La posibilidad de brindarle al conjunto de su población espacios, ambientes y sensaciones de paz y seguridad, ha sido sin duda uno de los principales objetivos buscados por todos los estados y a través de toda la historia.

La actual administración colombiana, caracterizada por una visión muy tecnócrata de cómo dirigir la cosa pública, considera como requisito fundamental para aumentar su eficiencia y eficacia, poder generar las condiciones para un incremento significativo de la inversión –privada- que sin duda redundará en un aumento de la productividad y por tanto de los niveles de empleo, y que a su vez, le permitirán al Estado destinar sus esfuerzos y recursos (hoy utilizados en el conflicto) en mejorar también los niveles de inversión, que se dirigirán a optimizar la calidad de vida de todos los nacionales.

Es precisamente entonces justificable crear el escenario propicio para, -y una vez obtenida-, desarrollar el conjunto de políticas socio-económicas que a su vez permitan –y para países como Colombia- el comienzo de un crecimiento sostenido en todos los aspectos y que den lugar a principios o nociones básicas de nación, ausentes en la actualidad.

Sin embargo y luego de tres siglos seguidos de conflicto, que comienzan con la guerra de los mil días en 1899 (Siglo 19), que se renueva con la violencia bipartidista en la década de los 40 (Siglo 20) y que persiste -y con particular fuerza- ya en pleno Siglo 21, la conciencia colombiana, parece no solo haberse mal acostumbrado a las consecuencias de su propia intolerancia, si no que ha producido corrientes ideológicas, que se muestran reacias a cualquier negociación con las organizaciones insurgentes, asumiendo posiciones radicales dirigidas a cuestionar todo intento estatal encaminado en ese sentido.

Lo anterior es solo una pequeña muestra de la degradación del conflicto colombiano y de cómo este se ha anquilosado en lo más profundo de esta sociedad, que equivocadamente justifica la paz en términos –casi absolutos- de victoria o derrota.

La paz entonces, no podría entenderse exclusivamente como el resultado final de una confrontación socio-política, ni explicada tampoco como el fin del conflicto o la lucha al interior de una sociedad, sino más bien como el comienzo.

El comienzo del camino no hacia la victoria, sino aquel que tendría que recorrer la sociedad colombiana –unida- para generar esos espacios que le permitan lograr vivir si en paz y con justicia social. Pero a partir de unas condiciones básicas determinadas previamente y justamente en un proceso de diálogo para conseguirla.

Diálogo en el que creemos no se pueden asumir posiciones inflexibles, como en el pasado, pues la consecuencia casi que inmediata ha sido siempre su estancamiento y la justificación de la fuerza como único medio eficaz.

Las partes, que no son otras que colombianos en distintos lados de la mesa, deben tener antes que nada en cuenta, que el objetivo de una negociación no puede ser nada diferente ni nada más importante, que dejarles a sus propios hijos, un país que las últimas cinco generaciones no hemos sido capaces de poder vivir.

La “mesa” será el símbolo en donde todos y cada uno de los sectores de esa sociedad, deberán por lo menos expresar que entienden por paz y como creen que esta podrá lograrse. No se puede, y a nuestro juicio, “buscar la paz”, cuando no se sabe o entiende que significa la misma, o cuando se tienen definiciones exclusivas o particulares sobre cómo interpretar un conflicto armado interno que se destaca por su alta complejidad y por su persistente volatilidad.

Por ende los colombianos

deben buscar y conseguir –de manera urgente- poder definirla, no como simple término, sino como condición que les permita vivirla, y deben hacerlo a partir de profundos procesos de transformación social, económica, política, cultural y en todos aquellos otros aspectos, que así se hagan necesarios considerar.

La paz a la sazón una vez entendida como concepto y como premisa para el desarrollo, podría si comenzar a generarse y a ser percibida, más que como un objetivo a materializarse, como un aporte de cada uno de los colombianos; es, o será finalmente el deseo de cada nacional orientado a hacerla posible, a partir de su voluntad y de lo que pueda aportar para ello.

Por eso creemos que se debe también –y desde lo público- insistir y persistir en decisiones políticas como estas, que tangan eco e impacto dentro de la opinión pública o sociedad civil, cuyo apoyo será fundamental para su éxito. Pero también desde la irregularidad; son los actores armados ilegales, los que finalmente deben condicionarse para aceptar que la lucha armada no ha generado –ni generara- ningún beneficio para ningún sector de la población y que por tanto y como medio para acceder al poder o a cuotas de este, ha sido y hasta la fecha completamente ineficaz. Dentro de una guerra de combinación de todas las formas de lucha, hay que darle paso ya a la confrontación y al debate pero político.

La paz entonces, más que una victoria es reconciliación, revisión histórica, compromiso social, justicia transicional, esfuerzo y decisión política, pero sobre todo (y más que nada) voluntad popular. A partir de la misma, podríamos lograr definir también el concepto –por fin- de nación colombiana, a raíz de las dinámicas sociales regionales y nacionales que se generaran por la reconstrucción –obvia- del tejido social rural y urbano, fundamental para no repetir los errores cometidos y perdonarlos por fin.

Lo verdaderamente difícil no será pues lograrla, sino que podamos esforzarnos en querer mantenerla y conseguir en definitiva una paz sostenible. 

1 Comentario

  1. Por Favor, Nnecesito el numero de celular o de la casa del el Sr. Constantino Davidoff para hablar con el. Diganle que yo lo he conocido por medio del Sr. Pedro Trench quien descansa en paz hace ya mas de 14 años si no me falla la memoria, yo en el año 97 lo he visto personalmente.
    Ignoro si sigue con vida el Sr. Dacvidoff pero quiero colaborar con su causa para que se difunda la verdad.

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