Los recientes acontecimientos en Siria han causado una enorme sorpresa política, y porque no, un dejo de fastidio en el mundo occidental. El despliegue de medios y tropas rusas en este país ha sido contundente, marcando un nuevo ritmo a un conflicto que está cerca de cumplir 5 años y ya se ha alzado con más de 200.000 muertos y millones de desplazados.
Lo que hace tan llamativa la acción rusa es el mensaje que intenta representar en diversas aristas.
En primer lugar supone el primer despliegue trans-limitrofe de sus fuerzas a un destino que alberga su último bastión estratégico por fuera de países vecinos y aliados. Siria cuenta con la Base Naval de Tartus, destino anexo de la Flota del Mar Negro, que tiene la particularidad de ser la llave de proyección de fuerzas hacia el Mediterráneo.
Por otro lado implica un quiebre en el análisis de la guerra que realizaban especialistas de la OTAN. El despliegue ruso esta vez no se hizo bajo un escenario de guerra hibrida con la famosa concepción de los “Little Green Men”, principal temor y fundamento actual de la alianza atlántica, sino que supuso un despliegue rápido y convencional de gran cantidad de medios para un escenario distinto al que supone la (por ahora) solapada crisis en Ucrania, la anexión de Crimea y el impulso de nacionalismos rusos en Europa oriental.
Otro dato principal en las distintas aristas que constituye el despliegue reside en los fines y objetivos. Poner pie en Siria de manera activa y efectiva implica no solamente apoyar a un régimen aliado, sino establecer en un Medio Oriente crispado, un centro político que compita por obtener liderazgo regional. Colateralmente, emplazando tropas y medios, logran también tender una nueva cortina de hierro disuasiva desde el Atlántico Norte hacia la boca este del Mediterráneo. Todo un desafío para la OTAN.
Si bien el movimiento sorpresivo de tropas ha logrado captar nuevamente la atención sobre la Federación Rusa, no es menor el hecho de lo estructurado por detrás de esto, es decir, el impulso político que esta ha realizado para formar un nuevo eje en la región. La arista militar se conjuga con el esfuerzo diplomático para lograr seguidores: Tanto Iraq como Irán, la propia Siria y el grupo chií-libanes Hezbolá han confluido captando atención internacional en su objetivo de erradicar al ISIS (y principalmente a los grupos anti-gobierno), poniendo en una situación delicada al esfuerzo ambiguo y algo timorato de las potencias occidentales y al ímpetu obstinado de la Liga Árabe para desplazar al último gobierno baazista de todo el Medio Oriente.
Estas pautas dan luz sobre la estrategia determinada de la Federación Rusa de convertirse en actor principal dentro de los distintos escenarios internacionales, poniéndola otra vez en una posición donde la ostentación de poder puede servir como moneda de cambio diplomática.
Es claro que el desarrollo de la actividad de Moscú tiene un condimento fuerte de oportunidad y otro de necesidad. Comenzado el conflicto sirio a mitades del mes de marzo del 2011, la Federación Rusa no tardo en brindar su apoyo al único aliado que le quedo en la región y que desde el año 1971 le provee un enclave estratégico dentro de su territorio. Si bien es verdad que las relaciones entre ambos países han sido tradicionalmente de gran consideración, la presencia rusa en Siria ha sido efímera desde la caída de la Unión Soviética. El conflicto por lo tanto ha sido el principal motor para establecer una presencia activa, y porque no también, hacer negocios.
Desde el año 2011 los contratos armamentísticos con el régimen de Bashar al-Asad se han tornado masivos, elevando pagos por arriba de los 2 mil millones de dólares. Y si, la Primavera Árabe se había alzado ya con uno de los principales adquisidores de armas rusas, Libia, lo que estimo desde el Kremlin en redoblar el esfuerzo diplomático para sostener a uno de sus últimos mercados en la región.
Mientras el conflicto supuso negocio, la actitud rusa para con el régimen se mantuvo en cierto modo pasiva, tan solo como un proveedor de armas y un vetador compulsivo dentro del Consejo de Seguridad, pero cuando la marea de la guerra se modificó en contra de Assad, el escenario se volvió desesperado para la política exterior rusa.
El aspecto de los frentes en las ciudades más importantes de Siria no mostraba signos positivos para el régimen. De hecho, la toma de terreno hacia el norte del país hacia temblar la presencia del control de Damasco sobre las costas del Mediterráneo, y el avance prácticamente imparable del ISIS hacia el este amenazaba con dejar de concentrarse sobre territorio inhóspito y desértico, para aterrorizar las posiciones más aferradas hacia el sur. Homs, Hama y Aleppo no exponían avances para el Ejercito Árabe Sirio, sino más bien hastió y cansancio, mientras las tropas anti-régimen crecían “en miles cada mes”, se pertrechaban en sistemas antitanque, equipo individual, visores nocturnos y sistemas antiaéreos portátiles desde Turquía
El papel ruso en el apoyo a Damasco entraba en una encrucijada.
La Duma autorizo el despliegue y el uso de la fuerza el 30 de septiembre, pero los veloces sucesos del mes anterior ya daban una pauta solapada sobre los próximos pasos.
“Demasiado grande como para que estemos desorientados” fueron las palabras del Departamento de Estado estadounidense a fines de julio en alusión a lo que consideraban un inusual movimiento de aeronaves, buques y tropas en la región rusa del Mar de Azov.
El “Siria Express” zarpaba una y otra vez desde Novorossiysk para poner a la Federación Rusa otra vez en el ojo de la tormenta luego de la calma por los tratados de Minsk. Los BDK Saratov, Alexander Tkachenko, Philchenkov, Azov y Kunnikov comenzaban una travesia a traves del Bosforo con el material necesario para la proyección de fuerzas rusas en Medio Oriente llevando equipo individual, logístico, blindados y nada menos que a parte de la Brigada 810 de los Morskaya Pekhota, o Infantería de Marina. La intención esta vez no era solamente suministrar de preciados equipos al socio en aprietos, sino la voluntad de poner pie en el escenario para cambiar la balanza estratégica.
El bullicio por la sorpresa se mantendría con el despliegue llamativo hacia el aeropuerto Bassel Al-Assad, al sur de la ciudad de Latakia. Decenas de helicópteros MI-24 y 17, una docena de Su-25, otra de SU-24, junto a 4 SU-30 y 6 SU-34 de última generación, quienes serian los protagonistas de los posteriores bombardeos a posiciones rebeldes (so pretexto de combate al terrorismo encarnado en el ISIS)
¿Pero porque llama la atención el despliegue? Sin dudas por el mensaje y su destinatario.
Lejos de apaciguar las tensiones recientes, tanto los Estados Unidos como la Federación Rusa han elevado la apuesta en cuanto a sus relaciones. El Pentágono ha mencionado una y otra vez que ha reposicionado a Moscú como su principal contendiente, a la par de asegurar que ya existe un cierto vestigio de carrera armamentista y un desarrollo activo de ocupación y negación de espacios geopolíticos.

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La apuesta continua con los ejercicios de la alianza en Ucrania, con la NATO Summit en Gales, comprometiendo a elevar los gastos de defensa de todos los países miembros y la acción determinante en Medio Oriente de uno de esos ellos, Turquía.
En esa región la estrategia de los Estados ha sido más de dejar hacer, que de tomar al toro por las astas, dejando un vacio de poder que transmuto en disputas y guerras subsidiarias entre Irán y Arabia Saudita, facilitando también el impulso de un estado terrorista sin un territorio definido, el ISIS. La atmosfera estaba pronta para que algún actor determinante ocupe un rol decisivo.
Con la formación de una cabeza de playa dentro de Siria, Moscú se ha garantizado extender una nueva cortina de hierro desde Barents hasta el Mediterraneo. La misma se compone necesariamente de diversos sistemas de negación de espacios, propios o incluso ajenos.
Es así que en Medio Oriente ya está establecido un nuevo bastión que extiende el poder de respuesta Ruso frente a la nueva “Detente” occidental, formando un sistema A2/AD o de negación de acceso compuesto por el paraguas antiaéreo y anti superficie que le provee el buque insignia de la Flota del Mar Negro, el crucero clase Slava Moscu desplegado en Tartus, los sistemas antibuque Bastion-P, proveidos a la Republica Arabe Siria en el 2013, los medios aéreos desplegados en Latakia y la nueva joya de la corona, el sistema Kalibr instalado en los buques de la Flotilla del Mar Caspio.
La capacidad de respuesta rusa entonces se extiende en la región mostrando una iniciativa considerable, fugaz y contundente para poner pie en el terreno. Hoy por hoy, y con los recientes acontecimientos, Rusia juega el juego de un verdadero actor global logrando con sus acciones proyectivas un significativo golpe de efecto mundial ¿pero hasta qué punto el despliegue de tropas es realizado para ostentar protagonismo geopolítico frente a la OTAN? ¿las últimas acciones pueden esconder algo más?

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En este dilema del ser y parecer, Moscú pese a esconderlo, demuestra una pulsión llamativa de inseguridad geopolítica, la misma a la que me réferi en la nota “Crisis Rusia-OTAN: ¿Quién se legitima”, escrita para el Numero 1 de la Revista Zona Militar. Allí, y citando a George Kennan mencione que el compromiso internacional de Rusia para con los asuntos de seguridad internacional recaen en la desconfianza, en la contienda y no en la asociación o compromiso.
Esta misma desconfianza para con los asuntos internacionales se ha alzado con sus socios, logrando que este actor global que se mueve al compás de una potencia mundial, haya comenzado un lento proceso de aislamiento.
Esa misma desconfianza emana también una cierta desesperación política, la de proteger a un aliado, que con acciones y omisiones, no controla el total de su territorio y que se encuentra en una situación delicada de legitimidad, tanto domestica como externa. Este actor importante, como socio, es dueño de una llave importante para el prestigio y el poder que puede detentar Moscú: la última representación de poder imperial, el último enclave fuera de territorio limítrofe, el puerto de Tartus.
La búsqueda entonces de protagonismo en un escenario conflictivo y de múltiples contendientes como el Medio Oriente esconde la desesperación del perder espacio de maniobra, espacios de poder y espacios de disuasión creíble.
Es entonces que el parecer de esta Rusia que se despliega en Medio Oriente pueda ser eclipsado por la ontología de un ser con necesidades, inseguro y cada vez más limitado. Restara analizar el futuro para saber si una potencia desesperada pueda llegar a ser decisiva en un conflicto que parece no tener fin.

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