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Difunden cartas de Hemingway donde admite haber matado prisioneros en la II Guerra Mu
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<blockquote data-quote="Brunner" data-source="post: 122245" data-attributes="member: 70"><p><strong>El gran genio de Hemingway y su mezquina contrafigura-Toda obra de arte puede contener algo de parodia, dice Magris</strong></p><p><strong> </strong></p><p>MILAN.- En su disfrutable libro Citarsi addosso , Woody Allen parodia a grandes escritores y filósofos y a sus enredados exégetas: en el capítulo dedicado a Hemingway, el escritor camina poniendo un pie delante del otro y, definiendo pomposamente ese movimiento como "pasos", se pone constantemente los guantes de box y le quiebra la nariz a cualquiera, incluyendo a Gertrude Stein. Woody Allen no pretende, por cierto, negar la grandeza de los artistas y pensadores a quienes remeda. La auténtica parodia, por lo demás, no es banalmente despectiva y desacralizante. </p><p></p><p>No hay burla del grande al que se imita, sino más bien es objeto de burla el autor que, banalizando su propia grandeza, revela sobre todo su pequeña estatura y confiesa que no es capaz de crear esa grandeza, sino tan sólo de hacer una caricatura de ella. </p><p></p><p>Y eso nos sucede a todos nosotros, posmodernos, con respecto al gran arte, clásico y moderno: sólo podemos admirarlo, contradecirlo y procurar imitarlo, poniéndolo en ridículo para expresar nuestra propia ridiculez. Por lo demás, los antiguos griegos, que ya habían comprendido todo, atribuían a Homero la Batracomiomaquia , la cómica e indecorosa guerra entre ratones y ranas, una parodia de la guerra de Troya cantada en la Ilíada . </p><p></p><p><strong>Parodia de un genio </strong></p><p></p><p>Pero también una verdadera obra de arte contiene a veces, en algunas caídas, la propia parodia, tal como algunos de nosotros, en ciertos momentos, no somos más nosotros mismos -para bien y para mal, con las propias virtudes y los propios vicios-, sino más bien horribles manieristas y parodistas de nosotros mismos. </p><p></p><p><strong>Las cartas de Hemingway de las que ha dado noticia agudamente el Corriere della Sera no revelan tanto a un Hemingway aberrante y cruel, sino más bien a su mezquina y decadente contrafigura, que recita mal su papel. Sin embargo, en su caso, es el propio Hemingway quien recita mal su papel y se pone a sí mismo en la picota</strong>. </p><p></p><p>No hay de qué escandalizarse. También un genio, un escritor genial como pocos, puede ser en ciertos momentos un *******, tal como lo revela Proust en una página memorable. Porque la inteligencia y la creatividad han sido recibidas en préstamo -a veces transitoriamente, otras de manera más duradera, según los casos-, al igual que la belleza y la prestancia físicas, la salud, el bienestar, la vida misma, y tarde o temprano llega el momento de devolverlas o de perderlas, a veces para recuperarlas, pero siempre para volver a perderlas. </p><p></p><p>Mas la enfática y pomposa necedad de esta carta no conseguirá arruinar el amor por ciertas páginas inolvidables de Hemingway, ni perderse releer La breve y feliz vida de Francis Macomber , Las verdes colinas de Africa o Colinas como elefantes blancos , un seco y grandioso relato sobre la sordidez del aborto que debe sufrir una muchacha debido a la mentirosa maldad masculina. Pero esas páginas amadas para siempre no pueden obligarnos a considerar con mayor respeto y miramientos la repugnante y banal retórica de estas cartas, a dedicarles mayor comprensión que a los resbalones y las caídas en la brutalidad de cualquier otro. </p><p></p><p>En esta carta Hemingway se vanagloria de haber matado, con placer, a 122 prisioneros de guerra alemanes, inermes. En otras páginas muy distintas, Hemingway ha sido un poeta de la lucha, de la guerra, y especialmente de la vitalidad, que incluye no sólo virtudes como el coraje y la audacia, y placeres dichosos como el sexo, el mar o los ríos, sino también la violencia, la épica aceptación de nacer, morir y matar. </p><p></p><p>La verdad exige a veces ser representada con la más desnuda objetividad, sin ser asfixiada por los valores morales. De hecho, ningún libro presenta la realidad y el horror del exterminio nazi como el que ha escrito Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, en el que el horror parece relatado por un dios indiferente al mal y al dolor, tal como la naturaleza a los terremotos. Eso no impide que Hoess, que acabó su vida en la horca, pertenezca más a la categoría de los asesinos que a la de los escritores. </p><p></p><p><strong>En estas cartas no hay nada del vitalismo nihilista de Hemingway, sino que parecen escritas por un malévolo viñetista satírico. Ante todo, matar prisioneros inermes no es sólo un crimen, sino una tremenda cobardía; una cosa es destruir una vida en combate, y otra dispararle en el vientre -y después, cuando el otro se desplomó, en la cabeza- a un prisionero. Jactarse de eso no es una expresión de vitalidad tras enfrentarse a alguien, género del que en otras situaciones Hemingway demostró ser valiosamente capaz, sino más bien una manifestación exhibicionista de su dureza viril, semejante a la manera en que los fisicoculturistas exhiben sus músculos inflados por los anabólicos. </strong></p><p><strong>Es posible que esos crímenes sean una fanfarronada mentirosa; sería deseable que lo fuera, tanto por el propio Hemingway como porque si no se abrirían inquietantes interrogantes sobre los campos de prisioneros </strong>estadounidenses, en los que resulta difícil creer que se pudiera matar a los prisioneros con tanta tranquilidad. Estas cartas -al menos las citas que se han difundido- son, en cualquier caso, kitsch: el solo hecho de llamar Krauts a los alemanes es una verdadera payasada. </p><p></p><p>La fanfarronada referida al homicidio de 122 prisioneros desarmados no tiene nada que ver con la vital y mortal carnalidad de la existencia. Se parece a la carne que separa el carnicero después de haber vendido los cortes de primera, y que regala para el gato de sus clientes. Hay momentos en los que es necesario desenvainar la espada, como lo hace Gary Cooper, reticente -en el viejo film El hombre sin fusil - a transgredir su ética cuáquera de no violencia, pero decidido a terminar con la barbarie racista contra los negros. </p><p></p><p>Pero cuando su hijo, un muchacho inflamado por la idea de combatir por una causa noble, se regocija ante la idea de matar a un enemigo, el padre lo reprende severamente y le ordena que no hable de ese modo de la vida de un hombre, de ningún hombre. </p><p></p><p>Por Claudio Magris </p><p>Para el Corriere della Sera</p></blockquote><p></p>
[QUOTE="Brunner, post: 122245, member: 70"] [B]El gran genio de Hemingway y su mezquina contrafigura-Toda obra de arte puede contener algo de parodia, dice Magris [/B] MILAN.- En su disfrutable libro Citarsi addosso , Woody Allen parodia a grandes escritores y filósofos y a sus enredados exégetas: en el capítulo dedicado a Hemingway, el escritor camina poniendo un pie delante del otro y, definiendo pomposamente ese movimiento como "pasos", se pone constantemente los guantes de box y le quiebra la nariz a cualquiera, incluyendo a Gertrude Stein. Woody Allen no pretende, por cierto, negar la grandeza de los artistas y pensadores a quienes remeda. La auténtica parodia, por lo demás, no es banalmente despectiva y desacralizante. No hay burla del grande al que se imita, sino más bien es objeto de burla el autor que, banalizando su propia grandeza, revela sobre todo su pequeña estatura y confiesa que no es capaz de crear esa grandeza, sino tan sólo de hacer una caricatura de ella. Y eso nos sucede a todos nosotros, posmodernos, con respecto al gran arte, clásico y moderno: sólo podemos admirarlo, contradecirlo y procurar imitarlo, poniéndolo en ridículo para expresar nuestra propia ridiculez. Por lo demás, los antiguos griegos, que ya habían comprendido todo, atribuían a Homero la Batracomiomaquia , la cómica e indecorosa guerra entre ratones y ranas, una parodia de la guerra de Troya cantada en la Ilíada . [B]Parodia de un genio [/B] Pero también una verdadera obra de arte contiene a veces, en algunas caídas, la propia parodia, tal como algunos de nosotros, en ciertos momentos, no somos más nosotros mismos -para bien y para mal, con las propias virtudes y los propios vicios-, sino más bien horribles manieristas y parodistas de nosotros mismos. [B]Las cartas de Hemingway de las que ha dado noticia agudamente el Corriere della Sera no revelan tanto a un Hemingway aberrante y cruel, sino más bien a su mezquina y decadente contrafigura, que recita mal su papel. Sin embargo, en su caso, es el propio Hemingway quien recita mal su papel y se pone a sí mismo en la picota[/B]. No hay de qué escandalizarse. También un genio, un escritor genial como pocos, puede ser en ciertos momentos un *******, tal como lo revela Proust en una página memorable. Porque la inteligencia y la creatividad han sido recibidas en préstamo -a veces transitoriamente, otras de manera más duradera, según los casos-, al igual que la belleza y la prestancia físicas, la salud, el bienestar, la vida misma, y tarde o temprano llega el momento de devolverlas o de perderlas, a veces para recuperarlas, pero siempre para volver a perderlas. Mas la enfática y pomposa necedad de esta carta no conseguirá arruinar el amor por ciertas páginas inolvidables de Hemingway, ni perderse releer La breve y feliz vida de Francis Macomber , Las verdes colinas de Africa o Colinas como elefantes blancos , un seco y grandioso relato sobre la sordidez del aborto que debe sufrir una muchacha debido a la mentirosa maldad masculina. Pero esas páginas amadas para siempre no pueden obligarnos a considerar con mayor respeto y miramientos la repugnante y banal retórica de estas cartas, a dedicarles mayor comprensión que a los resbalones y las caídas en la brutalidad de cualquier otro. En esta carta Hemingway se vanagloria de haber matado, con placer, a 122 prisioneros de guerra alemanes, inermes. En otras páginas muy distintas, Hemingway ha sido un poeta de la lucha, de la guerra, y especialmente de la vitalidad, que incluye no sólo virtudes como el coraje y la audacia, y placeres dichosos como el sexo, el mar o los ríos, sino también la violencia, la épica aceptación de nacer, morir y matar. La verdad exige a veces ser representada con la más desnuda objetividad, sin ser asfixiada por los valores morales. De hecho, ningún libro presenta la realidad y el horror del exterminio nazi como el que ha escrito Rudolf Hoess, comandante de Auschwitz, en el que el horror parece relatado por un dios indiferente al mal y al dolor, tal como la naturaleza a los terremotos. Eso no impide que Hoess, que acabó su vida en la horca, pertenezca más a la categoría de los asesinos que a la de los escritores. [B]En estas cartas no hay nada del vitalismo nihilista de Hemingway, sino que parecen escritas por un malévolo viñetista satírico. Ante todo, matar prisioneros inermes no es sólo un crimen, sino una tremenda cobardía; una cosa es destruir una vida en combate, y otra dispararle en el vientre -y después, cuando el otro se desplomó, en la cabeza- a un prisionero. Jactarse de eso no es una expresión de vitalidad tras enfrentarse a alguien, género del que en otras situaciones Hemingway demostró ser valiosamente capaz, sino más bien una manifestación exhibicionista de su dureza viril, semejante a la manera en que los fisicoculturistas exhiben sus músculos inflados por los anabólicos. [/B] [B]Es posible que esos crímenes sean una fanfarronada mentirosa; sería deseable que lo fuera, tanto por el propio Hemingway como porque si no se abrirían inquietantes interrogantes sobre los campos de prisioneros [/B]estadounidenses, en los que resulta difícil creer que se pudiera matar a los prisioneros con tanta tranquilidad. Estas cartas -al menos las citas que se han difundido- son, en cualquier caso, kitsch: el solo hecho de llamar Krauts a los alemanes es una verdadera payasada. La fanfarronada referida al homicidio de 122 prisioneros desarmados no tiene nada que ver con la vital y mortal carnalidad de la existencia. Se parece a la carne que separa el carnicero después de haber vendido los cortes de primera, y que regala para el gato de sus clientes. Hay momentos en los que es necesario desenvainar la espada, como lo hace Gary Cooper, reticente -en el viejo film El hombre sin fusil - a transgredir su ética cuáquera de no violencia, pero decidido a terminar con la barbarie racista contra los negros. Pero cuando su hijo, un muchacho inflamado por la idea de combatir por una causa noble, se regocija ante la idea de matar a un enemigo, el padre lo reprende severamente y le ordena que no hable de ese modo de la vida de un hombre, de ningún hombre. Por Claudio Magris Para el Corriere della Sera [/QUOTE]
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Guerra desarrollada entre Argentina y el Reino Unido en 1982
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