24 cañones

Solo los dos primeros rangos eran considerados navíos de línea. De allí para abajo eran embarcaciones menores: fragatas, corbetas y bergantines


La fila de cañones a bordo del Victory muestra la estandarización que se introdujo a principios del siglo XIX.

Hasta mediados del siglo XVII, los combates navales eran evidentemente individuales: cada buque maniobraba para colocarse en situación favorable respecto al adversario, y luego disparaba bordadas a corta distancia con sus cañones. En las viradas, entraban en acción los cañones situados a proa y popa, para lanzar otra bordada una vez concluida la maniobra, con objeto de desarbolar la unidad enemiga. Por consiguiente, era muy raro que se ganara una batalla con ayuda de la artillería pesada, siendo las escuadras de abordaje las encargadas de concluir la acción.
La forma de los buques ya comenzó a variar durante la guerra entre Inglaterra y los Países Bajos (1651) a causa del Acta de navegación redactada por los ingleses, según la cual se atacaban los fletes de los buques holandeses, que era la fuente de riqueza de los Países Bajos. En dicha guerra, la parte central de los buques, entre el alcázar y el castillo de proa, se “llenaba” para formar una cubierta continua. De este modo se agrupaban en formación y ya no luchaban como unidades independientes.
Se establecía la costumbre de entrar los cañones a bordo para cargarlos, y los armamentos de las piezas eran más numerosos, con objeto de asegurar una mayor rapidez en la maniobra.
Los materiales también fueron perfeccionados. La pólvora “de serpentina” suelta (de funcionamiento imprevisto) fue sustituida por la pólvora “en grano”, con una amplia gama de granulometrías, la cual era previamente pesada e introducida en cartuchos estándar de tela gruesa, cartón o tejido. La bala esférica de hierro fundido ya hacia tiempo que había sustituido a los proyectiles de piedra, mas ligeros y caros, y otros tipos mas perfeccionados de municiones –como por ejemplo los proyectiles de balas encadenadas y los de barreta, idóneos para abatir palos y jarcias –ya eran de uso común, a pesar de que hubo de pasar mas tiempo antes de que fueran empleados a gran escala los proyectiles de balas múltiples y los de metralla, ambos destinados a los hombres.


Cañones, cañones y más cañones

Al final del siglo XII, los nombres medievales que designaban las piezas de artillería (cañón y medio cañón, cañón real, espingarda, culebrina, media culebrina, octavo de culebrina, sacre, mosquete, falcón, falconete y ribadoquín) habían desaparecido y caído en desuso, dado que la denominación de cada cañón venia determinada por el peso de proyectil cargado: por ejemplo, 24 libras, 32 libras y 42 libras (recordemos que una libra equivale aproximadamente a 375 gramos). Los morteros, cortos y bastos, con anima cónica y diseñados para disparar proyectiles macizos y granadas con trayectorias curvas, ya formaban parte del armamento naval, así como los cañones de corto alcance, con calibre estándar y un tubo muy corto. Estos últimos, conocidos por los británicos como “cortados”, eran los predecesores de las carronadas.






La fabricación del cañón

Para fabricar un cañón de hierro fundido, el fundidor empezaba por preparar un modelo de tamaño natural, con arcilla, sobre un armazón de cuerda, con un núcleo o macho de madera, para formar el ánima del cañón. Utilizando el modelo como base, se preparaban los modelos de arcilla de cada sección; una vez unidas las secciones con la culata hacia abajo y el núcleo de madera que servia de ánima, se vertía el metal fundido hasta llenar el molde. Después de enfriarse se rompía el molde y se acababa el cañón con herramientas manuales para, a continuación, rectificar el ánima, lijando bien la superficie. Entonces, se comprobaba la boca de fuego, cargándola con una cantidad de pólvora muy superior a la normal. Una vez efectuado el disparo, se examinaba atentamente a fin de descubrir eventuales fisuras o defectos de la fundición.
Dado que después de cada fusión el molde debía romperse para abrirlo, resultaba imposible producir armas de medidas y prestaciones uniformes. La primera mejora eficaz en la técnica de producción tuvo lugar en el año 1715, cuando un fundidor suizo. Johan Martiz, perfecciono la técnica de rectificar el ánima, manteniendo fijo el útil de corte y haciendo girar el cañón alrededor de su eje. Así se obtuvo una mayor uniformidad en las dimensiones, peso y precisión. La introducción del carbón de coque en la fundición mejoro considerablemente la calidad del hierro fundido gris. Elevando uniformemente el estándar de las armas.


La carronada

La carronada apareció en 1778, gracias al trabajo de la Carron Iron Founding and Shipping Company ubicada en Falkirk, Escocia, en cuya fundición, se fabrico la primera unidad de esta clase (el nombre deriva de la localidad escocesa de Carron). Pronto se difundió debido a su facilidad de empleo en el puente de baterías. Pesaba poco no solo a causa de su cañón más corto, sino también debido al grueso de sus paredes, posible gracias a la menor carga de lanzamiento requerida. Eran cañones muy poderosos pero de corta distancia y diferentes calibres. Los mas poderosos; que solo llevaban los barcos mas grandes, disparaban balas de 30 kilos; el Victory poseía dos de estos cañones. Al disparar balas mas pesadas con una carga reducida, lo que hacia que el proyectil viajara mas lento, las carronadas perforaban agujeros mas grandes en los costados del barco, esparciendo muchísimas mas astillas por todas las cubiertas enemigas. A corta distancia, estas balas eran devastadoras –se las apodaban “demoledoras”- y eran una ventaja táctica evidente que poseían los buques británicos en comparación con sus contrapartes franco españoles.
En poco tiempo, la carronada se fabrico para todos los calibres e incluso se utilizo como armamento principal. Por otra parte, dado su corto alcance constituía un punto desfavorable. Finalmente se consiguió un compromiso con la “cañonada”, cuyo mejor modelo fue diseñado por William Congreve. Los primeros cañones de Congreve eran de 24 libras, pero se sostiene que este calibre era demasiado ligero para cañones largos y, por tanto, en el siglo XIX, el de 32 libras se convirtió en la pieza estándar para las baterías de la Marina británica.


La carronada. Esta fea jorobada y pequeña pieza de artillería (la de 24 libras tan solo tenia una yarda de largo) no contaba como parte de los portes oficiales de un barco, pero a corta distancia era capaz de organizar una autentica carnicería. Ocupaba muy poco espacio, y necesitaba de menos hombres para su manejo. En este modelo en particular la carronada retrocedía por una superficie levemente inclinada, de modo que perdía fuerza en su retroceso.


Todo un arte

En el pañol, el suboficial artillero y sus ayudantes llenaban y apilaban los cartuchos de pólvora, trabajando con cautela y utilizando zapatillas de fieltro para reducir el riesgo de que la electricidad estática provocara una explosión. El piso de los pañoles por lo general estaba recubierto con fieltro o una especie de frisa gruesa y velluda llamada fearnought. Los barcos más grandes tenían un pañol donde se llenaban los cartuchos con pólvora, y pañoles subsidiarios donde se podían guardar los cartuchos ya llenos y listos para usar. El número de pañoles dependía del tamaño del barco. Por lo general se construían por debajo de la línea de flotación, y ligeramente por debajo del nivel de la cubierta, de modo que solo hubiese que bajar unos pocos escalones hasta la puerta del pañol. Esto permitía inundarlos con agua de tanques especialmente construidos para casos de emergencia, una precaución para evitar que un incendio en alguna otra parte del barco se esparciera hasta allí. Si el fuego llegaba adentro. Los pañoles estaban casi enteramente recubiertos con lona o fieltros de unos dos centímetros y medio que podían ser embebidos en agua para que las chispas no provocasen un incendio, y en la entrada colgaban borlas de lana que al rozar a todo el que ingresaba descargaban la electricidad estática. Tales precauciones se habían desarrollado a través de años de prueba y error, ya que los científicos de la época aun no poseían una compresión cabal de la electricidad. Cuando se preparaba el barco para la acción también se colocaba una pantalla de frazadas mojadas fuera de la entrada para impedir que entraran las chispas, y a menudo esta tenia un agujero por el cual podían pasarse los cartuchos para luego ser llevados hasta los cañones.
El suboficial artillero y sus ayudantes tenían que vaciar sus bolsillos de cualquier objeto de acero o metal que pudiese provocar una chispa antes de ingresar en el pañol de pertrechos, donde los instrumentos para manipular y medir la pólvora eran de madera, plomo o bronce. Tras haber sido sellados y aislados lo más posible del resto del barco, los pañoles eran lugares calurosos, sofocantes y oscuros. No podía encenderse ninguna lámpara en su interior, y eran iluminados mediante aparadores o piezas de luz. Se colocaban faroles dentro de estos aparadores y la luz iluminaba el depósito a través de unas ventanas de vidrios gruesos, evitando así el riesgo de una explosión. Las paredes estaban pintadas de blanco para potenciar el efecto de la poca iluminación disponible, pero incluso así la luz era muy tenue y apenas lograba disipar la oscuridad. Aproximadamente a partir de 1780, la mayor parte de las paredes de las cubiertas inferiores comenzaron a pintarse de blanco, anteriormente, por lo general, se pintaban de rojo.
Los cartuchos se hacían llenando bolsas de franela con la cantidad adecuada de pólvora. Originalmente, se habían utilizado bolsas de papel para este propósito, pero se había descubierto que la parte inferior del papel no ardía al dispararse el cañón, de modo que los sucesivos disparos iban formando un colchón de papel en el caño que era difícil de quitar, y que terminaba por obstruir el oído del cañón. Este orificio en la parte posterior del cañón pasaba a través del caño hasta el cartucho y se llenaba con un delgado hilo de pólvora que actuaba como detonador para disparar el arma; cualquier papel que bloqueara el orifico impedía que el cañón hiciera fuego.
El peso de un cartucho dependía del tamaño del cañón en que se utilizaba, así como la distancia del blanco y la calidad de la pólvora. Un calculo aproximado era de un cuarto a un tercio del peso del proyectil para una distancia máxima, de modo que un cartucho para un cañón que disparaba una bala de 11 kilos contenía entre 3 y 4 kilos de pólvora, y una pieza de artillería de 15 kilos requería entre 4 y 5 kilos de pólvora. Para distancias mas cortas, se reducía la cantidad de pólvora, de modo que en una batalla librada a corta distancia, un cartucho para un cañón de 11 kilos podía utilizar menos de 2,5 kilos de pólvora. Cada cañón era mantenido con una provisión constante de cartuchos por un acarreador de pólvora. Esta era una tarea no especializada que solo requería vigor y resistencia para poder manipular los pesados cartuchos. Los miembros especializados de las dotaciones de artilleros eran marineros, pero podían asignárseles infantes para aumentar el número de las mismas. El papel de acarreado de pólvora era atribuido al miembro menos experimentado de la dotación de artilleros (con frecuencia un infante), y también a muchachos y mujeres. Los acarreadores de pólvora llevaban los cartuchos en pesados y voluminosos contenedores tubulares de madera, metal o a veces cuero, con tapas muy ajustadas que no dejaban entrar las chispas y reducían el riesgo de explosión. Estos contenedores podían tener 51 centímetros de alto y cargaban uno o más cartuchos, dependiendo del tamaño de la carga. La manera en que estaban organizados los acarreadores de pólvora parece haber variado de un barco al otro, pero en los buques mas grandes, un acarreador por cada artillero, corriendo con un único cartucho desde el pañol hasta el cañón y de allí de vuelta hasta el pañol para traer una nueva carga, habría generado una gran confusión y provocado posiblemente una congestión afuera de los pañoles. Es probable por lo tanto que los acarreadores de pólvora trabajaran en equipos, pasando los cartuchos de mano en mano. Esas cadenas de aprovisionamiento habría podido ser fácilmente fragmentadas por el fuego enemigo, ya que una interrupción en la cadena, con dos o tres acarreadores muertos o heridos, podía detener a varios cañones a la vez. En barcos más pequeños, con menos cañones y distancias más cortas que cubrir, es posible que cada cañón hubiese tenido su propio acarreador de pólvora yendo y viniendo del pañol.


Un arma letal

Además de la pólvora de disparo y las municiones, la artillería necesitaba diversos instrumentos para hacer funcionar sus cañones. Las cargas y proyectiles eran empujados a sus posiciones, desde la boca de entrada hasta el oído del cañón, por medio de un atacador de madera, generalmente unos 30 cm. más largo que el ánima del cañón y provisto de marcas indicativas de la profundidad que debía alcanzar en función de cargas de diferentes pesos. El proyectil era seguido por un tampón de estopa, que lo apretaba bien contra la carga. Un alambre metálico de capsula era introducido con fuerza en el conducto de fuego para limpiarlo y perforar el cartucho de la pólvora. A continuación se vertía pólvora de grano fino en el orifico, que se detonaba tocando la parte superior del mismo con una mecha de lenta combustión denominada fósforo. La pólvora del oído ardía hasta el cartucho y disparaba el cañón. Un artillero experimentado podía juzgar con exactitud el tiempo necesario para realizar esta operación, el tiempo que tardaba el fósforo en encender la pólvora dentro del oído del cañón solía variar. En un barco agitado por el vaivén de las olas, una fracción de segundo de diferencia entre el juicio de un artillero y el tiempo real que le llevaba al cañón abrir fuego con frecuencia significaba errar al blanco por completo.
A finales del siglo XVIII, los tubos de capsula y los mecanismos de disparo por percusión habían sustituido la pólvora de encendido y la mecha.
Después del disparo, el cañón volvía a limpiarse con un elemento adecuado, llamado lanada, para eliminar cualquier residuo que hubiera quedado. El sacabalas (un palo de baqueta trenzada con doble espiral) y una cuchara de mango largo se utilizaban para sacar el cartucho si cesaba el combate durante la carga del cañón.
Ente otros utensilios, hay que citar las palancas accionadas a mano para apuntar el cañón. Las pilas para las mechas, la caja de cartuchos, el fanal de combate y los cubos preparados para caso de incendio. Cuando no se disparaba, la boca del cañón se cubría con un tapón de madera revestido de sebo, o “tapón de volada”.


Chispa o fósforo una sutil diferencia

Al momento de la batalla de Trafalgar, los barcos británicos tenían una ventaja técnica sobre los franceses y españoles por el hecho de que muchos de sus cañones eran disparados mediante una llave de chispa en vez de una de fósforo. Las llaves de chispa golpeaban un pedernal contra un pedazo de acero y lanzaban una lluvia de chispas sobre una pequeña bandeja de pólvora frente al oído del cañón. No eran tan confiables como el fósforo, porque a veces las chispas no lograban encender la pólvora, y por lo tanto siempre se tenia preparado un fósforo prendido en caso de que eso ocurriera, pero por lo general, cuando las llaves de chispas funcionaban, eran mas constantes en el ritmo de disparo, de modo que un artillero experimentado podía calcular su objetivo con mayor precisión.


Esas redondas bolas asesinas

Según parámetros modernos de ingeniería, los caños de las piezas de artillería no estaban hechos con total precisión, pero había incluso muchos mas problemas con las balas, por mas perfectamente esférica que esta hubiese sido moldeada en el momento de su fabricación, después de haber estado guardada en la bodega de un barco, de haberse oxidado y de haber sido limpiada del oxido a golpes con un martillo, no siempre encajaba con precisión en los cañones. Si entraba holgadamente significaba que habría una perdida de precisión y potencia, pero a la vez se ponía mucho cuidado en que la bala no quedase atascada, porque haría explotar el caño. Parta evitar que esto sucediese, se media cada una de las balas con un aro de la misma medida que el orifico de entrada del arma que seria empleadas. Una bala de 8 kilos media aproximadamente 13 centímetros, una de 10 kilos alrededor de 15 centímetros y una bala de de 14 kilos cerca de los 16 centímetros
Además de las balas de cañón de hierro sólido, se usaban distintos tipos de balas especiales para dañar los aparejos. Contra grupos de gente, tales como posibles abordadores, se utilizaban balas racimo o metrallas (un conjunto de balas de hierro dentro de una bolsa de lona) y latas de metralla (una lata llena de balas de mosquete), ya que los contenedores se desintegraban al ser disparados, provocando que las balas se dispersaran; las balas racimo y las latas de metralla transformaban de hecho a los cañones en ametralladoras gigantes. Debajo de las cubiertas, el ruido atronador de los disparos que estallaban estruendosamente al abrirse camino por los costados del barco, mas los reiterados impactos que hacían temblar la estructura misma de la nave, bastaban para provocar el terror en cualquiera que tuviese unos segundos de ocio como para observar lo que estaba ocurriendo alrededor. Sobre las cubiertas superiores, abiertas al aire libre, se experimentaba un tipo distinto de horror. Las balas que salían disparadas de los cañones no viajaban a gran velocidad; si el ojo lograba avistarlas, su recorrido a través del aire era lo bastante lento como para lograr que fuera visible. Hacían un silbido y una especie de chillido muy peculiar, mientras que las balas de mosquete producían un ruido apagado que a veces era descrito como el sonido que ale la lona al rasgarse.


A las cubiertas!!

En las oscuras cubiertas de baterías los preparativos para la batalla implicaban la apertura de las tapas de todas las troneras, por lo que entonces resplandecían inundadas por la luz que entraba del exterior. Se cargaban los cañones y se los colocaba en posición de tiro, se llenaban con municiones los cajones para balas, y se colocaban baldes de fuego ya listos para usar. Se mojaban las cubiertas y se esparcía arena para brindar a la dotación de artilleros un mejor agarre al piso cuando la superficie se volviese resbaladiza por la sangre. Se colocaba un farol al lado de cada uno de los cañones para que dieran algo de luz una vez que se iniciara la contienda y las cubiertas se llenaran de humo negro de los disparos. Al lado de los mástiles se ponían contenedores de agua fresca para que los hombres bebieran y se quitaran el gusto a pólvora de sus gargantas resecas.

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No te cruces en mi camino

Las naves, sin importar su nacionalidad, en general tenían formas muy similares, era fácil en medio de la niebla de la batalla confundir a un buque amigo con un enemigo, se utilizaron desde banderas hasta colores particulares, pero siempre con incierto resultado; por ejemplo, la mayoría de los barcos británicos en tiempos de Nelson llevaban un “escaqueado” especial : el casco tenia una franja amarilla al la altura de cada una de las troneras y las tapas de estas estaban pintadas de negro de modo que al cerrarse, la pintura formaba un diseño a cuadros.


A sangre y fuego

Desde el punto de vista de los artilleros, una vez disparado el cañón, tenían que apresurarse para volver a hacer fuego, pero las descargas enemigas podían interrumpir estos preparativos de muchas maneras. Los miembros de la dotación de artilleros podían ser muertos o quedar fuera de combate por la acción de balas, astillas o fragmentos de proyectiles; podía interrumpirse la cadena de aprovisionamiento de pólvora, ser dañado o desmontado el cañón (sacado de un golpe el caño de la cureña de madera), y podían romperse los instrumentos de madera utilizados para operar la pieza. Si los artilleros conseguían un ritmo suficientemente rápido de fuego, podían de hecho impedir que los artilleros enemigos completaran el ciclo de cargado y disparo, o incluso expulsarlos de sus cañones y logar así que el barco enemigo dejara de responder al ataque.
En todas las cubiertas de baterías de aquellos barcos que se encontraban en medio del conflicto, los marineros luchaban bajo un sofocante olor a pólvora, sangre, sudor y piel desgarrada y carbonizada. Por todas partes el hedor penetrante, repulsivo y contagioso del vomito añadía amargor a los vahos, lo que a su vez volvía difícil para los hombres contener las arcadas. A pesar de haberse quitado las camisas antes de iniciar la batalla, el calor de los cañones en el restringido espacio era intolerable. Muchos hombres estaban ennegrecidos por el humo y cubiertos de polvo, surcados por los ríos de sudor que bajaban a mares por el rostro y el torso. En las hacinadas cubiertas de baterías, el estruendo de la batalla se sentía tanto como se oía: una sensación enloquecedora de presión en el cráneo, que se sumaba la impresión de aturdimiento inducida por el fragor ensordecedor y la reducida visibilidad.
Mover los cañones se volvía cada vez más difícil, a medida que los hombres iban perdiendo el equilibrio en la superficie resbaladiza. Aunque se había esparcido arena sobre las cubiertas para reducir lo mas posible la posibilidad de resbalar o deslizarse mientras se tiraba de los cañones para ponerlos en posición, y muchos hombres trabajaban descalzos para tener mejor agarre, llegaba un punto en que la arena no daba abasto para la cantidad de sangre, y la cubierta quedaba resbaladiza por los jirones de carne deshecha. A medida que iban bajándose las victimas, cada uno tenia que trabajar más para compensar la cantidad cada vez menor de hombres de cada grupo de artilleros, y luego de la batalla muchos de los sobrevivientes padecerían de hernias por las que mas tarde debieron recibir tratamiento. La velocidad de los disparos inevitablemente disminuía, pero a distancias cortas la exactitud no era tanto un problema. Los extenuados artilleros se esforzaban en cambio por mantener un ritmo constante.
Una vez que el cañón disparaba, el retroceso lo lanzaba hacia atrás de la tronera contra la soga del braguero, que pasaba por detrás del arma y a través de aros de metal fijados a cada lado de la tronera. Cuando las piezas de artillería se recalentaban por los continuos disparos, el retroceso era mas violento, levantando la cureña del cañón del piso de la cubierta, a veces tan alto que el arma golpeaba los maderos de la cubierta de arriba. Semejantes retrocesos tan potentes volvían a los cañones un peligro para los mismos artilleros que los manejaban, y el estruendo de los cartuchos que caían hacia atrás sobre la cubierta se sumaba a la catarata ensordecedora de ruidos. Si los cabos de los bragueros eran demasiado débiles, o habían comenzado a pudrirse, se rompían bajo la potencia de semejantes culatazos, y el cañón que salía volando libre hacia atrás provocaba graves daños en quienquiera encontrara en su camino.


El buque britanico Belleisle completamente desarbolado por los disparos enemigos durante la batalla de Trafalgar, flota a merced de las olas, impotente y sin rumbo, en las margenes de la zona de conflicto.

El fuego de la artillería era devastador, porque las balas de cañón atravesaban cuantas personas se interpusiesen en su camino. Cuando una bala golpeaba cualquier cosa hecha de madera, las astillas que despedía eran tan mortales como las balas de mosquete; cuando se reducía la cantidad de pólvora con la intención de hacer que el proyectil atravesara solo un costado del barco, esta podía rebotar en el espacio cerrado de la cubierta provocando el mayor daño posible. Cualquiera que hubiese sido golpeado por una bala de cañón rara vez sobrevivía, aunque había casos en que la bala solo rozaba a alguien al pasar; en esa contingencia la bala estaba tan caliente que con frecuencia provocaba que las ropas se incendiaran e invariablemente dejaba a esa persona con quemaduras graves. Ocasionalmente el shock provocado por la onda de presión que generaba una bala al pasar podía matar instantáneamente a una persona, sin dejar ninguna marca en su cuerpo.


El Brunswick (centro) combatiendo contra el Le Vengeur y el Achille, en la batalla anglo-francesa del 1 de julio de 1794. En aquella época, la marina británica había introducido la carronada para la lucha a corta distancia.

Los breves pero feroces conflictos del principio de la batalla generalmente se transformaban en pruebas de resistencia, la clave de la victoria reposaba en la práctica, la pericia y el adiestramiento de los marinos intervinientes.



Bibliografía

-Navíos y veleros, Historia, modelos y técnicas
Volumen 1 fascículo 6
La artillería en la época de las “bordadas”
Editorial Planeta de Agostini
-Roy Adkins, Trafalgar. Biografía de una batalla
Editorial Planeta
-Patrick O'Brian, Hombres de mar y guerra. “La armada en tiempos de Nelson”
Editorial Edhasa (Tierra Incógnita)
-Trafalgar, antesala de Waterloo, colección grandes batallas de la Historia,
Editorial Planeta

Algunos sitios Web:

http://www.histarmar.com.ar/InfHistorica/ArtilleriaMarinaSXVIII.htm
http://www.armada15001900.net/



Saludos
 
Excelente artículo Shadow. Muy completo.
Ya que has incurcionado en este tema, has leido algo acerca de como se disparaban los cañones que iban en crujía?? como el que llevaba nuestra Sarandí?? nunca pude encontrar nada al respecto.
Otra vez felicitaciones por el artículo.
 
chalupa supongo que con crujia te referis al espacio de popa a proa en medio de la cubierta del buque (algo en el informe hay); sobre la Sarandi, no se mucho, al menos en el libro "Corsarios Argentinos" de Miguel Angel De Marco, no recuerdo, si es que mi memoria no me falla, que nombre nada especifico a lo que preguntas.

Igualmente ahora por mp te mando algo


Saludos
 
No no no no no, muy, muy, pero muy bueno... además sólo lo hizo por nosotros... muchas gracias. Sin palabras, muy interesante el tema, completísimo y muy bueno sobre todo para los que no sabemos mucho sobre el tema... nos diste una lección de historia naval.
 

g lock

Colaborador
Shadow, sos un ídolo!!!
Que tremebundo informe te mandaste!!
Excelente recopilación, tiene un 10...
Un abrazo
 
Algunas balas utilizadas


 
Excelente trabajo.

Consulta. ¿Como funcionaban las balas de cañon que explotaban? ¿Y a partir de que año se introdujeron?
 

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