Combate de La Concepción Pt2.

La situación se había tornado dificil para los chilenos y Carrera Pinto sabía que era necesario salir pronto de allí o de lo contrario morirían todos quemados. La hora había llegado de salir del cuartel e ir a refugiarse a la casa del lado la cual había servido de enfermería.

Los heridos fueron arrastrados hasta el pórtico de entrada y aquellos hombres que aún tenían municiones se aprestaron a salir detrás de su teniente.

El grupo, ya de no más de veinte hombres, disparó sus fusiles y cargó a la bayoneta con desesperada locura. Luchaban como posesos, cortando, pinchando, usando los fusiles como mazas. La apariencia de los soldados en aquel escenario infernal, enrojecido por las llamas y sus gritos roncos, llenaron de pavor a los indios, que volvieron a retroceder.

Carrera Pinto se sintió invadido por una alegría salvaje y decidió perseguirlos hasta el costado opuesto de la plaza, para causarles la mayor mortandad.

Siguendo las órdenes de su teniente, los subtenientes Pérez Canto y Montt se abrieron hacia la derecha a fin de poder apoderarse de la casa vecina y justo cuando Carrera Pinto se aprestaba a agregar algo más, un disparo le cortó la voz en la garganta. Durante un segundo alzo los brazos al cielo, como si fuera a elevarse y luego cayó sobre el polvo hecho un ovillo. Julio Montt corrió a su lado con el propósito de ayudarlo, pero no había nada que se pudiera hacer: estaba muerto.

Por lo demás, no les quedaba tiempo para preocuparse del cuerpo caído. Los infantes del Coronel Gastó habían entrado en acción y se introducían a la plaza disparando nutridamente. La única esperanza de salvación que les quedaba a los sobrevivientes estaba en el pórtico de piedra del cuartel, y a su amparo se acogieron con toda rapidez.
Se distribuían en el pequeño espacio, parapetando a las mujeres tras las jambas del pórtico, cuando el techo crujió estrepitosamente y concluyó por hundirse, con pavoroso estruendo y un chisperío infernal.

El Coronel Gastó había hecho acudir a su presencia a Ambrosio Salazar y lo recriminaba con rudeza por el incendio provocado por sus indios. Además, estaba exasperado por las diez horas que duraba ya el combate. Por fin, aceptó dar termino inmediato al combate y le dió permiso a Ambrosio Salazar a lanzar a sus indios contra los escasos soldados chilenos.

Los soldados de Chacabuco que aún sobrevivían estaban agrupados tras el marco de piedra del portón. Detrás de ellos continuaba el incendio, pero muchas de las vigas del techo no se habían quebrado y, caídas de un extremo, formaban pasillos entre las llamas. Pero el calor era insoportable.

Pérez Canto se alzó un poco del lugar en que estaba acuclillado y preguntó a Martínez cuántos quedaban. Este no le respondió, eso ya no tenía importancia. Restarían diez o doce, no más.

En aquel momento Carmen Quinteros surgió agachada, por uno de los pasillos que formaban las vigas a medio caer y se acercó al Subteniente con aire perplejo. Le advirtió que alguien estaba golpeando contra la muralla del costado.

El Subteniente terminó de enderezarse, e iba a penetrar entre las ruinas, cuando atrajo su atención el paso de numerosas sombras por entre los horcones del portal. Temiendo que se avecinara un nuevo ataque por el frente, ordenó a Martínez que tomara tres hombres y, acompañados por el Sargento Rosas, se metiera entre las ruinas para averiguar en qué sitio estaban golpeando la pared. Luego, distribuyó a tres hombres tras el marco del pórtico, con la misión de defender a las mujeres, y él salió con los restantes a la vereda para rechazar a los atacantes. En efecto, éstos se habían distribuido en las sombras del prtal y abrieron fuego sorpresivamente.

Pérez Canto avanzó con los suyos, les ordenó efectuar una descarga y luego cargaron a la bayoneta. Fue inconcebible la forma como aquel puñado de hombres logró contener y rechazar a la masa de atacantes. Pero cuando regresaron al refugio del portón, eran ya muy pocos. Pérez Canto rehusó contarlos, aunque imaginó que todos los sobrevivientes, incluyendo a los que habían ido al interior del cuartel, serían unos ocho. Cuando retornó el Subteniente Martínez, este llegó repitiendo de que los indios no habían logrado entrar, su grupo había descubierto un forado pero lo taparon con los cuerpos de los indios que intentaron penetrar por él y también con los cadáveres de sus compañeros. Lamentablemente ese hecho costó la vida de dos de sus soldados y la del Sargento Rosas quien murió aplastado por unas vigas ardientes.

Comenzaba el amanecer del 10 de julio de 1882. Quince horas hacia que los soldados chilenos mantenían una resistencia suicida. Fieles al Artículo 21 de la Ordenanza General del Ejército, que impone: "El militar que tuviere orden de conservar su puesto, lo hará", habían ido sacrificandose jefes y soldados. En la plaza, arada por las balas y regada de sangre, se veía el cadáver del Teniente Carrera Pinto y de sesenta y siete soldados, y junto al pórtico del cuartel, el del Subteniente Montt. Sólo quedaban vivos Arturo Pérez Canto, Luis Cruz Martínez y seis soldados que, parapetados tras el marco de piedra del pórtico, cubrían con sus cuerpos a tres mujeres y dos niños, uno de ellos una guagua.

Alrededor de las cinco de la mañana, atendiendo al ruego de Giovanna Muzzio, el Coronel Juan Gastó ordenó suspender el fuego y se produjo entonces un silencio de muerte, roto sólo por las voces destempladas de los indios embriagados en los barrios vecinos. Tan profundo era el silencio que, en cierto momento, el Coronel Gastó pensó que todos los chilenos estaban muertos y ordenó a uno de sus ayudantes que practicara una investigación, tan pronto la luz de la aurora le permitiera ver.

Pérez Canto preguntó de improviso el número de municiones que aún quedaban, todos se miraron respondiendo negativamente, todos habían agotado sus municiones a excepción de un soldado quien sólo poseía una sola bala. Luego se preocupó de ver en qué estado se encontraban las mujeres, el niño y el recién nacido. Estaban todos vivos, pero se hallaban atontados por el tremendo drama que habían vivido.

De súbito, la cantinera, que estaba de bruces en el suelo, alzó un tanto la cabeza y se quedó mirando hacia afuera. Luego, tocó con una mano al Subteniente Pérez Canto señalandole en la dirección correcta. Era el comisionado a quien el Coronel Gastó encomendara acercarse al cuartel para averiguar si en él quedaban sobrevivientes. Se aproximaba con toda cautela, atenta la mirada y listo para escabullir el cuerpo, en caso de que se presentara un defensor. Pero todos éstos estaban inmóviles, fundidos al suelo y a las piedras del portón.

Mirando a su soldado, Pérez Canto hizo referencia a la bondad del destino al permitirle conservar una bala. El soldado poseedor de aquel único proyectil comprendió al instante.

Moviéndose con infinitas precauciones, fue alzando poco a poco el cañón de su fusil hasta ponerlo a nivel de sus ojos y asomado por un hueco que dejaban las piedras. Así se mantuvo apuntando durante unos segundos, que a los demás les parecieron interminables. Pero el hombre quería estar cierto de no errar el tiro. Sabía que en cuanto sonara el disparo, todos los atacantes se precipitarían a la plaza y cargarían contra ellos. Por fin, lo tuvo en la mira de su fusil y fue oprimiendo el gatillo milímetro a milímetro. Cuando sonó la detonación, parecía que el mundo entero había reventado.

El oficial peruano, que avanzaba agazapado, se irguió de un golpe, saltó en el aire, describiendo una parábola y cayó aplastado contra el suelo. Aquello bastó para que se desencadenara de inmediato el más furibundo ataque, en el que avanzaron mezclados montoneros, soldados e indios. Todos ellos corrían hacia el pórtico desde los diversos costados de la plaza.

Pérez Canto hizo ovillarse a las mujeres detrás de los pilares del pórtico y ordenó a sus hombres esperar hasta que los atacantes estuvieran a unas veinte varas de distancia. Cuando esto ocurrió, saltó afuera gritando: "A la carga, valientes del Chacabuco!".

Era un compacto y revolucionario muro de hombres el que enfrentaba al cuartel cuando salieron los chacabucanos e hincaron sus bayonetas en los cuerpos más próximos. El Subteniente Martínez sintió que su fusil se quebraba, incrustado entre las costillas de un soldado peruano, retrocedió unos pasos para buscar otra arma y en esos segundos alcanzó a captar una visión del horrible espectáculo que se estaba desarrollando frente a él. Los soldados que iban adelante con Pérez Canto habían sido envueltos por una enjambre de enemigos y apenas se divisaban sus brazos subiendo y bajando. Pero al fin, los enfurecidos atacantes se cerraron sobre ellos, aplastándolos.

Luis Cruz Martínez recogió un fusil caído y se percató entonces de que al lado suyo luchaban cuatro soldados y los llamó con un grito. Unidos codo a codo cargaron salvajemente y, machacando cráneos, tajando espaldas, hicieron retroceder a los asaltantes que , engañados por la confusión, se alejaron del lugar de la lucha. Luego, ordenó retirarse rumbo al cuartel lentamente para no darles la impresión a sus atacantes de que tenían miedo.

Retrocedieron lentamente, sin dar las espaldas, obsevados por los ojos atónitos de todos los vecinos asomados a las ventanas. Cuando llegaron junto a las mujeres, Carmen Quinteros se los quedó mirando con pupilas ansiosas y expectantes. Entonces el Subteniente de dieciseis años se quitó la gorra e hincó una rodilla en tierra, y fue imitado por los cuatro soldados. Junto a las mujeres a los demás soldados se pusieron a rezar por la salvación de sus almas.

Pareció que una voluntad superior deseara protegerlos durante los breves momentos que duró el rezo, pero apenas aquellos seres pronunciaron la palabra "amén", volvió a elevarse en el costado opuesto de la plaza el chivateo de los indios.

Todos se pusieron de pié, Martínez con voz entera se dirigió a sus hombres diciendo: "Soldados, creo que nos llegó nuestra hora". Dispuestos a poner termino a dicha situación se encaminaron hacia la salida pero sin antes detenerse frente a las mujeres, trazando con su mano el signo de la cruz, pidiendo que el Señor intercediera por ellas; luego se dispidió. Atrás quedaban las mujeres despidiendose con voz quebrada de los soldados de Chile.

Los cinco hombres salieron a la plaza formados en una corta hilera y avanzando con pasos firmes. A medida que se acortaba la distancia que los separaba de sus contendores, el Subteniente Martínez les ordenó ajustarse los barboquejos de los quepis y ordenarse las guerreras para morir con buena facha. Pero cuando ya se disponían a emprender la carrera para lanzarse a la carga, en una de las ventanas de la casa de los Balladares asomó medio cuerpo el Coronel Juan Gastó y con sus gritos acalló el chivateo de los indios. Luego exclamó en forma perfectamente audible: "Chilenos, ríndanse! Ríndanse y les perdonamos la vida!".

Los cinco hombres se detuvieron y se miraron entre sí, pero ninguno de ellos aflojó y juntos reanudaron el avance. Luego otras ventanas del pueblo se fueron abriendo desde su interior se escuchaban voces de los mismos habitantes pidiendoles su rendición a cambio de sus vidas.

El joven oficial chileno se detuvo y contestó con voz clara: "Los chilenos no se rínden nunca!". Luego se volvió a sus soldados y les ordenó vigorosamente: "Soldados del Chacabuco, a la carga!".

Los cinco hombres aferraron sus fusiles, nivelaron sus bayonetas a la altura del pecho y se precipitaron a la carrera contra la masa de asaltantes, que los aguardaba con bayonetas, lanzas y sables, dispuestos a exterminarlos. Y en el trascurso de unos pocos segundos sus cuerpos quedaron allí acribillados.

La División del Coronel Del Canto había logrado, por fin, ponerse en marcha desde Huancayo a las diez de la mañana y se dirigía aceleradamente hacia la Concepción. Como batidores de avanzada cabalgaban el Capitán Andrés Layseca , su ordenanza Cardemil, el Capitán Arturo Salcedo y el Subteniente Luis Molina. Estaban por trasmontar el lomo de la cuesta llamada Alto de la Concepción, cuando Cardemil señaló con un brazo hacia adelante y refrenó su caballo. A lo lejos se divisaba una columna de humo al otro lado del cerro.

Los tres oficiales detuvieron sus cabalgaduras unos segundos y se quedaron mirando la delgada humareada que emergía por sobre la cresta del cerro. Pero, de inmediato, todos ellos picaron espuelas y lanzaron sus animales al galope desenfrenado. La misma sospecha había surgido en sus cerebros: era en la Concepción donde se estaba produciendo el incendio. Sin demora alguna le fueron a notificar al Coronel Del Canto lo que habían visto.

Cuando el veteran soldado contempló el espectáculo que ofrecían la plaza de la Concepción y las ruinas del que había sido el cuartel de la 4a compañía del Chacabuco, sintió que una saliva amarga le llenaba la boca. Con las manos crispadas en las bridas de su caballo, parecía la encarnación del horror. La plaza estaba sembrada con los cadáveres de los setenta y siete soldados chilenos. Estos habían sido desnudos y horriblemente mutilados; la misma triste suerte habían corrido las tres mujeres y los dos niños.

Alzando el rostro al cielo, con las mandíbulas apretadas de tal modo que los huesos de las quijadas se le marcaban en blanco en las mejillas, pidió perdón y fuerzas a Dios para exterminar a todas las fieras que se ensañaron asi con sus soldados. Volviendose a los Comandantes que lo observaban, les ordenó a gritos sus deseos. El Comandante Pinto Aguero fue despachado rumbo a las montañas; el Comandante José Miguel Alzérreca al mando de los Carabineros de Yungay tenían la tarea de perseguir hasta el fondo del infierno a los que sacrificaron a los soldados chilenos.

El estruendo de los cascos de los caballos y de la fusilería resonó durante varias horas en los vericuetos de las montañas vecinas, delatando la encarnizada persecución y sólo regresaron a la Concepción cuando la noche se cerró sobre el paisaje serrano.

Al día siguiente en la mañana se procedió a la sepultación de los mártires. Los cadáveres de los sesenta y tres soldados de la 4a. compañía, más los once heridos y enfermos, habían sido recogidos y alineados junto a una zanja abierta detrás del muro posterior de la iglesia. Los restos de los cuatro oficiales estaban envueltos en mortajas en el interior de ella y unos compañeros de grado abrieron una zanja paralela al altar mayor.

El Coronel Del Canto, descubierto, contemplaba la escena con rostro sombrío, cuando se le acercó el cirujano Justo Pastor Merino. Este había recibido una comisión que no le había sido posible cumplir. La de recomponer los cuerpos de los cuatro oficiales. Lo único que había podido hacer fue extraerles los corazones, los que guardó en redomas de vidrio que encontró en la farmacia del pueblo. Confiaba en que los corazones de los héroes, sumergidos en alcohol, podrían conservarse hasta que fuesen llevados a Chile.

En cuatro toscos ataúdes, fabricados por los carpinteros de la sección bagaje, los oficiales fueron descendidos a la tumba común. Ignacio Carrera Pinto llevaba cosidas en su guerrera los galones correspondientes al grado de capitán, que le había sido otorgado hacía más de un mes, pero cuyo despacho él no alcanzó a conocer. Y sobre su pecho se extendió el jirón que restaba de la bandera quemada del cuartel, de la cual se conservaba la estrella, blanca estrella en la que el Coronel Del Canto y su Ayudante Galvarino Irarrázaval estamparon sus firmas y escribieron la fecha 10 de julio de 1882, como testimonio. Luego, entre los responsos por los difuntos y las salvas de honores, fueron cubiertos de tierra.

Mientras una corneta lanzaba al aire el toque de "silencio", el Comandante Marcial Pinto Aguero se acercó al Coronel Del Canto y se inmovilizó a su lado hasta que cesó de oírse la corneta. Luego de pedir permiso a su coronel, se volvió con viveza hacia cuatro grupos de soldados apostados en las esquinas del viejo templo y les hizo una señal con su sable. Estos baldearon los muros y luego el pórtico del templo con parafina y, sin vacilaciones, le prendieron fuego. De esta manera, las cenizas cubrirán las tumbas, evitando cualquier profanación por parte de los indios. El viejo templo comenzó a arder como una inmensa pira funeraria.

A una orden del Comandante Alzérreca, todos los componentes de la División expedicionaría presentaron armas en homenaje de honor a los caídos. Al reanudar nuevamente la marcha, los soldados desfilaban en sobrío silencio y, al pasar frente a la iglesia en llamas, volvían los rostros hacia las tumbas de sus compañeros, como dándoles un postrer adiós. Los tambores, en sordina, comenzaban a marcar el compás de marcha, y la división, formada en perfecto orden, iba abandonando el trágico pueblo del sacrificio.
 
Combate de La Concepcion Version peruana (pt2)

Los portadores del mensaje sin embargo, no lograron atravesar las posiciones peruanas y resultaron muertos en el intento. Con ello se desvanecerían las posibilidades de ayuda. Por su parte el coronel del Canto no marcharía aquel fatídico día sobre Concepción; A más de su decisión de permanecer en Huancayo, irónicamente acababa de recibir una comunicación... suscrita por el propio Carrera Pinto aproximadamente a las 13:30 horas, mediante la que notificaba que la guarnición bajo su mando no observaba mayores novedades.

La columna de Ambrosio Salazar, ubicada en la colina que domina el pueblo, inició esporádicos disparos. La guarnición chilena, obligada a conservar municiones, no contestó el fuego. Más bien se preparó para repeler un ataque frontal. Carrera mantuvo la opción de defender todo el perímetro de la Plaza de Armas.

Tras más de una hora de intensa fusilería el ejército regular convergió por el norte, con lo que se aseguró el cerco sobre el pueblo. Acto seguido los peruanos emprendieron el asalto simultáneo a la plaza. No bien se inició aquella violenta incursión, los chilenos respondieron a pie firme con una descarga cerrada, causando muchas bajas en los peruanos. Estos sin embargo no se amilanaron y continuaron en la brega, siendo rechazados una y otra vez desde las posiciones chilenas, lo que dio inicio a la primera fase del combate. El fuego chileno demostró ser bastante certero y por lo tanto mortal. Las embestidas peruanas no podían romper las barricadas y se veían obligadas a retroceder para reintentar una y otra vez penetrar las defensas del adversario. En este cruento proceso sin embargo, algunos chilenos resultaron muertos o heridos y pronto se hizo evidente que por más esfuerzos que hicieran no podrían mantener los accesos indefinidamente. Los peruanos, pese a las bajas sufridas no mostraban intención de suspender o concluir el ataque y se vislumbraba que su aguerrida determinación y ventaja numérica pronto les permitiría alcanzar su objetivo. Así fue, porque pese a todos los intentos por no ceder las posiciones, los chilenos fueron forzados a replegarse de a pocos hacia el centro de la Plaza de Armas cargando a sus heridos y dejando sobre los accesos -mudos testigos de la épica lucha- los cadáveres de sus compañeros caídos en acción. En esa nueva posición quedaron sin embargo más expuestos que antes. Teniendo en cuenta que bajo tales circunstancias resultaba suicida mantener la plaza, el capitán Carrera Pinto ordenó a sus fuerzas replegarse hacia el cuartel, desde el cual continuarían combatiendo. Los hombres obedecieron y pronto la Plaza de Armas quedó desierta. Una vez dentro del cuartel los soldados trancaron las puertas y tapiaron con muebles las ventanas dejando sólo troneras para disparar.

Mientras el comando peruano evaluaba un plan de acción para capturar el cuartel mediante un asalto convencional, los guerrilleros, indignados por las represalias, cupos y otros abusos cometidos por la división del centro contra sus pueblos y familias, se lanzaron una vez más, indiscriminadamente, contra el objetivo. Esta decidida acción fue respondida con un fuego nutrido y compacto que los obligó a replegarse no sin sufrir cuantiosas bajas.

Suspendido este ataque, el coronel Gasto, consciente que tarde o temprano se tomaría el cuartel chileno y previendo que este proceso demandaría un mayor derramamiento de sangre en ambas partes, que inclusive podía implicar el exterminio del valiente destacamento enemigo, envió a uno de sus oficiales para que, bajo bandera de parlamento, les planteara la rendición de acuerdo a las leyes de la guerra y ante la imposibilidad de que los hombres de la cuarta compañía del Chacabuco mantuvieran por mucho tiempo su frágil posición. El texto de la notificación era corto pero explícito:

“Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimó a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber.”

La respuesta de Carrera Pinto habría sido tan dramática como tajante. Se dice que en el mismo papel que recibió la notificación de rendición escribió:

“En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquel deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted”.

En otras palabras, no pensaba rendirse. Frente a tales circunstancias los hombres que ocupaban los accesos de la plaza emprendieron un nuevo asalto para capturar el cuartel. Aquella aguerrida incursión realizada a pecho descubierto por combatientes en su mayoría armados sólo con piedras y rejones fue nuevamente rechazada con feroces descargas de plomo. Se continuó pues luchando con igual ímpetu hasta que la tarde dio paso a las penumbras de la noche; el frío se acentuó, el silencio se apoderó de la plaza y uno y otro bando se dedicó a atender a sus heridos y a reponer fuerzas. Los peruanos sólo deseaban poner término al drama y los estoicos chilenos aún mantenían la esperanza que de un momento a otro aparecerían las tropas que los salvarían de lo que ya se presentaba como una muerte segura. Sólo era cuestión de tiempo. Mientras tanto sólo quedaba continuar la pelea.

El combate se reanudó alrededor de las 19:00 horas, sólo que esta vez adquirió un matiz diferente. Los peruanos continuaron disparando contra el cuartel y avanzaron protegidos por la oscuridad, hasta lograr finalmente alcanzar las paredes del recinto. Los hombres del Chacabuco formaron y armados de gran coraje salieron en grupos a repeler los ataques a la bayoneta, con lo que hicieron retroceder a sus atacantes. Esta secuencia se repetiría en varias oportunidades y si bien en este proceso los chilenos lograban parcialmente su cometido, es decir alejar a los peruanos de su posición, comenzaron a sufrir bajas en mayor proporción. En este proceso Carrera Pinto recibió dos heridas en el brazo.

En la practica los peruanos ya eran dueños de Concepción, salvo por la construcción que servía como cuartel chileno. Por ello, aproximadamente a las 20:00 horas, en cumplimiento de ordenes superiores, el coronel Gastó dispuso que las tropas del ejército regular se dirigieran hacia al fundo Santibáñez entre Quichuay e Ingenio. Por su parte Ambrosio Salazar, quien quedó como único responsable militar de las acciones para neutralizar al destacamento chileno, apreció la dilatación de la lucha sin ver nada positivo y decidió dar más ímpetu al ataque. Como los peruanos ya controlaban la totalidad de la plaza, pudieron ocupar las casas aledañas al cuartel, que de este modo terminó rodeado por los cuatro lados. Así, trepados sobre los techos vecinos y desde distintos ángulos, continuaron disparando contra el objetivo y causando más mortandad entre los agotados adversarios. Carrera Pinto vio la situación desesperada. El tiempo transcurría; del Canto no aparecía, las municiones casi se habían agotado y las bajas eran proporcionalmente grandes. Sí bien el espíritu combativo de sus hombres no había mermado todo hacía presagiar que el final era inminente. Los gritos intimando a la rendición se sucedían, pero el oficial sureño, pese a su situación, prestó oídos sordos y decidió mantener su puesto hasta las últimas consecuencias. Era evidente que prefería morir antes que rendir su comando. El olor a pólvora, la sangre, el humo, los gemidos de los heridos, los gritos de los combatientes, las amenazas, el ruido de las balas, todos ellos elementos componentes de un espectáculo dantesco pero épico donde ambas partes daban muestras de un valor admirable: En unos, tener que sostenerse espartanamente contra fuerzas superiores con la seguridad que si no llegaban refuerzos serían exterminados; en otros, la mayoría descalzos y sin uniforme, el enfrentar con el pecho descubierto, blandiendo apenas hondas y rejones, los mortales y certeros disparos del contrincante.

Antes de la medianoche ya la mitad de la compañía del Chacabuco había perecido en la contienda. Pero los sobrevivientes no bajaron la guardia, batiéndose a balazos, culatazos o cargando a la bayoneta, pero jamás dispuestos a ceder su posición. Entonces los peruanos realizaron nuevas variantes para lograr ingresar al cuartel y dar término al drama. Abrieron agujeros en las paredes de adobe y exponiéndose a una muerte segura treparon sobre el techo de paja para incendiarlo y forzar su evacuación. El fuego, avivado por la cera que lanzaban los contrincantes hizo presa del cuartel y sus ocupantes apagaron lo que pudieron. El humo se intensificó. Al final no había agua. Carrera Pinto decidió entonces efectuar otra salida con objeto de evacuar nuevamente el perímetro. Al frente de su grupo se abrió paso con los corvos, avanzando por el frente y los costados del cuartel.

El resto que permaneció en el interior intentaba alejar a los heridos del fuego y detener a los peruanos que pretendían ingresar por los agujeros. Fue en estas circunstancias que el capitán Carrera y varios de sus hombres cayeron muertos en acción, el primero por una bala que le atravesó el pecho (8). Las puertas del cuartel volvieron a cerrarse con no más de dos docenas de hombres aptos para combatir, ahora bajo el mando del subteniente Montt. Un tiempo después los chilenos se vieron obligados a salir para repetir la operación y en la temeraria carga Montt también resultó muerto. El mando recayó en el joven Pérez Canto. Nuevamente los guerrilleros peruanos y los habitantes de Concepción solicitaron a los chilenos rendirse pues no había razón para continuar tan inútil lucha. Los emisarios sin embargo fueron baleados en el fragor del combate y ello enervó a los atacantes que consideraron tal reacción como un acto de traición. Los ataques se prolongaron durante toda la madrugada, sin mitigarse y sin que los chilenos se decidieran finalmente a presentar bandera de parlamento.

Amaneció finalmente y con la luz del día como testigo, Pérez Canto se vio obligado a efectuar una nueva y suicida incursión fuera del cuartel. Peleó hasta donde le dieron las fuerzas y sucumbió finalmente con los hombres que lo acompañaron, todos ellos víctimas de su arrojo.

Dentro del recinto sólo permanecía el novel subteniente Cruz con una docena de soldados y las tres cantineras. Una vez más los peruanos, impresionados ante el espectáculo y fastidiados por el derramamiento de sangre, quisieron salvar la vida de los sobrevivientes y exhortaron a Cruz a deponer su actitud combativa. Se le hizo ver que ya había cumplido sobradamente con su deber y que era demasiado joven para morir. Inclusive se dice que se le hizo llegar el mensaje de una muchacha amiga de este, en el que le imploraba que pusiera fin a la contienda. Fue inútil.

Los chilenos prosiguieron acuartelados, con los cañones y percutores de sus rifles calientes por las continuas descargas. Finalmente las municiones se les agotaron por completo. A las nueve de la mañana aproximadamente, el fuego había adquirido proporciones terribles. El destacamento ya no podía permanecer dentro de ese infierno pues los hombres eran alcanzados por las llamas o se ahogaban por efectos del humo, que hacía irrespirable el ambiente. La mayoría de los heridos ya había expirado. Entonces Cruz ordenó cargar a los heridos y con los pocos hombres que le quedaban salió del recinto, convertido en un verdadero infierno, para abrir paso a la fuerza hacia la Plaza. En ese proceso el aguerrido subteniente y la mayoría de sus acompañantes sucumbieron. Para todo efecto, tras 17 dramáticas horas, la batalla había concluido.

Los pocos sobrevivientes fueron capturados entre el llanto desconsolado de las cantineras. Para aquel grupo de combatientes la resistencia había terminado; habían sostenido espartana lucha hasta el límite del coraje y la determinación que puede ofrecer un hombre. Todos sus oficiales, suboficiales y la gran mayoría de compañeros estaban muertos. El comandante Lago de inmediato los declaró prisioneros de guerra (9).

Para infortunio de ellos, el oficial peruano no pudo contener la ira de los guerrilleros. Como unas horas antes el coronel Gasto con el ejército regular se habían retirado en cumplimiento de órdenes superiores a sabiendas que en la práctica el combate había concluido y que era cuestión de tiempo rendir a los remanentes de la guarnición chilena, Lago no contaba con suficientes recursos como para frenar a los enfurecidos guerrilleros. A ellos los chilenos los fusilaban cuando los capturaban, les desconocían su carácter de beligerantes, quemaban sus viviendas y saqueaban sus pueblos. Decenas de ellos yacían muertos en aquel combate; Pagaron con la ley del talión. Ajenos al raciocinio que se pierde en circunstancias tan difíciles como las vividas, se lanzaron sobre los sobrevivientes y ante el horror del vecindario y la impotencia de los oficiales, los ejecutaron (10).

El 10 de julio las fuerzas del general Cáceres reanudaron la marcha sobre Huancayo resueltos a continuar la lucha, pero del Canto había evacuado ya la población dirigiéndose a Jauja, por la cual la capital de Junín fue recuperada por las fuerzas peruanas. Concepción se convertiría sin duda en uno de los incidentes más brutales de la guerra del Pacífico, en el que ambos bandos, en mayor o menor medida, fueron responsables de actos reprobables. Además de los 77 oficiales y soldados chilenos, 291 peruanos rindieron la vida en el combate. En su repliegue, del Canto llegó, como estaba previsto, a Concepción, donde descubrió los cadáveres de sus compañeros caídos. Acto seguido y continuando con la secuela de destrucción vivida en las últimas horas, ordenó que la caballería cargase contra los cerros de Concepción donde yacían heridos los guerrilleros que participaron en el combate. Posteriormente dispuso fusilar a 94 montoneros prisioneros y otros residentes del pueblo. Acto seguido ordenó incendiar el pueblo, el primero de una serie de caseríos y poblados que serían arrasados en represalia en el recorrido hacia Tarma.

El periodista Manuel F. Horta, corresponsal del diario “El Eco” de Junín, quien visitó Concepción después del combate escribió:

“La ciudad de Concepción es una sola ruina. De las manzanas de casas que la formaban, no existe ninguna en pie. Los horrores de la guerra parece que se hubieran aglomerado sobre este infeliz pueblo, para ofrecerse en toda su desnudez, formando un cuadro infernal, propio para conmover a los corazones más empedernidos”

Por su parte, el coronel del Canto, por iniciativa del comandante del regimiento Chacabuco, dispuso que los corazones de los cuatro valientes oficiales fueran retirados de sus cuerpos para ser transportados a Lima (11). Luego concluyó el paso de su ejército por Concepción con la siguiente proclama:

“Soldados del Ejército del Centro: Al pasar por el pueblo de Concepción habéis presenciado ese lúgubre cuadro de escombros y cuyo combustible fueron los restos queridos de cuatro oficiales y 73 individuos de tropa del Batallón Chacabuco Sexto de Línea. Millares de manos salvajes fueron autores de tamaño crimen; pero es necesario que tengáis entendido que los que defendieron él puesto que se les había confiado eran chilenos y que, fieles al cariño de su patria y animados por el entusiasmo de defender su bandera, prefirieron sucumbir todos antes que rendirse. Los que perecieron en Concepción en defensa de nuestra querida patria han obtenido la palma del martirio; pero una i mil veces benditos sean, puesto que su valor y sacrificio les ha dado derecho a la corona de los héroes”.

La batalla de Concepción fue la acción de armas en la Sierra Central en la que más soldados chilenos rindieron la vida. De acuerdo a los partes oficiales chilenos, en el período de la Campaña de la Breña que comprende el primero de julio de 1882 y el primero de julio de 1883 el ejército de ese país sufrió 2,426 bajas. De estas, más de 200 habrían muerto en combate (77 en Concepción) y 603 perecieron por enfermedades, en su mayoría por tifus. Además, unos 1,000 efectivos fueron licenciados por inutilidad física, resultado de las acciones del ejército y los montoneros peruanos, mientras que 674 fueron dados como desaparecidos.

Como del Canto terminó abandonando la sierra, el prestigio del coronel Cáceres alcanzó la cúspide, pues era indudable que había conseguido un triunfo para su país. Incluso en Chile, a raíz de los cruentos resultados en los Andes, comenzaron a sentirse voces pidiendo la desocupación del Perú, por lo menos hasta el norte del río Sama.

La guerra sin embargo, no había llegado a su fín y se prolongaría exactamente, por un año más

9) La leyenda chilena señala que el subteniente Cruz y cuatro soldados sobrevivientes, ya sin municiones, decidieron inmolarse, cargando a la bayoneta contra la fuerza peruana, donde fueron ultimados. Otras versiones indican que al morir Cruz Martinez, aun quedaron unos 5 o 6 soldados con vida, más las cantineras, los que depusieron las armas, aunque por desgracia, aún en su condición de prisioneros, fueron ejecutados por las multitudes enardecidas, producto de la coyuntura vivida en aquellos momentos y que adquirió los mismos ribetes que en Arica, cuando los soldados peruanos fueron asesinados en la catedral y el morro bajo la consigna de "hoy no hay prisioneros". El asunto de la rendición de los sobrevivientes no resta un ápice a la valiente y épica resistencia de la cuarta compañía del Chacabuco. Estos hombres estoicamente soportaron por más de 20 horas un ataque de fuerzas numericamente superiores, rechazaron los llamados a la rendición y además de sostener ferreamente su posición realizaron admirables contraataques fuera del cuartel, mostrando un coraje y una determinación a prueba de todo cuestionamiento. Los pocos que se entregaron no tuvieron otra opción. Habían luchado hasta el final. Todo estaba perdido. Habían cumplido con su patria y bandera hasta el limite de su resistencia y nada ni nadie, les podía exigir mayor sacrificio.
 

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