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Adolf Galland: truco salvador de un "As"
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<blockquote data-quote="Stormnacht" data-source="post: 670147" data-attributes="member: 341"><p><strong>Notable escrito hecho por Galland hacia 1953...</strong></p><p></p><p><strong><em> La capitulación de la Wehrmacht, producida el 8 de mayo de 1945, que puso fin en Europa a la Segunda Guerra Mundial, significó para nosotros, los pilotos de la Luftwaffe, mucho más que la terminación de un confllicto en el que habíamos luchado durante casi seis años. La derrota militar del Reich fue para nosotros, lógico es comprenderlo, el derrumbe de todo un mundo. En cumplimiento de nuestro deber de soldados del aire, habíamos levantado vuelo día a día, durante todo el transcurso de las hostilidades, casi siempre frente a una abrumadora superioridad numérica, hasta que el avance de los tanques aliados sobre nuestras bases, nos obligó a destruir nuestros aviones a reacción, en aquel entonces los mejores cazas del mundo...</em></strong></p><p><strong><em> Tuvimos que recorrer la amarga senda que lleva a los campamentos de prisioneros y oficinas de interrogación. Comprendimos claramente que por mucho tiempo, sino para siempre, estaríamos impedidos de retomar contacto con aquello por lo que habíamos trabajado tanto y que constituía para nosotros el sentido mismo de la vida:¡la aviación!</em></strong></p><p><strong><em> Recuerdo aún con gran exactitud el desconsuelo que nos invadió en aquel otro mundo, tras las alambradas, y que no nos abandonó ni aún recobrada la libertad, en una Alemania derrotada y ocupada, desmembrada y regida por los aliados. Severísimas disposiciones prohibieron a mi patria el estudio, el desarrollo técnico y cualquier otra actividad en el terreno de la aeronáutica. Mientras tanto, las naciones vencedoras continuaron progresando febrilmente en esta arma de la que habíamos sido sustraídos, precisamente, en el instante en que mediante el empleo de revolucionarios medios de propulsión nos habíamos acercado a la velocidad del sonido, abriendo a la humanidad perspectivas nuevas e insospechadas en los aspectos técnicos y militares de la aviación.</em></strong></p><p><strong><em> ¿Podíamos en aquéllos momentos, tener la esperanza de retomar algún día el contacto con tan vertiginoso desarrollo? Para nosotros, volar era algo más que un deporte o una profesión: ¡era pasión y motivo para constituir el contenido y el fin de toda nuestra vida! ¿Debíamos resignarnos a ser dejados de lado, como un montón de chatarra? Cuando la Segunda Guerra mundial llegó a su fin, yo contaba treinta y tres años de edad. Es verdad que los últimos que habíamos vivido pesaban mucho sobre nosotros. Cada año de guerra, suele decirse, vale por dos. Pero los que sobrevivimos, aparte de poseer el tesoro inapreciable de una óptima preparación y capacitación profesional, habíamos reunido una suma de experiencia, única en su género, en centenares de misiones personales y en el mando de distintas unidades. ¿Debíamos condenar a ese capital a sufrir un estancamiento infructuoso? ¿Tendría que tornarse inoperante a través de años de inactividad?</em></strong></p><p><strong><em> Afortunadamente, no faltaron llamados de todas partes del mundo a los hombres de ciencia, técnicos y especialistas aeronáuticos alemanes. Debo hacer notar aquí que no fue el afán de la guerra o la supuesta e impenitente tendencia de los germanos al militarismo lo que indujo entonces, a estos hombres, a buscar aplicación a su capacidad y experiencia fuera de las fronteras de la patria. El amor a la aviación, la miseria y la absoluta esperanza de los años de posguerra constituyeron motivo más que suficiente para ello.</em></strong></p><p><strong><em> En aquella hora crucial, algunos de nosotros recibimos el llamado de una nación con la que la nuestra, siempre y a toda hora, estuvo vinculada por lazos de sincera amistad, y cuya hidalguía y lealtad eran proverbiales en toda Alemania, desde mucho antes de los días del acorazado "Graf Spee". Allí se me ofrecía la posibilidad de reanudar mi vida de aviador, bloqueada sin esperanzas por el infortunado fin del conflicto, al servicio de un país amigo que nos recibía sin prejuicios y con los brazos abiertos. </em></strong></p><p><strong><em> Mis esperanzas se cumplieron plenamente. En la Argentina, y muy especialmente en el círculo de los camaradas argentinos, me sentí a mis anchas desde el mismo instante de mi llegada. La grandeza del país, sus múltiples bellezas, la amable, franca y abierta manera de ser de su pueblo, todas aquellas virtudes que encierra el vocablo "gaucho", despertaron en mí la misma respetuosa simpatía que me suscitaron la vitalidad y la voluntad creadora de esa joven nación, factores éstos que han influido en los admirables progresos que, en materia social, económica y política ha experimentado en los últimos años, bajo la conducción de su Presidente, el general Juan Perón. Mi tarea como consejero técnico de la Fuerza Aérea Argentina es por demás interesante. Me pone en contacto con el Comando y también con las Unidades Aéreas, que me atraen particularmente. Entre los aviadores de todo el mundo siempre han existido fuertes vínculos de camaradería.</em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><img src="http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/gallandpulqui1951.jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><strong>Galland en la presentación del Pulqui II,1951</strong></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><img src="http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/galandtank.jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><strong>Adolf Galland y Kurt Tank en Argentina</strong></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><img src="http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/ejerciciogallandmeteorlincoln.jpg" alt="" class="fr-fic fr-dii fr-draggable " style="" /></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em><strong>Ejercicios de "caza" planificados por Galland para Meteor vs Lincoln</strong></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em> El vuelo ya es un deporte popular en la Argentina. Un observador extranjero dijo, cierta vez para precisar su rápido desarrollo, que "el argentino desmonta del caballo para subir directamente al avión..." </em></strong></p><p><strong><em> Realmente, el espíritu de un jinete y el de un aviador guardan una extraña y natural afinidad. En Alemania, durante la Primera Guerra Mundial, muchos de los primeros aviadores militares salieron de los cuadros de caballería. Y en el país de los gauchos, la aeronáutica debía por fuerza encontrar un terreno excepcionalmente fértil. Así como es un jinete hábil y automovilista destacado y entusiasta, ya sobre las pistas de carreras o en medio del tránsito callejero, posee también el argentino todas las propiedades del buen aviador. La aeronática tiene efectivamente, en este país, un brillante porvenir. Cuando a fines de 1948, inmediatamente después de mi llegada, fui recibido en el Ministerio de Aeronáutica, me impresionaron profundamente el respeto y la camaradería que caracterizaron aquella bienvenida. En todo el mundo existían barreras para todo lo alemán. En cambio, entre las Fuerzas Armadas Argentinas, no tropezamos con prejuicios de ninguna naturaleza. Ante los ojos de los camaradas argentinos habíamos perdido la guerra pero no el honor. Ninguno de nosotros podrá olvidar jamás la innata caballerosidad de la Nación Argentina, que se evidenció plenamente en aquella recepción. Los cinco años que llevo al servicio de la Fuerza Aérea Argentina representan para mí una etapa más en el desarrollo de la aeronáutica mundial. Entiendo haber servido lealmente al país amigo, con el mismo celo con que serví a mi patria. Tras la pausa forzosa que los primeros años posteriores a la guerra impusieron a mi actividad aeronáutica, debo a la Argentina la liberación de aquel sentimiento de anquilosamiento e impotencia que significa para todo aviador militar la pérdida del contacto con la evolución y el progreso de su arma.</em></strong></p><p><strong><em> Sean por este motivo dedicado las primeras páginas de este libro, a expresar a esta gran Nación del Plata, llamada a un glorioso porvenir, el testimonio de mi profundo y sincero agradecimiento.</em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em> </em></strong></p><p><strong><em> Adolf Galland, 1953</em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em> del libro de su autoría "Die Ersten und die Letzen"</em></strong></p><p><strong><em> "Los primeros y los últimos"</em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p><p><strong><em>Estimados saludos, espero que lo hayan disfrutado!</em></strong></p><p><strong><em></em></strong></p></blockquote><p></p>
[QUOTE="Stormnacht, post: 670147, member: 341"] [b]Notable escrito hecho por Galland hacia 1953...[/b] [B][I] La capitulación de la Wehrmacht, producida el 8 de mayo de 1945, que puso fin en Europa a la Segunda Guerra Mundial, significó para nosotros, los pilotos de la Luftwaffe, mucho más que la terminación de un confllicto en el que habíamos luchado durante casi seis años. La derrota militar del Reich fue para nosotros, lógico es comprenderlo, el derrumbe de todo un mundo. En cumplimiento de nuestro deber de soldados del aire, habíamos levantado vuelo día a día, durante todo el transcurso de las hostilidades, casi siempre frente a una abrumadora superioridad numérica, hasta que el avance de los tanques aliados sobre nuestras bases, nos obligó a destruir nuestros aviones a reacción, en aquel entonces los mejores cazas del mundo... Tuvimos que recorrer la amarga senda que lleva a los campamentos de prisioneros y oficinas de interrogación. Comprendimos claramente que por mucho tiempo, sino para siempre, estaríamos impedidos de retomar contacto con aquello por lo que habíamos trabajado tanto y que constituía para nosotros el sentido mismo de la vida:¡la aviación! Recuerdo aún con gran exactitud el desconsuelo que nos invadió en aquel otro mundo, tras las alambradas, y que no nos abandonó ni aún recobrada la libertad, en una Alemania derrotada y ocupada, desmembrada y regida por los aliados. Severísimas disposiciones prohibieron a mi patria el estudio, el desarrollo técnico y cualquier otra actividad en el terreno de la aeronáutica. Mientras tanto, las naciones vencedoras continuaron progresando febrilmente en esta arma de la que habíamos sido sustraídos, precisamente, en el instante en que mediante el empleo de revolucionarios medios de propulsión nos habíamos acercado a la velocidad del sonido, abriendo a la humanidad perspectivas nuevas e insospechadas en los aspectos técnicos y militares de la aviación. ¿Podíamos en aquéllos momentos, tener la esperanza de retomar algún día el contacto con tan vertiginoso desarrollo? Para nosotros, volar era algo más que un deporte o una profesión: ¡era pasión y motivo para constituir el contenido y el fin de toda nuestra vida! ¿Debíamos resignarnos a ser dejados de lado, como un montón de chatarra? Cuando la Segunda Guerra mundial llegó a su fin, yo contaba treinta y tres años de edad. Es verdad que los últimos que habíamos vivido pesaban mucho sobre nosotros. Cada año de guerra, suele decirse, vale por dos. Pero los que sobrevivimos, aparte de poseer el tesoro inapreciable de una óptima preparación y capacitación profesional, habíamos reunido una suma de experiencia, única en su género, en centenares de misiones personales y en el mando de distintas unidades. ¿Debíamos condenar a ese capital a sufrir un estancamiento infructuoso? ¿Tendría que tornarse inoperante a través de años de inactividad? Afortunadamente, no faltaron llamados de todas partes del mundo a los hombres de ciencia, técnicos y especialistas aeronáuticos alemanes. Debo hacer notar aquí que no fue el afán de la guerra o la supuesta e impenitente tendencia de los germanos al militarismo lo que indujo entonces, a estos hombres, a buscar aplicación a su capacidad y experiencia fuera de las fronteras de la patria. El amor a la aviación, la miseria y la absoluta esperanza de los años de posguerra constituyeron motivo más que suficiente para ello. En aquella hora crucial, algunos de nosotros recibimos el llamado de una nación con la que la nuestra, siempre y a toda hora, estuvo vinculada por lazos de sincera amistad, y cuya hidalguía y lealtad eran proverbiales en toda Alemania, desde mucho antes de los días del acorazado "Graf Spee". Allí se me ofrecía la posibilidad de reanudar mi vida de aviador, bloqueada sin esperanzas por el infortunado fin del conflicto, al servicio de un país amigo que nos recibía sin prejuicios y con los brazos abiertos. Mis esperanzas se cumplieron plenamente. En la Argentina, y muy especialmente en el círculo de los camaradas argentinos, me sentí a mis anchas desde el mismo instante de mi llegada. La grandeza del país, sus múltiples bellezas, la amable, franca y abierta manera de ser de su pueblo, todas aquellas virtudes que encierra el vocablo "gaucho", despertaron en mí la misma respetuosa simpatía que me suscitaron la vitalidad y la voluntad creadora de esa joven nación, factores éstos que han influido en los admirables progresos que, en materia social, económica y política ha experimentado en los últimos años, bajo la conducción de su Presidente, el general Juan Perón. Mi tarea como consejero técnico de la Fuerza Aérea Argentina es por demás interesante. Me pone en contacto con el Comando y también con las Unidades Aéreas, que me atraen particularmente. Entre los aviadores de todo el mundo siempre han existido fuertes vínculos de camaradería. [IMG]http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/gallandpulqui1951.jpg[/IMG] [B]Galland en la presentación del Pulqui II,1951[/B] [IMG]http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/galandtank.jpg[/IMG] [B]Adolf Galland y Kurt Tank en Argentina[/B] [IMG]http://i63.photobucket.com/albums/h154/cactus-1/ejerciciogallandmeteorlincoln.jpg[/IMG] [B]Ejercicios de "caza" planificados por Galland para Meteor vs Lincoln[/B] El vuelo ya es un deporte popular en la Argentina. Un observador extranjero dijo, cierta vez para precisar su rápido desarrollo, que "el argentino desmonta del caballo para subir directamente al avión..." Realmente, el espíritu de un jinete y el de un aviador guardan una extraña y natural afinidad. En Alemania, durante la Primera Guerra Mundial, muchos de los primeros aviadores militares salieron de los cuadros de caballería. Y en el país de los gauchos, la aeronáutica debía por fuerza encontrar un terreno excepcionalmente fértil. Así como es un jinete hábil y automovilista destacado y entusiasta, ya sobre las pistas de carreras o en medio del tránsito callejero, posee también el argentino todas las propiedades del buen aviador. La aeronática tiene efectivamente, en este país, un brillante porvenir. Cuando a fines de 1948, inmediatamente después de mi llegada, fui recibido en el Ministerio de Aeronáutica, me impresionaron profundamente el respeto y la camaradería que caracterizaron aquella bienvenida. En todo el mundo existían barreras para todo lo alemán. En cambio, entre las Fuerzas Armadas Argentinas, no tropezamos con prejuicios de ninguna naturaleza. Ante los ojos de los camaradas argentinos habíamos perdido la guerra pero no el honor. Ninguno de nosotros podrá olvidar jamás la innata caballerosidad de la Nación Argentina, que se evidenció plenamente en aquella recepción. Los cinco años que llevo al servicio de la Fuerza Aérea Argentina representan para mí una etapa más en el desarrollo de la aeronáutica mundial. Entiendo haber servido lealmente al país amigo, con el mismo celo con que serví a mi patria. Tras la pausa forzosa que los primeros años posteriores a la guerra impusieron a mi actividad aeronáutica, debo a la Argentina la liberación de aquel sentimiento de anquilosamiento e impotencia que significa para todo aviador militar la pérdida del contacto con la evolución y el progreso de su arma. Sean por este motivo dedicado las primeras páginas de este libro, a expresar a esta gran Nación del Plata, llamada a un glorioso porvenir, el testimonio de mi profundo y sincero agradecimiento. Adolf Galland, 1953 del libro de su autoría "Die Ersten und die Letzen" "Los primeros y los últimos" Estimados saludos, espero que lo hayan disfrutado! [/I][/B] [/QUOTE]
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