La posibilidad de que Estados Unidos y sus aliados vuelvan a organizar una coalición naval para escoltar buques en el Estrecho de Ormuz reabre un tipo de escenario que, aunque lejano en el tiempo, no resulta ajeno para la Armada Argentina. A comienzos de la década de 1990, durante la Operación Alfil, unidades navales argentinas operaron en el Golfo en el marco de las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU contra Irak. A casi cuatro décadas de aquella experiencia, el teatro sigue planteando un problema similar en su esencia —garantizar la navegación en una vía marítima estratégica—, pero con un entorno de amenazas mucho más amplio, complejo y saturado.
La Operación Alfil implicó el despliegue de medios navales argentinos en apoyo a la coalición internacional durante la Guerra del Golfo. En una primera fase, el Grupo de Tareas 88.0, compuesto por el destructor ARA Almirante Brown, la corbeta ARA Spiro y dos helicópteros Alouette III, cumplió tareas de control del tránsito marítimo, interceptación de buques y aplicación del embargo sobre Irak. Más adelante, la misión se amplió a patrulla de área, sostén de líneas de comunicaciones marítimas y escolta del tren logístico desde Omán hacia la costa kuwaití, en un entorno donde el riesgo no era teórico, sino real.

Las cifras finales de la operación dan una idea del nivel de exigencia: 570 interceptaciones y 17 misiones de escolta, cubriendo a 29 buques de la coalición, además de 67 vuelos de la sección de helicópteros embarcados. Fue una experiencia que obligó a la Armada Argentina a adaptarse a un teatro lejano, interoperar con múltiples marinas y responder a amenazas que en ese momento marcaban el pulso del combate naval en el Golfo: misiles antibuque, minas navales, ataques asimétricos en entradas y salidas a puerto y la necesidad de mantener un flujo logístico sostenido bajo tensión operativa.
En ese escenario, la guerra de minas ya ocupaba un lugar central. Antes de entrar al área de operaciones, las unidades argentinas debieron realizar tareas de degaussing en Italia para reducir su firma magnética y disminuir vulnerabilidades frente a minas navales. También se incorporaron modificaciones en equipos y procedimientos, incluyendo ajustes en el software SEWACO para obtener una respuesta más rápida frente a amenazas misilísticas, con la experiencia argentina sobre el AM-39 Exocet muy presente por el antecedente del Atlántico Sur. A eso se sumó la instalación de cañones de 20 mm adicionales, pensados para la defensa contra buzos, lanchas menores o ataques terroristas, sobre todo en los momentos de mayor exposición de los buques.
Si se observa el escenario actual en Ormuz, muchas de aquellas amenazas siguen vigentes, pero hoy aparecen integradas en una arquitectura mucho más densa y distribuida. La mina naval sigue siendo, probablemente, el medio más eficiente en términos de costo y efecto para perturbar el tránsito comercial. No hace falta un gran número de detonaciones para alterar la circulación: alcanza con la sospecha de minado para forzar inspecciones, demoras, suspensión de seguros y cambios de ruta. La diferencia es que ahora esa amenaza puede ser sembrada por lanchas rápidas, embarcaciones menores, submarinos enanos o incluso medios no tripulados, multiplicando la dificultad de detección y neutralización.

A esa capa clásica se suma hoy una amenaza aérea y de superficie que en 1991 no existía en la forma actual: drones de vigilancia y ataque, municiones merodeadoras y vehículos de superficie no tripulados (USV). Estos sistemas permiten sostener vigilancia persistente sobre convoyes, ajustar ataques en tiempo real y mantener presión continua sobre el tráfico marítimo y sus escoltas. En un estrecho angosto y con alta densidad de tránsito, un USV cargado con explosivos o un dron kamikaze no necesita hundir un gran buque para cumplir su objetivo estratégico; basta con forzar la interrupción del paso, elevar el riesgo percibido y erosionar la confianza del sistema comercial y asegurador.
En paralelo, Irán y otros actores regionales han desarrollado una capa misilística costera mucho más madura que la de principios de los noventa. Hoy, un dispositivo de negación de área puede combinar misiles antibuque subsónicos de vuelo rasante como los Noor y Qader, con sistemas de mayor alcance como el Abu Mahdi, e incluso con misiles balísticos antibuque como el Khalij Fars, que obligan a las escoltas a gestionar simultáneamente perfiles de amenaza muy distintos. Esto cambia por completo la ecuación táctica: ya no se trata sólo de prevenir un impacto aislado, sino de sostener una defensa continua frente a salvas, ataques desde múltiples direcciones y amenazas de firmas distintas.
Otra diferencia crítica con respecto a 1991 es el peso que adquirieron los submarinos enanos y las tácticas de emboscada en aguas someras. Plataformas pequeñas, de bajo desplazamiento y con limitada firma acústica pueden operar en sectores donde el ambiente marítimo ya complica de por sí la detección sonar. En un estrecho como Ormuz, eso obliga a que cualquier coalición de escolta piense no sólo en la defensa antiaérea o de superficie, sino también en una capa antisubmarina persistente, con helicópteros, sensores, patrullas y medidas de vigilancia cercanas a los corredores de tránsito.

Todo esto modifica la naturaleza misma de una operación de escolta. En tiempos de la Operación Alfil, el desafío para una fuerza como la argentina pasaba por el control del tráfico, el cumplimiento del embargo, la escolta logística, la interoperabilidad y la adaptación de sistemas a un entorno amenazado por minas y misiles. En el Golfo de 2026, una fuerza naval que escolte buques comerciales debería además lidiar con enjambres de lanchas rápidas, reconocimiento persistente por UAV, ataques con USV, saturación misilística, amenazas submarinas de pequeña firma y un entorno electromagnético mucho más denso.
Por eso, la experiencia argentina en el Golfo mantiene valor como antecedente profesional. No porque el escenario sea idéntico, sino precisamente porque permite medir cuánto se transformó la guerra naval en espacios marítimos restringidos. La Operación Alfil fue, para la Armada Argentina, una experiencia concreta de despliegue real en un área donde la amenaza no estaba en la alta mar abierta, sino en la combinación de tránsito crítico, minas, escolta y capacidad de reacción rápida. En ese sentido, mirar hoy Ormuz desde aquella experiencia no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma útil de entender cómo la guerra naval pasó de un esquema centrado en buques, misiles y minas a otro donde el problema es multicapa, persistente y mucho más difícil de saturar o neutralizar rápidamente.
En la práctica, eso explica por qué una eventual coalición internacional en Ormuz ya no se define sólo por cuántos buques puede reunir, sino por qué sensores, armas, procedimientos y doctrinas puede integrar para sostener la navegación bajo amenaza continua. Si en 1991 el desafío era navegar un Golfo con minas y Exocet, en 2026 el problema incluye además drones, municiones merodeadoras, submarinos enanos, lanchas rápidas y vectores no tripulados que convierten cada milla recorrida en un entorno más incierto y tácticamente inestable.
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Excelente e ilustrativo sobre la situacion en Ormuz