A casi dos años de su último vuelo, el futuro de los cazabombarderos A-4AR Fightinghawk de la Fuerza Aérea Argentina continúa sembrando interrogantes entre decisiones postergadas, limitaciones presupuestarias y expectativas que aumentan con el paso del tiempo. Con el objetivo de recuperar 18 aeronaves, la planificación actual busca preservar la capacidad de operaciones aeroespaciales de la V Brigada Aérea, con asiento en Villa Reynolds, San Luis.

Sin embargo, el plan de recuperación se desarrolla en un contexto marcado por la falta de definiciones oficiales, la paralización del sistema tras un trágico accidente y la llegada de los primeros seis F-16 Fighting Falcon AM/BM, que redefinirán el futuro del poder aéreo nacional en los próximos años. De acuerdo con el BAPIN N°107796, el proyecto contempla la incorporación de módulos de aviónica, autoprotección, subsistemas de a bordo y kits de componentes para motores y generadores.
El propósito es conservar una capacidad mínima de combate, pese a que los aviones permanecen en tierra desde 2024. Esta iniciativa, que asigna fondos a tareas de mantenimiento y recuperación, surge como una respuesta tardía ante una flota que no es ajena al paso del tiempo y que, próxima a cumplir tres décadas desde su incorporación, no cuenta con perspectivas claras de retorno al servicio activo. Durante los primeros años de la actual década, la Fuerza Aérea Argentina logró recuperar y poner en servicio varias unidades. Sin embargo, el punto de inflexión llegó en julio de 2024, con el accidente que costó la vida del Capitán Mauro Testa La Rosa, mientras pilotaba un A-4AR durante un ejercicio en Villa Reynolds.

Tras aquel suceso, la Fuerza Aérea dispuso la suspensión total de vuelos del sistema de armas, a la espera de las conclusiones de la Junta Zonal de Investigación. Desde entonces, los equipos técnicos de la V Brigada continúan realizando pruebas en tierra y mantenimientos parciales para evitar el deterioro estructural de las aeronaves, aunque ninguna de ellas se encuentra actualmente en condiciones de vuelo. Este esfuerzo sostenido busca preservar el conocimiento técnico y el capital humano en torno al sistema, en un contexto donde la mayor parte de los recursos financieros y logísticos se concentran en los F-16 Fighting Falcon.
La diferencia entre ambos programas es evidente. Mientras los F-16, adquiridos a Dinamarca, reciben apoyo político y financiero para iniciar sus primeros vuelos, previstos para el próximo mes de marzo, los A-4AR enfrentan un panorama incierto. El BAPIN en curso apunta a mantener un mínimo nivel de entrenamiento y capacidad operativa, aunque la antigüedad de los componentes y la obsolescencia de su aviónica los colocan más cerca de un retiro progresivo que de una recuperación sostenida.

Mientras tanto, a medida que avanza la consolidación del sistema F-16 en la Fuerza Aérea Argentina, el horizonte de los A-4AR Fightinghawk continúa siendo incierto. La asignación de fondos por sí sola no garantiza su retorno, dada la complejidad de reactivar un sistema hoy inoperativo. En definitiva, el futuro de estos cazabombarderos, que desde la baja de la familia Mirage en 2015 sostuvieron el peso de la aviación de combate, se enfrentan a una realidad que exige dar un salto hacia una nueva etapa en la defensa aérea argentina.
*Imágenes empleadas en carácter ilustrativo.-
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