El combate en la antiguedad

http://amodelcastillo.blogspot.com.ar/2016/01/heridas-de-guerra-ensanamiento-y-remate.html


Heridas de guerra: ensañamiento y remate I




Escena de una batalla de Hans Holbein el Joven que muestra de forma bastante realista la furia desplegada
por los combatientes



Uno de los referentes más conocidos es la Biblia
Maciejowski, que nos enseña con toda su crudeza los
efectos de las armas de la época

Que en las guerras medievales no se andaban con tonterías es algo de todos sabido, así como el amplio despliegue de ferocidad inusitada que tenía lugar cuando dos grupos más o menos numerosos de ciudadanos con diferentes opiniones se reunían para debatir sobre ellas. Colijo que en esos intensos debates tenía lugar una explosiva mezcla de testiculina mezclada a partes iguales con miedo, ira y odio, lo que daba lugar a un pertinaz deseo de convertir al enemigo en una pulpa sanguinolenta. A lo largo de las entradas dedicadas a las heridas de guerra hemos ido estudiando los efectos producidos por determinadas armas gracias a las osamentas que han llegado a nuestros días y que nos han mostrado la tremebunda eficacia con que nuestros ancestros se escabechaban gallardamente en el campo del honor. Desafortunadamente, dichas osamentas siempre han procedido de hallazgos de fosas comunes foráneas ya que aquí, en la España que durante siglos ha sido testigo de todo tipo de matanzas, nadie parece haberse molestado en buscar los restos de los que combatieron tan sañudamente. Así pues, no nos que quedado más remedio que recurrir a los difuntos de Towton, Visby, Upsala, Dornach o algún que otro probo ciudadano suelto que ha aparecido despistado en alguna tumba sin nombre. No obstante, eso no nos supone ningún inconveniente ya que un hachazo tenía los mismos efectos en Zamora que en las afueras de Varsovia y, salvo cuando se trata de armas muy concretas, las osamentas halladas valen para todo. Son osamentas polivalentes, como es obvio.



Conocido cráneo procedente de la
fosa común de Towton que tuvo
que ser reconstruido por completo.
Al perder el soporte de la carne por
la putrefacción quedó hecho pedazos
a causa de sus diez heridas.

Sin embargo, el motivo de esta entrada no estará encaminado en concreto a los efectos producidos por el armamento medieval, sino más bien a la forma en que se usaba en determinadas circunstancias. Porque si algo he podido constatar a lo largo de las muchas horas dedicadas al estudio de estos escabrosos pero interesantes temas es que era cosa habitual no dar por muerto a nadie hasta que estaba 100% muerto. O sea, que las osamentas que se han ido rescatando mostraban por norma un elevado número de heridas más o menos graves, lo que es un testimonio palmario de que si alguien era abatido no se levantaba más. Dicho de otro modo: si uno era herido y no aguantaba en pie sin dejar de combatir, los enemigos se abalanzarían contra él y lo despedazarían casi literalmente. ¿Qué motivaba este ensañamiento? Como es evidente, la mezcla explosiva que mencionamos más arriba, que inducía a desfogar toda la furia, el odio y el miedo acumulados contra todo aquel que quedase a merced de sus adversarios. En resumen: no había piedad, y si alguien era herido y salía vivo del brete era porque había podido aguantar el dolor estoicamente y no le habían abandonado las fuerzas.



Si nos paramos a dejar de lado los
tópicos habituales, vemos que
muchas tropas combatían sin
ningún tipo de protección corporal
como, por ejemplo, los lansquenetes

Por otro lado, me llama la atención el elevado número de heridas producidas en la cabeza que, en teoría al menos, siempre ha sido la parte del cuerpo más protegida aún en los peones más misérrimos. Sin embargo, es habitual ver en esa zona una acumulación tremenda de lesiones, lo que nos indica que los enemigos tenían clarísimo que era allí donde había que golpear para finiquitar al caído. Desconocemos como es lógico las muertes causadas por heridas producidas en las zonas blandas del cuerpo que, obviamente, serían muchísimas, pero no deja de ser llamativo que, por ejemplo, los restos hallados en Towton mostrasen un 33% de heridas en los huesos del tronco y las extremidades mientras que el 96% de los mismos mostraban heridas en el cráneo, o que las cabezas halladas en Gornach tuvieran una media de cuatro heridas, sobrepasando la decena en algunos casos. Por todo ello debemos de dejar de lado la creencia sistemática de que todos los combatientes acudían a la llamada de las armas equipados con buenos yelmos ya que, de hecho, incluso podemos comprobar en multitud de representaciones gráficas de la época que esto no era así. Un ejemplo lo tenemos a la derecha, donde vemos a un lansquenete portando solo su armamento ofensivo. Sin embargo, su cuerpo está completamente expuesto a las armas del enemigo. Bastaría un puntazo en un muslo para perforar la femoral y aliñar al tedesco en menos de dos minutos.



Detalle del folio 219 de la Crónica de Lucerna que muestra
la batalla de Murten (1480). Como vemos, los cadáveres han
sido bastante maltratados

Y dentro de este elevado porcentaje de heridas en la cabeza podemos además observar otro detalle, y es que hay multitud de casos en que aparecen más de una que serían mortales de necesidad y, además, de efectos fulminantes. O sea, que no se conformaban con asestar un golpe definitivo sino que añadían alguno más de propina, por si acaso. En definitiva, no se buscaba dejar fuera de combate al enemigo sino más bien machacarlo literalmente. Además, veremos como hay determinadas heridas que se repiten a la hora de ver sus efectos, lo que sería un indicio de algún tipo de pauta o norma a la hora de rematar a los caídos para que sigan caídos para siempre jamás. En fin, vale ya de tanto introito y vayamos al grano.



Ahí tenemos el primer ejemplo. Se trata de un probo ciudadano de entre 40 y 60 añitos de nada que presenta una enorme brecha en la zona inferior del parietal izquierdo, producida posiblemente por el pico trasero de una alabarda. En rojo vemos algunas de las 11 heridas restantes que se observaron en el mismo, unas en scalp y otra en forma de hendiduras producidas ambas por espadas. Las heridas en scalp, para los que las desconozcan, son heridas en las que el arma saca literalmente una loncha de cuero cabelludo y a veces, como en este caso, una lasca de hueso. Todo esto podemos traducirlo de la siguiente forma: el sujeto recibió una herida en alguna parte del cuerpo que le hizo caer. Posiblemente, las de la cabeza también pero, una vez caído o desfallecido, alguien lo remató con el golpe final que lo dejó en el sitio. En todo caso, lo significativo es que recibió la friolera de DOCE heridas en la cabeza- cuatro de ellas infligidas por detrás-, y puede que alguna más en el cuerpo. Eso es ensañamiento alevoso, carajo.


Este otro ejemplo presenta tres heridas, todas mortales, en un sujeto de edad similar al anterior. Sin embargo, el que causó la primera de ellas no debió darse por satisfecho y le propinó otras dos igual de contundentes. Por sus dimensiones cabe suponer que usó una alabarda que, empuñada con ambas manos, era como golpear como un hacha. Dos de las heridas están en el lado derecho de la cabeza, y la otra en el opuesto. Como vemos, son asaz expeditivas y dos de ellas sobraban ya que cualquiera de ellas no solo es mortal de necesidad, sino absolutamente fulminante.


Otro ejemplo más, en este caso de un difunto de unos 40 años. que, además del boquete que salta a la vista, recibió otras cinco heridas más, tres de las cuales están marcadas en rojo en la foto de la izquierda. Pero este difunto, tras caer al suelo en posición de decúbito supino, o sea, boca arriba, recibió otra más que, según apreciamos en la imagen de la derecha, marcada en rojo, le cercenó media cabeza. Cabe preguntarse para qué le asestaron este golpe bestial si cuando cayó debía tener media sesera fuera de la cabeza.



Y otros cuatro más para que no se diga. El cráneo A perteneció a un hombre muy joven, de entre 15 y 20 años. La línea de puntos muestra el ángulo del tremendo corte que le infligió una alabarda enemiga. Previamente había recibido dos más, una de ellas el arco superciliar derecho. En B1 tenemos una vista trasera de la cabeza de un hombre también joven, de entre 20 y 30 años, que recibió cinco heridas, dos de ellas fatales. La que vemos en este caso correspondería a un tajo de espada o alabarda cuando el sujeto estaba tumbado o con la cabeza inclinada hacia abajo, mientras que la que vemos en B2 procede a todas luces de la pica de una alabarda, clavada en el cogote cuando el fulano estaba tumbado y, casi con seguridad, muerto. La herida que vemos en C es una más de las cinco que recibió. Una podemos verla un poco más atrás, mientras que la otra fue un bestial tajo que le cercenó literalmente la jeta desde la órbita derecha hasta el cuello. La que vemos en la parte superior podría haber sido causada por el pico trasero de una alabarda clavado hasta la hoja. De ahí que el orificio tenga forma romboidal con largas aberturas en ambos extremos. Sin embargo, y a pesar de ser mortal y fulminante, cuando cayó al suelo aún le cortaron la cabeza por la mitad. Este tipo de heridas aparece con bastante profusión en los restos de la batalla de Dornach (1499). De hecho, es similar a la que vemos en D1 marcada con una línea, y debió ser la que aliñó definitivamente a ese sujeto de edad mediana que recibió un total de once heridas en la cabeza, parte de las cuales podemos ver además del puntazo propinado por el pico de un martillo de guerra. En D2 tenemos el mismo cráneo visto desde arriba con las señales de cortes marcadas en rojo


Por otro lado, llama la atención la cantidad de heridas recibidas por detrás, lo que indicaría dos opciones: una, que el sujeto estaba tumbado boca abajo, agonizante o muerto. Y dos, que fue atacado por la espalda en plena vorágine, donde se recibían golpes desde cualquier sitio. Un ejemplo sería la que vemos a la izquierda, en forma de corte limpio producido por una espada. Ese tajo debió alcanzar seguramente las cervicales- vemos que el ángulo de corte es hacia abajo-, y con ello una muerte instantánea. Esa herida fue la definitiva de las cuatro que recibió en total en la cabeza.


Fragmento de una miniatura del segundo volumen del
Chronicon Helvetiæ en la que vemos a un alabardero
caído a punto de ser rematado con un tajo de espada en
la cabeza.

Estos ejemplos nos han mostrado lo comentado en el introito inicial, y es que nadie se libraba de ser masacrado aunque cayera con la cabeza literalmente reventada a golpes. Naturalmente, a estas heridas habría que añadir las producidas en el tronco, de las que no ha quedado rastro pero que también se producirían con profusión, más las amputaciones de miembros que acabarían con la vida del personal en escasos minutos debido a las hemorragias producidas. Queda patente pues que había un especial ensañamiento hacia los heridos, que quedaban a merced de sus enemigos sin posibilidad de recibir un mínimo de misericordia hacia ellos. Es de todos sabido que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto y, al parecer, estos ciudadanos lo tenían tan claro que no dejaban lugar a dudas en ese aspecto.


Bueno, mañana seguiremos, que es hora del yantar y eso es sagrado.

Hale, he dicho

POST SCRIPTVM: como las osamentas mostradas estaban bastante averiadas las he completado con la parte que les falta para que el lector pueda hacerse una idea clara de lo que está viendo.

Continuación de la entrada pinchando aquí

 
Heridas de guerra: ensañamiento y remate II



Detalle de la batalla de Dornach (1499) que muestra como las tropas suizas persiguen y rematan a los heridos


Escena de una batalla de "Der Weisskunig". El que caía en ese marasmo
no se volvía a levantar.

Bueno, tras limpiar concienzudamente la pantalla y el teclado de los restos de vísceras y cerebros de la entrada anterior, proseguiremos dando un somero repaso a las escabechinas con que nuestros belicosos ancestros dirimían sus diferentes puntos de vista. En la entrada de hoy estudiaremos los restos que indican como eran rematados los caídos en combate, así como un detalle que merece la pena reparar en él, y no es otro que la rápida acumulación de heridas perimortem. Me explico: cuando alguien recibe una herida de cierta gravedad cae y es rematado, lo que implicarían dos heridas, tres a lo sumo. Sin embargo, ya hemos visto que se producían incluso más de una decena, y eso que no han quedado rastro de las recibidas en las partes blandas del cuerpo, lo que supondría que un caído podría acumular quince, veinte o más golpes antes de ser definitivamente dado de baja. ¿Cómo era posible ensañarse de esa forma con alguien? Solo encuentro una explicación, y no es otra que se juntaban varios para masacrar a uno solo. Esto desterraría la errónea creencia por parte de muchos de que en las batallas se enfrentaban los adversarios por parejas, como vemos en las películas, y que lo cierto es que el combate era una vorágine de muerte y mala leche en donde todos luchaban contra todos, y si uno veía que un camarada acababa de abrir la cabeza a un enemigo aprovechaba y le endilgaba un tajo con su espada mientras que otro compañero le clavaba la pica de su alabarda en la ingle y otro más descargaba su maza contra el cráneo. Resultado, cuatro heridas tremendas antes de que al occiso le diese tiempo siquiera a declararse muerto. Veamos un ejemplo...



El cráneo que aparece en la parte inferior de la ilustración recibió seis heridas, pero tres de ellas son las verdaderamente significativas: en primer lugar tenemos una hendidura cuadrangular en el parietal izquierdo, producido con seguridad con el pico de un martillo de guerra. Esa herida ya era mortal de por sí. Luego tenemos un tajo de espada que le cercenó el occipital y que, al igual que la anterior, era mortal y de efectos fulminantes porque alcanzaría el bulbo raquídeo. Pero aún hubo tiempo de asestar un tercer golpe fatal que vemos a la derecha: un tajo propinado con una alabarda le "afeitó" literalmente la cara, segándosela desde la órbita izquierda hacia abajo y arrancando el arco cigomático, el maxilar superior izquierdo, la apófisis frontal del mismo lado y, en definitiva, media jeta. El corte empieza en la línea de puntos, y terminaría en el cuello. Pero la cuestión es que, por los ángulos de estos tres golpes, podríamos dar por sentado que los recibió antes de caer en una sucesión muy rápida, siendo el de la alabarda el último por razones obvias. En definitiva, a este desdichado lo aliñaron en un periquete sin haber tenido la más mínima oportunidad.


También vemos bastantes casos que muestran una herida más o menos grave y otra absolutamente definitiva, como es el caso de la derecha. Según podemos observar, el cráneo presenta una hendidura de 6 cm. de largo por 5 mm. de ancho en el parietal izquierdo que, por su ángulo, fue producida por detrás. El arma fue una alabarda o un arma similar ya que la hendidura no muestra un corte limpio, propio de armas afiladas, sino todo lo contrario. Los 6 cm. de largo demuestran que fue un golpe asestado con el pico de la misma, no con la hoja. Cuando el hombre cayó boca abajo, prácticamente muerto antes de tocar el suelo, su enemigo lo remató con otro golpe, esta vez con la hoja de su arma, que le cercenó el occipital hasta más allá del foramen magnum, o sea, le cortó la cabeza por la mitad.


A la izquierda vemos otro caso similar: una hendidura de 73 mm. de largo por 7 de ancho prácticamente idéntica a la que hemos visto en el párrafo anterior. Sin embargo, en este caso el remate se efectuó con la pica de la alabarda, introduciéndola por la parte trasera del cuello, bajo la base del cráneo, y empujando hacia arriba. Es el boquete que aparece a la derecha del foramen magnum. Como vemos, se repite la misma pauta: herida muy grave o mortal y remate en el instante en que el herido cae al suelo o en los momentos inmediatamente posteriores a la conclusión de la batalla. No obstante, me inclino a pensar que el remate debía ser inmediato ya que alguien con un pico de alabarda metido en el cráneo no vivía el tiempo suficiente para que un enemigo pensara que le quedaba un hálito de vida tras el combate.


Y buena prueba de que se aseguraban el deceso del caído es el ejemplo de la derecha, que muestra un tremendo tajo de espada que se llevó literalmente la tapa de los sesos. Luego, un golpe postrero de alabarda le hizo el mismo "afeitado" que vimos anteriormente y que le arrancó media cara como si tal cosa. Y digo arrancó y no cortó porque las alabardas no presentaban filo, o al menos no un filo similar al de una espada. Estas armas hendían como consecuencia de su propia masa y la energía cinética que le imprimía el que la empuñaba, por lo que el destrozo era aún mayor. Es como la cornada de un toro, producida con un asta totalmente roma pero que penetra como si fuera un cuchillo en mantequilla a causa de la enorme fuerza que le imprime el animal.


En cualquier caso, lo que sí es evidente es que a los caídos los remataban sin más contemplaciones. En una época en que los heridos propios eran un incordio no se iban a parar a cuidar a los ajenos, así que los pasaportaban sin más historias de forma rápida y expeditiva para, aparte de dejar de escucharlos berrear, poder expoliar sus cadáveres antes de que otro colega se apoderada de sus pertenencias, costumbre esta habitual sin reparar en categorías sociales. Al enemigo muerto se le dejaba en cueros, y sus armas, vestimenta y demás cosas aprovechables cambiaban de mano rápidamente. El muerto al hoyo y el vivo al bollo, era lo que había.Y, como vemos en la ilustración superior, este ciudadano solo presentaba una herida en la cabeza, y no es otra que una similar a la anterior producida con la pica de una alabarda. Es un tipo de herida bastante recurrente, propia además de gente que conocía su oficio y sabían donde había que hincar el hierro para producir una muerte instantánea sin tener ni idea de anatomía. Pero clavando en ese sitio en dirección hacia el centro de la cabeza se alcanza el cerebelo, situado justo debajo del cerebro, y adiós muy buenas en el tiempo que dura un pestañeo.


Esta muestra un remate similar a pesar de que, previamente, le reventaron todo el lado izquierdo de la cabeza (la hendidura que vemos el occipital es consecuencia del golpe principal, o sea, una grieta producida por la presión). Sin embargo, también presenta una hendidura junto al foramen magnum, si bien en este caso es muy pequeña y con forma cuadrangular. El arma que la produjo no podía ser otra que un martillo de Lucerna, un arma muy usada por los suizos y provista, como vemos en la imagen, de una larga y fina pica de sección romboidal o cuadrangular. Y, también como en los ejemplos anteriores, la hendidura muestra que el ángulo del golpe fue en dirección al cerebelo. En definitiva, perdieron el tiempo rematando a este desgraciado porque el boquete que tenía era complicado de curar.



Escena de la batalla de Calven (1499). En primer
término vemos como un peón remata a un caballero
caído asestándole un hachazo en la cabeza

En fin, dilectos lectores, las guerras siempre han sido unos eventos sumamente desagradables, y participar en una batalla no tenía nada que ver con los tópicos que la mayoría suele tener presente: caballerosidad, gallardía, etc. No, nada de eso. En las batallas medievales, como se ha dado cumplida cuenta en las entradas dedicadas a estas cuestiones tan sanguinarias, no se respetaba a nadie, y solo los más diestros, los más fuertes y los más listillos eran los que salían vivos del brete. También los que chaqueteaban y se largaban del campo del honor antes de empezar la fiesta, pero esos mejor no volvían a casa porque, de hacerlo así, los prebostes se encargarían de hacerle saber que eso de poner tierra de por medio y dejar en la estacada a los compañeros estaba muy feo y, sin más prolegómenos, lo colgaban de un árbol por malsín, cobarde, traidor y bellaco. Pero lo que sí creo que ha quedado claro es que el ensañamiento y el remate eran las pautas habituales por aquello de que no hay mejor enemigo que el enemigo muerto, y el que era exterminado no volvería a presentar batalla con toda certeza.


Bueno, hora de irme a sobar, que mañana es solo martes.

Hale, he dicho


Rematando heridos que, en este caso, no son simples peones sino caballeros. A pesar de ello, los enemigos, aún siendo
de su mismo rango, no dudan en finiquitarlos sin ningún tipo de miramientos, como hizo Enrique V en Azincourt
 

Armisael

Moderador Borgeano
Miembro del Staff
Moderador
MUCHOS errores . . . .por empezar, que los Lansquenettes no llevaban protección.

Llevaban un casquete bajo el gorro, babera, coraza y/o brigantina, coderas y rodilleras. Como los piqueros españoles y los Guardias Suizos.

Cubrían el equipo con sus vestimentas.

Por otro lado, TODOS llevaban protección de cabeza. Los cráneos que muestra son 100% de remates.

Los del norte de Europa e Inglaterra, predominantemente con destrucción facial y de la nuca (mazazos), y los del centro y sur, heridas cortopunzantes en la zona ocular o parietal (rejones y dagas).

Les sacaban los cascos . . . ¡y a comerla!
 
Sobre guerra medieval me gustó mucho este libro "A Hierro Y Fuego: Las Atrocidades De La Guerra En La Edad Media", de Sean Mcglynn. Esa es la edición en castellano. Desmistifica mucho, al menos para mí, de lo que se suponía era la guerra medieval.

 

Armisael

Moderador Borgeano
Miembro del Staff
Moderador
5% de muertos en combate, 95% de prisioneros asesinados . . . .

Es solo cuestión de leer los relatos de la época de las batallas.
 

Armisael

Moderador Borgeano
Miembro del Staff
Moderador
Salvo en las guerras civiles, como la "De las Rosas", donde la cantidad de prisioneros asesinados llegó a límites aberrantes (hasta 20.000 por batalla, incluso peor que el asesinato a mansalva que perpetró Enrique V con los prisioneros de Agincourt -15/20 mil-)

Una vez vi un documental de la BBC bastante pedorro, en el que "notaban" que la totalidad de los cadáveres inhumados tenían heridas pot armas contundentes en la cabeza (y mostraban un cráneo sin nuca) . . . la conclusión "no llevaban cascos" . . . .y los ingleses eran soldados profesionales . . . .

La verdad: los ingleses eran famosos por asesinar a heridos y prisioneros a mazazos (arma de arqueros), con un golpe en la nuca.

La película "El Mensajero" lo muestra muy bien en la toma de "La Tourelle" en Orléans, y también "Enrique V" de K. Brannagh.
 

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