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Aquellos combates navales.......
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<blockquote data-quote="MAC1966" data-source="post: 2146954" data-attributes="member: 49"><p><span style="font-size: 15px"><strong>LA INCREÍBLE BATALLA DEL CABO CELIDONIA: 5 NAVES ESPAÑOLAS CONTRA 55 OTOMANAS</strong></span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">Como ya es costumbre Jorge Álvarez nos lleva a otro momento olvidado de la Historia Militar Española, donde un arrebato de hombría convirtió una derrota cierta en una victoria épica.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">En las primeras décadas del siglo XVII, el Mediterráneo era un gigantesco campo de batalla cuyo control se disputaban cristianos y musulmanes sin que ninguno de los dos bandos consiguiera imponerse sobre el otro. La gran batallas naval de esa época, Lepanto, no sirvió a los aliados europeos más que para conseguir un breve respiro porque el Imperio Otomano aplicó inmediatamente un plan de reconstrucción de su flota que, con sus ingentes recursos, hizo que al poco tiempo las cosas volvieran a estar parejas. Por tanto, las acciones entre unos y otros en la mar se limitaron a continuar las incursiones costeras y a esporádicos encuentros entre escuadras menores. Uno de éstos tuvo lugar a mediados de 1616 frente al cabo Celidonia, entre Chipre y la costa de Anatolia, y se convirtió en un épico episodio por las desigual numérica de ambos adversarios, siendo glosado en la obra <em>El asombro de Turquía y el valiente toledano,</em> de Luis Vélez de Guevara (un dramaturgo que había sido soldado y participado en la desastrosa Jornada de Argel)...</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px"><strong>Pedro Téllez-Girón y Velasco Guzmán y Tovar, duque de Osuna</strong> y Grande de España, era un erudito que además de una espléndida educación intelectual había recibido también concienzuda formación militar. Como buen representante de la nobleza española de su tiempo, tal como se comentaba en toda Europa, su comportamiento soberbio y arrogante le llevó a verse metido en duelos y riñas que le obligaron a huir de la justicia, enrolándose en los Tercios como soldado raso, de donde ascendió a capitán. Tras un viaje a Inglaterra en el que aprendió la magnífica organización naval de ese país, regresó a España con la idea de imitarla, convenciendo a Felipe III, que le nombró consejero.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px"><img src="https://1.bp.blogspot.com/-IuGN40WcJNo/WExN5pXbtDI/AAAAAAAAFQs/MV91Z4xOXJoa07PlgCGsOBD6xUfDx7-tQCLcB/s1600/Combate_naval%252C_por_Juan_de_la_Corte.jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /> </span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">En 1611 llegó a Sicilia como virrey y empezó a poner en práctica su proyecto, construyendo nuevas galeras, mejorando los salarios de los marineros y reestructurando la jerarquía de mando para hacerla más eficaz. Todo por iniciativa propia y financiada a su costa, ya que no informó ni solicitó autorización a la Junta de Armadas. La prueba de fuego fue un ataque nocturno a Túnez en mayo de 1612, una especie de encamisada con desembarco incluido que fue un rutilante éxito y destruyó todas las naves ancladas en el puerto. Al año siguiente el rey le dio permiso para practicar el corso y asoló el litoral argelino, anticipando varias victorias que le permitieron recaudar un copioso botín. Luego, como era habitual, una serie de intrigas y envidias le obligaron a abandonar la actividad corsaria hasta que, a base de sobornos, logró que le nombraran virrey de Nápoles. Quevedo fue con él como secretario.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">En su nuevo destino, el duque tuvo una idea insólita: construir -de nuevo con dinero propio- dos galeones, dos naos, una urca y un patache que debían servir no en el Atlántico, como podía deducirse de su impulso a vela pura y sin remos, sino en el Mediterráneo. Entregó el mando a un colaborador de confianza tan pendenciero como él, <strong>Francisco de Ribera</strong>, y le encargó enfrentarse a los turcos donde los encontrara. Ribera cumplió su misión realizando varias capturas que llevaron al gobernador turco de Chipre a reunir una flota enemiga en Quíos para echarle de la zona; Ribera se enteró y decidió esperarla frente al cabo Celidonia. Las velas enemigas aparecieron en el horizonte el 14 de julio de 1616 y produjeron una honda impresión en los españoles, que no esperaban que fuera tan grande: nada menos que cincuenta y cinco galeras; atacar semejante monstruo era una temeridad casi suicida, pero Ribera no quiso escapar sin intentar al menos causarles algún daño.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px"><img src="https://4.bp.blogspot.com/-oFvUEsOuplo/WExO9o0HKCI/AAAAAAAAFQ0/e7NQfAMHKK4WPCcgdiI66imtx4OmOu-2wCLcB/s1600/Cabo%2BCelidonia%2Bal%2Bnoroeste%2Bde%2BChipre.jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /> </span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p> <span style="font-size: 15px">La táctica elegida fue un <strong>combate “<em>a la española</em>”</strong>, expresión con la que se designaba el disparar a la menor distancia posible para luego pasar al abordaje, aunque esa segunda parte quedaba excluida del plan porque estaba previsto que tras el fuego se viraría en redondo para huir. Y, en efecto, contando con el viento a favor, las naves españolas dispararon sobre los otomanos tres andanadas sucesivas que destrozaron ocho galeras; después, ayudados por botes de remos que jalaban con cuerdas, giraron los barcos y se alejaron de allí sin bajas. Todo parecía haber terminado sin mayores consecuencias, pero en realidad aún faltaba el toque maestro que convirtió esa batalla en algo especial.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">Esa noche, Ribera ordenó dar media vuelta y, dando un rodeo, logró situar su pequeña escuadra a popa de la flota otomana. Ello impedía a las galeras usar su principal arma, el espolón para embestir, así que al amanecer los seis barcos españoles se metieron entre la formación turca disparando a babor y estribor. De manera similar a lo que pasó siglos atrás no muy lejos de allí, en Salamina, la flota enemiga era tan grande que sus naves se estorbaban entre sí y las de los flancos quedaban demasiado alejadas para ayudar a las otras. En consecuencia, quedó maltrecha otra decena de galeras. Y la cosa empeoró al día siguiente, cuando Ribera llevó a cabo un tercer ataque en el que rechazó con disparos de metralla los intentos de abordaje turcos, infructuosos por otra parte debido a que las amuras de los galeones resultaban demasiado altas.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p><p><span style="font-size: 15px">Finalmente, las escuadra española se retiró dejando a los otomanos más de millar y cuarto de bajas, dos mil galeotes muertos, diez galeras hundidas y una veintena gravemente dañadas; a cambio, Ribera perdió setenta y un hombres, entre soldados y marineros (él mismo acabó herido), y sus barcos quedaron en estado lamentable pero pudieron ser remolcados al puerto griego de Candía. El Rey le recompensó nombrándole almirante y caballero de Santiago.</span></p><p><span style="font-size: 15px"></span></p></blockquote><p></p>
[QUOTE="MAC1966, post: 2146954, member: 49"] [SIZE=4][B]LA INCREÍBLE BATALLA DEL CABO CELIDONIA: 5 NAVES ESPAÑOLAS CONTRA 55 OTOMANAS[/B] [B][/B] Como ya es costumbre Jorge Álvarez nos lleva a otro momento olvidado de la Historia Militar Española, donde un arrebato de hombría convirtió una derrota cierta en una victoria épica. En las primeras décadas del siglo XVII, el Mediterráneo era un gigantesco campo de batalla cuyo control se disputaban cristianos y musulmanes sin que ninguno de los dos bandos consiguiera imponerse sobre el otro. La gran batallas naval de esa época, Lepanto, no sirvió a los aliados europeos más que para conseguir un breve respiro porque el Imperio Otomano aplicó inmediatamente un plan de reconstrucción de su flota que, con sus ingentes recursos, hizo que al poco tiempo las cosas volvieran a estar parejas. Por tanto, las acciones entre unos y otros en la mar se limitaron a continuar las incursiones costeras y a esporádicos encuentros entre escuadras menores. Uno de éstos tuvo lugar a mediados de 1616 frente al cabo Celidonia, entre Chipre y la costa de Anatolia, y se convirtió en un épico episodio por las desigual numérica de ambos adversarios, siendo glosado en la obra [I]El asombro de Turquía y el valiente toledano,[/I] de Luis Vélez de Guevara (un dramaturgo que había sido soldado y participado en la desastrosa Jornada de Argel)... [B]Pedro Téllez-Girón y Velasco Guzmán y Tovar, duque de Osuna[/B] y Grande de España, era un erudito que además de una espléndida educación intelectual había recibido también concienzuda formación militar. Como buen representante de la nobleza española de su tiempo, tal como se comentaba en toda Europa, su comportamiento soberbio y arrogante le llevó a verse metido en duelos y riñas que le obligaron a huir de la justicia, enrolándose en los Tercios como soldado raso, de donde ascendió a capitán. Tras un viaje a Inglaterra en el que aprendió la magnífica organización naval de ese país, regresó a España con la idea de imitarla, convenciendo a Felipe III, que le nombró consejero. [IMG]https://1.bp.blogspot.com/-IuGN40WcJNo/WExN5pXbtDI/AAAAAAAAFQs/MV91Z4xOXJoa07PlgCGsOBD6xUfDx7-tQCLcB/s1600/Combate_naval%252C_por_Juan_de_la_Corte.jpg[/IMG] En 1611 llegó a Sicilia como virrey y empezó a poner en práctica su proyecto, construyendo nuevas galeras, mejorando los salarios de los marineros y reestructurando la jerarquía de mando para hacerla más eficaz. Todo por iniciativa propia y financiada a su costa, ya que no informó ni solicitó autorización a la Junta de Armadas. La prueba de fuego fue un ataque nocturno a Túnez en mayo de 1612, una especie de encamisada con desembarco incluido que fue un rutilante éxito y destruyó todas las naves ancladas en el puerto. Al año siguiente el rey le dio permiso para practicar el corso y asoló el litoral argelino, anticipando varias victorias que le permitieron recaudar un copioso botín. Luego, como era habitual, una serie de intrigas y envidias le obligaron a abandonar la actividad corsaria hasta que, a base de sobornos, logró que le nombraran virrey de Nápoles. Quevedo fue con él como secretario. En su nuevo destino, el duque tuvo una idea insólita: construir -de nuevo con dinero propio- dos galeones, dos naos, una urca y un patache que debían servir no en el Atlántico, como podía deducirse de su impulso a vela pura y sin remos, sino en el Mediterráneo. Entregó el mando a un colaborador de confianza tan pendenciero como él, [B]Francisco de Ribera[/B], y le encargó enfrentarse a los turcos donde los encontrara. Ribera cumplió su misión realizando varias capturas que llevaron al gobernador turco de Chipre a reunir una flota enemiga en Quíos para echarle de la zona; Ribera se enteró y decidió esperarla frente al cabo Celidonia. Las velas enemigas aparecieron en el horizonte el 14 de julio de 1616 y produjeron una honda impresión en los españoles, que no esperaban que fuera tan grande: nada menos que cincuenta y cinco galeras; atacar semejante monstruo era una temeridad casi suicida, pero Ribera no quiso escapar sin intentar al menos causarles algún daño. [IMG]https://4.bp.blogspot.com/-oFvUEsOuplo/WExO9o0HKCI/AAAAAAAAFQ0/e7NQfAMHKK4WPCcgdiI66imtx4OmOu-2wCLcB/s1600/Cabo%2BCelidonia%2Bal%2Bnoroeste%2Bde%2BChipre.jpg[/IMG] La táctica elegida fue un [B]combate “[I]a la española[/I]”[/B], expresión con la que se designaba el disparar a la menor distancia posible para luego pasar al abordaje, aunque esa segunda parte quedaba excluida del plan porque estaba previsto que tras el fuego se viraría en redondo para huir. Y, en efecto, contando con el viento a favor, las naves españolas dispararon sobre los otomanos tres andanadas sucesivas que destrozaron ocho galeras; después, ayudados por botes de remos que jalaban con cuerdas, giraron los barcos y se alejaron de allí sin bajas. Todo parecía haber terminado sin mayores consecuencias, pero en realidad aún faltaba el toque maestro que convirtió esa batalla en algo especial. Esa noche, Ribera ordenó dar media vuelta y, dando un rodeo, logró situar su pequeña escuadra a popa de la flota otomana. Ello impedía a las galeras usar su principal arma, el espolón para embestir, así que al amanecer los seis barcos españoles se metieron entre la formación turca disparando a babor y estribor. De manera similar a lo que pasó siglos atrás no muy lejos de allí, en Salamina, la flota enemiga era tan grande que sus naves se estorbaban entre sí y las de los flancos quedaban demasiado alejadas para ayudar a las otras. En consecuencia, quedó maltrecha otra decena de galeras. Y la cosa empeoró al día siguiente, cuando Ribera llevó a cabo un tercer ataque en el que rechazó con disparos de metralla los intentos de abordaje turcos, infructuosos por otra parte debido a que las amuras de los galeones resultaban demasiado altas. Finalmente, las escuadra española se retiró dejando a los otomanos más de millar y cuarto de bajas, dos mil galeotes muertos, diez galeras hundidas y una veintena gravemente dañadas; a cambio, Ribera perdió setenta y un hombres, entre soldados y marineros (él mismo acabó herido), y sus barcos quedaron en estado lamentable pero pudieron ser remolcados al puerto griego de Candía. El Rey le recompensó nombrándole almirante y caballero de Santiago. [/SIZE] [/QUOTE]
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Guerra desarrollada entre Argentina y el Reino Unido en 1982
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