Ideología y geopolítica, no religión


El Shah Reza Pahlavi y el Rey Al-Saud

Puede resultar frecuente medir y analizar los conflictos que se suscitan en el medio oriente asiático bajo un estricto indicador religioso. Si bien es cierto que las características religiosas tales como porcentaje de pertenencia, diversidad, polarización, volumen y distribución pueden modificar la conducta de un actor estatal, las mismas no implican necesariamente el principal vector para que lleven a cabo sus políticas regionales e internacionales. La religión puede condicionar el medio, o sectarizarlo, pero no limita ni desplaza la emancipación y ética que propone la razón de estado, fielmente seguida por cada actor estatal desde la formación de los estados nacionales. Las relaciones en medio oriente no proponen un juego distinto: se constituyen en las mismas premisas pero tomando una fuerte apariencia religiosa. Esta misma razón de estado sectaria es la que modifica y altera la configuración geopolítica de medio oriente, espacio hoy debatido por dos poderes con muchas diferencias así como con muchas similitudes, Irán y Arabia Saudita.
Lo que parecería ser hoy una dicotomía religiosa y violenta entre la confesión chií y la sunní, apoyada por Irán y Arabia Saudita respectivamente, no tuvo precedentes recientes en los que se pueda descansar algún paralelismo. De hecho, el conflicto actual, a ser abordado luego, tiene raíces recientes y causas ligadas más bien a cuestiones políticas que a diferencias en el culto musulmán. Ambos estados, petroleros, autocráticos y estructuralmente confesionales, acuñan hoy las diferencias sectarias para movilizar su propia influencia estatal a lo largo y ancho de toda la región que comprende el mundo musulmán. Este espacio de contienda es eje de la búsqueda de liderazgo de más de un cuarto de la población mundial por medio de la retórica, de las finanzas y de la guerra.
Para clarificar un poco el clima beligerante -y llevado a cabo subsidiariamente- es importante repasar ciertos datos y acontecimientos históricos que sirven como fundamento para entender las preguntas que uno se quiera hacer sobre los distintos episodios críticos que van surgiendo en la región.
Desde la propia conformación de las dinastías Pahlavi en Irán y Saud en Arabia Saudita en las primeras décadas del siglo XX, la relación política estuvo respaldada por el férreo control del Imperio Británico, quien poseía el mandato de la Sociedad de las Naciones sobre numerosas provincias que otrora pertenecían al Imperio Otomano y le daban una posición limítrofe sobre el territorio de ambos reinos. Esta cercanía geográfica brindada principalmente desde el Mandato de Mesopotamia (Irak), establecía un punto de control sobre una región que recién comenzaba a vislumbrar la unificación de estas dinastías bajo el fuerte impulso del flamante desarrollo petrolero.
El sereno y hasta pasivo clima diplomático perduro hasta los años sesenta con algunos altibajos relacionados más bien a rencillas en cuanto a interpretación religiosa, pero siempre bajo la tutela política de las grandes potencias. La llegada de esta década propicio el surgimiento de los nacionalismos árabes acompañados de la llamada tercera ola histórica de terrorismo, todo bajo el paraguas de la Guerra Fría y el retiro paulatino del Reino Unido de la región como principal garante de estabilidad. Estos años vieron la llegada de la Liga Mundial Islámica y la Organización para la Cooperación Islámica, fuertemente impulsadas por Arabia Saudita y a la cual el Reino de Irán adhiere, motivando a que las relaciones entre ambas dinastías se constituyan amistosas y cooperativas. Es importante aclarar que los nacionalismos árabes se alzaron contra el colonialismo regional de las grandes potencias y la injerencia de las dos superpotencias del momento en los asuntos de estado, así como se cohesionaron frente al nacimiento del Estado de Israel dentro de un territorio que ellos consideraban parte del mundo musulmán.
Estos años vieron un crecimiento exponencial de la producción petrolera en ambos estados generándoles ingresos económicos superlativos. En el caso de Irán, de la mano del Shah Mohammad Reza Pahlevi, las fuerzas armadas comenzaron un fuerte proceso de renovación gracias al apoyo Estadounidense, su principal comprador de crudo y baluarte cultural para el momento.
Con la caída del Shah de Irán y el desarrollo de la Revolución Islámica liderada por el ayatola Jomeini las relaciones entre ambos estados se desplomaron. Presa de su propio éxito doméstico, la nueva República Islámica comenzó a deslizar una retórica revolucionaria expansiva destinada a llevar su pulsión anti imperialista, anti occidental e islamista a sus estados vecinos. El principal destino fue Irak, donde Jomeini había residido durante su exilio y donde el partido Baaz (con Saddam Hussein a la cabeza) recientemente había tomado el control del país llevando una doctrina nacionalista, reticente al islamismo y principalmente laica al gobierno. El clima derivo en 1980 en un enfrentamiento bélico de 8 años entre ambos estados bajo un pretexto fronterizo. Arabia Saudita, ya sin relaciones diplomáticas y suspicaz de la retórica violenta iraní termino por apoyar financieramente al régimen iraquí, a la par que lograba bajar el precio internacional del crudo para ahogar económicamente el esfuerzo de guerra del estado que rompía el statu-quo regional y religioso. La casa de Al-Saud no volvería a tener relaciones diplomáticas con Irán hasta luego de la muerte de Jomeini, aunque esta última siempre bajo un gran recelo por la cercanía del régimen monárquico con los Estados Unidos y de la competencia sectaria entre chiitas y sunitas.
Finalmente, y para dilucidar el punto de partida de la situación actual de la región y de la relación entre estos dos estados, la ejecución de la Doctrina de Seguridad Nacional y la guerra contra el terrorismo aplicada por el gobierno de Estados Unidos luego del ataque perpetrado contra el World Trade Center, genero una avalancha de efectos volviendo a poner a Arabia Saudita y a Irán bajo una coyuntura de crisis y disputa, aunque esta vez de manera mucho más activa y vehemente.
Los últimos años son testigos de la tensión generada entre un estado que busca el statu-quo para tener el predominio de un Estrecho de Ormuz petrolero y otro estado que encuentra un contexto mucho más propicio que la década del 70 para exportar su liderazgo regional.

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Atento a un error involuntario se ha mencionado que Arabia Saudita posee un 90% de confesion Chii, cuando debe leerse Suni.

Vacío de poder y guerras proxy

“Es mas efectivo usar nuestras capacidades para ayudar a nuestros socios en el lugar a asegurar el propio futuro de sus países” – Barack Obama. Septiembre del 2014.

Si existen episodios que puedan dar luz sobre la actual situación en el medio oriente, y en especial sobre la tensión entre los dos regímenes, deberían ser en primer lugar la invasión de Irak por parte de los Estados Unidos de América, su posterior retirada del terreno y los acontecimientos suscitados con la llamada Primavera Árabe. Estos hechos implicaron la des configuración de la geografía regional en función de la irrupción de fuerzas vivas que reformaron la estructura de poder tradicional. Desplazamientos de gobiernos, guerras civiles, insurrecciones, estados fallidos, escisiones políticas, guerras abiertas: todos eventos íntimamente ligados y aglutinados bajo la idea de la formación de una nueva relación de fuerza, que a corto plazo implico el terror del statu-quo supranacional, el vacío de poder.
Esta circunstancia se articuló como vector de la política exterior iraní aprovechando el curso virulento de los eventos con el objetivo de ejercer una posición de predominancia política y militar frente al tradicional liderazgo saudí. Por el lado contrario, este último, asociándose al Consejo de Cooperación del Golfo, busco limitar el poder expansivo iraní a través de respuestas de contención. El ambiente inestable regional volvió a poner a las dos naciones frente a frente, pero esta vez en un contexto de combatividad que por momentos resulta sincero y peligroso.
Los embates políticos, militares y económicos de ambos regímenes vieron (y ven) su campo de batalla en terceras naciones, llevando a cabo una guerra que rememora al principio de subsidiaridad que prevaleció durante la Guerra Fría entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. El Líbano, Siria, Bahréin, Irak, la región del Kurdistán, Palestina y Yemen son hoy el terreno para medir sus fuerzas.
Para visualizar la importancia de los acontecimientos de los últimos años entre ambos regímenes, debemos remontarnos al año 2002 cuando el entonces presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, modela y pronuncia ante el Congreso de esa nación el famoso “Eje del Mal”, integrado por la Republica Islámica de Irán entre otros estados. A partir de entonces, la relación entre el régimen iraní y los demás estados musulmanes liderados por Arabia Saudita decayó a niveles parecidos a los vividos durante la revolución islámica a fines de los años 70. El aislamiento iraní se pronunció más luego del desplazamiento de Saddam Hussein en Irak y la ocupación del país por parte de los Estados Unidos. Esto implico ya no solamente la rispidez política que se venía viviendo hasta entonces, sino el emplazamiento de tropas del otro lado de la frontera. A partir de estos hechos, y con la intención de romper su aislacionismo, la política exterior persa se tornó más agresiva para con los países del medio oriente. Arabia Saudita incluida.
En mayo del 2008, en el Líbano se vio el primer contacto de lo que sería una guerra proxy entre los regímenes. La organización paramilitar chiita Hezbolá (apoyada, financiada y mentada por la Guardia Revolucionaria Iraní) tomo Beirut. Esto se da luego de la carrera para tomar el poder que hacen las fuerzas pro-saudíes y pro-iraníes posteriormente a la muerte del primer ministro Rafik Hariri, un millonario sunita apoyado fuertemente por la dinastía Al-Saud. La muerte del líder movilizo a la política exterior iraní a la financiación del grupo Hezbolá, apoyando obras públicas y suministrándole armamento. Los saudíes intentaron limitar la influencia proveyendo fondos a los seguidores del ex primer ministro para alzarse, pero fracasaron frente a la movilización armada del grupo pro-iraní. Este acontecimiento sería el primer llamado de atención para el reino saudí de un Irán ya no pasivo, sino con ímpetu de ocupar nuevos espacios políticos.
Ya para 2011, año en que los dos acontecimientos más importantes que des configuraron al medio oriente suceden, la retirada de los EE.UU. de Irak y el efecto domino de la Primavera Árabe ocurrido en Túnez, los alzamientos contra los gobiernos centrales motivaron apoyos y oposiciones de parte de ambos regímenes.
Siria, uno de los epicentros actuales de esta contienda política y militar, es objeto de una guerra civil que hasta ahora se ha alzado con 230 mil fallecidos entre soldados y civiles. La Primavera Árabe encontró en este país una fuerte reticencia a realizar cambios democráticos, motivando el desencadenamiento de una guerra abierta entre detractores y seguidores del régimen de Bashar Al-Asad, firme aliado de la Republica Islámica de Irán. Entre los numerosos contendientes que se baten el control de los poblados sirios se encuentra el Ejercito Libre Sirio (ELS), quien es apoyado militarmente y financieramente por Turquia y Arabia Saudita. Del otro lado, apoyando al gobierno sirio se encuentran las fuerzas Quds (brazo armado de la Guardia Revolucionaria Iraní) estimándose en unos 20 mil soldados, así como tropas libanesas del brazo armado del Hezbolá. Este apoyo considerable de suministros y tropas se debe a que la propia y posible caída de su principal aliado en la región seria trasladable a pensar en una derrota de toda la política exterior dinámica actual iraní
En misma sintonía, otro desarrollo que marco un impulso critico en esta guerra fría en el medio oriente, se dio en Bahréin luego de los levantamientos sociales fomentados por Ali Salman del Partido Al Wefaq, pidiendo mayor apertura del gobierno y mayor representación de la mayoría chií. El Reino se expidió sosteniendo que las movilizaciones estaban digitadas desde el otro lado del Estrecho de Ormuz, en Irán, y pidió que cese la injerencia externa en la vida política de su nación. Finalmente las manifestaciones fueron aplastadas violentamente por fuerzas policiales y militares enviadas desde la propia Arabia Saudita. El gesto fue claro: no se tolerarían modificaciones sectarias en la península arábiga y no se demostraría debilidad ante la política exterior agresiva iraní.
El mismo escenario se vislumbra actualmente en Yemen, donde en la región noroeste del país se han vivido numerosos alzamientos civiles. Ya desde el 2004 este país es objeto de irrupciones sociales, en principio motivadas por el entonces líder de la comunidad chií, Al Houthi, quien adopto de irán una doctrina anti-imperial, anti-monárquica y una retórica anti-occidental. A partir de ese año los huthíes tras numerosos choques con el gobierno pro-saudí fueron tomando control sobre la región de mayoría chií. No solamente se limitaron a atacar a las fuerzas policiales y militares, sino que impulsaron incursiones por fuera del territorio yemení ingresando en soberanía saudí. Para el año 2010 más de cuatro decenas de poblados saudíes habían sido atacados o tomados por las fuerzas chiíes huthíes motivando una gran preocupación del reino de la casa de Al-Saud. Ya con los hechos de la Primavera Árabe alrededor de todo el mundo musulmán, los huthíes se revolucionan en la capital del estado y mantienen acciones agresivas contra las fuerzas policiales y militares yemeníes, finalmente tomando el poder de la ciudad y de toda la región para el año 2014 y logrando que para comienzos del 2015 el presidente, de corte pro-saudí, abandonase el país.
La reacción de Arabia Saudita fue la formación de una fuerza militar combinada junto a países aliados y el posterior bombardeo de posiciones huthíes. La coalición pan-arábica expreso que los acontecimientos en Yemen estaban dados por influencia iraní, y que las tropas rebeldes chiitas contaban con apoyo logístico y armamentístico de las fuerzas Quds. Ante estos reclamos, Irán fue decisivo en señalar que apoyaría a la comunidad chií en la región y que se opondría a cualquier violación de soberanía en Yemen por parte de terceros países. Hoy el conflicto continúa cobrándose más víctimas en ambos bandos y se alza como el campo de batalla más cercano al reino saudí donde existen tropas con una fuerte ascendencia iraní.
Otro epicentro del choque político se encuentra en Iraq, un estado que desde la invasión estadounidense no encuentra forma de pacificarse. Tras la caída de Saddam Hussein, el país ha sufrido el accionar de los grupos de resistencia baazista, pasando por los atentados de Al-qaeda, para hoy sufrir el calvario del Estado Islámico en prácticamente 1/3 del territorio. Desde el gobierno de Al-Maliki hasta el actual de Al-Abadi, esta nación ha girado el eje de gobierno para enfocarse en el 60 % de población chií que otrora no tenía representación sustancial en el gobierno sunnita del régimen baazista. Este cambio de enfoque de gobierno fomento una relación positiva entre Al-Abadi y el actual presidente iraní Hasan Rouhani, que se materializo en un esfuerzo conjunto para expulsar al Estado Islámico del territorio iraquí. Recientemente el líder del ejercito iraquí acuso a los EE.UU. de no brindar un apoyo decisivo en la guerra, asegurando además que el apoyo iraní era incondicional. Esta cercanía entre los gobiernos iraquí e iraní, provocan disgusto, no solo en los Estados Unidos, quienes sienten que deben terminar colaborando con las tropas iraníes para no perder influencia en la región, sino también en Arabia Saudita, siendo cercada aún mas con la influencia chií en la región.
De todas maneras, la pulsión arabista e internacionalista iraní no se ajusta necesariamente al apoyo sectario, sino que se pragmatiza brindando soporte logístico, político y armamentístico a grupos de distinta corriente religiosa. Esto se ve muy bien en el otro frente de apoyo que realiza hacia el norte de Iraq, en el Kurdistán, donde tropas iraníes pertenecientes a la región del kurdistán de ese país, llegan a Erbil (capital del Kurdistán iraquí) para combatir juntos a la expansión del terror que propone el Estado Islámico. Las tropas Peshmerga se conforman actualmente de una buena parte de tropas iraníes. Esto provoca otro dolor de cabeza, ya no solamente en Arabia Saudita, sino en un aliado de esta, Turquía, la cual considera a estos grupos como terroristas.
En otra parte del medio oriente, y ya en cercanías a un enemigo acérrimo de la política iraní, Israel, grupos políticos armados como Hamas, gradualmente han empezado a recibir apoyo militar y financiero por parte de la Guardia Revolucionaria. Este grupo sunita ha mostrado en numerosas oportunidades material bélico procedente de Irán y suministrado por los Quds iraníes, mostrando simbólicamente que la política actual no se acota a lo religioso, se adapta a la necesidad geopolítica de irán, se vuelve realista.
En el 2014 Barack Obama menciono “Es más efectivo usar nuestras capacidades para ayudar a nuestros socios en el lugar a asegurar el propio futuro de sus países”. El apoyo decisivo norteamericano en la región había terminado. El espacio era libre para ser tomado. El juego político se alzó con la formación de una medialuna chiita (o iraní), y fomento que Arabia Saudita desarrolle un activo plan de contención… también por medio de la violencia.

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El peligro nuclear

A poco de cumplirse los 50 años de la puesta en funcionamiento del primer reactor nuclear en Irán, de investigación y proveído por los EE.UU. durante su cálida relación con el Shah, la tensión por el plan nuclear iraní continúa a la espera de que el pais cumpla con los acuerdos celebrados el 14 de julio. Lejos quedo el plan original de los años 70 para dotar al país de 23 centrales atómicas provistas por estadounidenses y europeos lo que le hubiera otorgado una capacidad energética sobresaliente junto al nivel que poseía por entonces su industria petrolera. La Revolución Islámica lo sepulto todo. Luego, una década mas tarde, llegaría la intención de reimpulsar el plan junto a declaraciones incendiarias anti-occidentales y anti-sionistas que terminarían en un aislamiento sin precedentes y sanciones económicas que se elevarían a mas de 500 mil millones de dólares.
Con el aparente cambio apacible en la retorica oficial iraní que se dio con el cambio de gobierno, se vio en los últimos meses un acercamiento al P5+1 conformado por EE.UU, Rusia, China, Francia, el Reino Unido y Alemania, logrando arribar a un acuerdo final por el plan nuclear. De todas maneras el malestar regional perdura y se intensifica, en especial el demostrado por Israel y Arabia Saudita quienes acusan a las potencias occidentales de reconocer tácitamente el derecho de Irán a enriquecer uranio, y de eventualmente, poseer armas de destrucción masiva.
El acuerdo con el P5 + 1 ofrece, según las autoridades que lo conforman, la posibilidad de ejercer mayor control y poseer mejor inteligencia sobre las instalaciones iraníes, incluyendo las militares, logrando que la posibilidad de generación de armamento de destrucción masiva se demore entre 10 y 15 años (20 segun otras fuentes). De igual forma compromete a la República Islámica de Iran a dejar de limitar su capacidad de producción de uranio enriquecido en un tercio de su capacidad, a la par de una disminución del 98 % de la recolección de los desechos nucleares. Ofrece en igual medida la posibilidad de que miembros de la OIEA supervisen la cadena de producción y generación deenergía en el país evitando de esta forma que el fin atómico pacifico sufra modificaciones.
Al día de hoy la República Islámica de Irán posee un reactor activo en Bushehr -central que comenzó su construcción en el año 1976 y fue finalizado en el 2011 gracias a la ayuda provista por la Federación Rusa- así como la capacidad de producir combustible nuclear en la planta subterránea de Natanz y de Arak. Se estima que actualmente su capacidad de enriquecimiento del uranio ronda los 8 mil SWU, aunque el espacio que proveen sus instalaciones ofrece un total de entre 20 mil y 50 mil SWU, capacidad sobrada según expertos para comenzar a enriquecer uranio a un alto grado y así poder desarrollar armamento nuclear.
No es el único miedo que existe desde Arabia Saudita (así como de Israel). Irán posee la mayor concentración de vectores estratégicos de la región, desde los Shahab hasta los Sejil, con un radio de acción que pueden sobrepasar los 2500 kilómetros.
Según fuentes saudíes la posibilidad de que Irán rompa con el Tratado de No Proliferacion Nuclear estaría generando una “ley de la selva” o un desbalanceo de poder en la región empujando a los reinos arábigos a emparejar las capacidades de respuesta.
“Lo que tengan los iraníes, también lo tendremos nosotros”. Estas palabras enunciadas por un alto funcionario saudí marcan un punto de partida para entender el peligro que supondría que el fantasma de la disuasión nuclear se expanda por el medio oriente. De todas maneras la posibilidad de que Arabia Saudita pueda acceder a tecnología nuclear (mas allá de su financiación en otros países) se encuentra acotada. Las opciones se limitan a la Republica Popular de Corea del Norte (con el trágico incidente del reactor destruido en Siria en el 2007), o a la Republica Islámica de Pakistán, país que otrora doto de la tecnología de procesamiento de uranio a Irán. Es importante aclarar que el plan nuclear de A. Q. Khan, quien brindo a esta republica asiática la capacidad nuclear, fue financiado por fondos saudíes.
El otro problema que existe en Arabia Saudita para emparejar un posible peligro nuclear reside en los vectores. Mientras Irán posee misiles de alcance medio contados a centenares, la capacidad en el Reino arábigo es casi nula mas allá de los vetustos DF-3 chinos adquiridos en la década del 80.
Arabia Saudita considera que el “habla suave y porta un gran garrote” iraní esta cambiando las relaciones de poder en la región. Continuaran descreyendo en las buenas intenciones del plan nuclear iraní pese a que exista un acuerdo con las potencias occidentales. “Por mas que se llegue a un acuerdo, habrá presión” son algunos comentarios que surgen desde el reino, demostrando que al peligro de guerra convencional se le puede sumar el miedo a la proliferación nuclear y que el conflicto entre ambos estados puede desviarse a un todo o nada.

El nuevo Statu-quo

Recientemente el premio nobel de literatura, V. S. Naipaul, con mucha elocuencia catalogo al Estado Islámico como el “Cuarto Reich”. Este grupo, considerado terrorista por una gran mayoría de países, es un actor trascendental de la política de medio oriente y un termómetro de las relaciones entre suníes y chiitas. Surgido necesariamente de un vacio originado por las crisis de liderazgos arábigos y la retirada de Irak de los Estados Unidos, es hoy uno de los pocos “buffers”, o resortes, que existen entre los intereses de los estados que lideran a las dos corrientes del islam, Arabia Saudita e Irán. De igual forma, los acontecimientos caóticos y transnacionales de la región, donde se encuentran problemas de legitimidad de gobiernos por conflictos sectarios, gobiernos enfocados en minorías, guerras civiles y conformación de nuevas fronteras políticas, suponen un estimulo para posicionar influencia y poder en terceros estados. Este contexto es el que hoy están viviendo los estados que aglutinan el liderazgo chií y suni, y que están llevando una guerra subsidiaria a lo largo y ancho del mundo árabe. El miedo a la “medialuna chií” motiva a que el Consejo de Cooperación para los Estados del Golfo, liderado por Arabia Saudita, redoble su apuesta en mantener un cierto statu-quo que otorgue tranquilidad a la renta petrolera. Estados Unidos ya no posee una presencia efectiva y activa en la región, lo que motiva a que consideren en llevar a cabo una contención iraní por medios propios. El caso del Líbano durante el año 2008 no debería repetirse y el escenario sirio podría alzarse como una revancha en las relaciones internacionales de ambos países.
Irán por su parte se debate entre intensificar su esfuerzo para recomponer relaciones con occidente y continuar posicionándose en la región rompiendo décadas de aislamiento internacional. Sus avances sobre diversos gobiernos incomodan, pese a que en muchos casos termine siendo un sapo a tragar por diversas potencias occidentales como se ha demostrado con los últimos eventos en el centro y norte de Iraq.
La capacidad de respuesta de los Estados Unidos ante el escenario grotesco que ofrecen los alzamientos es difícil ante una opinión pública cansada del conflicto y de los resultados objetables de la ocupación de Iraq. Considerando que su papel de balance en la región se desvanece mientras no existan medidas más proactivas que los bombardeos selectivos, los conflictos sectarios y estatales se acentúan para ocupar aquellos espacios vacios que la propia potencia genero.
El escenario violento y consecutivo que muestran los últimos años y en donde dos actores principales son objeto de puja, auguran serias dudas de que la paz en la región finalmente arribe. El intento de desplazamiento de aliados regionales y la formación de fuentes de conflicto al margen de la frontera arrojan a actos con mayor virulencia, y a que el lenguaje para medir sus relaciones comience a carecer de diplomacia.
Ambos estados poseen una responsabilidad mayor al declararse garantes de bienestar de sus confesiones, chiitas y sunitas, de millones de personas que comparten una región común lo que supone que un conflicto político de tinte sectario pueda sufrir una escalada con mayor pronunciamiento. Ambos credos podrían aglutinarse bajo un mismo liderazgo y desembocar en una catástrofe que tendría efectos no solamente en todo el mundo musulmán, sino a escala global.
Hoy por hoy la paz perdura entre ambos estados. Su mecanismo de hacer la guerra se limita a la tercerización del campo de batalla, pese a que a medida de que pasa el tiempo los gestos parecen más abiertos y belicosos. Contando con una noción sobre los efectos de una guerra abierta entre ambos regímenes, el desafío de la comunidad internacional debe ser la acción para evitar que esto termine sucediendo.

Publicado en el Numero 3 de la Revista de Zona Militar

2 Comentarios

    • Hola Fabio, gracias por el feedback. En definitiva la idea era hacer un raconto de los puntos clave que supone el conflicto retorico y subsidiario entre Irán y Arabia Saudita. Mi principal objetivo es tratar de alejar como centro de análisis el fenómeno religioso, estableciendo algunos principios y acciones que hagan dilucidar que el conflicto es mas bien geopolitico y que nada tiene que ver con la diferencia de confesiones.
      Te mando un saludo

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