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<blockquote data-quote="Leonardo S.A." data-source="post: 3823710" data-attributes="member: 30831"><p><img src="https://www.defensa.com/adjuntos/5(497).jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /></p><p></p><p><em>Tanque Argentino Mediano, TAM 2C6.</em></p><p></p><h2><strong>Argentina: La caída de los dioses</strong></h2><p>El caso argentino no es simplemente una historia de auge y caída militar: es el ejemplo más inaudito de un Estado latinoamericano que, durante un breve pero decisivo período, comprendió que el poder militar era una herramienta legítima de orden regional. Argentina construyó un poderoso aparato militar real, no simbólico, guiado por una visión estratégica coherente y por una ambición estatal que asumía —sin complejos— que la influencia se ejerce o se pierde. A partir de la década de 1950, Buenos Aires identificó a Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile no como socios inevitables, sino como molestas variables geopolíticas que podían limitar su proyección natural en el Cono Sur.</p><p></p><p>Esa lectura no era ideológica ni emocional: era estructural. Para Buenos Aires, el control del Atlántico Sur, el acceso al Pasaje de Drake, la proyección antártica y la supremacía sobre los corredores bioceánicos exigían una superioridad militar que trascendiera lo visible. Más allá de lo disuasorio. Esa tenía que ser una fuerza capaz de proyectar un poderío militar aplastante. Para alcanzarla, el Estado argentino inició un masivo proceso de modernización castrense sin precedentes en América Latina. La escala de la inversión pública, la planificación estratégica de largo plazo y una obsesión sistemática por la autosuficiencia en tecnología militar colocaron a la Argentina —durante décadas— muy por encima de cualquier competidor regional. No existía paridad. Existía asimetría. El país operaba en una categoría distinta, a nivel europeo y, en muchos casos, muy superior, con una fuerza militar diseñada no para la defensa pasiva, sino para la disuasión activa y la imposición de la fuerza mediante capacidades estratégicas.</p><p></p><p>Argentina fue el primer país de la región en operar hasta dos portaaviones, con la aviación naval de ataque más numerosa y moderna de habla hispana en el mundo, con pilotos altamente entrenados y una capacidad de proyección de fuerza sin comparación en la región. Simultáneamente desplegó una fuerza de submarinos de ataque altamente capacitados, una flota de superficie dominante en el Atlántico Sur y un ejército de tierra numeroso, profesional y extraordinariamente bien equipado. No era una fuerza simbólica ni defensiva: era una herramienta de poder pensada para disuadir, proyectar y, llegado el caso, imponer. ¿El objetivo de esta fuerza naval? Dominar el mar para permitir la maniobra terrestre a través de gigantescas formaciones blindadas.</p><p></p><p>Durante su edad dorada, el país fabricó aviones de combate de última generación, desarrolló artillería pesada propia y produjo una inmensa flota de tanques medianos modernos, apoyándose parcialmente en la cooperación tecnológica con Alemania Occidental. Más importante aún: diseñó un sistema de reclutamiento que priorizaba a oficiales y suboficiales provenientes de la clase media ilustrada, egresados de buenos colegios y universidades. A diferencia de la mayoría de las fuerzas armadas latinoamericanas —con la excepción parcial de Chile y Brasil—, Argentina apostó por el capital humano como multiplicador estratégico. El resultado fue una institución con mística profesional, densidad intelectual y confianza absoluta en su propia superioridad. Mucha confianza en su superioridad. Demasiada confianza.</p><p></p><p>Pero todo poder prolongado genera distorsiones internas. En el corazón de ese aparato militar se incubó un germen peligroso: el exceso de soberbia. Una autopercepción de invulnerabilidad que, con el tiempo, se transformó en arrogancia doctrinaria. Y cuando una fuerza alcanza un nivel de superioridad regional tal, surge una presión inevitable: la necesidad de probarse frente a un enemigo real. Para el “pensamiento estratégico” Argentino de finales de los años setenta, ese enemigo fue Chile. Tenía que ser Chile.</p><p></p><p>Bajo el pretexto de consolidar su reivindicación territorial en la Antártida —una que está en conflicto, porque está superpuesta a la reclamación chilena—, en 1978 Argentina preparó una invasión a gran escala. Sobre el papel, el plan era perfecto porque descansaba en la poderosa columna vertebral del ejército… sus fuerzas blindadas y acorazadas. No infantería ni paracaidistas. Los puños de acero eran grandes formaciones de tanques TAM (230), AMX-13 (80), SK-105 Kurassier (112) y casi 400 tanques Sherman repotenciados con poderosos cañones de 105 y 75mm, que avanzarían a través de distintos pasos cordilleranos con el objetivo de fragmentar Chile en tres.</p><p></p><p>(...)</p><p></p><p>Pero la historia siempre nos recuerda que todo funciona a partir de ciclos. Sólo en los últimos meses, y bajo la presidencia de Javier Milei, comienza a vislumbrarse un intento de reconstrucción del poder militar nacional. Con inversiones iniciales relevantes, el país avanza en la incorporación de seis cazas F-16 y en la modernización limitada de una docena de tanques TAM 2C. Es un gesto. Una señal. Pero aún simbólica frente a las necesidades monumentales de una nación que ocupa casi la mitad del territorio sudamericano y que, por su geografía y proyección, requiere fuerzas blindadas numerosas, modernas y sostenidas por un aparato logístico de escala industrial.</p><p></p><p></p><p>[URL unfurl="true"]https://www.defensa.com/america-latina/necesario-regreso-carro-combate-america-latina-vuelta-rey-tanque[/URL]</p><p></p><p></p><p>Saludos cordiales.</p></blockquote><p></p>
[QUOTE="Leonardo S.A., post: 3823710, member: 30831"] [IMG]https://www.defensa.com/adjuntos/5(497).jpg[/IMG] [I]Tanque Argentino Mediano, TAM 2C6.[/I] [HEADING=1][B]Argentina: La caída de los dioses[/B][/HEADING] El caso argentino no es simplemente una historia de auge y caída militar: es el ejemplo más inaudito de un Estado latinoamericano que, durante un breve pero decisivo período, comprendió que el poder militar era una herramienta legítima de orden regional. Argentina construyó un poderoso aparato militar real, no simbólico, guiado por una visión estratégica coherente y por una ambición estatal que asumía —sin complejos— que la influencia se ejerce o se pierde. A partir de la década de 1950, Buenos Aires identificó a Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile no como socios inevitables, sino como molestas variables geopolíticas que podían limitar su proyección natural en el Cono Sur. Esa lectura no era ideológica ni emocional: era estructural. Para Buenos Aires, el control del Atlántico Sur, el acceso al Pasaje de Drake, la proyección antártica y la supremacía sobre los corredores bioceánicos exigían una superioridad militar que trascendiera lo visible. Más allá de lo disuasorio. Esa tenía que ser una fuerza capaz de proyectar un poderío militar aplastante. Para alcanzarla, el Estado argentino inició un masivo proceso de modernización castrense sin precedentes en América Latina. La escala de la inversión pública, la planificación estratégica de largo plazo y una obsesión sistemática por la autosuficiencia en tecnología militar colocaron a la Argentina —durante décadas— muy por encima de cualquier competidor regional. No existía paridad. Existía asimetría. El país operaba en una categoría distinta, a nivel europeo y, en muchos casos, muy superior, con una fuerza militar diseñada no para la defensa pasiva, sino para la disuasión activa y la imposición de la fuerza mediante capacidades estratégicas. Argentina fue el primer país de la región en operar hasta dos portaaviones, con la aviación naval de ataque más numerosa y moderna de habla hispana en el mundo, con pilotos altamente entrenados y una capacidad de proyección de fuerza sin comparación en la región. Simultáneamente desplegó una fuerza de submarinos de ataque altamente capacitados, una flota de superficie dominante en el Atlántico Sur y un ejército de tierra numeroso, profesional y extraordinariamente bien equipado. No era una fuerza simbólica ni defensiva: era una herramienta de poder pensada para disuadir, proyectar y, llegado el caso, imponer. ¿El objetivo de esta fuerza naval? Dominar el mar para permitir la maniobra terrestre a través de gigantescas formaciones blindadas. Durante su edad dorada, el país fabricó aviones de combate de última generación, desarrolló artillería pesada propia y produjo una inmensa flota de tanques medianos modernos, apoyándose parcialmente en la cooperación tecnológica con Alemania Occidental. Más importante aún: diseñó un sistema de reclutamiento que priorizaba a oficiales y suboficiales provenientes de la clase media ilustrada, egresados de buenos colegios y universidades. A diferencia de la mayoría de las fuerzas armadas latinoamericanas —con la excepción parcial de Chile y Brasil—, Argentina apostó por el capital humano como multiplicador estratégico. El resultado fue una institución con mística profesional, densidad intelectual y confianza absoluta en su propia superioridad. Mucha confianza en su superioridad. Demasiada confianza. Pero todo poder prolongado genera distorsiones internas. En el corazón de ese aparato militar se incubó un germen peligroso: el exceso de soberbia. Una autopercepción de invulnerabilidad que, con el tiempo, se transformó en arrogancia doctrinaria. Y cuando una fuerza alcanza un nivel de superioridad regional tal, surge una presión inevitable: la necesidad de probarse frente a un enemigo real. Para el “pensamiento estratégico” Argentino de finales de los años setenta, ese enemigo fue Chile. Tenía que ser Chile. Bajo el pretexto de consolidar su reivindicación territorial en la Antártida —una que está en conflicto, porque está superpuesta a la reclamación chilena—, en 1978 Argentina preparó una invasión a gran escala. Sobre el papel, el plan era perfecto porque descansaba en la poderosa columna vertebral del ejército… sus fuerzas blindadas y acorazadas. No infantería ni paracaidistas. Los puños de acero eran grandes formaciones de tanques TAM (230), AMX-13 (80), SK-105 Kurassier (112) y casi 400 tanques Sherman repotenciados con poderosos cañones de 105 y 75mm, que avanzarían a través de distintos pasos cordilleranos con el objetivo de fragmentar Chile en tres. (...) Pero la historia siempre nos recuerda que todo funciona a partir de ciclos. Sólo en los últimos meses, y bajo la presidencia de Javier Milei, comienza a vislumbrarse un intento de reconstrucción del poder militar nacional. Con inversiones iniciales relevantes, el país avanza en la incorporación de seis cazas F-16 y en la modernización limitada de una docena de tanques TAM 2C. Es un gesto. Una señal. Pero aún simbólica frente a las necesidades monumentales de una nación que ocupa casi la mitad del territorio sudamericano y que, por su geografía y proyección, requiere fuerzas blindadas numerosas, modernas y sostenidas por un aparato logístico de escala industrial. [URL unfurl="true"]https://www.defensa.com/america-latina/necesario-regreso-carro-combate-america-latina-vuelta-rey-tanque[/URL] Saludos cordiales. [/QUOTE]
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Verificación
Guerra desarrollada entre Argentina y el Reino Unido en 1982
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